La Loba de París (Cantos de Expiación 1) 11. CAPÍTULO X #2
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11. CAPÍTULO X #2

Que entre tantos sacramentos,

No ha de quedar rehén libre

Ni cadera sin intento.

Que la corona te espera,

Mas no encima de tu frente,

Sino en lecho compartido

Con damas y con sirvientes.

¡Huye, Enrique, huye!

No vayas a reventar,

Que entre tanta comunión

Vas camino del altar.

No, nunca hubo palabras de ningún tipo e incluso sus pupilas se rozaban sin sostenerse durante el tiempo que compartieron en París, siendo estas escasas y esquivas.

Al tiempo que el navarro buscaba salidas a su cautiverio, la tragedia no gobernaba solo en el recinto del vasallo del Guisa o la recámara de Margarita.

En otros rincones del Louvre, el vapor que sólo emana del conflicto invadía el ambiente.

Los escritos cruzaban mares, los cetros sudaban y las espadas permanecían al alcance de la mano, listas para ser desenvainadas, atentas a las órdenes que salían del gabinete de la viuda, donde el calor se iba tornando gélido.

“A Catalina de Médici, Reina Madre del Reino de Francia en el Louvre, de Su Majestad Isabel, por la gracia de Dios, Reina de Inglaterra e Irlanda, legítima heredera del trono de Francia.

Defensora de la Fe.

Muy alta y poderosa señora,

Con la atención que merecen los asuntos de Estado, hemos recibido las nuevas procedentes de vuestro reino relativas a los trágicos acontecimientos acaecidos en la ciudad de París durante el año pasado.

Nos ha sido relatado, con detalle perturbador, que numerosos súbditos del reino de Francia, congregados en la ciudad bajo promesas de seguridad y reconciliación, hallaron el filo de la violencia y no el tan deseado descanso de la política.

Aguardábamos, como manda la razón y lo exige la fe cristiana, alguna manifestación de pesar o voluntad de enmienda, mas no se nos ha enviado tal palabra.

Por tanto, y ante el silencio que pesa más que cualquier respuesta, se nos hace inevitable suspender toda negociación relativa a los acuerdos matrimoniales propuestos entre nuestras casas, retirándose formalmente los enviados de la Corona inglesa; quedando nula toda iniciativa de enlace o tratado, mientras no se esclarezcan del todo los hechos y no se restituya la confianza entre nuestras naciones.

Es deber de toda soberana velar por sus fronteras y por la pureza de su conciencia, lo cual me haría imposible, en buena fe, continuar caminos que hoy se ven tapizados de cadáveres.

Que el Altísimo, único juez de los reyes, reparta entre nosotras lo justo y que la sombra que se cierne sobre Francia no termine por anegar lo que aún queda de esperanza.

Dado en nuestra corte de Whitehall, bajo nuestra mano y sello, en el mes de marzo del año del Señor 1573.

Yo.

Isabel Reina”.

Catalina leyó sin siquiera suspirar. Sólo pronunció con la sequedad de quien no se permite una emoción:

—La Tudor responde que no estrechará la mano de quien ha empapado de sangre la cruz del cristianismo.

Las tratativas se hallan rotas. No habrá enlace, tratado ni embajadores.

Inglaterra nos cierra sus puertas. Una mujer que manda edictos desde una isla rodeada de niebla, no debería dictar lecciones sobre absolución de pecados.

Su hijo Enrique, de espaldas, observaba el fuego sin pestañear en medio de un perfil que parecía tallado en roca, más estático que pensativo. Respiró hondo, sintiendo que el viento era orgullo y, al volverse, el soplo le subía como soberbia.

—¿Cree que fue idea mía?

—Sí, porque lo fue.

Él soltó una carcajada que hizo retumbar las paredes.

—¿Tanto poder piensa la virgen que tengo? ¿O es que vuestra sombra ha dejado de imponerse?

La florentina entrecerró los ojos con la lentitud de quien ha escuchado demasiadas veces esa clase de desafío.

—No aguardes razón en el juicio de los reyes extranjeros. No quieren culpables… quieren rostros y el tuyo estaba allí. Con el sable, la orden y la disposición.

—¡Porque vos me lo pedisteis! —La voz del duque se alzó, no con furia infantil, sino con la fuerza de quien ha callado demasiado—. Fuisteis vos quien me señaló los nombres, quien me entregó las listas, quien marcó los portones a derribar. Todo cuanto hice fue guiado por vuestra voluntad.

—Y vuestra eficacia me hizo temblar —dijo alzando la copa mostrando orgullo—. Los soldados obedecen. Tú… tú pareces haberlo disfrutado.

—¡Sois peor que la peste! Vuestras intrigas se arrastran como gusanos entre criptas. Habéis acabado con nuestro padre y, ahora mi hermano.

—Mi saber actuar trajo dos reinos a tu apellido y tres cementerios. ¿Estás preparado para elegir en cuál acabarás tú?

Él dio un paso al frente. Ya no le hablaba como hijo; lo hacía como hombre.

—No me tratéis como a Carlos. No soy ese pobre enfermo al que podéis mecer entre fiebres y oraciones. No soy tan estúpido, madre.

La dama se irguió sin alterarse.

—Por eso estás destinado a gobernar.

