10. CAPÍTULO IX #2
—Así te quiero ver —respondió como quien acaricia un cuchillo antes de hundirlo. Y créeme, esto apenas ha comenzado.
En tan solo un parpadeo algo acabó de quebrarse dentro de la dama. Secó sus mejillas y se estiró el vestido.
—No temáis, no haré ni un gesto el día de la ceremonia —dijo tras una pausa para recuperar el aliento y finalmente darle voz a eso que acababa de nacer en su interior—, pero os juro que esta ha sido la última vez que me veréis llorar.
Os prometo también que recordaré cada segundo de estas palabras como una cicatriz.
No olvidaré que cuando tuvisteis en vuestras manos el poder de salvarme… preferisteis sacrificarme.
Gabrielle empezó a andar, pero secamente se detuvo y, sin siquiera mirar atrás, señaló:
—Os doy las gracias, hermano… porque desde hoy no volveré a esperar nada de nadie.
Salió entonces, dejando la puerta abierta.
No fue el hombre que le impusieron como esposo.
Menos aún el tono con que le había sido confirmada su condición de moneda; fue la certeza de que todo cuanto había creído sagrado —el cariño que aporta el vínculo, la estirpe, la promesa de ser vista como algo más que útil— se había vaciado ante sus ojos.
La disciplina había enseñado a su porte a mantenerse erguido; sin embargo, ya no sostenía lo que alguna vez había acogido.
Los sirvientes no la vieron temblar. A ninguno de ellos se le habría ocurrido pensar que aquella figura, tan joven aún, acababa de perder la última ilusión que la ligaba al mundo en el que creció.
No era ingenua, tal vez nunca lo fue del todo.
Desde la muerte del conde, había comprendido que su porvenir no le pertenecía.
Aun así, se aferraba —quizá sin saberlo— a la idea de que algo quedaba: un resquicio de afecto, un recuerdo de lealtad, un hermano que al menos dudara antes de soltarla al vacío.
Ahora lo sabía.
Dolía que la afrenta no la sorprendiera.
Por deber había tolerado y por educación callado. Había anhelado, en su fuero más íntimo, que tal entrega alguna vez fuera reconocida.
Esa creencia murió ahí, de forma lenta y duradera.
No había dudas, su padre la había amado, pero eso ya no bastaba. La justicia que representaba había muerto con él.
Transcurridas cuatro semanas, avanzaba hacia la mesa consagrada con un paso sereno, medido, aunque sin convicción.
Sus pies apenas se notaban. Era su espalda la que cargaba todo el peso: la voluntad ajena y la obligación de otro.
Caminaba como quien sube un peldaño que ya no lleva al cielo.
No había velo ni música, solo el roce de su falda contra las baldosas y el crujido leve del banco al que alguien se inclinó en señal de respeto o de derrota.
El altar, cubierto con un paño blanco, parecía más una losa que un pedestal.
Allí esperaba el oficiante, con la cara baja y los labios preparados para pronunciar el discurso que sellaría su martirio… Todo acompañado del murmullo apagado de una vela que luchaba contra la corriente.
—Hemos venido ante Dios y en presencia de esta asamblea, para unir en santo matrimonio a Gabrielle du Poitiers y Armand d’Aulnay —decía el sacerdote ceremoniosamente cuando ella mantenía la vista perdida en el limbo.
—Este sacramento no se toma a la ligera. Es vínculo perpetuo entre hombre y mujer, espejo de la alianza divina, obediencia mutua bajo la mirada del Creador.
¿Juráis, Armand d’Aulnay, recibir a esta mujer como esposa legítima, amarla, respetarla y sostenerla en la alegría y en la desgracia, hasta que la muerte os separe?
—Sí, lo juro —respondió impaciente.
—¿Y vos, Gabrielle du Poitiers, aceptáis a este hombre como esposo legítimo, le prometéis obediencia, respeto y cuidado, según manda la ley de Dios y del Rey?
