13. CAPÍTULO XII
CAPÍTULO XII
La mañana había llegado tras una espesa neblina que contenía apenas el júbilo de un reino que se preparaba para obtener al soberano que tanto tiempo había anhelado.
En el corazón del episcopado, Enrique se dejaba vestir cual figura inmóvil por los lacayos, como si fuese una reliquia a la que hay que pulir antes de exponer. El heredero no sentía como cabría de esperar; la túnica raspaba la piel y el frío gélido se derramaba sin clemencia.
Apretó la mandíbula y clavó la vista en la nada, permitiendo al vacío absorber su temblor.
En unas horas, Francia tendría ley y él, una nueva forma de ser reverenciado.
Esta no era su primera coronación. Recordaba a aquella nobleza austera, que en este preciso instante lo tachaba de traidor.
En Cracovia todo era crudo. Desde el desencanto hacia él en su papel de gobernante extranjero, hasta las caras largas de los cortesanos al ver a la varona, a quien consideraban reliquia y patrimonio, siendo rechazada sin el más mínimo atisbo de remordimiento.
París era diferente, una ciudad en la que las máscaras eran más comunes que los encajes.
Ahora él sería el centro de todo cuanto allí se decía.
Uno de los mayordomos le presentó la espada ceremonial, la cual tomó con desgana. Pesaba menos que sus propios deseos y contradicciones.
De pronto, irrumpiendo en su mente sin permiso, apareció Gabrielle, la única en todo el continente capaz de desafiarlo. Su voz dolía como un tajo seco en sus entrañas, dificultándole incluso respirar.
Enderezó la espalda con brusquedad, rehusando mostrar flaqueza.
No la evocaba para llorarla, sino porque sabía que presenciaría el acto, pero desde la silla y el lugar equivocados, quedando así para toda la eternidad, como una costilla mal soldada.
Llegado el momento de desfilar a través de la nave, su actitud era lejana, ausente, reaccionando solo al momento de bajar la cabeza para recibir el óleo sagrado.
Su mente divagaba entre lo que pensaba que sería y lo que era, cuando con ambas manos el arzobispo alzó la sacra aureola haciendo resplandecer el oro bajo la luz oblicua de los vitrales, solo para ser apoyada con elegancia en lo alto de la testa del nuevo monarca, sin percibir que lo hacía sobre una carcasa vacía, aunque majestuosa.
Durante dos días más, aquel mutismo del Valois se vio prolongado y sostenido.
Ya en el tan comentado desposorio, no hacían más que aumentar —si era posible— su falta de palabras y carencia de acción.
Situación que no escapó a la estricta vigilancia de la madre, quien no disimulaba el recelo que le producía la importancia que había ganado otra mujer en las reflexiones de su hijo.
En la catedral, el recinto central olía a incienso con acordes de humedad. Las columnas parecían soportar el mismo cielo, que observaba cómo Enrique avanzaba al ritmo de los tambores litúrgicos luciendo su título.
A cada paso escuchaba el susurro de un nombre que no se decía. Junto a él vio una antítesis de lo que tan alta factura le había cobrado a su ego. Un son que había aprendido a no molestar. No era una consorte, era una costumbre dulce.
Contemplando a la novia, cometió su primera falta, recordando inevitablemente a la dueña de su razón y juicio.
Gabrielle había entrado en ese salón con la frente alta, sin pedir permiso. No se había dejado poner la corona… la había juzgado.
Creía castigarla casándose con otra, pero se había engañado. Era él quien se estaba mutilando, cual sacerdote enterrado vivo en su promesa.
Madame du Poitiers no era una esposa, era una yegua indomable, un animal salvaje y anacrónico que lo desafiaba incluso al amarle, porque le amaba —se repetía una y otra vez—; aun así, en medio de su rabia, solo había conseguido alejarla para siempre confundiendo la pasión con el odio y ahora era Luisa quien estaba a su lado, cuando aún su alma moría por dentro.
Debía hablar con ella, mas no por cartas; necesitaba llegar a sus huesos, reparar el daño causado y, si su empresa tenía éxito, ya se dispondría de las sobras.
La hora del banquete le permitió clavar sus ojos en las preciosas pupilas que tenía la condesa por tan solo un instante, intentando que ella percibiese su pena sin alivio por todo lo escrito. El trance quedó roto al ser tomado de la mano por su nueva compañera.
Días después, en palacio las lenguas afiladas reconstruían su propia versión de los hechos:
—Tiene una expresión dulce —decía una sirvienta desde las cocinas.
—No se asemeja en nada a la otra… mas el rey tiene por cierto que sí —comentaba un gentilhombre.
Entre los embajadores prelaban los insatisfechos, alegando que un enlace sin estridencias podía ser bueno para la diplomacia, pero no para la guerra.
Mientras que en lo más profundo de la corte, la cavilación de los nobles de mayor rango era la de que no se había casado con una dama, sino con su arrepentimiento.
Entre tanto, desde otra dependencia del mismo Louvre, un escribano se regocijaba con el cambio de tornas.