Enrique no respondió. Regresó al fuego, que crepitaba con brasas casi apagadas, ardiendo en una estancia sentenciada por los ausentes. Catalina observó su silueta con una expresión ilegible. Luego, con la templanza de quien habla del clima o de un testamento mal firmado, murmuró:

—Isabel no aceptará excusas. Su conciencia desborda superioridad moral y cree que eso es virtud. No responderá más y, de hacerlo, será desde la distancia, con desprecio.

—Había una alianza… —dijo él en tono más bajo—. Una promesa de unión entre reinos.

¿Ahora qué nos queda?

—Francia y su trono… si tienes estómago para sostenerlo. Las coronas no se heredan, hijo mío; se arrancan de entre los muertos. Si Isabel cree que puede humillarnos, hazle recordar que los Valois no piden perdón… y que los Médici hacen temblar.

—¿Qué haré hasta entonces? —preguntó, casi con sorna— ¿Esperar en un rincón a que mi hermano parta, entre plegarias y visitas de médicos?

—No, reinarás. Te han ofrecido el trono de Polonia y lo tomaremos —dijo bajando su voz una nota, para no ser escuchada más de lo necesario.

La observó, desconfiado. No parecía sorprendido, tampoco agradecido.

—¿Un cetro prestado por nobles temblorosos y electores hambrientos? Lo que llaman gloria… apesta a arriendo —replicó— ¿Un poder que se comparte con Dios, con el pueblo y con el capricho de los zares?

—Una gloria que sirve para abrirte el camino a otra mayor —respondió de forma imperturbable—. El viaje a Cracovia será largo, pero no inútil. Allí aprenderás lo que aquí te falta.

—¿Y qué me falta?

—Soledad, poder sin nombre, obediencia sin cuna. En Polonia no te llamarán hijo de Catalina. Allí serás tú… o nadie.

Hubo un destello oscuro en el semblante del príncipe, cual cuervo cruzando la pupila.

—Si me convertís en un monstruo… no esperéis que me incline ante vos cuando acabe el banquete.

Ella dejó la copa suavemente sobre la mesa.

—No necesito reverencias.

¿Acaso alguien duda de que la grandeza de Francia lleva mi firma?

—dijo con la serenidad de quien dicta una verdad escrita—.

Solo os pido una nuera callada y obediente.

Dadme lo que vuestros hermanos me han negado —apuntó a modo de exigencia cuando servía el licor.

Elixir que su hijo simplemente olfateó antes de apartarlo con desdén e inmediatamente retirarse.

—Os hastiaríais, madre —agregó con chispa lasciva.

Salió del gabinete sin inclinarse, con la compostura de quien aparenta calma y el paso presto de quien busca sofocar su cólera. Estaba disgustado, sí, mas aún… había algo —alguien— de lo que tenía especial antojo.

Lejos de aquella disputa, Gabrielle deambulaba por la biblioteca a la que acostumbraba acudir por las tardes, cuando de pronto fue sorprendida por el mismísimo duque de Anjou.

Allí, sin escolta visible, sin cortesía pública, sin fingir razones para dejar caer el anzuelo envuelto en terciopelo:

—He visto vuestro apellido en los márgenes de ciertos memoriales.

—¿El mío, monsieur?

—Du Poitiers. Un nombre con peso, incluso en el exilio.

—¿Exilio?

—Polonia es lejana, pero no inhóspita. A veces, para encontrar libertad, conviene mudarse de lengua.

Ella no respondió.

—A mi lado tendríais menos ojos sobre vos, aunque… no todos los ojos son una amenaza —murmuró con dulzura ácida y mirada voraz, al tiempo que deslizaba un pliego con el sello de la delegación diplomática.

—Si deseáis partir, hay sitio para una dama discreta que sepa captar lo callado y que no le tema al invierno o a los favores de un rey.

Sus modos al acercarse y su tono al susurrarle al oído la hicieron querer escapar.

No obstante, sabía que la vulgaridad que le aguardaba en sus aposentos era aún peor, así que se limitó a escuchar y solo cuando este abandonó el lugar pudo al fin respirar, aunque ese aliento lejos de ser alivio, no era más que la antesala de otra asfixia.

Esa noche, en una de las dependencias comunes, su marido reía jugando a los dados con piezas de oro, monedas que ella reconocía porque eran parte del legado que su padre le había dejado bajo juramento:

Tú no tendrás que mendigar respeto. Tendrás linaje y peso propio.

Palabras antiguas, tan muertas como el conde.

La dama los observó desde el umbral, con gesto de desagrado al aire que apestaba a sudor satinado y a derrota.

Entre tanto, un mensaje esperaba sobre su escritorio personal. Lo abrió sin prisa; no porque no supiera lo que contenía, sino porque ya había decidido leerlo como una sentencia.

El texto era breve; el estilo medido.

Una invitación discreta, un pasaje reservado entre los de la comitiva que partiría a otro rincón de Europa en otoño, al servicio del nuevo rey electo.

“Una dama de educación, sin familia que la retenga, puede encontrar utilidad en mi corte.”

La condesa volvió a mirar hacia la sala. El escribano había perdido y lloraba entre risas pidiendo al mismo tiempo crédito a un primo de los Guisa. Era una escena obscena por exceso de vicio y ausencia de todo honor.

Gabrielle dejó la carta del futuro monarca sobre las llamas para que se extinguiese lentamente.

El invierno llegaría con o sin ella.

Y si debía arder… no sería en Cracovia. Sería en París y con todos dentro.