La Loba de París (Cantos de Expiación 1) 13. CAPÍTULO XII #2
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13. CAPÍTULO XII #2

Vuestra permanencia en Francia ya no garantiza la seguridad de la misión que se os confió.

Hasta nuevo aviso, os exhorto a retiraros sin más dilación. Pronto se hará manifiesta la postura de la Corona.

Firmado. Sellado. Apócrifo.

La tragedia no siempre se forja con ejércitos. A veces, se traza con buena caligrafía.

En aquel mundo de príncipes cristianos, un escrito sin ruido podía más que una proclama.

Bastaba que una aduladora del Guisa repitiera un párrafo mal traducido.

Bastaba con que la Médici… lo creyera.

Fue así como, desde Madrid hasta París, el pulso de la política cambió de estandarte.

En el Louvre, un joven entró cargando más folios que coraje.

Ni el peso del legajo ni la costumbre de la rutina lograron templarle el paso.

Cruzó el salón con la prudencia de un reo y al llegar a la mesa, bajó el mentón con tal premura que los rizos oscuros apenas permitieron ver la vena que le marcaba el cuello.

Depositó la correspondencia, intentando ordenar lo que descolocó con su ineptitud, acompañado de un murmullo breve, impropio incluso como excusa para retroceder. No esperó aprobación ni miró atrás. Salió como si escapara de un incendio invisible.

La mujer no se inmutó. Había visto esa reacción demasiadas veces, propia de todo aquel que se adentraba en su gabinete.

Sentada bajo la penumbra matinal y rodeada de pergaminos, aguardó a que el eco de los pasos desapareciera por completo. Solo entonces dirigió la atención al conjunto de pliegos apilados con desatino.

Ninguno urgía. Los asuntos domésticos solían repetirse con el entusiasmo de los aduladores y la mediocridad de los contables: recomendaciones de doncellas, avisos de envíos, rumores concernientes a la modista de la reina.

No obstante, uno destacaba entre los demás: aún conservaba la rigidez de lo recién doblado.

Lo tomó sin apuro, con esa teatralidad que muchos confundían con desgana.

Su índice se posó sobre el lacre con parsimonia medida. Por un momento, acarició el borde de su escapulario, tanteando la referida reliquia, soñando con las vísperas de una ejecución.

Leyó la primera línea, luego la segunda sin parpadear. Regresó al principio.

Cuando llegó al final, se detuvo en la rúbrica.

Cada frase era una cuchillada bien templada. Se hablaba de una amenaza indefinida, de una retirada estratégica.

Guardaba silencio, mas en sus adentros las piezas ya se reorganizaban. Había que contraatacar y, para eso, debía resistir la tentación de actuar con prisa.

La reacción que muchos esperaban de ella —ira y escándalo— nunca se produjo. Catalina de Médici no necesitaba arder en cólera para hacer temblar los cimientos.

La comunicación inesperadamente interceptada por los espías de los Valois acrecentaba el caos en el despacho real tan solo minutos después de su llegada a palacio; donde Enrique III, su madre y Alençon intentaban no dar puntada sin hilo, imaginando ante ellos una confrontación directa entre la Monarquía Hispánica por tierra y mar, con la formidable flota bajo las órdenes de Juan de Austria.

—¡No soporto que respire el mismo aire que yo! El bastardo de Navarra cena a mi mesa, me mira como si fuera un igual y atrae al adversario a la puerta.

Catalina no cambió el gesto.

—Es un rey —dijo con rotundidad— y mientras lo sea, puedes vigilarlo. Muerto, no podrás hacer nada más que temer a su nombre.

—Hay quienes piensan que sería prudente terminar con esto. Una daga bajo la arcada…

La florentina lo interrumpió, tal y como solía hacer con todos.

—Antes bien, al amanecer tendríamos media Gascuña ardiendo y al continente llorándole.

Enrique golpeó el escritorio furioso.

—¡Estoy harto de gobernar como un prisionero, de seguir consejos y de contenerme! ¡Ese protestante duerme tranquilo, a la vez que yo soy el blanco de las amenazas!

La mujer, al fin dejando de fingir calma, remarcó con sobriedad.

—¿Quieres parecer un rey? Empieza por no temer a tu pasado y para de mendigar la atención de quien te desprecia. Aprende a dar muerte sin resaltar.

Enrique se contuvo, pero el color de su tez le delataba.

Por su parte, Francisco no sabía a quién mirar y escuchaba atentamente hasta que, acercándose como un felino, se atrevió a intervenir.

—De quien perece, se hereda. Un sustituto francés que os sea leal… uno de carne y nombre tan legítimos como los vuestros —agregó esbozando una sonrisa precavida y en muy bajo tono.

—¿Sugerís que no soy capaz?

—Digo que Francia no espera y tiene a Felipe con los ojos sobre ella.

Tras una premeditada pausa continuó.

—Tranquilizaos, hermano. Si el navarro tropieza, siempre quedará un Valois… aunque sea el menor.

Señaló encogiéndose de hombros, momento en el que su madre, de manera implacable, cortaba la disputa.

—Basta, Alençon… tu ambición no cabe en este cuarto y tu sangre no basta para sentarte donde aspiras.

