La Loba de París (Cantos de Expiación 1) 9. CAPITULO VIII
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9. CAPITULO VIII

CAPITULO VIII

Era una noche inmóvil; incluso el Louvre guardaba mutismo, viéndose acabada la celebración por las nupcias.

Una neblina espesa secuestraba las callejuelas haciéndolas propias.

Sobre los tejados empinados, un cielo de tinta se cerraba como un ataúd sin dueño.

Ni siquiera una brisa osaba perturbar el aire pegajoso que oprimía los pulmones y embotaba los sentidos, mientras el corazón de París palpitaba despacio, cargado de mudez… El último aliento antes del grito.

Con un sueño nervioso dormía la urbe, presintiendo en la médula misma de sus cimientos de piedra y lodo, el estremecimiento de una fiebre que aún no había estallado.

Callaban las aguas del Sena, anchas y pesadas; sin chapoteo de remos ni quejas del caudal.

A un lado, en la ribera de Marais, las casas nobles protestantes apagaban las luces y reforzaban cerrojos, confiando en el favor real prometido; al otro, en las colinas de Saint-Antoine y en la zona del Cementerio de los Inocentes, los resentimientos comenzaban a fermentar, dejando en el viento el eco de un banquete nupcial por la paz de Francia.

Los hombres del pueblo bebían sin alzar el tono porque esa noche no tenía espacios para cantos ni carcajadas.

Solo vasos apurados de un trago, cuchicheos que sabían a hierro y expresiones esquivas.

En el barrio de La Bastilla se retocaban los garfios con el mismo esmero que un artesano prepara su herramienta.

Las tabernas, antaño del pecado menor, se transformaron en antesalas del crimen.

No se brindaba por bodas ni por santos.

Se bebía en recogimiento, con los codos hundidos en mesas mugrientas y las espadas al alcance de la mano; los más osados ya vestían camisas oscuras, pañuelos ceñidos al cuello, señales de un bando sin estandartes ni indulgencias.

El murmullo de la matanza no se filtró… nació allí.

Con prisa se vaciaban los toneles en La Jarra Rota porque se intuía que al amanecer sería mejor estar ebrio que cuerdo.

Un borracho podía matar sin memoria. Un sobrio, no.

Se dejaban los accesos libres por los que entraban figuras con dagas y salían con hachas.

El resentimiento acumulado durante años de hambre, tributos y humillaciones encontró una excusa, una chispa, un permiso tácito.

Los nombres ya no importaban. Hugonote era suficiente.

Las antorchas seguían encendidas en torno al imponente Louvre.

A medida que los grandes salones de palacio enmudecían bajo órdenes susurradas, Catalina de Médici, silenciosa y vestida de luto —salvo por un pequeño relicario viejo que colgaba de su cuello, tan pesado como un crimen sin confesión—, jugueteaba con la oscura joya entre los dedos mientras se deslizaba por las galerías como una silueta coronada, dejando una estela de esencias de Florencia.

Los guardias del rey reforzaban su presencia cerca de las casas infieles, fingiendo cumplir con su deber, al tiempo que esperaban el golpe del tambor del bronce.

Solo era una orden más.

Así comenzó todo, sin proclamas, sin clarines, sin gloria. Les hicieron formar con quietud fúnebre en el patio.

Nadie alzaba la voz; nadie sonreía.

El capitán tenía el rostro pálido y avergonzado. Cuando habló, su timbre sonó como el de un cura en un entierro.

—Esta noche se limpia París de traidores. No preguntéis, no dudéis. A la señal de la campana… actuad.

Eso fue todo.

Les entregaron armas cortas, puñales, garrotes. Evitaban las lanzas y los arcabuces, pensando vanamente que el crimen se volvía más piadoso si no se escuchaba.

En lo alto de la torre de la iglesia Saint-Germain, los monaguillos aguardaban la señal.

Faltaban minutos.

El tambor litúrgico sonó y con cada repique el pulso del bastión se aceleraba.

No era júbilo ni era fe. Era furia, hiel.

Era la locura de los hombres cuando creen que matan por Dios y no por sí mismos.

Así fue como París despertó de su letargo aparente.

La primera puerta fue derribada con una bota. Dentro había un varón de edad, su mujer y una hija. No opuso resistencia; solo les fijó la vista para luego bajar la cabeza. Al resto de la familia se le vio caer con las camisas aún arrugadas.

Algunos huían por los balcones, otros suplicaban en latín o en francés, entre llantos, rodeados por soldados riendo o vomitando.

A lo lejos, un niño —aferrado a una pierna sin dueño— no se atrevía a moverse.

La sangre corría por los adoquines, como si los canales estuviesen rotos. Los cadáveres se amontonaban a las afueras de las iglesias donde algunos sacerdotes los bendecían y otros los pisaban.

Gabrielle, aquella noche, no lograba dormir; el calor de agosto se acumulaba entre las cortinas de terciopelo como un mal augurio y, ni el perfume de agua de lavanda que se había puesto en las muñecas le ayudaba a conciliar el sueño.

Aquel lugar, que por la tarde zumbaba con el bullicio de la fiesta, ahora se hallaba hundido en un vacío viscoso, pesado como una segunda piel sudorosa.

