La Loba de París (Cantos de Expiación 1) 7. CAPÍTULO VI
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7. CAPÍTULO VI

CAPÍTULO VI

Una húmeda tarde de junio, cuando el cielo se ocultaba tras una cúpula de nubes tensas y brillantes, surcadas por vetas plomizas cargadas de presagio, la calma que Gabrielle anhelaba se vio violentada con un mensaje proveniente de Montcresson.

Se celebraría una velada científica en honor al caballero Thomas Digges, reputado matemático y erudito inglés, en tránsito hacia Calais.

Envuelta en el silencio de su duelo, acompañada por la fidelidad discreta de Adriana, no pudo evitar que la convocatoria encendiera un leve fulgor en el rostro de su doncella.

¡Un baile! Precisamente lo que necesitaba su señora para recuperar ese tenue resplandor que la melancolía había apagado.

La estancia en el campo, por más bucólica que pareciera, no había logrado borrar de su semblante las huellas del llanto ni el vacío persistente de la ausencia.

Leyó el contenido varias veces, buscando en vano una coartada que le permitiese rechazar la invitación.

Pero era inútil. Su permanencia en la región era conocida y posponer lo inevitable solo serviría para atraer nuevos compromisos, quizás más difíciles de eludir.

Además, conocía los méritos del homenajeado profesándole sincera admiración.

Con gesto sereno, confirmó su asistencia.

Dos noches más tarde, vestida con un traje ceniza de seda y terciopelo, el cabello semirrecogido y adornado con perlas discretas, portando en la mano el pliego como un símbolo de su decisión, subió al carruaje con paso lento pero firme.

Al franquear el arco de la villa, aspiró con lentitud el sudor de la noche, como quien intuye que cada brizna de aire será reclamada.

El sendero, encendido por antorchas que delineaban su silueta con solemnidad, la condujo hasta los salones donde los invitados ya comenzaban a deslizarse con ese sigilo, casi ritual que persigue a las reuniones en las que el arte se mezcla con la política.

Aquella celebración, más que un tributo, era una intersección de impresiones veladas, de alianzas tácitas con una Inglaterra ausente y de promesas susurradas para una Francia futura, en la que las sombras de los Valois no osaban adentrarse.

La entrada al gran salón fue como una pequeña revelación: un reflejo incandescente iluminó su melena negra, haciendo destacar la blancura casi virginal de su piel.

Gabrielle, que había planeado confundirse entre la multitud, se convirtió, sin pretenderlo, en el centro de atención.

Su sola aparición bastó para interrumpir conversaciones, torcer cuellos y hacer olvidar, aunque fuera por un momento la escabrosa cuestión de Calais.

A buen entendedor queda que cien años de guerra no bastan para decir lo necesario y mucho menos para dar por terminadas las conspiraciones.

Inglaterra jamás perdería de vista sus antes tierras en el continente ni olvidaría la afrenta francesa, pero basta con un banquete bien servido, una copa rebosante y una orquesta discreta para que incluso las traiciones parezcan diplomacia.

Regla de oro, válida ayer, hoy y —no lo dudemos— también mañana.

El recinto resplandecía bajo la arquitectura milimétrica de los candelabros, colgados como enjambres de luz sin permitir rincón alguno en penumbra. Un mar de pétalos blancos lo cubría todo, más propio de un banquete en la corte inglesa que de una mansión de provincia.

Las voces extranjeras, discretas pero constantes, marcaban el ritmo de la noche con acentos que traían los recuerdos de una isla húmeda y obstinada.

El ambiente estaba saturado de un perfume cálido, mezcla de cuero roído, almizcle importado y algo más turbio. En lo alto, el tragaluz de vitral evocaba con ambición la conquista de Jerusalén.

Mientras la joven saludaba a los anfitriones con la compostura que el protocolo exigía, sus pensamientos retrocedían a otras recepciones vividas en ese mismo lugar, entonces del brazo de su conde.

Dicha evocación se vio interrumpida por un hombre de avanzada edad, estatura baja, pelirrojo y ligeramente redondeado, vestido con sobriedad, pero con un rostro afable que denotaba simpatía genuina.

—Milady —dijo inclinando la cabeza—, ha pasado mucho tiempo. Mi última imagen de vos os mostraba como una niña junto a un conde orgulloso.

—Lord Bolton —respondió, extendiendo su mano con nobleza—, siempre es un placer veros.

—Lamento profundamente la pérdida de vuestro padre —añadió él, con voz queda.

—Dejó un hueco que ni las eras infinitas ni la razón logran llenar.

—Así ha sido. No solo para vuestra familia, sino para cuantos tuvimos la dicha de conocerle. Será recordado como un hombre regio, íntegro, sin mácula en su vida ni en su nombre.

—Vuestras palabras consuelan mi alma.

—Permitid que esta velada obre el milagro que tantos parientes y canciones han intentado en vano —añadió con tono apacible teñido de respeto, antes de hacer una seña a un caballero cercano, que hablaba con otro invitado de mayor edad. Ambos, al advertir el gesto, se aproximaron con cortesía.

