La Loba de París (Cantos de Expiación 1) 11. CAPÍTULO X
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11. CAPÍTULO X

CAPÍTULO X

En un ala fría, desde hace varios meses, madame du Poitiers reside bajo las órdenes de un marido que desperdicia sus días en charlas poco honrosas con el duque de Guisa y allegados, grupo del que ya no forma parte su hermano.

Pocas semanas después de atar el destino de Gabrielle a un infierno doméstico —con el infortunio sin terminar aún de devorar— se le encontró muerto; desplomado sobre la mesa de un prostíbulo.

Dicen las malas lenguas que antes de ser asesinado, reía sin contención ni medida, relatando cómo había clavado una daga por la espalda a un hugonote en San Bartolomé.

—Lo agarraron por el pelo y le abrieron el cuello como a un cerdo… Murió vomitando su propia sangre —era cuanto se murmuraba la mañana siguiente.

Al parecer, el protestante tenía un hijo quien llevaba tiempo siguiendo la pista del criminal y aprovechó la borrachera del perpetrador para saldar cuentas.

Relatan los testigos: tal fue la brutalidad de aquel acto que espantó tanto a la furcia que reía sobre sus piernas como al interlocutor, provocando la huida de ambos entre gritos, pero sin que nadie se atreviera a comprobar si aún respiraba.

No fue hasta el amanecer que echaron el cadáver a la calle, siendo este reconocido por un mensajero de la corte que llevó rápidamente la noticia a los interesados.

Nadie lo lloró; fue un fantasma sin memoria, un animal famélico que rondó pasillos demasiado altos para él.

Gabrielle estaba obligada a fingir luto, mas el hedor de aquella muerte tan vil ni siquiera merecía una lágrima.

Ella misma se juzgaba por ello.

¿Era posible no sentir pena por la partida de su única familia?

La respuesta que encontró ante tal reflexión fue más bien de alivio, porque alguien finalmente había recibido el final que se merecía. El de aquel bastardo deshonroso era morir como una bestia y ella, sosegadamente, tachaba el nombre del hijastro du Poitiers de su lista de deudores.

Lejos estaba su marido de llorar la pérdida de un secuaz, puesto que esa muerte le brindaba la oportunidad de convertirse en noble, cargo que desde hacía ya meses ostentaba falsamente.

Se creía heredero; ella, por otro lado, albacea de una ruina anunciada.

Estaba en manos de un escribano sin escrúpulos que arrastraba su honor por las mesas de juego y burdeles, haciendo el ridículo más de una vez, cuando alguien en la corte tenía el valor de recordarle que su nombramiento era ficticio.

El usurpador prefería callar, aferrado a la palabra del conspirador de Joinville: apelaré por ti ante la reina madre; no tardará en llegar; el título caerá en tus manos. No obstante, meses después, el monarca —muy débil para conspiraciones— no había hecho los honores.

Consciente de que todo lo que él mancillaba dejaba más justificado el cobro que su propia mano le aplicase, la hija del conde le dejaba hundirse, transformando de forma divina la hipótesis de la caída en una cuenta atrás.

A cambio de una humillación que no hacía más que crecer día a día, él se daba la vida que siempre había envidiado.

La mujer, nada más tener la oportunidad, renunció a su apellido de casada para recobrar el suyo y portar el título por suo iure.

Ahora las provincias y propiedades le pertenecían a ella, mientras que él seguía siendo nadie.

Su venganza era mezquina: la encerraba en un lecho forzado y le prohibía huir a sus dominios, reteniéndola en aquel lugar.

Un calabozo revestido de seda y decorado con barrotes en el que cada noche, al mirarse al espejo entre cortinas bordadas, la prisión se le revelaba más opulenta.

Para su fortuna, el triunfo en la intimidad duró poco, puesto que la ahora condesa había retomado aquellas lecciones tan importantes aprendidas en la infancia: escuchar confesiones, leer intenciones y atar cabos.

Deambulando por sus habitaciones durante una velada de insomnio, entró al despacho de su adormilado señor hallando sobre la mesa un sello aún sin estrenar con el blasón du Poitiers.

La imagen de aquella simple herramienta, prueba del sacrilegio que para su linaje significaba, provocó en la joven unas náuseas difíciles de aguantar.

Se aferró a lo que pudo, como si el suelo osara moverse bajo sus pies.

Aquello no era ambición vulgar; era profanación.

Fue entonces cuando vio los documentos, la letra reconocible, una firma incompleta, la descripción de la rutina del aliado lorenés y detalles de la masacre.

Más que un bufón con anillo prestado: era un traidor. Y peor aún… un traidor torpe.

La recién casada se quedó muy quieta, obligándose a no vomitar, sintiendo que todo el recinto giraba a su alrededor. Le tomó un tiempo recuperar la compostura. Sin embargo, cuando lo hizo, no volvió a temblar y salió con una calma ritual.

En la soledad de su alcoba, con la mente aún en vilo, supo que debía actuar, prohibiendo la entrada de D’Aulnay a sus aposentos y conservar las cartas.

