12. CAPÍTULO XI #4
—¡Dejadme pasar, no me detengáis!
—Os lo ruego, pensadlo —suplicó Alençon—. Esto os pesará, sois el rey, en cambio ella…
—¡Ella me ha humillado!
—¡Precisamente por eso! Porque no os teme y, si vais ahora, no volveréis siendo todopoderoso; lo haréis como hombre… un hombre vencido por el despecho.
El soberano sintió danzar todo a su alrededor mientras el filo de aquella verdad era acusado. Sus pasos se detuvieron, pero no por convicción, sino por agotamiento.
Finalmente, aceptó volver a su recámara, intentando remendar el estandarte de un espíritu escocido.
Durante una mañana lúgubre del ya inevitable invierno, el despacho real olía a cuero, humo, madera y tinta. Enrique permanecía recostado contra una esquina del escritorio con las manos cruzadas a la espalda en un aire pensativo, aunque estaba decidido a cumplir con su propósito.
Catalina, incómoda por no saber de antemano el motivo de aquella reunión, tomaba asiento en su sillón, con la figura recta y escondiendo discretamente el escapulario entre sus ropas, mientras que Nogaret aguardaba —como siempre— de forma prudente.
Fue el monarca quien rompió la calma.
—La decisión está tomada.
Palabras que al escuchar la Médici la hicieron alzar una ceja.
—La casa de Lorena será elevada con este enlace —prosiguió—. He elegido a la joven Luisa; devota… obediente. Me profesa amor sin reservas y no pide más que el honor de servirme —y volteando hacia donde se encontraba la florentina añadió con traza teatral—. Deseo concedido, madre.
—¿De la casa menor de los Lorena? —respondió incrédula pero sin levantar el tono— ¡Qué modesto has resultado ser, hijo mío! Habéis optado por una niña enamorada, condenándonos a todos. ¿Ese es vuestro plan para consolidar la corona?
—Es mi deseo —cortó con sequedad—. No la he elegido por su dote ni por su sangre. Ha sido porque por una vez, no tendré que luchar cada noche por mantener la autoridad en mi propio lecho.
Desde su rincón, Nogaret intercambió una ojeada fugaz con la reina madre.
—¿Qué hacemos con el escándalo? Porque lo habrá, es muy poca cosa para ser tu consorte.
Su simpleza no se verá apaciguada por su devoción…
fuere hacia Dios o hacia ti, despertará lenguas —dijo la mujer llevándose una mano al pecho con fingida consternación, escupiendo con avidez una sentencia—.
Su fidelidad será usada contra ella. No tiene temple ni estómago y seguramente, tú ni siquiera has consultado con las cabezas de su linaje.
Ese detalle no pasará desapercibido para los Guisa, quienes jamás han sido conocidos por su discreción.
Enrique sonrió luciendo la mueca mecánica de quien ya ha previsto todas las objeciones.
—Será reina, pero no mujer de Estado ni embajadora. Nunca será madre del reino. Su deber será el de esposa, solo eso. Para los otros asuntos —dijo directamente a Nogaret—, tomaremos nosotros el control.
—Agradezco la confianza de Su Majestad —dándose por aludido el interpelado— ¿Se espera que asuma todos los aspectos prácticos y diplomáticos del compromiso?
—Todos —afirmó con rotundidad—. Convocad a los heraldos, acallad a los cronistas, suavizad la reacción en la corte… quiero un enlace sin alarde, irreprochable y sin tacha. Que quede escrito que Francia entera deseaba esta unión.
Catalina liberó sus pulmones como si fuese su último aliento y, acomodando las manos sobre su regazo, habló con ese tono tan suyo que imponía fatalidad con su acento italiano.
—Confío en que al menos habréis descartado la otra opción.
El futuro rey se giró bruscamente, derramando su copa sobre el escritorio al apoyarla con más fuerza de la necesaria. Durante un segundo, la atmósfera se quebró y la voz de aquel hombre herido salió a relucir sin cálculo ni medida.
—¡No quiero que se pronuncie su nombre!
El mutismo gobernó sin rival ante tal exclamación.
Su madre se limitó a asentir con satisfacción al haber tocado una herida abierta, como si fuese un viejo hábito del que disfrutaba, en tanto su hijo apretaba los dedos aferrados a la mesa.
Su reflejo era de un gris mortuorio propio de un cadáver que sangraba y ardía bajo las capas del protocolo.
Intervino Nogaret, con la eficacia de quien siempre sabe cuándo cuestionar sin dejar expuesto el cuello propio.
—Majestad, la condesa du Poitiers nunca ha podido ser una alternativa. Está casada. El derecho canónico lo recuerda a cada instante… y vuestros enemigos lo blandirán contra vos si lo olvidáis
Enrique no habló inmediatamente, quedándose muy quieto, tal vez demasiado.
Su rostro, cargado de ira, descendió sin decir palabra, pero sin muestras de resignación. Era la calma funesta que antecede a las decisiones osadas e inconvenientes.
Fue durante aquel anochecer cuando la tinta tembló bajo su pluma y las palabras brotaron cual espinas. Era una misiva fuerte y precisa. No para el reconcilio sino para dejar constancia de que aquel ego aún latía entre los despojos del poder.
"Gabrielle,
Llamaste destino a lo que te ata; yo lo llamo estorbo… y los estorbos se apartan.
El Rey de Francia”.