8. CAPÍTULO VII
CAPÍTULO VII
En el día anterior al enlace real, desde la biblioteca del Louvre, los ventanales dejaban filtrar una luz pálida, casi desvanecida, que no alcanzaba a disipar el aire viciado del recinto.
Catalina de Médici, de pie junto al fuego casi extinto, hablaba con voz baja, como quien invoca antiguos pactos.
—Felipe II se ha fortalecido tras Lepanto. El equilibrio se ha roto, Carlos. Si no le tiendes la mano, acabará oprimiendo a Francia con su puño.
—Lo sé. Cada embajador que cruza esta puerta viene a recordármelo —respondió agotado—. Pero decidme… ¿cómo planeáis complacer al ahora más devoto héroe de la Cristiandad? ¿También vos deseáis postraros?
—Podríamos ofrecer Navarra. Una concesión que no duela y que le cierre la boca sin agravio.
El monarca la miró, incrédulo.
—¿Acaso no dijisteis hace un mes que el compromiso de Margot con Enrique era nuestra forma de despojarle de esas mismas tierras sin disparar un solo arcabuz? ¿Ahora lo soltamos como una limosna? ¿Cambiaríais lo que vos misma decretasteis tan solo ayer?
Ella lo enfrentó sin pestañear.
—Navarra no es el corazón de Francia, es un pliegue.
Úsala.
Entrégala en papel, no en sustancia. Felipe ama las posesiones, pero aún más las apariencias.
—Me aturdes, madre. Hoy susurras una cosa, mañana otra. Sois un laberinto de consejos cambiantes.
Me desespera vuestra lógica mudable.
Catalina no se inmutó.
—Querido hijo, lo que tú llamas delirio, otros lo llaman previsión. Aprende a mover tus fichas con vida y recuerda que eres el rey.
—Enrique no lo permitirá. Menos ahora… cuando el rumor se extiende como maleza, acusándote de haber envenenado a su madre —y mirándola directamente a los ojos, añadió— ¿Lo has hecho?
—Soy más astuta que todos ellos. Eso carece de relevancia.
Él se pasó las manos por el rostro, como si intentara apartar el peso de una losa invisible, permaneciendo en silencio.
—Después del matrimonio ya no será un problema y, si lo fuese, sé cómo acallarlo.
Carlos la miró con horror contenido.
—Coligny piensa que cumpliré lo pactado.
—El almirante vela por los suyos, no por Francia. Espero no tener que discutir esto nuevamente contigo.
—Aún cree que cumpliré con rectitud… A veces, madre, me pregunto si no debiéramos dar marcha atrás. Tal vez aún estemos a tiempo.
—No llevéis sobre los hombros lo que aún no ha acontecido. Deponed la ansiedad por esta noche. Yo me ocuparé de los hugonotes —dijo mientras le tocaba suavemente el hombro.
—Si seguimos adelante, nada podrá lavar la sangre de nuestras manos.
—Somos Médici, no lo necesitamos —señaló rotundamente al tiempo que abandonaba la sala.
La reina madre ya no toleraba el aliento del protestante sobre su nuca. Era hora de cerrar el círculo y solo un nombre le vino a la mente sin sombra de duda: el duque de Guisa.
En algún momento, entre las órdenes dictadas y los vinos servidos, el porvenir quedó marcado por cláusulas sin testigos.
Los corredores cambiaron de guardia, las puertas volvieron a cerrarse y el palacio continuó su curso, como si nada.
Lo siguiente fue el rito en el que todos —reyes, madres, víctimas— avanzaron hacia él como hacia una página ya escrita.
Durante la ceremonia, se hallaba ensimismado Enrique de Navarra.
Nunca imaginó que el sonido de París pudiera parecer tan hueco, tan vacío de promesas.
El bronce repicaba desde lo alto de Notre-Dame, la muchedumbre se agolpaba, las voces se entremezclaban; y aun así, el eco que retumbaba en la mente era otro: el peso de una jaula que se cierra.
Ahí estaba él, el heredero de un reino frágil, rodeado de enemigos, disfrazado de invitado en su propia condena.
El lazo con los Valois —decían los letrados, los embajadores, los predicadores— era necesario.
El matrimonio con Margarita era el precio de la paz. La paz… una palabra tan ajada que ya ni las bocas nobles lograban pronunciarla sin escupir hiel.
Observó a su prometida. Hermosa, sí, en esa belleza pulida y adornada que París enseña como una máscara.
Sabía de su ingenio, de su lengua afilada, de la inteligencia que escondía tras las sedas y los perfumes; pero no encontraba en ella la templanza, la honestidad o el ardor indómito que había aprendido a admirar en otras mujeres, otros días, en otro aliento vital que, tal vez, jamás fue suyo.
Por un fugaz instante, cuando el sacerdote pronunciaba las palabras rituales y los presentes fingían alegría, se permitió preguntarse si las sendas podrían haberlo llevado a otro destino.
Si la corona hubiese pesado menos de haber seguido otros impulsos, si la sangre de su pueblo no estuviese siempre tan cerca de ser derramada o las promesas no se pactasen entre plomo y chantajes.
