12. CAPÍTULO XI #2
—Los pecados de los Médici nos darán monedas, pero los soldados no hablarán su idioma.
Nuestro estandarte lo llevará quien lo ha hecho siempre: aquel que no tiembla desde su silla de piedra, el que lo ve todo.
El falso católico debe ser extirpado antes de que eche raíces y su pestilencia se propague, cual peste entre ratas.
Que se prepare quien deba hacerlo; no tardaremos en interpelar su conciencia… ni a su acero.
El consistorio no se dispersó, sino que se desangró lentamente, como un cordero degollado tras recibir la bendición.
La sala poco a poco se vació, perdiendo calor como un cuerpo sin alma.
Los presentes se despidieron sin palabras, cada uno cargando con el peso de un consenso sellado en sus rostros.
No había vencedores, solo conspiradores vestidos que sabían que el arte de su profesión era permitir que otros se ensuciasen las manos por ellos.
El representante de Dios permaneció en pie. Ni los frescos de Miguel Ángel observándole desde lo alto de forma recriminatoria, bastaban para mitigar el juicio que acababa de pronunciarse ni mucho menos el ansia de dominio total.
Un joven acólito que había sido testigo de aquella funesta reunión se atrevió a interpelar al muñidor de aquella trama intentando disimular el temblor en sus manos.
—¿Y ahora, Santidad? —preguntó aún con la cabeza gacha.
El Papa no respondió de inmediato. Consideraba al país galo apenas un trazo entre potencias, una grieta entre credos. Demasiado débil para regir, demasiado orgullosa para caer sin escándalo.
—Ya no hablamos de cetros ni de naciones —dijo al fin, con voz sepulcral—. Todo se resume en erradicar brotes. Si uno arde con corrupción, los demás se contaminarán en poco tiempo.
Señaló, caminando lentamente hacia el altar secundario, donde reposaban tres objetos: un cáliz vacío, una bula sin firmar y una daga ceremonial aún con filo. Los contempló fijamente para proseguir:
—La diplomacia ya no basta. La sangre será más elocuente. Que beban todos los príncipes del mundo, sabedores de que quien no beba de Roma sangrará —dijo alzando la copa consagrada para luego devolverla a su sitio con ademán dramático.
—Enviad emisario a Madrid. Que no diga guerra, debe hablar de cruzada —agregó clavando sus ojos en él, como si cada sílaba fuese un edicto ancestral—. Anunciará una purificación sagrada. Que lo susurre como si el diablo lo oyera y con la convicción de un templario.
Esa fue su proclama, mientras el futuro Enrique III trazaba con pluma y fuego lo que la Iglesia llamaba debilidad.
Entre las murallas de la fortaleza, la preferencia del ahora mayor de los Valois por la hija del conde era evidente, mostrando por ella una predilección notoria ante cada oportunidad.
Las cartas de quien sería soberano eran constantes aunque cada vez más íntimas, respetando siempre las normas básicas e imprescindibles ante una mujer casada, pero dejando claro que la voluntad de la realeza estaba muy por encima de los derechos que creía tener un escribano.
Solía implicar a la dama en actividades de caza —a pesar del disgusto de la invitada— teniendo a su mano cualquier excusa para no despegarse de su lado, ofreciéndole incluso su propia montura.
Poco importaba el cervatillo cuando ya su instinto depredador acechaba a una presa mucho más apetecible.
Sin embargo, los meses pasaban y no estaba más cerca de disuadirla, incrementando con la espera su deseo.
Había crecido creyendo que la vida le debía algo… complacencia absoluta; por lo que la negación de una mujer, una que ante sus ojos solo le rechazaba por pudor y vergüenza, jamás por desamor, era solo una razón más para poseerla.
Aquella joven, que años atrás le sorprendió en los jardines ayudando a un torpe sirviente y a quien había visto como quien halla una flor exótica, ya no era ese ser puro; su semblante la traicionaba, pero aun así, ese carácter, la osadía en sus respuestas y valor en el actuar se le antojaban irresistibles.
Su vanidad no toleraría que tanto interés y esfuerzo dedicados a ella se perdiesen sin fruto.
Todo esto transcurría mientras Armand ahogaba su pretensión entre prostíbulos y tabernas, hasta que halló en el alcohol el coraje del que no gozaba por naturaleza e irrumpió en la estancia como quien lleva consigo la furia del averno.
Gabrielle, de pie junto a la ventana, claramente esperaba a alguien que no era él, así que apenas se giró.
—¿Me dirás cuánto tiempo piensas seguir humillándome?
—Su voz se quebraba entre celos y rabia— ¿O pretendes fingir que no me ves cuando el rey te saca del salón como si fueras suya?
Ella le observó mientras él se acercaba tambaleándose, intentando mantener el equilibrio.
—Hoy mismo —balbuceó—, sin recato alguno entraste con Catalina de Borbón y esa viuda taimada en la sala privada. Allí estaban Nogaret … Alençon, bebiendo y riendo contigo.
¿Y yo? ¡Fuera, como un criado esperando a ser llamado!
—Si os dejan fuera —replicó con frialdad— es porque no sois de utilidad en esas reuniones.
