La Loba de París (Cantos de Expiación 1) 9. CAPITULO VIII #2
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9. CAPITULO VIII #2

Ajena a lo ocurrido en casa de los du Poitiers, París entera ardía en llamas. Sus calles y paredes teñidas de rojo regio guardaban tributo tanto a víctimas como a atacantes; era imposible discernir entre la ira y el pánico, componiendo así un terrible cántico fúnebre.

La ciudad, encerrada entre murallas ahumadas por los siglos de hollín, comenzaba a iluminarse, no por el sol, sino por el fuego.

Era una llamarada errática.

El movimiento era visible en los patios interiores de la Cité, en las zonas densas cercanas al cementerio. Incluso desde lo alto: puertas que se abrían con violencia, formas que se arrastraban o caían sin sentido.

No había orden. No había fronteras.

El caos se extendía como tinta derramada sobre un pergamino: irregular, insistente e irreversible.

Desde el Pont Neuf hasta el Petit-Pont, el río servía como tumba. Se le veía correr más oscuro que de costumbre, aunque era imposible saber si por el cielo encapotado o por lo que flotaba en su corriente.

Un Sena que había visto coronaciones y cabezas rodar; acunado barcos cargados de esperanza y engullido hombres atados.

Francia le debía más de lo que recordaba y menos de lo que merecía. En sus corrientes navegaban secretos, confesiones murmuradas al reflejo de la luna, pactos susurrados entre amantes y traiciones selladas con sangre.

Él no juzgaba, solo arrastraba, como si llevara siglos adiestrándose para esta noche. Mas aquella madrugada del 23 al 24 de agosto, ni siquiera el brioso caudal podía contener la vergüenza.

Sus orillas se llenaron de pasos, gritos y lágrimas teñidas. En los muelles, donde solía recibir fruta, carbón y promesas, solo se encontró a los caídos.

De vuelta a la morada de los du Poitiers, la confusión se negaba a abandonar el sitio.

Cuando la sirvienta se dirigía a las cuadras con más gasas, fue sorprendida por un desconocido que, desangrado y con daga en mano pero apenas logrando mantenerse en pie, exigió asilo a la aterrada mujer, quien sintió reavivar el miedo.

Sabedora del modo de pensar de su señora e intentando tranquilizar al invasor, lo condujo a un rincón entre las cocinas y la despensa.

Este también tenía lesiones graves, si bien se encontraba consciente.

Pese a ello, teniendo en cuenta la ira en sus pupilas, Cristina casi prefirió lo contrario. Le proporcionó el lino que le habían solicitado, para que él mismo se ocupase de sus heridas y luego corrió rápidamente hacia el otro lado de los jardines para poner al tanto a Gabrielle de aquel sinsentido.

—¿Otra víctima? —preguntó ella en tono de sorpresa y preocupación.

—Sí, pero este me ha amenazado. No he tenido más opción que ocultarle en un pequeño recoveco de poco tránsito y escasa luz.

—¡Dios nos proteja! Quédate aquí con él. Si despierta, háblale con calma.

Volveré.

—Por favor, tened cuidado. Aquel desalmado no es de fiar.

Nada más dejar atrás los hornos, vio el rastro rubí que el sujeto había dejado al pasar, pero, intentando no escandalizarse por aquella imagen propia de las historias de horror, giró hacia donde le habían indicado y ahí lo encontró: apoyado entre dos paredes y medio escondido, dentro del agujero de una pequeña chimenea.

Mostraba heridas obvias a simple vista y sudaba frío mientras intentaba hacerse un torniquete.

Todo esto pasó a segundo plano cuando el visitante notó la presencia de Gabrielle, reaccionando de la peor manera gracias a la fatal combinación de su mente delirante y su ya de por sí prejuiciosa personalidad, especialmente hacia la aristocracia.

Al principio no la reconoció, aquel vestido tan elegante, de terciopelo color burdeos y de corpiño ajustado, dejando ver un escote sobrio, que en su cuerpo calzaba como la seda, cuadrado y amplio…

¿pero bañado en sangre? Ese detalle lo sacó de su leve momento de debilidad masculina para ponerle en alerta nuevamente.

—¡No, sois uno de ellos!

¡Una asesina! ¡No os lo permitiré!

¡No moriré hoy! —gritaba con auténtica desesperación empuñando de nuevo la daga.

Conmocionada por sus palabras, la joven dama hizo una pausa para examinar su propio aspecto, logrando entender en cierta medida los motivos de aquel.

Ciertamente, ese ropaje, que con tanto cariño había mandado a confeccionarle su padre y que ese día llevaba puesto por orden explícita de su hermano —el nuevo conde— era ahora un cuadro salido de El Bosco.

Mientras miraba con detalle aquel despropósito y recordando que toda aquella pintura escarlata no era suya, pensó en el desconocido refugiado en las caballerizas, rezando para que mejorase su estado y que Cristina fuese capaz de sobrellevar la situación en caso de que despertase; pero una nueva amenaza la trajo de vuelta a las cocinas.

—¡Decid algo, pecadora!

¡Todos los católicos sois unos traidores, y vos, lo sois más! Os creéis con derecho a beneficios —dijo el poco caballeroso visitante, cada vez con más rabia en su discurso.

—Calmaos, gentil señor. No vengo a lastimaros —aclaró en tono pausado y solemne—. Vengo a prestaros ayuda; la necesitáis.