Alzó el dedo exigiendo atención y obediencia. Luego, volviéndose hacia su otro hijo, aclaró:

—Si aniquiláis al navarro, le daréis a este —dijo señalando a Francisco— un motivo y al mundo… un santo.

Inmediatamente, cada uno de ellos quedó ensimismado, midiendo su participación en los hechos con el astro sol marcando la hora, recordándoles que el tiempo no se detiene, ni siquiera por los Médici.

Una noche como cualquier otra, el soberano avanzaba sin prisa por la galería secundaria, sobre un granito capaz de contener su peso.

Caminaba con los brazos entrelazados a la espalda y la misma arrogancia con la que otros sostienen el acero.

Había en su porte el cansancio de los días recientes, pero también esa compostura forzada que los hombres adoptan cuando un nuevo estatus aún no ha cicatrizado en la carne.

No esperaba verla.

La figura femenina apareció desde el otro extremo del pasillo, cruzando el vano como si nada le importara. Se mantuvo firme sin buscar una salida lateral. Sencillamente continuó.

Ambos se iban aproximando. A cada paso, el conflicto que no se nombraba ocupaba más espacio que los tapices, más que los candelabros, más que los mismos muros que no sabían ya a quién pertenecían.

Fue entonces cuando el mozo irrumpió con falta de destreza.

Cargaba un fajo irregular de sobres y documentos que le doblaban la voluntad.

Iba tan concentrado en no caer que olvidó a quién se acercaba.

Cuando se percató de la presencia del rey, ya era tarde para cualquier reverencia ordenada.

Tropezó con el borde de su capa y perdió el equilibrio durante un respiro suspendido.

—Perdonadme… Majestad… —susurró de forma atropellada con voz angustiada, intentando recobrar la postura con los documentos a duras penas contra el pecho, sin saber que de sus escuálidas manos había dejado caer el destino de toda una nación.

Enrique solo lo observó con una mezcla de desprecio y aburrimiento, como si el sirviente fuera un ornamento torcido. Ni siquiera lo apartó, solo aguardó que terminara su ridículo desfile y volvió a posar la atención en la mujer que tenía frente a sí.

Ella tampoco detuvo su marcha, pero Gabrielle vio lo que el Valois ni siquiera notó. Uno de los pliegos sin distintivos franceses había resbalado en la confusión y yacía entre las losas, a un palmo del borde de su falda.

Ninguno de los presentes se percató. Ella sí.

Sin bajar la vista, fingió ajustar el tejido del vestido y el objeto quedó oculto bajo la tela, atrapado por quien conocía demasiado bien el arte de fingir inocencia.

El Valois pasó a su lado intentando mostrar indiferencia, lamentando que el roce de la cercanía no bastase para quebrar el hielo que arrastraban desde hacía semanas.

Cuando ambos desaparecieron en direcciones opuestas, solo quedó en el corredor una certeza: algo estaba por cambiar y nadie lo había notado… salvo ella.

Ya en la seguridad de su alcoba, examinó aquel apócrifo claramente extranjero y decidida lo abrió solo para encontrarse con la sorpresa encarnada:

“A Su Alteza, Enrique de Navarra.

Hermano en la fe y en la causa. No habrá cadenas ni escolta capaces de impedir que un ánimo resuelto encuentre salida.

Temo que si permanecéis mucho más en la jaula de brocados, vuestro captor pronto halle la forma de callaros e impedir vuestro vuelo a mejores prados.

La caza con su tumulto de jaurías y trompas ofrece el mejor telón para el escenario de la huida.

En medio del alboroto, cuando todos miren al venado, será el rehén quien escape.

Vuestros caballos os esperarán discretos en el lindero del bosque de Saint-Germain.

Quien porta este escrito conoce la ruta y su lealtad está garantizada por la devoción a su legítimo soberano.

No dudéis, cada palmo de tiempo fortalece el poder sobre vos.

La fortuna favorece a los valientes y el destino no solo de nuestra Iglesia, también el de la nación, depende de pura osadía.

Ruego que vuestras próximas noticias sean desde el destierro voluntario.

Un amigo que no firma por temor, pero que vela por vos”.

La condesa, al terminarla, permaneció sopesando las distintas emociones que la información descubierta había despertado en ella.

Finalmente, permitió que sus labios se curvaran en una sonrisa leve, casi fraternal.

Aquel caballero, ese compañero de celda engalanada y antiguo amor al que apenas veía entre misas y recepciones forzadas, estaba por recuperar un sueño compartido, el libre albedrío.

No era su liberación, pero la ilusión bastaba como esperanza prestada.

Gabrielle dobló la epístola con una lentitud reverente para luego sostenerla, valorando una ligereza cargada de consecuencias.

Fue así como, sopesando su conciencia y considerando las llamas como fuente de expiación, acercó el papel a ellas hasta que este dejó de ofrecer resistencia.

Mientras las letras de Guillermo de Orange se retorcían y las cenizas bailaban como ánimas errantes en el hogar, ella meditaba cual monja en claustro.

Un solo rey compartió mi encierro y no lleva la flor de lis en la sangre. Hoy no traiciono a Francia… hoy me juro a su enemigo.