—¿Utilidad? ¿Y vos cómo sois útil? Quiero que cuando veas al rey bajes la vista. ¡No le retes con esa altivez! Te has convertido en una descarada, una insolente.
Ella cerró el trecho que quedaba entre ellos sin presentar ni un atisbo de miedo y conservando una postura digna; se detuvo ante él, aspirando el aliento de cólera que exhalaba su adversario, pero no dijo nada.
—El único que no te mira el escote con disimulo es el hugonote navarro…
y porque sus gustos apuntan mucho más alto.
El resto cae a tus pies como quien reza a una deidad.
Me irrita que en tu presencia se decida más que en el consejo, que Nogaret te mire como si fueras un juego que no ha ganado y que Francisco te halague solo para disputarte con su hermano.
—Pues que hablen y comenten —respondió finalmente—. Si os incomoda… ganad vos mismo lo que tanto os falta y que a mí me sobra, muy a vuestro pesar.
—Te recuerdo que deberías llevar mi nombre, que soy tu esposo. Si vuelvo a verte desafiar al rey con esos ojos tuyos, haré que recuerdes quién manda en nuestros aposentos.
Gabrielle le sostuvo el talante.
—Mandad en vuestra sombra, si os reconforta. Yo seguiré siendo la Condesa du Poitiers. La mujer a la que el rey contempla de hito en hito. En cambio vos… no sois más que el sabueso del Guisa.
La quietud cayó como una tormenta de invierno.
Con deseos de sacudirla, empero, conteniendo sus impulsos, el escribano la miraba, casi atónito.
Ella tomó el abanico indiferentemente, como si aquella conversación hubiese terminado; fue entonces cuando por el umbral entró Francisco de Alençon, quien había alcanzado a escuchar lo suficiente como para saborear la escena.
Sus ojos recorrieron la estancia sin prisa, midiendo el disgusto del hombre y el rubor de la dama como un catador prueba un mosto.
Se inclinó ante ella, exagerando el movimiento lo necesario para que pareciera una reverencia hacia una soberana.
—Madame du Poitiers —pronunciando cada sílaba con claridad maliciosa—, espero no interrumpir, aunque confieso que bien diera oro por escuchar el resto.
Los labios de ella insinuaron una sonrisa apenas perceptible.
—Permitidme el honor de escoltaros —continuó el recién llegado, tendiéndole el brazo con estudiada cortesía y sin esperar una respuesta, asegurándose de dejar manifiesta la afrenta.
Ella lo aceptó sin dudar. Por otro lado, Armand, rígido, parecía mantener oculto un insulto entre los dientes.
Mientras Gabrielle era conducida hacia la arcada, el caballero habló en susurros, lo justo para que el escribano pudiese oírlo:
—La brisa fresca os sentará bien, madame… y a algunos les convendría aprender que las flores no se marchitan por crecer en la sombra.
El comentario, ambiguo pero vanidoso, generó en la joven una chispa de diversión que no intentó esconder, lo cual dio motivos a este para continuar, girando levemente el rostro hacia atrás con expresión alegre.
—No temáis, monsieur. Os la devolveré antes de la cena. Aunque —añadió con un guiño lento hacia ella— quizá con alguna intriga más de las que hoy guarda.
Salieron así tomados del brazo para internarse en los jardines, dejando tras ellos el ataúd del orgullo ajeno.
Cuando estuvieron fuera del alcance de cualquier curioso, Alençon señaló con precaución:
—Vuestro marido tiene el hígado rebosante de furia. Cree que el mundo se doblega a su capricho, cuando me temo que este desconoce su existencia.
—Le complacería que yo bajara la voz.
—Oh, vos no sois de las que se rinden. No aquí, no ahora y, si me permitís decirlo, ante nadie.
La condesa lo miró, calibrando la intención de esa frase.
—¿Os declaráis mi confidente o mi juez, monseigneur?
—Es solo el recordatorio de que algunos observamos sin tocar, conscientes de que muchas veces la mejor jugada es no mover una pieza hasta que los demás olviden que puede atacar.
—¿Vos me protegéis?
—Digamos que valoro a quien no me trata como el eterno segundón —repuso, dejando expuesta tras sus palabras una pequeña cicatriz.
—Sois más prudente de lo que aparentáis, duque.
—Y vos, madame, más peligrosa de lo que admitís —dijo, ensanchando su sonrisa—. Incluso mi hermano, con toda su majestad, debe medir las palabras ante vos. Quizá por eso me agradáis.
—Puede que peque de imprudente —respondió tras un suspiro con aspecto de reflexión.
—La imprudencia es otro nombre para el coraje cuando sabe imponerse y vos, madame, habéis plantado cara nada menos que a un Valois —repuso, besando a continuación su mano.
Ese momento, aunque breve, dictó un pacto no escrito entre dos jugadores del mismo tablero.
Entre tanto, las misivas continuaban su trayecto desde las alcobas reales a los humildes aposentos del escribano, pero en un solo sentido, sin hallar respuesta hasta que una velada, en la que la condesa se preparaba para dormir, un sonido carrasposo se coló por debajo de su puerta.
“Del aposento del Rey en el Louvre.
Madame,