7. CAPÍTULO VI #3
—¿Lo creéis así?
—Sé que lo hará porque me teme, me necesita.
La soberana permaneció un instante sin hablar. Solo se escuchaba el lento crujido de una madera vieja en lo alto.
—Navarra permanecerá firme, almirante.
—Y yo no dejaré que la devoren sin advertirlo.
En otra sala del palacio y casi al unísono, se producía otra conversación, esta vez en el gabinete privado de la reina madre.
Sin levantar la vista al toque de la puerta, Catalina de Médici continuó removiendo con lentitud el líquido ámbar de su copa, como si el remolino pudiera responder a preguntas que nadie se atrevía a pronunciar.
—¿Lo traes?
Una sirvienta se acercó con cautela. De entre sus mangas extrajo un pequeño saquito de lino, bien anudado con hilo rojo y lo depositó sobre la mesa, sin atreverse siquiera a mirarla a los ojos.
Sin ceremonia, la florentina soltó el nudo con un giro seco y volcó un poco del contenido. El polvo, de un verde apagado, se desparramó en un pequeño montículo.
—Dicen que lo usaban los Borgia —murmuró, más para sí que para su interlocutora—. Que bastaban unas motas bien colocadas y nadie volvía a despertar igual.
Un escarabajo, creo, de los que se secan y muelen hasta que no queda más que rastro.
No huele. Apenas se ve, pero si llega a tocar la piel donde no debe… —hizo una pausa breve, ladeando la cabeza—, arde y después se quiebra.
—¿Y debo…?
—Espolvorearlo sobre algún tejido —interrumpió con sequedad—. Algo que roce la piel: guantes, un cuello, un velo. Me han asegurado que, si se hace con cuidado, no se nota. Ni en el color ni al tacto.
Se volvió entonces hacia la ventana. Las sombras de la tarde se reflejaban en los cristales como manchas viejas que no se querían borrar.
—Mañana deberá ir al mercado con su señora. Que aproveche el trayecto: el alboroto, los puestos, la dispersión…
La doncella de rostro pálido y mandíbula tensa asintió con un leve movimiento. Catalina aún no la miraba. Hablaba con la familiaridad de quien ya lo ha hecho mil veces.
—La destinataria es María, dama de Juana.
No me repitas su nombre y no lo olvides: no tolero errores.
Una pausa. Luego, más bajo:
—Si de verdad esperas mi recomendación para ese enlace que tanto anhelas… más te valdría no equivocarte. Las causas nobles no figuran en los memoriales. Los errores, en cambio, lo arruinan todo.
Sin voluntad, la damisela tomó el saco de lino, lo escondió entre sus ropas y salió. La reina madre volvió a su copa.
Afuera, la noche olía a luto antes de llegar.
Pocas horas después, la sustancia fue esparcida sobre un pañuelo de lino que usó la regente de Navarra prácticamente durante gran parte del recorrido, sellando sin vacilar el destino de toda Europa.
Después, ya en su alcoba, la fiebre comenzó a devorar a la víctima.
No como enfermedad, mas sí un incendio infernal cuyo calor brotaba desde dentro, abrasando el pecho, agrietando los labios, nublando los pensamientos, pero no deliraba aún.
Seguía consciente… callada.
Con los ojos hundidos y los huesos temblorosos, sí, pero con la dignidad intacta.
Una reina no se mide por lo que padece, sino por aquello a lo que no está dispuesta a renunciar.
Junto al lecho, dos mujeres susurraban plegarias. Una rezaba, la otra, con el semblante más lívido, sostenía un crucifijo.
La puerta se abrió sin anuncio y Catalina entró sin pedir permiso.
Caminaba como si sus pasos siguieran ya la procesión fúnebre: despacio, sin apuro, sin una sola muestra de duda. Cuando las asistentes quisieron hacer una reverencia, ella ni siquiera las miró.
—Salid.
—Majestad… está muy débil. No…
—He dicho que salgáis.
Todas.
Ahora.
Su tono no fue elevado, pero no admitía réplica. Las mujeres intercambiaron una última mirada con la todavía monarca, quien no pedía protección… y obedecieron.
En la alcoba solo quedaba el goteo sordo del agua de un paño mal escurrido.
La puerta se cerró, dejando a Catalina a solas con la regente. Se detuvo junto al lecho sin prisa ni piedad.
La observó sin hablar, como quien contempla la roca finalmente vencida por los elementos.
—Así que esto es lo que queda —dijo, al fin—. La mujer que creyó poder doblegarme con sermones y tratados.
¡Qué lástima!
Esperaba algo más digno.
Luego calló, pero su falta de palabras era más mordaz que cualquier frase.
Se inclinó. La respiración de la enferma era áspera, discontinua. Aun así, no cerraba los ojos. Seguía observando, como si todavía le quedara algo que custodiar.
—Vuestra caída me ha otorgado la victoria —añadió con voz lenta, casi íntima—. Ya no sois reina ni madre. Vuestra alma se ha marchado; queda solo la envoltura.
¿Lo veis?
No hacía falta guerra ni escarmiento, solo dejar que el veneno siguiera su curso.
Catalina sonrió.
—Vamos, decidlo.
Solo una vez.
Habéis perdido.
La mujer agonizante tardó en moverse. El aire le raspaba la garganta. La fiebre la había despojado de toda fuerza… salvo la de la voluntad.
Alzó apenas la vista dejando escapar un susurro.
—Navarra… no… se arrodilla.
Un segundo; luego otro y otro más.
La florentina se irguió como si hubiese recibido una bofetada. Se incendió su rostro de ira, pero no dijo nada. Aquella frase, rota, exhausta, moribunda… la había atravesado. No por lo que decía, sino porque aún al borde del sepulcro, su adversaria seguía por encima de ella.
Juana de Albret cerró los ojos.
La última exhalación no fue rendición; fue resistencia hasta el final.
Cargada de furia, la Médici retrocedió y salió del gabinete con un andar que, aunque elegante, era como si el suelo fuese piedra viva.
Había acabado con una enemiga. Pero no la había vencido.