Pero no, el desconocido no estaba dispuesto a ponérselo fácil.

—Os recuerdo que fuisteis vos quien se coló en mi hogar pidiendo socorro, no al contrario.

Aceptad pues mi buena fe —añadió mirándole directamente a los ojos con pura y total sinceridad.

Detalle que no escapó a su interlocutor, aunque no pensaba dar su brazo a torcer, por más seguridad que le inspirase aquella mujer, haciéndole incluso bajar la daga.

Al tiempo que debatía consigo mismo, luchaba por detener el derramamiento, mas empezaba a sufrir temblores que saboteaban la labor.

Siendo ella testigo de esto, se dio la vuelta para coger algo más de lino y, a pesar de las quejas del involuntario paciente, empezó con absoluta decisión a limpiar las incisiones poniendo fin a tanta charla.

No obstante, la cara de disgusto y desconfianza no se la pudo borrar.

Gabrielle cruzaba a toda prisa el tramo entre una estancia y otra, intentando salvar la vida de aquellos dos extraños, sin nadie, salvo su apellido, que garantizase la suya propia.

En uno de sus vaivenes, regresó al interior de la residencia para vigilar el estado de aquel que respiraba con dificultad, a quien encontró en cuclillas entre los fogones y la despensa, al menos con las curas y torniquetes intactos, aunque un líquido viscoso le corría por el muslo y tenía alguna otra laceración en el brazo, pero no era probable que perdiese la conciencia.

Así que ahí estaba él, con la mirada afilada y los nudillos blancos, atrapado no por su cuidadora sino por la vergüenza.

—¿Cómo os encontráis?

Él no respondió. Miró su pierna con desdén, como si la carne le pareciera menos importante que el orgullo.

Ella dio un paso. Él alzó la daga.

—No necesito vuestra caridad.

—Ni yo vuestra amenaza —replicó—. Debemos cambiar las vendas y cataplasma.

Él frunció el ceño.

—¿Sabéis quién soy?

—No —respondió Gabrielle sin pestañear—. ¿Debería?

—Mi nombre no os dirá nada, pero mis versos sí. Soy de los que escriben contra Catalina, contra el Papa, contra los de alma blanda y que osan llamar paz a la sumisión.

—Entonces sois poeta y de los más peligrosos. Debo tener cuidado o intentaréis persuadirme para sublevarme contra la Corona —añadió con tono sarcástico, aunque con un velo de admiración.

—¿Y vos, qué sois? ¿Hija de noble que juega a ser santa y así apaciguar su conciencia por las ventajas y privilegios de nacimiento?

Gabrielle no se inmutó. Se acercó con un cuenco de agua y trozos de lino limpio.

—Soy la hija del mejor de los hombres, uno que murió sin traicionar sus valores. Eso es más de lo que puedo decir de muchos que ahora gritan justicia con la boca llena de culpa.

El poeta la miró como lector, escudriñando entre sus gestos, las líneas de un diálogo que aún no entendía.

—¿Por qué ayudáis a quien podría degollaros?

Ella le contempló sin odio.

—¿Seríais capaz de atentar contra quien os ha socorrido cuando más lo necesitabais? ¿Sois en realidad tan parecido a aquellos que esta noche han derribado puertas y torturado niños?

Silencio.

Él bajó la daga, lentamente. Aceptó el paño e hizo presión sobre el brazo.

—No me fío de vos —dijo al fin.

—Tampoco hace falta. No os he dado refugio para ganar vuestra confianza. Lo hice para no perder la mía.

Un atisbo del alba comenzó a subir por las torres. Era tenue, pero traía algo consigo, un olor espeso: muerte, pólvora y la ceniza de biblias escritas en francés.

Gabrielle, en medio de aquella nevada gris, atravesó el jardín y se dedicó a hacer las curas de aquel somnoliento sujeto, quien abrió los ojos por tercera vez aquella jornada. La fiebre martilleaba sus sienes y sentía la lengua hinchada como si fuera de trapo, pero la visión era la misma.

Las manos del ángel no temblaban. Su rostro, iluminado por la batería, se entrecortaba, mostrándose borroso y discontinuo como una aparición. Verla directamente provocaba un deslumbramiento casi sagrado.

Tragó saliva con temor y dolor.

—¿Estoy muerto?

Ella sonrió sin alzar la vista de los vendajes.

—No, no lo estáis.

—¿Sois… de los que manda el cielo?

Mademoiselle du Poitiers levantó una ceja, divertida.

—Solo en lo que respecta a las heridas; y aun eso… discutible. Aquel enfermo procuró moverse gimiendo al primer intento, en tanto que era sujetado con firmeza por los hombros.

—No os esforcéis. Tenéis una costilla rota y varios cortes, principalmente en la garganta.

—¿Por qué? —susurró, apretando los labios.

La pregunta apenas se oyó.

La dama se sentó a su lado y, con las manos aún húmedas, lo miró sin miedo y sin juicio.

—Esta noche he aprendido que el mal se extiende no por el demonio… sino porque no había oposición.

Él volvió a mirarla, fijamente.

—No sabéis quién soy.

—Ni lo necesito —respondió con calma.

—Soy…

Ella no lo forzó, solo tomó su mano para escuchar como el viento hacía crujir las paredes de madera; distracción que el otro aprovechó para masticar su deshonra.

—Vos sois alguien; yo… soy nadie. Lo que hago no se salva.

—¿No era carpintero el hijo de Dios, nuestro Señor?