10. CAPÍTULO IX
CAPÍTULO IX
Una oscuridad tibia reposaba en la habitación, agitada apenas por la llama vacilante de una única luz que languidecía; el ambiente se hallaba cargado de un aroma añejado, mezclado con el rastro de humo que dejaban las mechas recién apagadas.
Aquel olor invasivo, parecía haber impregnado tanto la tela de los cortinajes como la piel del monarca.
Sin ser anunciada, Catalina cruzó el umbral. Nadie tenía la osadía de precederla y los centinelas sabían cuándo debía pasar sin siquiera un parpadeo.
De cara al ventanal entornado, Carlos permanecía de espaldas sintiendo cómo la brisa nocturna entraba en ráfagas. Tan solo se limitaba a sostener una sortija, girándola entre los dedos, con la atención de quien se esfuerza por pensar sin hallar respuesta.
El avance de su madre desató un leve cambio a su alrededor; el aposento entero la repudiaba. Traía consigo la familiaridad de las hierbas con las que perfumaba sus ropajes, que como un escudo invisible, la precedía desde la era de Florencia.
Todo cuanto se tocaba estaba ligeramente frío porque el calor se había retirado en protesta y sobre la mesa, un jarro con vino olvidado ofrecía un dulzor agrio. El sabor de lo que no se bebe, de lo que se teme terminar.
Carlos seguía sin mirarla; mas Catalina sabía que había sido notada. Percibía la tensión en la espalda de su hijo; su rigidez creciente, en la que cada palabra que callaba se añadía al peso de la corona, que no descansaba ni cuando dormía.
A tres pasos de distancia, la reina madre se detuvo. Respiró hondo notando en la lengua la sequedad del aire mal ventilado, ese gusto amargo que dejan los aposentos de enfermos o de aquellos que han olvidado el valor de su persona.
—Mi señor, se dice que anoche soñasteis con sangre.
—Quienes duermen sobre cadáveres no deberían aspirar a otra cosa —respondió el monarca sin volverse mientras ella se acercaba con lentitud.
—Fue necesario; es el precio del orden. París os lo agradece, aunque calle.
—El precio, decís… ¿Quién habrá de saldar la deuda? Porque yo la oigo.
Cada vez que la noche cae, los muertos me hablan y no lo hacen en protestante; lo hacen en francés.
En voz baja.
Como si me perdonaran. Eso… eso es lo que más me descompone.
Ella no parpadeó.
—Si buscáis la absolución en mí, os habéis equivocado de confesionario. Lo que hicisteis, lo hicisteis con sello real y vuestra firma no sangra, Carlos.
Manda.
—Vos me guiasteis la mano.
—Y vos no la retirasteis.
Ante tal respuesta, aquel atormentado cerró la mano en torno a la sortija.
—Hablemos de lo que importa: Felipe espera un gesto.
Francia necesita paz, purga de herejes… un porvenir más claro —añadió sin vacilar la florentina.
—¿Y porvenir significa, esta vez, entregar al único testigo que aún respira? No lo maté cuando tuve ocasión. Tampoco lo haré ahora.
No por clemencia… sino porque, en esta corte, es el único que no ha ensuciado su lengua conmigo.
—El católico más victorioso de Europa necesita pruebas de devoción. Esta sería la adecuada.
El rey finalmente se dio la vuelta para clavar sus ojos en esa maestra con mano de hierro.
—¿Queréis regalarle a mi hermano?
—No es vuestro hermano —respondió con firmeza—. Es un rey que no reina, protestante de vida demasiado larga, y vos, ya le habéis perdonado una vez. ¿Cuántas más?
—¡Las que yo decida! ¡No vos!
Tal sentencia provocó un mutismo absoluto en la sala, lo que le advirtió a la mujer que debía disimular su prisa por deshacerse de su yerno.
—No os engañéis, hijo mío. Lo criasteis como un perro al que se le tolera la compañía… pero si no muerde, es porque aún no huele vuestra debilidad. ¡Y la tenéis!
—La tengo, sí.
Una conciencia alimentada cada noche de lo que hicimos juntos.
Vos no la tenéis, por eso habláis de paz como si se comprara en la carnicería.
—Navarra no ha hablado, luchado o llorado, pero no es leal.
Solo espera.
—Lo sé, mas entre tanta obediencia vacía, es el único que me da la impresión de tener alma. Vos habéis renunciado a la salvación eterna por este reino y en el camino, olvidasteis mostrarme el significado de la confianza.
—La confianza no se enseña.
Se quiebra.
—Y vos lo habéis hecho arte —respondió con amargura cortante.
—¿Qué haréis entonces?
—Despojarlo del título de rey. Encerrarlo si es necesario… pero vivo.
La Médici quedó contemplándole callada e inexpresiva.
—¿Creéis que eso os hará libre?
—No, pero tal vez me permita mirarme sin desprecio.
—Entonces haced lo que os dicten vuestras vísceras. Si ese bastardo os da más consuelo que vuestra propia madre, conservadlo, pero recordad esto: la conciencia no gobierna; es el miedo quien lo hace.
Dicho esto, se giró con la arrogancia de quien ya ha dictado sentencia. Abandonó el salón, dejando al rey perdido y amenazado por un remordimiento que le oprimía el pecho.
Entre tanto, en otro rincón del Louvre, merodeaba Édouard, quien había convocado a su hermana con días de antelación y aun así, no sabía cómo sostenerle la mirada, así que la había estado evitando.