Caminó hasta el ventanal de su alcoba, tiró con suavidad del pestillo de hierro y apartó la cortina con dedos fríos.

Afuera todo permanecía en penumbra. Las farolas de aceite parecían menos numerosas que de costumbre.

Al principio, creyó escuchar un único alarido cortado, pero luego hubo otro y otro más, cada vez más cerca de la residencia du Poitiers.

No era una disputa de taberna ni el lamento de una parturienta.

Era el sonido de algo que empezaba. Algo que no se podía deshacer.

—¿Lo habéis oído? —susurró la hija del conde sin mirar atrás.

La doncella que velaba cerca de la lumbre se incorporó con rapidez. Tenía la piel muy blanca y los ojos aún más.

—Es solo una pelea, mademoiselle. Tal vez en los muelles.

La joven dama no respondió.

En algún rincón de Marais habían encendido una hoguera. Aquello era poco común. No se prendían fuegos a esas horas y menos cuando la capital estaba en paz o se suponía que lo estaba.

Una figura cruzó corriendo hacia los Rosiers, descalza, en camisa; era un hombre desarmado quien, al volverse el reflejo de una llama iluminó la parte inferior de su rostro. No tenía nariz.

Ella retrocedió.

—Cierra los postigos —ordenó con una voz firme—, pero sin hacer ruido.

La criada no se movió.

—¿Qué ocurre? —preguntó.

Gabrielle giró el rostro hacia ella.

—Tal ignominia se ha perpetrado que ni la clemencia divina hallará senda para perdonar a los artífices de semejante abominación. El suplicio eterno les aguarda.

Desde la ventana, volvió a mirar una última vez.

Ya no eran gritos aislados. Se trataba de un crescendo monstruoso que trepaba por los muros como hiedra venenosa, cubriendo balcones y azoteas.

Retrocediendo ya sin aliento, la dama apretaba con fuerza el rosario contra su pecho. No había forma de que su alma incorrupta entendiese aquello.

Una tormenta de escamas grisáceas empezó a colarse en el interior, manchando todo cuanto tocaba.

De pronto, se escucharon manotazos en el portón trasero que daba al jardín. Era la madera a punto de estallar en consonancia con gritos de socorro.

Presa del pánico, la damisela seguía inmóvil, pero Gabrielle, motivada por una necesidad de evitar aquel acto que a su parecer no tenía perdón, acudió rápidamente al llamado.

Al abrir, un cuerpo agotado y malherido cayó, casi embistiéndola.

Se trataba de un sujeto robusto, alto, fuerte y muy pesado. La frágil mujer hizo acopio de fuerzas para arrastrarlo hacia dentro, hasta que finalmente recibió el apoyo de Cristina, quien no paraba de persignarse.

Aquel ensangrentado tenía una tajadura que aparentaba ser profunda en la espalda, varias lesiones en los brazos y un corte muy grave en la garganta, que no paraba de escurrir un mar escarlata.

Prepararon una pequeña y oculta esquina de los establos con montañas de heno y mantas limpias para acomodar al inesperado huésped, que claramente deliraba a causa de las heridas y la fiebre.

—Mademoiselle, por favor, resguardaos en casa por si viniesen en su busca. Yo me quedo con él.

—De ninguna manera, Cristina —dicho esto, se arremangó las mangas de su preciado vestido de terciopelo rojo y pidió a la asustada criada varios trozos de lino y su talega de hierbas.

Durante la espera, quedó a solas con el agonizante sudoroso y semiconsciente, que por breves momentos volvía en sí solo para caer de nuevo en un sopor enfermo.

Con prisas y tormento, la sirvienta fue en busca de aquello que le pedían, pero su terror a ser descubiertas o víctimas de aquel extraño no le permitía cumplir el recado.

¿En qué estará pensando mi señora? ¡Corremos peligro!

En las caballerizas, la joven noble intentaba romper los ropajes de aquel corpulento personaje para examinar con cuidado los daños.

No auguraba nada bueno. Eran incisiones ocasionadas por armas con filo y por la espalda.

¡Menudo acto de cobardía!

Por favor, padre, sé que te viste ante situaciones de esta magnitud; guíame y dame tu consejo ahora que tanto lo necesito.

Al volver la doncella, se puso manos a la obra. Mandó preparar una infusión de tomillo, cataplasmas de aquilea y recogió ella misma restos del hogar.

Con delicadeza y dedicación, limpió las áreas abatidas y las trató para ayudar a su cicatrización espolvoreando cenizas sobre ellas.

Ató un gran trozo de tela sobre el casi degollado cuello para detener la incesante hemorragia, al tiempo que aplicaba compresas de agua fría en su frente para bajar la temperatura.

Justo cuando se encontraban ambas algo más tranquilas cambiando las compresas, el hombre despertó.

Se le veía desorientado… confuso y no le faltaban motivos.

Lastimado de muerte, resguardado en aquel espacio para caballos, nada más abrir los ojos, vio ante él una figura angelical; una musa sacada de los bosques del Olimpo para acompañarlo en sus últimas horas. Creyó alucinar y, encandilado por el brillo de aquel ser celestial, cayó en la oscuridad.