14. CAPÍTULO XIII
CAPÍTULO XIII
Aquel santuario no tenía cúpulas, pero se alzaba como un templo frondoso dispuesto a guardar cualquier secreto, por deshonroso u oscuro que este fuese, opacándolo todo con resina acre.
Entre los troncos, vestidos de satén y cuero los nobles cabalgaban mientras los ciervos huían sin entender que más que cazados en esa oportunidad, harían de espectadores.
Gabrielle, sobre su caballo intencionalmente rezagado, buscaba evitar la multitud y el ladrido de los perros, escapando entre la vegetación para obtener algo de la paz que en el Louvre le era negada.
Ignoraba que era a ella a quien seguían.
—No sabéis esconderos.
Se escuchó un acento lascivo, desgarrando la espesura.
Apareciendo como ánima de entre los matorrales, un Valois bajaba de su semental, con las mejillas encendidas de un ansia que hacía tiempo había dejado la cortesía atrás.
La dama al verlo y conteniendo el resuello, notó un latir acelerado.
—Os delata la calma que os precede —dijo mostrando valor al abandonar su montura.
—Y vos —musitó acercándose como si siguiera el rastro de un animal herido— os delatáis a vos misma quedando sola y expuesta —señaló analizando sus movimientos… rondándola—. A veces, me pregunto si simplemente jugáis siendo mucho más astuta que yo.
El ambiente había cambiado; ya no se escuchaban los cuernos ni el volar de las aves. Solo existían el sudor contenido, la lujuria embarrada y un hervor turbio imposible de nombrar.
—No soy una de vuestras presas —masculló sosteniéndole la mirada como únicamente ella sabía hacerlo.
—No, sois mi tormento.
Ella no respondió y, ante tal falta de resolución, el monarca dio un paso más, luego otro en una arboleda aún muda. Aquello no era la corte ni París. Ahí Enrique abandonaba la realeza, quedando tan solo el hombre.
La condesa pensó en retroceder, pero sus botas seguían clavadas en el barro, no sabía si por miedo, altanería o anhelo.
Las manos de él fueron certeras cuando la sujetaron por el rostro para besarla, luego descendieron y la aprisionaron por la cintura con una fuerza medida, sin violencia pero con imposibilidad de réplica.
Sus labios bebieron de los de ella como una confesión estrangulada.
Beso al que ella respondió con un gemido ambiguo entre rendición y reproche.
Las caricias del soberano no eran las de un marido mezquino, sino las de quien sabía lo que quería y cómo tomarlo… con sed y hambre, haciéndola sentir viva por primera vez en varios años.
Madame du Poitiers no supo si cerró los ojos por terror o por placer y, cuando el amador logró escabullirse bajo las odiosas faldas de aquel vestido tan molesto, la selva cómplice que hasta entonces había observado de forma silente crujió junto a un grito gutural similar a un trueno seco entre el follaje.
—¡Tú! ¡Lo sabía!
Enrique se detuvo con la respiración entrecortada y el pulso agitado, como si hubiese sido atrapado a la mitad de un crimen junto a la prueba del delito.
A pesar de la sorpresa, su instinto fue el de agarrar incluso con más resolución a la condesa, al tiempo que ella parpadeaba como si emergiese de un sueño.
A escasos pasos, se hallaba el escribano con el semblante pétreo y las pupilas negras de furia enfocadas en ella, la traidora.
El agraviado se acercó despacio, con la misma determinación con la que un juez lee la última línea de una sentencia.
La mano se alzó y cayó como un martillo. El sonido fue cruel y definitivo, cual azote dictado por el propio cielo.
Gabrielle se tambaleó, sujeta por su galán, y la sangre le corrió por la faz como un sello de ignominia. Sin embargo, no cedió.
No se ofrecieron plegarias ni señales de vergüenza. Nada más, enjuagó la llaga con la elegancia de quien recibe una cicatriz y, al hacerlo, sintió que aquel escarmiento no la despojaba… la afirmaba como estigma.
Cuando Armand volteó a mirar al pecador, se encontró con la ira esculpida en la expresión del soberano.
—Vos seréis quien se siente en el trono, pero ella… ella me pertenece a mí.
Enrique inspiró con hondura, tensando el torso como un gallo hinchado de brío y en ese arqueo altivo, dejó claro que la Corona de Francia no compartía con bastardo alguno.
El guante había sido recogido y el desafío aceptado, dejando apenas el aullido de las ramas rotas, eco de las pisadas del marido al marchar.
Sus caminos tomaron rumbos distintos, no solo en recorrido sino en pensamientos y durante este largo trance, se asomó el naranja del atardecer sin preámbulo alguno.
De vuelta al real de caza, entre los árboles desnudos, el firmamento se recogía en un tono sucio, más próximo al humo que al oro.
Esquivando troncos retorcidos, bajo el amparo incierto de las estrellas, avanzaba con andanza torva el escribano, ajeno al frescor de la brisa nocturna, más atento a sus propias cavilaciones que al aullido del monte.
Sutilmente, el follaje humedecido susurraba al hombre, quien volvía a su tienda. Ese rincón sin testigos donde la venganza comenzaba a macerar en su interior.
