13. CAPÍTULO XII #3
El aroma a tinta quemada se instaló en la habitación, acompañándola en su ensueño, más sola que nunca. Sin embargo, nunca tan firme.
Sin dar lugar a demora, recogió sus guantes del aparador y se encaminó hacia uno de los laberínticos pasajes hasta topar con un criado.
—¿Dónde puedo encontrar a Su Alteza de Navarra?
—Lo he visto en los jardines interiores, madame —respondió el joven huesudo inclinándose.
La condesa agradeció las indicaciones y, con una prisa disimulada, tomó rumbo a la dirección indicada. A cada metro que avanzaba, tal resolución se tornaba más tensa y peligrosa.
Esa noche no volvió a ser vista.
Lo que se dijo, se pronunció tan bajo que ni los oídos Médici lo alcanzaron a oír.
Días más tarde, el ambiente se relajaba ante la perspectiva de los planes de caza.
Enrique III recorría los salones de palacio sin rumbo, como si buscase en cada rincón una respuesta que se había escapado de entre sus dedos… hasta que dio con ella saliendo de la capilla, vestida de un azul turquesa que resaltaba su negra cabellera.
No se saciaba con desearla en la distancia. La quería sola, intocable… pero Gabrielle no era virgen ni viuda… era esposa.
Cada noche, esa reflexión le devoraba al imaginar a otro mancillándola. No la había poseído, pero sí elegido y, para él, eso equivalía a un contrato indisoluble que otro profanaba.
Cada caricia entre ella y su marido era una blasfemia, no contra la ultrajada… contra él mismo.
Aquel escribano aprovechado, seguramente llevaba en sus venas icor con hedor a mujer ajena y ya estaba ansiando vaciarlas para comprobarlo.
Finalmente, la hallaba desprevenida y no desaprovecharía la oportunidad.
—Madame —la voz de Enrique iba cargada de un timbre casi íntimo—, no sabía que volvería a tener el privilegio de hallaros en tan propicias circunstancias.
La dama levantó la mirada sin miedo, aunque con cautela.
—A veces, Majestad, la soledad es un privilegio.
Él avanzó un palmo muy despacio, como si temiese romper el hechizo.
—Vengo a enmendar mi torpeza para con vos. Mis cartas… —titubeó— mostraron más frialdad de lo que dicta la justicia y mucha más dureza de lo que mi corazón siente.
—La justicia, mi señor, rara vez visita una corte que muda ante los arrebatos pasajeros de un afecto.
—No ha cambiado para vos, os lo puedo jurar. Si os herí, fue por miedo a vos misma.
—¿Miedo? —preguntó incrédulamente— ¿De mí?
—De que, al miraros, descubriese que nada puede brindarme el trono si no os incluye a vos.
Sus ojos buscaron los de ella con ansia febril.
—Luisa, mi legítima reina ante Dios, es un consuelo insípido. Vuestra ausencia… un incendio que me consume a diario.
Madame du Poitiers siguió con la cabeza en alto, sin perder una sola sílaba del discurso del monarca.
—Los fuegos, Majestad, se sofocan o arrasan.
—Pues que así sea —susurró acercándose lo suficiente para que ambos respirasen el mismo aire—. Estoy dispuesto a todo a cambio de un soplo de aliento.
Un paso más y la escena dejaría de ser un simple arrepentimiento para convertirse en una declaración de guerra o en la rendición más infame jamás recordada.
—Señor, mis circunstancias no han cambiado, por lo que mi respuesta sigue siendo la misma y mis buenos deseos hacia vos se mantienen inmutables.
Enrique la contempló atónito e incapaz ya de retener la ira vomitó su realidad sobre ella, sin ningún tipo de reparo:
—He perdonado vuestros silencios, vuestro desdén e incluso esa obstinada devoción conyugal.
Añadió de forma decidida y acercándose a su oído, continuó:
—¿Sabéis lo que corre de boca en boca, verdad? Que suspiráis como ramera vil cuando vuestro esposo os toma. Que habéis hallado deleite en brazos de un necio —escupió sin piedad, dañando no solo a la dama sino clavándose un puñal en su propio pecho.
Al escuchar aquello, la respiración de Gabrielle se cortó, dejando solo cabida al instinto de sobrevivir. Ya no había realeza ni títulos, solo un asedio que había hollado el umbral de lo inefable.
Rozando su nariz con la del agresor, soltó una oleada de odio contenido e innegociable.
—¿Creéis que me habéis ofendido? No sabéis nada del dolor, Majestad. Si alguna vez os permití acercaros o entrar en mis pensamientos, fue por flaqueza de voluntad, mas en esta hora… sé lo que sois.
No me adoráis porque vuestra estirpe no conoce esa palabra.
Deseáis arruinar lo que creéis puro. Lamento decepcionaros, mas se os han adelantado y por varios años.
Solo lo diré una vez —aseveró ella mientras el soberano alzaba una ceja presintiendo el agravio que estaba por recibir.
—Prefiero pudrirme marchita al lado de ese necio antes que ser acariciada por vuestras garras corrompidas, capaces de convertir en sal cuanto tocan.
Él temblaba y su rostro se crispó dando paso a gruñidos viscerales:
—¡Callad, callad, maldita!
¡Me amáis! ¡Tenéis que amarme!
¡Soy el rey!
La joven se marchó con paso acelerado y él no la siguió, quedando entre ambos un trecho impregnado de ruina.
Por fortuna —o por desgracia— Enrique III de Francia y Enrique VIII de Inglaterra no coincidieron en época, porque, de haberlo hecho, el monarca inglés habría sido uno de los pocos capaces de comprender y hasta de simpatizar con su causa.
Se habrían entendido a la perfección: prepotentes heridos en los que el rechazo se tranforma en cruzada personal. Si no se podía poseer, el cadalso aguardaba paciente.
Ahora, decidme vosotros: ¿Qué es más temible?
¿Un hombre todopoderoso con el orgullo agrietado o una mujer cuyo espíritu es un animal acorralado que, al no tener ya nada que perder, no duda en morder?
Y os advierto: cuando una loba prueba el sabor de la sangre… acaba cogiéndole el gusto.