La Loba de París (Cantos de Expiación 1) 7. CAPÍTULO VI #2
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7. CAPÍTULO VI #2

—He leído sobre amores imposibles, sobre hombres capaces de desafiar dioses con tal de volver junto a la mujer por quien olvidaron su nombre. Le llamaban Odiseo. Siempre creí que eran exageraciones de poetas… hasta ahora.

Ella alzó el mentón curvando levemente los labios.

—¿Afirmáis que desafiaríais a encantadoras y hasta al mismo Poseidón por ir a mi encuentro?

—No hablaría así si mi voluntad no os hubiese ya elegido.

La escena era presenciada por uno de los centinelas que, tras un ademán reprobatorio, se aclaró la garganta, recordándoles que esa conducta era inapropiada.

La hija del conde, al caer en cuenta de aquella vergonzosa situación y ver la cara de circunstancia de Adriana —quien se debatía entre hacer algo o contemplar discretamente la escena, notándose así su inexperiencia—, señaló con apuro y poniendo distancia:

—Deberíamos volver.

La ausencia de sonido alguno se palpaba, notándose el temblor de ambos al respirar. El caballero asintió, apesadumbrado y sin más remedio, la guio hacia el camino de vuelta.

A lo lejos, Sir Kent, desde un ventanal, había observado con atención cada uno de los movimientos y acciones de la pareja. Conocido por ser un hombre calculador, aquí dejaba claro que no estaban en un error.

Esa mujer podía ser la perdición de su hijo y de su familia.

No solo por su procedencia. Era la manera de hablar y, más duramente, por atreverse a pensar.

Debía recabar información sobre la situación real de los du Poitiers y valorar los riesgos de la preferencia que su primogénito estaba mostrando tan abiertamente y sin reparos en tierras enemigas.

Ajenos a las maquinaciones que a su alrededor se engendraban, los jóvenes, viéndose privados de bailar, decidieron disfrutar simplemente de la compañía del otro. De momento, podían conformarse con ello.

—Milady, ¿sería una osadía el pediros visitaros mañana? Difícilmente podría permitiros marchar sin la certeza de un encuentro cercano.

Gabrielle lo miró fijamente, retando su expresión e intentando ocultar los colores que subían a sus mejillas. Respondió en tanto que su pulso se agitaba y asomaba la ilusión:

—Señor Kent, sería un honor para mí recibiros y ser vuestra anfitriona hasta que lo consideréis oportuno.

—¡Oh, no dejéis en mi persona tal responsabilidad! Temo pecar de atrevido. A vuestro lado, hasta la eternidad se me antoja breve. Os hablo con palabras que harían sonrojar a un trovador. Sin embargo, os las digo con la más prosaica certeza. La culpa no es de la poesía. Es vuestra presencia.

Al escucharlo, la joven se alegró sin importar el atento escrutinio de los asistentes, un guardia, una doncella nerviosa… y quizás hasta de Dios.

Bajo la promesa de un nuevo amanecer lleno de expectativas, consideró pertinente dar la velada por terminada, dejando en aquel lugar a un Giles que, aunque se hallaba fascinado, ya sopesaba los beneficios y riesgos de aquella oportunidad que se le presentaba.

Si bien era cierto que la dama era francesa, no lo era menos la importancia de su apellido; y aunque aquello nunca se formalizase, podría ser una fuente continua de información fresca del entorno en el Louvre.

Por su parte, ella tampoco lograría dormir, pero por razones muy distintas.

Cuando el carruaje se alejó y la silueta de Montcresson quedó atrás, una idea empecinada emergió como rescoldo mal apagado. Rememoró una advertencia que, años atrás, su padre le había confiado junto al fuego, con la severidad de quien ama sin concesiones:

Créeme, Gabrielle… lo importante no es hallar a quien descienda a los infiernos, sino forjar en ti la cordura y el orgullo suficiente para que jamás debas ser enviada allí.

Contuvo el aliento.

¡Qué inoportuno!

Justo ahora, cuando el alma pedía alas, él volvía —desde la memoria— a recordarle que también el corazón debía aprender a andar con paso firme.

Si le hubiese conocido, habría cambiado de parecer —pensó con tenacidad, rechazando la sombra de la duda.

Aferrada a esa idea, dejó que la noche la envolviera.

Es de esta manera, como tan sabios consejos paternos pasaron al olvido…

hasta que alguna desgracia se encarga de traerlos de vuelta, como suele ocurrir.

Mucho lamentaría tal desdén, aunque, a decir verdad, el olvido de lo útil y la arrogancia de lo nuevo son defectos tan propios de la juventud como las mejillas sonrosadas o el paso apresurado.

Gabrielle, por desgracia, ya no contaba con nadie que le devolviese los pies al suelo.

Ni la voz del progenitor guardián ni la advertencia del mundo, solo el tiempo, que no tiene por costumbre ser piadoso.

Al anochecer del día siguiente, Giles llegó envuelto en los restos de un aguacero cómplice y en ese mutismo propio de quienes aún no saben si serán bien recibidos o simplemente tolerados.

Mademoiselle du Poitiers descendió los escalones del pórtico sin abrigo, como si el frío no tuviera potestad sobre ella. Se saludaron sin ceremonia en medio de un espacio entre ambos que parecía pactado por una vieja intimidad que ninguno se atrevía a nombrar.