No era ingenuo, sabía que ningún lazo de alianza lucía a salvo de los zarpazos del poder. Reinas habían sido obligadas a abrir su lecho para pactos mayores. Pero esta vez, el agravio le sabía más amargo. No por celos ni amor. Lo que le corroía era el gozo.
La risa sincera, la súplica difícilmente contenida, el temblor de la voz cuando creía no ser oída.
No la amaba, pero nunca la había visto viva y con otro… con él. Esa piel altiva se había rendido como nunca lo hiciera en su pecho.
No eran celos, era bilis. Aborrecimiento grueso, fermentado, de ese que se aloja entre las vísceras como la hiel.
Su despecho no apuntaba al rey. Contra él, se sabía inútil.
Pero a ella… a ella podía quebrarla.
Volvería a poseer lo que una vez se le entregó bajo mandato. La reclamación sería brutal, sin disfraces de ternura ni escudo de deber conyugal. Cuanto más se negase, más justificado el castigo.
Quería oírla rogar, palpar su resistencia al romperse como vidrio.
El amanecer se encontraría con la pecadora más arrepentida de toda Francia o acaso la más dolorida.
Cuando alcanzó por fin aquel toldo de lona áspera henchida de bochorno malsano, percibió que entraba en un espacio semejante, un recinto donde la podredumbre parecía aguardarle como cómplice, como si la miseria que rezumaba aquel espacio se preparase para lo que estaba por venir.
Al cruzar el umbral, creyó hallarse a solas con su singular designio…
Erraba.
Un ruido sigiloso a su espalda quebró el aire, tan cerca que pareció golpearle la nuca.
Giró bruscamente topándose con aquella efigie siniestra demasiado conocida. La misma que tantas veces había contemplado con suspicacia y odio larvado; ahora se mostraba frente a él con el temple de quien no conoce la misericordia.
—He demorado en exceso este instante —pronunció la figura, con sosiego glacial—. Pero traigo la mano vengadora de Dios. Vete ya… y encuentra a los tuyos en el abismo.
El puño ejecutor se elevó con la precisión del suplicio divino para hundir la hoja en el pecho condenado, sin titubeos; directa al corazón.
Sin flaqueza ni compasión.
La carne la recibió con apetito, como si hubiese merecido esa desgarradura desde hacía años, y el cuerpo se abrió a la muerte con la docilidad de un siervo que reconoce a su amo.
Quiso hablar, mas solo brotó un borboteo viscoso, un bramido infame que degradaba hasta el postrer vestigio de dignidad.
No se desplomó de inmediato. Retrocedió, tambaleante, mientras la sangre —densa, malsana— se precipitaba por su boca, trayendo consigo un hedor agrio, rancio, casi blasfemo, para luego descender sin voluntad.
Postrado, los orbes aún abiertos, contempló a su verdugo con incredulidad y un horror infantil que no supo disimular. Murió aterrado, reducido a caricatura infame de sí mismo.
Así acabó. Indigno hasta su derradero aliento, tal y como había transitado toda su existencia.
En el exterior, los pabellones se alineaban sin orden aparente. Los hombres hablaban poco. Unos afilaban cuchillos, limpiaban su calzado con un trapo raído o cocinaban. La actividad era lenta.
El día había sido largo y el ánimo, escaso; las bestias, ya atadas junto a las encinas, agitaban la cabeza sin aguardar órdenes.
Aquel asentamiento, que horas antes vibraba con ímpetus y galopes, comenzaba a rendirse al sopor de una cacería estéril. De súbito, un alarido hendió la quietud.
—¡Está muerto! ¡Le han matado!
El clamor de los criados se apagó; tan solo se oía el roce seco del viento entre las lanzas, aún clavadas en el suelo.
El vigilante más próximo vaciló al levantar la solapa de la tienda. Lo que halló dentro no requería confirmación alguna.
Los despojos yacían en la gleba con una daga cruzando el pecho a una profundidad que no dejaba cabida a milagros.
Sin muebles volcados ni rastro de lucha.
Apenas la expresión congelada en espanto servil que señalaba a su asesino.
Entre tanto, desde un rincón, la recién vestida viuda cubría su semblanza como quien reza por la salvación de las almas, repitiendo una y otra vez:
—Ha muerto.
Ante tal aparición devota, calco perfecto de la Santísima Magdalena, los guardias no pudieron sino lamentar la pérdida que acababa de sufrir aquella gentil mujer, sin sospechar que tras esas manos acopladas celestialmente sobre su rostro se iba asentando una sonrisa.
Uno de los sirvientes más antiguos se santiguó al verla y el centinela se precipitó a informar al rey.
A su vez, en la penumbra perfumada de la real de caza, el monarca todavía de pie permitía que el ayuda de cámara comenzara a desnudarlo sin apartar la vista de su reflejo. Frente a él, un cristal bruñido devolvía en retrato de quien se sabía imagen de toda Francia.
El mensajero se presentó con una vacilación que nubló cualquier intento de formalidad.
No hubo sobresalto. Enrique mantuvo la postura, enmudecido durante unos segundos, mas no turbado.