El momento se desvaneció con el mismo rigor con que su madre le había educado: Navarra primero, siempre.
Si para salvaguardar su reino debía atarse a una Valois, lo haría… aunque su espíritu quedase encadenado a un juramento sin afecto y su memoria —caprichosa, cruel— le devolviese otras caras y otras visiones.
Margot profería poder, alianzas, treguas fingidas… pero jamás el vigor de los que arden en convicciones.
Y él, mientras entrelazaban las manos según dictaba la costumbre, no sentía amor.
Vínculo sin alma… sin propósito.
Solo el costo de la historia escribiéndose, otra vez, sobre el cadáver de las elecciones deshechas.
Al final, incluso los reyes nacen para obedecer.
La catedral retumbaba solemne, anunciaba el final de algo más que una soltería; era un réquiem simulando festejo y en las salas de la residencia real, entre vestidos con boato cortesano, se degustaba el triunfo de una victoria ajena.
No se trataba de un triunfo de ejércitos, fue otra especie de conquista: la estrategia.
Las mesas, convertidas en tableros de una partida, rebosaban de faisanes y capones bañados en salsas de especias orientales, frutas que habían cruzado mares en cofres de madera noble y vino en proporciones sacrílegas, capaces de sonrojar al propio monje que las hubiera bendecido.
El viento, saturado de almizcle, tenía la densidad de una emboscada invisible.
Gabrielle estaba allí. No como figura central del retablo.
Era una entre tantas otras jóvenes dispuestas en el fresco conmemorativo; perdida entre bóvedas y frisos que no guardaban reminiscencia.
Su hermano, el nuevo conde, la había convocado a París como se trae una pieza valiosa al mercado, decidido a exhibirla ante un caballero —por deuda— que en otros tiempos habría evitado los espejos por temor al reflejo.
Aquel hombre la escrutaba con la mirada fría de un tasador de linajes marchitos, calibrando su belleza, la extensión negociable de su dote y el tenue fulgor que aún resistía en su actuar.
No la contemplaba como futura esposa, sino como al precio de una cuenta que no era suya: favores compartidos en la sombra, juegos de azar, negocios que no toleraban juicio y pecados de los que su hermano solo podía redimirse entregando un bien mayor.
Gabrielle no era moneda… pero lo sería.
Desde su posición en una galería lateral, contempló el cortejo nupcial.
Enrique de Navarra, altivo incluso en la resignación, caminaba hacia el altar con un aplomo que no le sorprendió.
Había en él algo que le devolvía imágenes de otro hombre: un rostro juvenil grabado en las páginas de un viejo manuscrito; el de su héroe templario Roberto de Villalobos.
Tal vez por eso, aquella noche en el baile, cuando le habló al oído y la hizo reír, su corazón se agitó como un palomar sobresaltado por un grito.
Fue su primer estremecimiento, su primer error.
Un error confundido con amor, pero tampoco una perdición vana de deseo.
Fue eso que queda en los márgenes… una ilusión que no se atreve a crecer, porque no sabría dónde echar raíces.
Ahora, observando cómo se casaba con otra, no sentía celos; era un sentimiento más sobrio: una forma de compasión.
Tampoco se vislumbraba envidia o rabia. Tal vez una melancolía de otro orden que solo se despierta al contemplar a quien marcha por un camino del que ya no podrá regresar; y que se teme —aunque no se diga— que ese trayecto es también el propio.
Aquel recinto sagrado no era más que un calabozo tapizado.
Margarita de Valois se desplazaba a su lado con paso firme y cuello alto.
Gabrielle la tuvo por amiga, pero por tan solo un parpadeo fugitivo.
Desde entonces, algo se había corrompido.
Margot ya no hablaba, escuchaba ni callaba como antes.
Era otra que portaba un velo de conveniencia cubriendo su egoísmo.
Mademoiselle du Poitiers, sin saber por qué, presintió que ninguno de los dos saldría ileso de esa unión, porque en lo profundo de todo pacto forzado, germina tarde o temprano, la traición.
Entonces notó otros ojos.
No eran los del acreedor; tampoco los del novio.
Eran los del duque de Anjou, el más refinado —y más peligroso— de los hijos de Catalina. La observaba con esa quietud taimada de quien contempla a una presa exótica.
Apenas movió un dedo enguantado, como si con ello bastase para nombrar su próxima víctima.
Ella desvió la vista de inmediato, convencida de que había sido un error.
Desconocía que la misma fatalidad que arrastraba a Enrique hacia una esposa elegida por otros ya estaba en marcha para aplastarla también a ella.
Ese día, en los salones del Louvre, la batalla por el dominio del continente apenas empezaba a mostrar los colmillos que descuartizarían la carne de cientos.
Fuera de todo aquel despliegue de oro e hipocresía, los jardines, aún acariciados por los últimos fulgores de la tarde, brindaban un resuello de autenticidad que ninguna sala colmada de nobles podía igualar.
Gabrielle se alejó sin ser notada, obedeciendo a un presentimiento inspirado por los ángeles caídos.