Todo provocado no por justicia o lealtad hacia el despreciable Enrique de Lorena, sino como protección, sabiendo que su lascivo cónyuge pensaría dos veces antes de forzar el cuerpo de una mujer que podía acabar con su lamentable existencia.

Aquello fue tomado como una afrenta; la mercancía con la que habían comprado su silencio no solo despreciaba su apellido, también le negaba la posesión.

Varias fueron las ocasiones en las que, sin éxito, intentó derribar las puertas, solo consiguiendo incrementar el escrutinio y la burla que iban vinculados a su persona.

La vida en la corte para ella transcurría en gran medida acompañada de Catalina de Borbón, hermana de Enrique de Navarra y, por tanto, princesa del mismo reino.

A pesar de ser unos años menor, casi inmediatamente despertó en madame du Poitiers una gran empatía, recordándole a su antigua compañera de juegos Adriana, de quien fue apartada el mismo día de contraer nupcias, puesto que su nueva condición no podía permitirse tales lujos.

Dicho afecto fue totalmente recíproco, considerándose amiga la una a la otra, aunque la mayor de ellas hubiese perdido la capacidad de abrirse y sincerarse, tomándolo como una práctica innecesaria que incluso se negaba a intentar en solitario, cuando a escondidas respondía la correspondencia de su caballero inglés.

Hasta en esos instantes, a la luz de una asustada vela, escribía con el atisbo de la lozanía y pureza que alguna vez tuvo en abundancia, aunque no fuese más que una sombra de algo que ya no hallaba refugio en sus entrañas.

Esa verdad tan devastadora, hallaba resistencia a mostrarse, al menos no a él, quien era merecedor de cualquier don y cualidad resplandeciente.

Su adorado Odiseo necesitaba a Penélope y, para él, siempre haría esa interpretación.

A su lado, volvería aquella joven impoluta, la hija inocente de un padre abnegado.

Deseaba creerlo.

El círculo de confidencias en torno a Gabrielle no era uniforme ni siempre bien avenido; otra asidua al grupo femenino era Genevieve de Castelnau, viuda de un embajador hallado sin vida en extrañas circunstancias.

Era tolerada en palacio, mas no apreciada.

Se podría decir que complementaba el trío aportando experiencia, desfachatez y el cinismo tan necesario para sobrevivir en París.

Cualidades que las otras dos jóvenes no tardaron en adoptar como propias.

Ninguna de ellas ignoraba que los secretos no envejecen, solo se pudren más despacio.

De manera esporádica, se sumaban las presencias de Margot, Madeleine de L’Aubespine, Charlotte de Sauve —más espía que amiga— e Isabel de Limeuil, quien suspiraba con disimulo —o al menos eso creía ella— por el duque de Anjou.

Rodeada de todo aquel componente femenino tan pintoresco y variado en intereses como en valores, la condesa había aprendido el arte de la seducción y el poder de influjo que una mujer puede ganar con él si logra dominarlo.

Perfeccionó la ilusión de recato, sumisión e incluso hasta fingir sofocos para desviar la atención hacia el escote y no hacia sus ojos delatores.

Entre los empedrados pasillos de la parisina fortaleza o ante la marmoleada pila cargada de agua bendita, las miradas del heredero de Navarra y Gabrielle se cruzaron alguna vez con vergüenza y otras con nostalgia; albergando siempre respeto el uno al otro, porque eran conscientes de que compartían en aquel elegante lugar una vigilancia que no perdonaba diferencias.

En muy pocas oportunidades Enrique se permitió pensar en su antigua alondra, en su encanto y sus desafortunadas circunstancias, sobre todo cuando notaba la presencia del Médici preferido de la corte sobre ella. Deseaba advertirla, velar por su seguridad, pero… ¿lo aceptaría?

Por otro lado, ¿estaba él en condiciones de ayudar a alguien cuando su posición era incluso más delicada?

Margarita había demostrado ser una importante aliada.

Compartían el deseo de huir de Francia y entre ellos, eran permisivos en cuanto a las indiscreciones del otro.

Deslices que además eran de dominio público y servían de distracción al pueblo llano, quienes cantaban alegremente por las callejuelas de Saint-Honoré, en una copla que corría de boca en boca:

¡Huye, Enrique, huye!

Que en París no hay jaula más dulce

Ni barrotes más pintados,

Que las piernas de una dama

Con promesa de reinado.

Cautivo estás, Navarra,

En el Louvre bien custodiado,

No por muros ni por guardias,

¡Sino por trenzas y labios!

La Reina Cuervo vigila,

Desde su trono sombrío,

Mientras las doncellas juegan

A hacer de reina en suspiros.

Una con risa fingida,

Otra que ofrece el oído,

Y hasta la Margot coqueta

Lo querría por marido.

¡Oh, pobre Enrique perdido!

En cada alcoba un peligro,

Entre encajes y secretos,

Cada doncella un cuchillo.

Hay quien dice: yo no acuso

Que el poeta mensajero

Le lleva a Margot las cartas

Y le desata el cabello.

¡Cuidado, Navarro inquieto!

Que en palacio se cocina

Más caldo de cuerno y vino

Que de misa y disciplina.

¡Huye, Enrique, huye!