9. CAPITULO VIII #3
Si él no juzgó menos a su hijo, tampoco yo he de hacerlo.
La joven se puso en pie y desapareció para ir en busca de más hierbas, como si aquello no fuese un acto excepcional, sino costumbre.
Él la miró marchar hasta que el párpado cedió de nuevo. La recordaría así por siempre: con un aura resplandeciente a su espalda, las manos suaves pero firmes y la voz limpia como una oración pronunciada en el idioma exacto del perdón.
Entre tanto, las primeras luces asomaban sin gloria dejando entrever un cielo sombrío y grisáceo.
Las gárgolas no dijeron palabra.
París, desde las alturas, seguía luciendo hermosa… y esa era la mayor de las blasfemias.
El rey no se pronunció esa mañana.
La reina madre sonreía y el duque de Anjou junto a ella. El nacimiento del 24 de agosto de 1572 tuvo un sol sobre una ciudad purificada, según algunos, profanada, según otros.
Las iglesias hicieron sus llamados y los mercados, sin prisas, abrieron tarde. Con vinagre y agua de pozo fueron regados los caminos, como si eso bastara para lavar los pecados.
Los caballeros regresaron a sus salas y las lavanderas volvieron a los muelles esquivando cuerpos que aún flotaban entre algas.
Luto guardaron las criaturas aladas de la catedral de Notre-Dame; y el Sena, aunque lavaba el rostro de París cada mañana, no olvidó lo que fue obligado a llevar.
Los poetas callaron.
Los cronistas mintieron.
El pueblo aprendió una vez más lo que cuesta ser francés: una existencia entera de sumisión.
Se mató por orden.
Se mató por miedo.
Se mató por obediencia.
Y también se mató por placer.
Cuando todavía no amanecía en la residencia du Poitiers, no lejos de la despensa y dentro de una pequeña chimenea en desuso, acurrucado cual bestia herida, yacía un hombre que aspiraba tan despacio como podía.
El poeta subversivo se negaba a aceptar su condición desvalida, aunque su cuerpo se había rendido varias horas atrás.
Mas sentía la necesidad de ponerse en pie y salir de aquel lugar, cuyos propietarios, seguramente —porque muy en su interior ya dudaba—, representaban todo aquello a lo que él se oponía por principios, pero una y otra vez, sus carnes magulladas no respondían a su voluntad.
A ratos, su mente divagaba sobre esa mujer y en esas respuestas que le tomaron por sorpresa. Seguía siendo un símbolo de derechos inmerecidos, pero confiaba en ella; y al ver reconciliada su mente con su alma, se permitió descansar.
No había pasado mucho, cuando el silencio se rompió con varios golpeteos en la puerta principal.
Gabrielle caminó hacia el salón, estirando su vestido, con la espalda recta, los pies descalzos y aún salpicada de barro y sangre.
A cada paso que daba, el peso de su linaje y el orgullo de su padre se le acomodaban sobre los hombros como un manto invisible.
Al abrir el portón, se encontró frente a guardias con librea del rey. Quien comandaba el grupo la miró con sospecha, notando su cabello suelto, ojeras, la tela rasgada y la sanguinolencia en su escote.
—Mademoiselle —dijo con tono neutro—, se nos ha ordenado registrar todas las casas de Marais. Algunos herejes han escapado. Buscamos sospechosos, fugitivos.
Ella mantuvo su mirada unos segundos más de lo tolerable.
—¿Sabéis con quién habláis?
El oficial titubeó. Estaba entrenado para inspeccionar, no para batirse en apellidos y menos, en batallas dialécticas con alguien notablemente superior.
—Sois… la hija del difunto conde du Poitiers, si no yerro.
—Erráis. Soy Gabrielle du Poitiers, ahijada de Anna de Montmorency, invitada de honor en el banquete nupcial de sus altezas y —añadió con la voz punzante como una daga— amiga personal de la ahora reina Margarita de Navarra.
No estoy segura de que vuestra misión incluya importunar a quien compartió mesa con la familia real hace apenas unas noches.
Un silencio abatió el umbral.
El segundo guardia clavó la vista en la mancha seca que iba desde el corpiño hasta el dobladillo del vestido.
—La sangre, señora…
—Una dama también tiene enemigos, caballero. Algunos rezan a Calvino y otros, peor aún, a sí mismos.
¿Acaso debo excusarme por defenderme y hacer valer el nombre de Dios?
Inquieto, el hombre inspiró por la nariz, apretó los labios y, con un leve ademán, indicó a los suyos que se retiraran.
