La Loba de París (Cantos de Expiación 1) 6. CAPÍTULO V
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6. CAPÍTULO V

CAPÍTULO V

El aire en Saint-Vallier se volvió más denso tras la despedida de Aurelio du Poitiers.

Hasta la luz parecía enferma, filtrándose gris y marchita por las estancias, incapaz de disipar la pesadumbre anclada en cada esquina.

No hubo heraldos que portasen luto, ni banderas que descendieran, pero en el castillo sabían que algo se había quebrado, y que la partida del señor pesaba más que cualquier juramento enmohecido.

Todos deambulaban en susurros y con las miradas apagadas…

todos menos Édouard, el nuevo conde, que se movía de un lado a otro con la premura de quien hereda más obligaciones que méritos.

Se reunía a diario con letrados, escribanos y administradores; revisaba pergaminos, daba órdenes.

En él, el duelo se disfrazaba de ocupaciones con ese fulgor helado de quien comprende que el poder no admite vacilaciones.

Su momento había llegado y no tardó en deshacerse de cuanto consideraba prescindible; lista en la que su hermanastra figuraba en primer lugar, mientras que ella, sumida en su pérdida, permanecía al margen de los trámites.

La joven amanecía temprano, recorría la casa, comprobaba que todo estuviese en orden, pero ni siquiera desayunaba. Su cuerpo rechazaba cualquier alimento y el alma, cualquier consuelo.

A la aflicción por su padre —que aún la desgarraba— se sumó la amargura de ver partir a Pastora de Reboll, la figura materna que Édouard consideró innecesaria, quedando la debutante únicamente acompañada por Adriana —hija de su antigua institutriz— y por su criada de alcoba Cristina, quienes insistían en que al menos probase un zumo o caminase por los jardines.

Allí, Gabrielle vagaba durante horas, absorta y perdida, intentando sobrellevar el abismo que le crecía en el pecho y que tan solo encontraba escape a través de los ojos en forma de lágrimas que no cesaban.

Entre tanto, el cabeza de familia organizaba un gran baile para anunciar su título nobiliario. Estaba obsesionado con proclamar su logro… su hazaña.

Aquí, amable lector, permitidme la osadía de intervenir, no para narrar, sino para compartir mi asombro —y no poca indignación— ante mis propias palabras. ¿Proclamar su gran logro?

¿A qué llama logro un hombre así? ¿A heredar, sin mérito, lo que jamás forjó? ¿O acaso, en su escala de virtudes, cabe considerar un acto de valor el asfixiar a un indefenso que le miraba sin comprender, cargado de dolor y objeto de traición?

Dos días antes del gran evento, Gabrielle fue llamada al despacho con tono imperativo, cita a la que acudió con premura, sorprendida, pues su hermano difícilmente le había dirigido la palabra desde aquel fatídico día.

—Señor, ¿me habíais mandado llamar?

Édouard la observó, deteniéndose en el rostro pálido y en las ojeras que delataban su vigilia constante.

—Así es. ¡Por todos los cielos, qué aspecto traéis! Las ropas se sostienen, pero vuestra cara… esos ojos y la tez desmejorada. Hasta la muerte luce menos desfallecida que vos.

—Lamento desagradaros. No me he encontrado bien.

—El festejo será en breve y no quiero ver vuestra aflicción arrastrándose por los rincones. Basta ya de llantos. Os veis ridícula.

Gabrielle sintió un nudo en sus entrañas. Su padre acababa de ser enterrado, su mundo se desmoronaba y su propio pariente la humillaba con tal desdén.

—Querido Édouard, me sobrepasa esta pena. Os ruego me permitáis ausentarme. Nadie notará mi falta y no empañaré vuestra celebración.

Él curvó los labios en esa sonrisa que los herederos sin escrúpulos se permiten al saborear su ascenso.

—¿Ausentaros? No, todos saben que tengo una hermana bajo este techo. Se me ocurre algo mejor: que os marchéis, lejos y llevad con vos esa eterna agonía que se me pega a la piel como la mugre.

—Monsieur, si me lo permitís… podría retirarme a nuestra residencia en Boulonnais. Allí, en la campiña, hallaré reposo y recuperaría la compostura.

Él la contempló un instante, sopesando el fastidio que le provocaba su sola presencia.

—¿Derrochar la fortuna que el viejo me legó en vuestros retiros campestres? Estáis delirando; aunque admito que tal vez no es mala idea.

Partid, mas no olvidéis esto: volveréis cuando yo lo considere oportuno. Se acabaron los viajes, estancias en cortes extranjeras y las distracciones de dama ilustrada. A partir de ahora, cumpliréis vuestro deber como corresponde a toda mujer.

Bajando la cabeza, Gabrielle hizo una reverencia impecable, mordiendo el orgullo y sin pronunciar palabra se retiró a sus habitaciones; dejando al hermano regocijándose en la gloria recién adquirida.

Le consolaba pensar que, estando ella tan cerca de Calais, bastaría un nuevo estallido de conflicto en la frontera y alguien se encargaría de quitársela de en medio.

Horas después, la joven en su dormitorio y con los baúles listos gracias a la ayuda recibida, aprovechó la soledad para revolver dentro de un viejo cofre tallado en madera que aún exhalaba ese aroma rancio a cera y lino antiguo, preservando los vestigios de una infancia que ahora se le antojaba lejana.

Allí aguardaba un pequeño tesoro: la Cruz de la Orden de Saint-Michel.