En la capilla prevalecía un silencio casi absoluto, que solo se veía empañado por un sollozo lejano y contenido casi en susurros. Ahí, la fiel Adriana derramaba las lágrimas que su señora ya no se permitía soltar.
—Sí, lo acepto.
—Entonces, en virtud de la autoridad que me ha sido conferida y en presencia del Altísimo, os declaro marido y mujer. Lo que Dios ha unido, no lo separe el hombre.
El final del discurso había dictaminado el suyo propio.
No el amor —porque en un rincón de su conciencia, todavía quedaba sitio para su caballero inglés— ni la infancia —que ya le había sido arrebatada—, pero sí la última forma de fe que aún resistía en ella: la noción de que las penas, llevadas con compostura, algún día serían recompensadas.
Lo entendió pronunciando ese “sí” que no era suyo. Experimentó una claridad brutal: nadie vendría a salvarla.
No habría redenciones y, sin duda, ningún héroe cruzaría los círculos del infierno en su busca.
Dante descendió por amor; ella, en cambio, estaba siendo arrojada, pero no traspasó el umbral como víctima. Bajó los escalones con los ojos abiertos y, al hacerlo, comprendió que había otra forma de sobrevivir.
Ya no como hija ni como dama… y mucho menos como esposa.
No sería la golondrina silente sino la raíz que se hunde y se pudre hasta volverse veneno.
Acabado el banquete —más entierro que celebración—, se vio atrapada en un cuarto de paredes enmohecidas, incapaces de devolver sonido alguno. Ni siquiera el crujido del lecho, al que llegó como cuero ajado arrojado al pilón, rompió la quietud sofocante que colgaba del dosel.
Torpe, impaciente y sin gracia, él se desnudó. La miró como quien se deleita con un botín al que no tiene derecho, pero al que piensa aferrarse con hambre y, sin palabra alguna, la tomó.
No hubo súplica, contacto previo o gesto de consuelo.
Apenas un hombre, ahogado en vino y suficiencia, reclamando lo que creía suyo.
Ella no apagó los ojos. Permaneció como estatua doliente, dejándole creer que la poseía. Entre tanto, su mente grababa nombres, esculpía rostros y recitaba deudas.
Cada embestida era una afrenta.
Todo jadeo, un recordatorio del pacto que otros habían firmado por ella.
Mientras él se saciaba sobre su armazón, Gabrielle se fundía con el vestido de terciopelo color burdeos al que semanas atrás había guardado luto. Eso era lo que quedaba de ella. También estaba manchada, arrugada, rota.
Era tela muerta… pero no vacía, porque la ira y el rencor rebosaban desde el lugar que antes llenaba su alma.
Aquella noche, en esa cama, juró que nadie volvería a arrebatarle nada sin pagar un precio.
Si los demás habían decidido exiliarla al infierno, haría de él su reino, pero como ama y señora, no como mártir.
Cuando él terminó —rápido y satisfecho como los cobardes—, rodó a un lado y se quedó dormido, feliz consigo mismo.
La joven no se movió.
Simplemente dejó que la oscuridad la envolviera cual sudario de hollín, junto a un recuerdo de dolor, de asco y humillación.
Así nace una loba.
Mi bien querido lector, os he mostrado carne violada, orgullo escupido y un alma que, tras ser dinamitada, eligió reconstruirse con los escombros.
Si buscáis heroínas puras, huid de estas páginas.
Gabrielle, más que corrompida, fue ultrajada por brillar; y quienes participaron en tal profanación deberán cargar con la criatura que han parido.
La pregunta no es cómo pudo convertirse en loba… sino ¿qué clase de carroña —vestida de hombre, de hermano, de Iglesia y de realeza— tuvo que tragar antes de mostrar los colmillos?
Y ahora que la han despertado, que no imploren perdón… que rueguen, si acaso, por el privilegio del olvido.