La anfitriona no se apartó de la puerta, observándoles, mientras el último de ellos se giraba aún con la duda en los ojos.
Solo entonces sus piernas flaquearon, pero sin dejarse caer.
Cristina fue rápidamente para servirle de apoyo y conducirla a su dormitorio. Con calma la desvistió, lavó y peinó su larga cabellera para ponerle un camisón, mas se encontró con una negativa; debían retomar su rutina diaria de inmediato o levantarían sospechas.
—Hoy no habrá sosiego para nadie en París.
¡Cuánta razón tenía!
Ni ese día ni muchos más, porque la semilla de la ira irracional ya había germinado en toda Francia.
Escogieron un traje azul de satén con encaje que resaltaba su figura y sus facciones, pero el mayor asombro de la sirvienta no fue ese: cuando se disponía a recoger la prenda para deshacerse de ella, su señora la detuvo.
—Déjalo donde está y, por favor, retírate. Necesito estar sola.
Gabrielle cerró las cortinas.
No encendió bujías. Solo suspiró.
El vestido seguía allí, contemplándola desde la silla, caído como otro de los vencidos.
El terciopelo burdeos ya no era terciopelo, sino una piel muerta, rasgada, endurecida, mancillada con agonía y humo.
Aquel ropaje no era uno más, no lo había sido nunca.
Eligieron tela y modelo ella y su padre, en una de las pocas tardes sin política, sin labores ni invitados.
Recordaba su voz: Quiero que lleves algo que te guste a ti, no a los demás.
Con catorce años y la cabeza desbordada de fantasías, se enamoró de aquel textil con sus bordes de hilo dorado y corpiño satinado del mismo tono.
Lo había guardado para conquistar, en el momento preciso, al hombre que anhelaba: a su propio templario.
Lo que ocurrió después no tenía perdón. Había sido profanado.
Aquellas galas, al amanecer, parecían el cadáver de toda esperanza.
Los bajos desgarrados, las mangas impregnadas de fluidos ajenos, el resto ahora teñido con un mal más profundo y que se había adherido a él: fracaso.
Se acercó, sin decir palabra.
Se arrodilló frente al símbolo de su ilusión perdida y lo acarició suavemente, sintiendo que ardía. Le temblaban las manos por el sentimiento de amargura que nuevamente la embargaba.
No, definitivamente, no era solo un atuendo.
Era el futuro que el conde había soñado para ella. Uno en el que alguien la amaría sin condiciones, sin precio y, sobre todo, sin muerte.
—Perdóname, padre —susurró—. No fui capaz.
Después de dar un respiro profundo, lo dobló.
Sobraron las agujas y el agua de lavanda. Lejos estaba de restaurarlo.
Así debía quedar.
Testigo roto. Presagio con advertencia.
Lo guardó al fondo del arcón, colocando encima un pañuelo que el conde solía llevar en el bolsillo del jubón.
Al cerrar la tapa, supo que con él quedaban enterradas su infancia, su fe, sus sueños y la última Gabrielle que creía que con el amor bastaba.
Esa versión de sí misma murió vestida de burdeos. Lo que despertó después… estaba vacío.
Ahora que el relato ha sido contado, gota a gota, es el lector —y no el cronista— a quien le toca juzgar.
¿Qué nombre dais a esta noche?
¿Justicia?
¿Misericordia?
¿Castigo divino?
¿Anécdota Médici?
¿O simplemente historia? Sed jueces.
Esa fue la fecha en la que París rompió sus propios vitrales: los invisibles del pacto social, del honor entre nobles y del silencio entre vecinos.
Las piedras no volaron contra el cristal, sino contra las puertas y los cuerpos; contra la frágil idea de que se podía convivir en diferencia.
Y, sin embargo, el sonido fue el mismo: un trueno seco, repetido, multiplicado hasta parecer una sinfonía.
Igual que siglos más tarde, en otro rincón de Europa, cuando los escaparates judíos estallaron al paso de las camisas pardas; aquí también llovió vidrio, sangre y hombres tachados en voz alta.
Aquella fue la noche de los cristales rotos de Francia, aunque nadie la llamara de esa manera. No hubo editoriales al día siguiente. Solo pregoneros a sueldo, rumores y el eco de lo que no se dijo.
Los pasos no cambian; se señala al distinto, se le separa, arrincona y, al final se le destruye con el coro de las campanas de fondo y misas cantadas en honor de la paz.
Entre los rescoldos de París y las cenizas de Berlín, se extiende un mismo abismo: el que separa la civilización del instinto asesino.