Sus pasos se hundieron en la grava blanca del sendero y, al alcanzar el parterre de magnolias, alzó la vista hacia el cielo.
El aliento de las flores resultaba embriagador, casi sofocante, pero había en el viento un olor más sutil… el vestigio de llamaradas futuras.
Persona alguna lo olía aún, excepto quizá los muertos que no sabían que lo estaban.
La joven cerró los ojos. No pensaba en Enrique, no del todo. Recordaba aquella sensación incómoda que la había acompañado desde su llegada esa mañana.
Fue entonces cuando un leve crujido entre los setos la hizo volverse; un niño delgado como un junco tropezó con el cesto de frutas y lo desparramó sobre el mármol.
Dos señores rieron; otro lo empujó.
Sin mediar palabra, ella se agachó y recogió las piezas, devolviéndoselas con una sonrisa, momento en el que el naranja del atardecer esquivó las ramas, iluminándola por completo. Elegida por la tarde misma, como si en ella —solo en ella— quedara algo digno de redención.
Sin saberlo, estaba siendo admirada desde la penumbra. Oculto tras un arco de boj, el duque de Anjou sostenía una copa intacta, como si en su fondo aguardase licor sacramental.
Sus ojos, oscuros y hundidos, se posaban sobre la mujer que creía haberse escabullido de todos.
Era poco común entre los Médici —porque, digan lo que digan, el Anjou era más florentino que francés— el respeto por la sencillez. Sin embargo, durante un parpadeo, algo se removió en su interior, revelando la inquietud a causa de lo incierto.
Mademoiselle du Poitiers, sin quererlo, acababa de vulnerar el orden de las cosas; y eso, para un hombre como él, era más grave que un pecado: era una amenaza.
Entre tantos semblantes ajenos, la hija del difunto conde despertaba el interés de un ser que jamás ofrecía nada sin reclamar algo a cambio.
Todo esto se desarrollaba a la par que París entera parecía exhalar un suspiro colectivo durante el enlace que enmascaraba el quejido de una ciudad cuando, forzada a permanecer de rodillas, intenta respirar por las grietas de su propia herida.
Los católicos fingían celebración con la solemnidad de un acto de fe; los hugonotes simulaban gratitud con la torpeza de quien entrega la mano cuando la otra guarda un puñal bajo la manga; y el clero —ese ejército de sotanas al servicio de Roma— bendecía en voz alta lo que, en voz baja, tachaba de herejía con encajes de diplomacia.
Desde el castillo hasta las callejuelas de Saint-Antoine, estaba todo vestido con la mentira de una reconciliación.
Las guirnaldas, las telas, los emblemas de paz…
eran tapices bordados con pólvora. Heraldos pagados recorrían los barrios con melodías demasiado afinadas para ser sinceras, pretendiendo así enmudecer la tensión.
En las tabernas más fieles, se alzaban vasos a la salud de Margarita de Valois: la única esposa capaz de domesticar a un hereje sin necesidad de hoguera. En los rincones protestantes, en cambio, brillaba la contención.
Aunque la reina madre había prometido garantías y el edicto aún estaba en vigor, nadie confiaba en sus juramentos.
Nadie, salvo los que hasta entonces no habían perdido a un hermano en las guerras de religión.
París era la imagen de la amante traicionada que se engalana para una cena que sabe terminará en abandono con hedor a incienso y trampa.
Se prometía un nuevo comienzo.
Palabras suaves, revestidas de cera derretida: cálidas en apariencia, pero destinadas a endurecerse en cuanto se apagase la última vela.
Se hablaba de listas entre los soldados como de órdenes selladas con lacre y amenaza bajo el murmullo de un tambor de guerra.
En los márgenes de la plaza de Saint-Honoré, un viejo trovador —más sarcástico que ciego— rasgueaba con calma las cuerdas de su laúd.
Los parisinos fingían bailar. Él afinaba la burla.
Lo escucharon mozos de bodega, mendigos de esquina y hasta en las cocinas.
Algunos rieron, otros se santiguaron, mas no hubo quien osara contradecir sus versos.
Se casa el rey de Navarra,
Y la novia mira a Sara,
Hay pactos bajo la mesa,
Y dagas en la promesa.
Margot va de blanco lino,
Pero huele a torbellino.
Enrique firma su suerte,
Catalina el orden de muerte.
Brindan obispos y espías,
Y repican falsas alegrías.
Quien se casa por mandato…
Duerme en lecho de asesinato.
El Sena había oído esos cánticos antes. Hasta sus piedras más viejas habían aprendido ya a distinguir una boda de un sacrificio, y reconocían —como solo saben los testigos de inquisiciones— que, cuando la música se eleva demasiado, es porque alguien está intentando sofocar los gritos.
Notre-Dame tampoco durmió aquella noche.
Observó en silencio a su hija festejando, sabedora —como toda madre lúcida— de que la agonía llegaría antes que el alba.
Ohh París… Un lugar que reconoce el aroma de la ofrenda antes de ser inocentemente quemada en nombre de Dios.