—Se ha desposado con lo que tú deberías ser. En breve, el príncipe también te dejará de lado. Serás tan bienvenida como lo soy yo en las recámaras privadas del rey y todo volverá a su curso.
Esta vez, Gabrielle optó por callar, reconocer la verdad escondida que se ocultaba tras aquel monólogo y simplemente aceptar el cansancio con el que se lidia tras una larga enfermedad.
Lejos de la agitación parisina, desde la posición más alta y dominante de Europa, Felipe II recibía por parte de su secretario informes de la corte francesa, en una estancia que se recogía en sí misma como una criatura que no duerme.
De bastiones altos, severos y sin ornamento, parecía respirar un aliento frío, denso, que se filtraba entre los resquicios de piedra como una presencia que juzga en silencio.
Nada en ella invitaba al descanso. Todo estaba dispuesto para la vigilancia, para la escritura larga, para el peso de las decisiones que se celebran con la firmeza de quien se sabía temido y venerado a la vez.
Desde los techos, la lámpara colgante escupía una luz enferma que no vencía la oscuridad, apenas la empujaba. Las formas no emergían, se insinuaban.
El ambiente arrastraba una antigüedad imposible de descomponer: tinta seca, madera encerrada, grasa quemada y algo más terroso.
No era hedor, era memoria en estado sólido.
En el escritorio, los papeles reposaban alineados como soldados exhaustos, sin una sola arruga, sin una sola letra fuera de sitio. Los tinteros, oscuros y hondos, parecían tragarse la luz.
Sonidos, los justos. Apenas el chasquido leve de una articulación tensa, el golpecito seco de una uña contra el mango de la pluma.
Ningún paso reverberaba. Ningún mueble gemía.
Tras un rato, en el paladar se podía degustar una sequedad que no se explicaba por el clima. Se pegaba al fondo de la garganta y descendía con lentitud.
Nada sobraba: ningún retrato o símbolo que exaltara el poder visible, porque no era necesario. La autoridad allí no se mostraba: se sentía en cada centímetro de roca, en cada pieza del mobiliario, en el modo en que el espacio obligaba al cuerpo a permanecer comedido, exacto.
Ese era el lugar en el que Felipe escribía y el mundo obedecía.
En una de aquellas tardes, distinta de las demás, la tensión se hizo sentir. Demandaban eliminar el problema de raíz y la ejecución del hugonote por mano propia. No obstante, el descendiente de los Reyes Católicos era más sagaz que semejante desvarío.
Por otro lado, el enviado de Roma claramente se mostraba inconforme.
—Sería un escándalo intolerable para la cristiandad que un hereje siga respirando bajo los cuidados de los galos. Majestad, el Santo Padre no halla reposo.
El soberano escuchaba atentamente, sin pasar por alto el peligro contenido en tan simple manifiesto, sin ceder un ápice de compostura.
—Francia sangra sin dejar de latir. Un mártir es un estandarte…
no lo convirtamos en un símbolo, no nosotros.
Dejadlo vivir. Que huya, que pacte y se ensucie.
Ya aprenderá que cada promesa en París se paga con traición y, cuando su pueblo le adore, si es que alguna vez vuelve a ellos, podría sernos útil.
Hasta entonces, un cadáver solo haría ruido.
En cuanto al nuevo Valois, permitamos que se ahogue en su fanatismo. Luego solo tendremos que administrar el cuerpo.
El monarca, al acabar su discurso como quien sentencia, volvió la vista a su escritorio para firmar otros asuntos, olvidando casi por completo que aún permanecían en la sala el secretario y el delegado papal, lo que dio por terminada la reunión.
Sin embargo, uno de ellos no había quedado conforme con tan pausado modo de actuar, así que ya tramaba la manera de acelerar el curso de los acontecimientos, sin que sus ojos delatasen el juego doble que tan bien solía llevar.
Salió sin despedidas, cerrando las puertas tras él, sin medida ni decoro. No se volvió ni aceleró el paso. Sabía bien que el nerviosismo era la forma más burda de delatar una intención.
Atravesó la galería oriental con el semblante aún frío. En el suelo —pulido por siglos de obediencia— su silueta se proyectaba como un espectro sin rostro y, sin embargo, altiva. Nadie se cruzó en su camino, dejando la indignación disuelta bajo una falsa honra.
Lo que había oído en aquel despacho no era amenaza: era estrategia.
Felipe no había alzado la voz ni cruzado nombres concretos, pero sus frases —escuetas, cerradas e irrefutables— eran suficientes para deducir lo que se avecinaba.
Francia, ahora gobernada por una reina madre que apestaba a Florencia, era un huésped molesto en el tablero europeo.
El castellano no necesitaba romper la paz: solo debía retirar sus manos para que otros lo hicieran por él, pero el secretario no estaba dispuesto a aguardar.
Sin lanzar advertencia, sembraría un incendio.
Una hoja, una fórmula y el tono áspero del rey que ya había memorizado.
La misiva no sería burda. No hablaría de tropas. No amenazaría plazas. Apenas insinuaría.