Nada en aquel recinto evocaba arraigo, pues todo cuanto lo componía parecía prestado, instalado con desgana.
Las sillas de respaldo recto, la mesa sin marca, el tapiz desgastado que colgaba con desgana en la pared sur: eran piezas reunidas para cumplir función, no para honrar memoria.
Era una habitación en la que nadie se detenía más de lo necesario.
Vagaba su atención sin fijarse, como si ya supiera que el lugar no era suyo, sino apenas cedido por condescendencia.
Lo había habitado durante años, pero nunca poseído; ni los criados se inclinaban ante él con convicción. Incluso los mensajeros pronunciaban su título sin pausa entre el deber y el desprecio. Anhelaba que aquel espacio pudiese darle lo que el tiempo aún le negaba: legitimidad.
Por el contrario, la hija del conde… La niña que todos admiraban como si hubiese nacido tocada por la gracia.
Quien jamás tuvo que ganarse el afecto de su padre. La que recitaba versos al tiempo que él aprendía a desmontar la firma de un deudor.
Compartían linaje y, a pesar de ello, el resultado había sido más limpio, más brillante, más digno en ella. Gabrielle portaba un aura que le impedía odiarla del todo en la infancia; solo cargar con la envidia invisible que despertaba su presencia.
Ahora, la cabeza de familia era él. La sangre de agosto todavía manchaba las calles y sus manos, cuando había decidido firmar los escritos.
D’Aulnay, un escribano bastardo con ambiciones de grandeza y cuentas por cobrar, cumplía un papel de cómplice y acreedor. Aquel que sabía demasiado y con poder para arruinarlo.
Entregarle a Gabrielle, era atarlo a su suerte.
Un hombre que recibía a una du Poitiers por esposa, no podía denunciar al hermano de esa sin salpicarse. La transacción era perfecta y justa, según las nuevas reglas.
Dicha frialdad calculada se vio arrastrada —apenas por un instante— al pasado; a una noche de aquellas en las que el difunto aún vivía y su pequeña hermana dormía en el suelo de la biblioteca, abrazada al libro de los templarios.
Él la cubrió con su capa. No porque la amara, sino porque moraba algo en la niña que le corroía las entrañas. Ya entonces sabía que había sido condenado a no ser más que el eco torcido de lo que ella representaba.
Ese destello de nostalgia rencorosa le trajo de vuelta a la realidad.
Se ajustó el broche y mandó llamar al lacayo. Todo estaba en orden y dispuesto.
¿Sabéis cuándo los sacrificios se vuelven razonables? Cuando los firma otro, cuando el verdugo no sabe tu nombre y el dolor huele a piel ajena.
La citación llegó sin escolta ni ceremonia y las formas ya no importaban. Un mozo de la corte —demasiado joven para comprender la gravedad de lo que portaba— había dejado la nota esa misma mañana.
Ya en las puertas de palacio, fue reconocida de inmediato.
La aguardaban en una antesala del ala oriental.
—Veo que el campo no os ha hecho olvidar lo que es ser puntual.
—Cuando se ha recibido buena educación, las formas no se pierden. Me habéis hecho llamar, os ruego que expongáis cuanto tengáis que decir —respondió con la frente erguida.
—Vaya, parece que la dulce flor del mariscal de campo ha echado espinas. Pero bien, no fingiré sutilezas que poco engañan. Tu enlace ha sido acordado. Dentro de un mes, serás la esposa de monsieur d’Aulnay. He cumplido con mi deber procurándote un marido.
—Un marido que no he pedido ni del que he recibido noticia alguna.
—No lleva un escudo ilustre, pero goza del favor del duque de Guisa. Con eso basta para vos y de sobra.
—¿Puedo al menos conocer la causa por la que me prometéis con un hombre manifiestamente inferior?
—No es tu derecho preguntar ni mi obligación responder.
No te engañes: por más que te hicieran creer que eras especial, no eres más que una mujer y las mujeres obedecen. Demasiados libros te han hecho olvidar el sitio que te corresponde.
—¿Y si yo tuviese otro camino? ¿Otro destino? —añadió lentamente, pero sin vacilar.
—Tendrás el destino que mereces —respondió, escrutándola con desdén—. La Providencia te ha dejado en mis manos y harás lo que se te ordena.
Te presentarás en el altar con la frente en alto y una sonrisa, recordando el apellido que portas.
—Uno que habéis despreciado y arrastrado por el barro mientras el cuerpo de padre aún se hallaba tibio. ¿Creéis que los criados no murmuran?
Al escuchar esto, como un vendaval, se abalanzó sobre la joven, cruzándole la cara con el dorso de la mano, causando un gran estruendo, pero ella no gritó; simplemente se limitó a soportar con altitud y sin rastro de pena, lo cual acrecentó la furia de su agresor.
—Te pondré en tu lugar, aunque me cueste la fortuna entera de esta casa.
¡Mi fortuna!
¡Siempre has ido por la vida entre alabanzas, pero juro, por el recuerdo de la madre que me arrebataste al nacer, que eso se ha terminado!
—¡Os lo suplico! —rogó conteniendo el llanto—. Si alguna vez albergasteis afecto por mí, no me condenéis de este modo. No me entreguéis a una muerte en vida.
Hay otros hombres. Otras vías…