El inglés llevaba en su mano un ejemplar modesto, encuadernado en cuero, de las Prognostica de Digges. No lo ofreció como presente ni lo exhibió con orgullo; lo sostuvo contra el pecho cual talismán.

Ya en el salón, con la lluvia tamborileando con persistencia, se permitió una digresión encendida sobre la infinitud del universo.

—Si la bóveda celeste no conoce límites, milady —dijo, deteniéndose en un punto de la página—, si los astros vagan sin término, ¿por qué habríamos de atar lo que sentimos?

Ella no respondió, pero sus ojos contenían más que pudor… un relámpago mudo. Una pregunta aún sin hacerse.

Las visitas se tornaron costumbre.

Ninguna promesa, ningún beso, ningún futuro.

Nada que pudiera ensuciar con realidad la perfección improbable de aquel hilo invisible. Solo caminatas bajo viñedos húmedos, pausas de campiña y discusiones errantes sobre Copérnico, Tomás Moro y la justicia de los hombres.

Nunca hablaron del pasado. Nunca del mañana.

Aquello que nacía entre ellos no necesitaba amparo ni testamento.

Una tarde, mientras Giles hojeaba el De Revolutionibus, el naranja de poniente le lamió el perfil con esa ternura que solo el atardecer sabe conferir a los hombres jóvenes.

Gabrielle se detuvo al mirarlo. Él dejó el libro, lo cerró con lentitud y habló:

—Decidme, milady… ¿Qué pensáis cuando la realidad ya no os sujeta al mundo? Cuando todo enmudece, ¿quién queda con vos?

Algo en el semblante de ella se ablandó, como si la pregunta hubiese acariciado un recuerdo aún vivo y no confesado.

—Un paraje que el mundo ignora, pero donde vos sois constante.

Eso fue todo; el amor verdadero —el que no se dice ni se reclama— ya había comenzado a existir en aquel espíritu convaleciente.

Durante varias semanas, el caballero acudió con la regularidad tranquila de quien no desea perturbar, pero tampoco desaparecer. En cada aparición, la joven parecía recobrar un matiz perdido… una pausa sin sobresalto.

El ambiente en la residencia comenzaba a mudar su pesar. Las estancias se abrían con premura, los pasos se aligeraban y hasta el sonido de la tormenta parecía menos grave entre los ventanales.

Una mañana, caminando por los corredores con una calma inusual, como si algo en su interior hubiese hecho las paces con el porvenir, llegó la misiva, atada al peso de aquello que no se discute y la tinta amarga de los hombres que nunca entienden lo que destruyen.

“A Mademoiselle Gabrielle du Poitiers, en la residencia de Boulonnais desde el Louvre, París.

Hermana,

La paciencia se ha agotado. Te exijo que emprendas el regreso de inmediato.

No se trata de un capricho ni de una invitación; es una orden. Las circunstancias demandan la comparecencia de los du Poitiers.

Sería un despropósito imperdonable permitir que la imagen de nuestra casa se vea mermada por tu prolongada ausencia, solo justificada por delirios de libertad y fantasías de amor caballeresco que nada tienen que ver con tu condición ni con tu deber.Dispón de lo necesario.

Que tu entrada en París sea digna, tu aspecto impecable y que tu actitud, por una vez, esté a la altura del apellido que portas.No admito excusas ni melancolías de debutante.Una vez en la ciudad, se te informará de los detalles que afectan a tu futuro.El compromiso ha sido acordado y no está sujeto a tu opinión ni a tus ensoñaciones de novelas antiguas.

Obedece.

Conde Édouard du Poitiers.

Señor legítimo de lo que queda de nuestro linaje”.

Entre tanto, mucho más al sur, envueltos en la penumbra compañera de los pasillos del Louvre, Juana de Albret mantenía una seria conversación.

—Almirante, esta paz me es más temible que la guerra. Los Médici hablan con una tranquilidad que no promete nada. Navarra espera… y la fe que profesamos espera aún más.

¿Cuándo llegará lo prometido?

¿Cuándo dejarán de mirar hacia otro lado mientras mis ministros son vigilados y los templos señalados?

—Majestad…

Coligny se sintió observado, como si en la oscuridad aguardase alguien más.

—No confío en lo que se calla bajo este techo y menos aún en quienes lo habitan. En esta corte no se gobierna, madame. Se aguarda en silencio… a ver quién cae primero.

Un repiqueteo apagado marcaba el paso de algún funcionario sobre losas irregulares, dejando a la fortaleza respirando su propia intriga. La conversación, entonces, se disolvió en un sigilo atento.

—Sin embargo, aquí estamos —prosiguió con cautela la regente.

—El rey aún me escucha.

—¿Carlos?

—Sí. Ve en mí algo parecido a un padre. No lo soy, pero no se lo niego. Esa ilusión vacilante me permite hablarle al oído cuando otros murmuran conjuras.

—¿Y la Médici? ¿Y ese hijo al que se aferra como si en él residiera su trono?

—No espero nada de ellos. Solo sé que cuando sonríen, alguien pierde algo.

—Entonces no hay protección. Navarra está expuesta. Mis pastores predican cercados por el miedo.

—Lo sé, pero si esto se desmorona y creedme, señora, ya se vislumbran las primeras fisuras, yo estaré donde corresponde.