12. CAPÍTULO XI
CAPÍTULO XI
Enterraban los franceses a un Carlos IX que había dejado de respirar tras semanas de vómitos oscuros y gritos delirantes suplicando piedad.
Murió como había reinado: sin paz, sin herederos y sin redención.
Su caída provocó una convocatoria, que, cruzando del oeste al este, había llegado sin demora a Cracovia, siendo muy bien recibida por un soberano hastiado de la corte polaca, donde jamás fue aceptado, pero que al mismo tiempo tampoco le permitía partir.
En una oscura noche, una ambición aún más sombría escapaba disfrazada para portar el título que nadie más merecía, cambiando un solio por otro.
En tierras tan sagradas como mediterráneas, el Papa reclamaba limpiezas, anunciaba cruzadas y vendía indulgencias financiadas por florentinos a un precio que los hugonotes no estaban dispuestos a pagar.
Desde donde nunca se pone el sol, un Felipe II, amo y señor de medio orbe, vigilaba con agudeza de halcón cada movimiento y Europa entera contenía el aliento rezando para no caer bajo el foco del católico.
Desconfiaba el monarca hispano de los Valois por su evidente falta de escrúpulos, del prisionero navarro convertido a conveniencia; de Isabel Tudor, quien siempre se hallaba sigilosa alimentando rebeliones tras una cortina de inmovilidad y de Guillermo de Orange, causante de sus dolores de cabeza en Flandes.
Todos los gobernantes se miraban a los ojos estudiándose el uno al otro, calculando el próximo movimiento y así reajustar los lindes con rojo carmesí.
A un 15 de septiembre, París se vistió de gala nuevamente cambiando la mortaja por los encajes, disfrazando con fiesta la podredumbre aún fresca del difunto.
El sucesor ya estaba en palacio y, como todos esperaban, su comportamiento fue el de aquel que finalmente recibía lo que se le había prometido.
Su figura, recta y altiva, combinaba con el orgullo de Catalina, quien saboreaba aquello como una victoria.
No era cualquier aspirante quien ocuparía el trono, sino su viva imagen encarnada.
Ese que había salido de sus entrañas para prevalecer sobre el resto como merecía… y con ella muy cerca.
La atención del príncipe reinante, no obstante, se hallaba ocupada en la búsqueda de alguien más cuando dicha estampa apareció tras una digna reverencia.
Todo aquel deseo que había sentido antes de su partida fue reavivado, no por ternura; fue ante un gesto sublime de respeto vacío que no dejaba ver nada más.
¿Era la misma dama que meses atrás se le había resistido?
¿Aquella por la que retuvo la comitiva varias horas, seguro de que aparecería, solo para acabar masticando su propia desilusión?
Sí, lo era. No obstante, algo había cambiado y esta vez disponía de la autoridad necesaria para averiguarlo.
“Del aposento del Rey en el Louvre, 16 de septiembre del año de Nuestro Señor de 1574.
Mi memorable dama,
Apenas he recobrado el sosiego desde el instante en que vuestros ojos, tras tanta ausencia, se alzaron para saludarme en el salón ayer. El bullicio de la música, los mil pasos danzando a mi alrededor, todo se disipó cual humo en el aire, quedando solo vuestra silueta.
La misma que con pasión y desasosiego recordaba, mas con un semblante tan distinto a aquel que ha sabido perseguirme en mi destierro y vigilias.
No hablasteis más de lo cortés. Sin embargo, en cada sílaba hallé el consuelo que tanto he buscado entre la nostalgia que aún yace en mí.
¿Creéis, madame, que el amor verdadero es como un galeón que, al primer viento adverso, entrega su rumbo a la tempestad? No, si es firme, enfrenta las olas y las vence. Cada embiste lo aproxima más a su puerto.
El acto fue breve, y yo, atado por la ceremonia y nostalgia de aquel amanecer esperando inútilmente por vos, os dejé pasar como si fuerais una más entre tantas. Mas no os engañéis, Gabrielle, ningún rostro me ha importado más que el vuestro.
Os he vuelto a tener frente a frente y con ello habéis despertado una necesidad.
Querría encontraros sin testigos, escucharos sin melodía que distraiga mi oído.
Necesito sepáis lo que no dije entonces y que ahora estoy en posición de decir.
Cosas que en este momento mi pluma, más osada que mi lengua se atreve a trazar.
No os perdí en Polonia… porque nunca os tuve.
Y eso, mi bella dama, es afrenta que deseo reparar.
No me privéis de vuestra compañía. Hallad el pretexto ante ese marido insensato, que yo hallaré ocasión sin vacilar. En palacio abundan espías, mas siempre hay un rincón donde la palabra puede ser solo de dos; especialmente cuando uno de ellos es el rey.
Vuestro, con la fidelidad de quien os ha sabido esperar.
Enrique”.
Varios minutos después, abstraída de cara al fuego, la misiva sorprendió a la condesa, quien leyó la retahíla que encerraba sin urgencia de esconderse, puesto que el escribano seguro llevaría varias horas ahogado en alcohol sobre alguna mesa de juego.
Prestó atención a cada palabra, intentando descifrar las verdaderas intenciones del emisario.
¿Qué esperaba o demandaría de ella?
