12. CAPÍTULO XI #3
Decís que el tiempo y la distancia son remedios para lo que me aflige, mas erráis. Ni el tiempo disuelve lo que está escrito en piedra ni la distancia borra lo grabado en la piel. Lo que hay en mí no se extingue: se encierra, se alimenta y crece.
Por vos, mi paciencia ha rozado el infinito… un rey no espera eternamente y las voces de mi cámara ya murmuran otros nombres para compartir el trono.
Podría tomar a cualquier dama de la corte como y cuando quisiera… incluso a vos, pero es vuestra alma lo que quiero, entregada gustosamente como sé que en secreto anheláis.
Si me veo obligado a elegir a otra, creed que no será por amor hacia ella, sino por obligación para con Francia y como castigo hacia vos, porque la veréis ocupar el lugar que negasteis.
Aunque el mundo la llame reina, nosotros sabremos que solo es espejismo de lo que pudo ser.
Haré que cada gesto suyo, cada palabra que salga de su boca sea un mensaje para vos.
Que París entero sepa que mi consorte es de apellido du Poitiers y que vuestro corazón sufra como ahora lo hace el mío.
No confundáis mis palabras con resignación.
Un navegante no renuncia nunca a la esperanza de arribar a su puerto y, si llegase a atracar en otra costa, llevaría consigo el recuerdo del muelle que le fue vedado.
Os prevengo, dicho recuerdo puede convertirse en un amarre perpetuo, invisible y tiránico, capaz de carcomer como el salitre.
No os engañéis, Gabrielle, cuando un monarca cierra una puerta, no la vuelve a abrir y, quien queda fuera, aprende demasiado tarde que no hay cerrojo más firme que el que pone un amante ofendido.
Aún os ruego, mas no por mucho, que no me obliguéis a sellar esta herida con oro y ceremonia. Dadme palabra y rendíos ante los sentimientos que arrojo a vuestros pies, antes de que el deber me fuerce a encadenar mi porvenir… un porvenir que podría ser también el vuestro.
Con la verdad que excede al cetro y corona.
Vuestro Enrique”.
Pasó casi un mes hasta que la dama reunió el valor necesario para responder, contando con la discreción de su mensajero de confianza.
La correspondencia proveniente de Inglaterra incluso había perdido su mágica influencia sobre ella.
Por aquellos días, evitaba abandonar sus habitaciones en palacio, escudándose tras cualquier excusa, hasta que no pudo dilatar más su decisión.
“A Su Majestad el Rey de Francia y de Polonia.
Mi señor,
He recibido vuestra carta con la atención que merece un soberano y, con el respeto que a vos os debo por nacimiento.
No ignoro el honor que me dispensáis, mas tampoco puedo cerrar los ojos a la verdad que pesa sobre mi vida como una sentencia inapelable.
Por designio de otros y, tal vez por prueba de Dios, sigo siendo una esposa.
Ambos sabemos que, como buenos cristianos, se trata de un destino que solo la muerte puede cambiar y, mientras el Cielo no lo disponga, no existe nada que mis pensamientos puedan anteponer a la ley que nos rige a todos.
Referente a lo que insinuáis, no puedo sino desear a vuestra Majestad la más completa felicidad al lado de quien habrá de acompañaros reinando. Según dicen, es de carácter dócil y apacible. Confío que en ello halléis el sosiego que ahora mismo os niega tan dura decepción.
Que el Altísimo guíe vuestros pasos y los de nuestra futura reina hacia la paz que toda Francia espera de vos.
Humilde servidora de Vuestra Majestad.
Condesa du Poitiers”.
La réplica de Gabrielle llegó como un latigazo en pleno rostro en forma de nota breve, comedida, imposible de disputar y por ello…devastadora.
Unas líneas bastaron para desencadenar un estallido sin precedentes en las cámaras privadas del monarca.
Nunca nadie le había visto así. Los guardias apostados en los pasillos no sabían si proteger la puerta o a quienes se encontraban dentro.
Un jarrón de cristal de Murano fue lo primero en caer, seguido de un candelabro arrancado de cuajo.
Después fueron el biombo, los libros, un banco.
No era un arrebato histriónico, sino el derrame brutal de una cólera incontestable.
Nadie se atrevió a sugerir responsables ni mucho menos osar adivinar el contenido del escrito.
Bastaba con ver sus ojos para comprender que había sido rechazado, pero no por una princesa del extranjero, sino por ella.
La única mujer ante la cual había permitido que el deseo desnudase su orgullo y esa negativa, cargada de dignidad silenciosa, le había reducido a lo que más temía: un pusilánime desposeído de aquello que cree amar.
Fue entonces cuando, fuera de sí, abandonó el recinto. Su capa apenas rozaba el suelo, como si el hedor mismo de su derrota lo empujara, ligero y frenético, hacia su perdición. Caminando a zancadas, con una sola dirección en mente: las dependencias de la condesa.
Sin escolta, sin protocolos, sin reparos ni frenos.
Había decidido verla para obligarla a hablar, a repetir a viva voz el agravio escrito, tomarla entre sus brazos y gritarle a la cara o algo mucho peor.
Afortunadamente, la prudencia de la sangre lo interceptó a mitad del trayecto. Su hermano, alertado por las hablillas, había logrado darle alcance en uno de los corredores laterales, manteniendo luego más que una conversación, una disputa verbal. Enrique estaba fuera de sí.