—Milady du Poitiers, tengo el honor de presentaros a Sir Terius Kent y a su hijo Giles.

Sir Kent, un hombre que rondaba los cincuenta y seis años, alto y de complexión delgada, lucía barbas canosas perfectamente cuidadas, enmarcadas por un cuello largo cubierto de encajes finos, como parte de un atuendo oscuro y costoso.

Su hijo, en cambio, destacaba por una estatura imponente, hombros anchos y unos ojos verdes de una belleza inesperada.

Vestía con sobriedad, pero sus ropas delataban una confección meticulosa que suavizaba su porte, haciéndolo parecer cercano.

Giles había seguido la conversación con atención. Desde el primer instante en que la dama apareció, algo en ella —una luz callada, una fuerza contenida— lo había embelesado. Pero fue su mirada la que le atrapó. En esos ojos grises dormía un secreto sin nombre.

Era pena. Dolor profundo, encajado tras la dignidad.

Ante esa fragilidad enmascarada, algo ancestral despertó en él: una pulsión muda.

—Conozco a la familia du Poitiers desde que fui asignado a Calais —comentó lord Bolton.

—La eterna disputa de Calais —murmuró el viejo Sir Kent, apenas audible—. Dirían algunos que fue devuelta hace ya más de una década, pero aún hay quienes sueñan con izar la cruz de San Jorge sobre sus murallas.

Gabrielle no respondió. Sabía bien que, en juegos de poder, los mapas mienten menos que la esperanza.

Poco después, el veterano diplomático reparó en la llegada del agasajado y se alejó con paso mesurado para darle la bienvenida, dejando a su amiga al resguardo de los Kent, tras lo cual el anciano comentó:

—Diríase que este evento privado ha convocado a media provincia.

—En efecto —respondió ella, permitiéndose una muestra de su saber estar—; resulta difícil localizar a los conocidos entre tantas caras nuevas.

—¿Soléis honrar con vuestra presencia esta clase de reuniones? —preguntó él, con ironía elegante y afilada.

—Encuentro deleite en el arte y la ciencia, Sir —replicó, sin amedrentarse—, sin importar la lengua que hablen o el Dios al que recen.

La respuesta, tan firme como inesperada, sembró desconcierto. Giles, sorprendido, tardó unos segundos en recomponerse.

—¿Y vos, monsieur? ¿Habéis venido a rendir homenaje al erudito o a ocupar vuestro lugar en este teatro de influencias?

—He venido con mi padre en calidad de misión diplomática —respondió Giles con honestidad—. Representamos al barón de Burghley.

En ese preciso instante, hubo un cambio de tonada. Una volte anunció el comienzo de la danza. Sin esperar a que otro pretendiente tomara la delantera, Giles tendió la mano.

—¿Me concedéis el honor de los dos primeros bailes, milady?

Gabrielle aceptó con una leve inclinación. Juntos se dirigieron al centro del recinto. Él la miraba con devoción.

Mademoiselle du Poitiers se movía con una gracia natural, como si la melodía brotara de sí misma. Si ella giraba, él la seguía; si ella inhalaba, él también contenía el aliento.

Creía haber hallado una flor consagrada a herir a quien se atreva a tocarla, resultándole tan reconfortante como turbadora.

Fue un estremecimiento sutil, como si el pulso de otro latiera dentro del suyo. Todo sonido se disolvió.

La multitud desapareció.

Solo existía el movimiento acompasado de ambos cuerpos en medio de una sala bañada en candor.

La dama dejaba escapar, a veces, una sonrisa apenas insinuada, que era como un amanecer irrepetible.

Giles no había venido a cortejar fantasmas, pero allí estaba, como un caballero recién salido de las baladas que tanto detestaba.

Fue cuando, sin anunciarse, la música cesó.

Los dos primeros bailes habían pasado como si el reloj hubiese hecho una pausa.

Conocedor de que las normas de etiqueta le impedían solicitar una tercera oportunidad e incómodo ante la cantidad de ojos que se posaban sobre la joven, le ofreció una alternativa.

—¿Deseáis tomar el aire? Los jardines están especialmente hermosos esta noche.

La propuesta recibió una aceptación sumisa.

Caminaron juntos, flanqueados discretamente por Adriana, que sin entrometerse no apartó la vista de su señora.

Los exteriores se mostraban como un paraíso encantado. Rosaledas y fuentes resplandecían con una perfección inquietante. El conjunto era tan simétrico que parecía diseñado para ser observado, no habitado.

En ese Edén lunar, avanzaban sin rozarse, pero con una fuerza invisible que se trenzaba entre ellos.

Gabrielle lo sorprendió mirándola con una intensidad callada.

—¿Ocurre algo, monsieur? —preguntó suavemente.

—Lucís absorto, como si percibierais algo que los demás ignoramos.

El inglés sonrió con mesura e inclinó apenas el rostro hacia su oído, sin quebrar el decoro.

—Apreciaba las estrellas reflejadas en vuestra tez… como si el cielo hubiese hallado espejo en vos esta noche.

—Me hacéis parecer criatura mitológica, señor.