¿Calentar su lecho o ceñirle una corona?
¿A qué precio?
¿Bastaba un cetro para doblegarla y someterla nuevamente al redoble agónico del cabezal?
Fue así como la prudencia cedió ante la urgencia demandada y, contrariando su propio recato, consintió el encuentro.
—Su Majestad —dijo, saludando como correspondía.
—Madame, permitidme detener mi mirada en vos más de lo que conviene. Debo recuperar tantos meses de lejanía y delirio. He temido que la crueldad de esta ciudad hubiese podido borraros.
—París carcome todo aquello que le roza —respondió con calma—. Solo conserva lo que le sirve.
—Y yo os necesito, Gabrielle —replicó sin pestañear—. Ni siquiera en Polonia encontré nada comparable a vos.
—Palabras gentiles, sin duda, pero no me habéis visto lo suficiente como para hacerlas reales a mis oídos.
—Lo suficiente para saber que cuando no vinisteis, cuando era obvia vuestra negativa a acompañarme en tan largo viaje, quedó en mí algo mayor a un recuerdo. Dejé una deuda. Os ofrecí poco… ahora lo tengo todo.
Ella permanecía con el ceño atento, sin moverse, entre impresionada y recelosa.
—¿Vuestra intención con esta entrevista furtiva es saldarla o aumentarla?
Enrique dio un paso, acortando la distancia con lentitud.
—He vuelto para tomar lo que nunca debí dejar en manos de otro, alguien que os mancilla con su apellido.
—Alguien a quien sigo atada.
—Los reinos mudan, los tratados se quiebran, las fronteras se abren y los muros se desploman.
Se abrieron por instinto los ojos de la condesa y algo en su interior se contrajo sin aviso.
¿Tan sencillo era ponerle fin al castigo impuesto por el pecado ajeno?
—¿Cómo confiar en vos si el púrpura y los azules son emblemas de olvido?
—No tratándose de vos —murmuró, acercándose hasta poder percibir el aroma de su piel— y si algún día vuelvo a perderos, no será por fuerza humana.
Madame du Poitiers se alejó por impulso y antes de despedirse se limitó a expresar en una voz tan fina como una brisa tenue:
—No olvidéis, señor, que nunca me tuvisteis.
A leguas de ahí, la Ciudad Eterna seguía con atención cada suspiro de las monarquías.
La Capilla Sixtina estaba en penumbras, no iluminada por frescos, sino por el humo de incienso que se arrastraba como penitente vencido bajo las bóvedas.
Las velas apenas apartaban la oscuridad, supurando cera sobre altares fríos como huesos.
Al centro, una mesa cargada de mapas, cartas selladas, bulas con bordes ennegrecidos por el uso y un ramo de flores secas que alguien había dejado allí con propósito incierto.
Los cardenales aguardaban pacientes para dar fe del Juicio Final.
—Mientras París compre bulas, su pecado es útil —dijo el florentino, ajustando un anillo con el blasón de los Médici—. Las arcas se llenan. La debilidad de los Valois no es problema… no para la Iglesia.
Ninguna réplica se oyó hasta que un sonido grave rompió la plácida hipocresía:
—Pero la herejía permanece latente. Navarra respira y mientras así sea, Lutero tendrá sucesor.
Un carraspeo se alzó desde el extremo opuesto con acento borgoñón y manos deformadas por la gota.
—No es un pagano cualquiera; lleva sangre Valois y con ese carácter falsamente sumiso confunde a más de uno. El sopor de su ambigüedad ya se cuela bajo nuestras puertas.
Las voces fueron ganando cada vez más espacio para su derroche de espanto e indignación. Entre los asistentes más inexpertos, se intercambiaban muestras de inquietud, en tanto que los ancianos hacían la señal de la cruz sin devoción alguna.
Abrumado por tales aseveraciones, el Papa permanecía callado. Tenía el aspecto de un monje exhausto que expresaba mucho más de lo que decía su lengua en latín.
—Francia ha mudado de rey —dijo al fin, destilando más antigüedad que su edad—, pero no ha sanado de su enfermedad. El nuevo Valois trueca la espada por la enagua y los rezos por caricias. Al mismo tiempo, el norte de los Pirineos aguarda sigiloso, mientras sonríe y secretamente se fortalece.
El secretario papal, de faz angulosa y sotana raída, abrió un pliego con discreción para leer el reporte de su embajador en París sobre la fijación del heredero por una dama y la pérdida de horas en jardines a la razón de Estado.
Una voz toledana se irguió buscando eco y lo halló:
—La amenaza no yace entre sábanas bordadas.
El peligro no tiene forma de mujer, sino nombre de rey y se llama Enrique de Navarra.
Al más mínimo indicio de duda, Madrid deberá portar la cruz y hacer valer con su propia mano la justicia de Dios.
Nuestro soberano no puede ignorar que el hereje toma rumbo al trono, no para orar, sino para gobernar.
En el recinto se produjo un asentimiento general a la moción con la clara excepción de un veneciano, quien, entretenido alisando su sotana, iba calculando alianzas.
El vicario de Cristo no pidió silencio; lo impuso abandonando la comodidad de su asiento, pareciendo más estatua que hombre.