El gentilhombre había pertenecido a los caballeros de aquella Orden. De niña fantaseaba con que se tratara de un tesoro templario que el mismo Roberto de Villalobos había hallado en Tierra Santa.

Ahora sí que era un objeto de valor incalculable, al menos para ella.

Lo ocultó entre sus ropas con los dedos temblando y sumo sigilo. Solo entonces, en la quietud de la estancia se tumbó reconfortada por la certeza de preservar aquel símbolo tan sagrado, logrando conciliar el sueño por breve tiempo.

Con una urgencia que hasta ese momento no había reconocido, Gabrielle sorprendía al amanecer descendiendo las escaleras de la que siempre había sido su casa.

Al pasar por el gran portal, se percató de que el sol aún no se dejaba ver, pero le resultaba indiferente.

Necesitaba distanciarse cuanto antes de aquel mausoleo, sin notar que, a lo lejos, la servidumbre del castillo —aquella que la había visto crecer— la seguía con el pesar dibujado en el semblante.

Ahí, en ese carruaje tirado por cuatro caballos y a varias millas de distancia, la joven du Poitiers finalmente se sintió libre para llorar.

Sin pudor, sin velos, sin las apariencias que tanto sofocan a las ánimas bien nacidas.

Solo estaban ella y su tormento.

Su garganta se cerró, las pupilas se nublaron y se dejó consumir por un llanto crudo, sin escudo ni artificio.

Transcurrida una jornada incierta, en la que el tiempo parecía suspendido entre la angustia y el camino, mademoiselle traspasaba el umbral escondido tras los brezales cenicientos y los campos punteados de espinos.

La antigua residencia de los du Poitiers se alzaba sobre las lomas con la sobria autoridad de quien vigila horizontes marcados por el exilio y la desconfianza.

En los muros, curtidos por la bruma del agua y las tempestades del norte, se albergaban siglos de estirpe.

No ostentaba torres ni almenas, sino esa clase de sobria dignidad que poseen las casas construidas para perdurar más que sus moradores.

Los ventanales altos parecían mirar hacia Inglaterra con el mismo recelo que antaño alimentó las guerras; en sus salas, impregnadas de salitre y leña vieja, reposaban los ecos de pactos susurrados sobre rescoldos extinguidos, sellados al abrigo del fuego.

Fue recibida con todos los honores por parte de los criados, a pesar del escaso margen con el que fueron avisados.

Gesto que agradeció con la cortesía que su abatido ánimo le permitía, solo para retirarse acto seguido a su habitación y dormir, por primera vez en semanas, aunque con un peso en el espíritu.

Al despertar, su atención se detuvo en el dosel de la cama, tapizado en una preciosa seda azul y tul celeste, bordado en plata y perlas. Las brasas del hogar crepitaban, seguramente avivadas por las manos diligentes de las doncellas.

La dama se colocó la bata de seda blanca que, por costumbre, dejaba a los pies y se acercó a la ventana.

La claridad de la mañana se filtraba tímidamente, tiñendo de destellos sinuosos todo cuanto la rodeaba.

Sin pensarlo, abrió los cristales. El aire frío le cortó la respiración un instante, como si la misma casa advirtiera que aún pesaban las ausencias.

Dejó que la brisa rozase sus mejillas, justo cuando Cristina entraba dispuesta.

—Mademoiselle, veo que habéis despertado antes de lo esperado. Os pido disculpas —dijo, haciendo una reverencia, mientras sus ojos buscaban los de su señora, que permanecía de espaldas, absorta en el paisaje.

—Buenos días. No tienes que preocuparte —respondió ella, devolviendo la vista al exterior—. Cuánta tranquilidad se percibe aquí…

Es como si las malas nuevas aún no hubieran mancillado este prado olvidado.

—Señora, por favor, debemos cerrar esas ventanas. Los aires fríos arrastran más de un mal y no quisiera que os ganéis un resfriado del que después me recriminen —dijo apresurada.

—El desayuno os espera en la mesa. ¿Qué planes tenéis para hoy? ¿Queréis que preparemos dos o tres atuendos oscuros y luego algo más formal para la cena?

—No, Cristina. Hoy quiero disfrutar de los jardines y de la serenidad del campo. Prefiero un solo traje, algo fresco, sencillo…

Para la cena, probablemente no sea siquiera necesario ocupar el gran comedor.

La joven sirvienta, con rostro apurado, se apresuró a puntualizar:

—Mademoiselle, el inconveniente es que vuestros vestidos de luto son todos de una elegancia excesiva, impropios para el aire libre.

—Tampoco sería bien visto tanta sencillez en la cena que siempre ha sido un momento fastuoso —señaló Adriana entrando en la recámara.

—¿Qué pensarían si, llegado el caso, algún visitante os hallase de esa manera? La murmuración siempre viaja más rápido que las buenas intenciones.

Gabrielle respiró hondo.

Luego, sin perder la serenidad, se dirigió a ambas y, con la determinación que solo otorga la fatiga, les respondió:

—Tenéis razón en cuanto a la falta de vestuario, pero lo solucionaremos. Por ahora, llevaré algo ligero, en tonos pasteles, acompañado de alguna prenda oscura.

A la postre, el duelo se lleva por dentro.

Llamad a la modista del pueblo para que acuda cuanto antes.

En lo tocante a las cenas, demasiadas son las normas que mi familia ha seguido sin cuestionar, pero relativo a mi retiro y circunstancias; las decisiones las tomaré yo, al menos hasta que el conde disponga lo contrario.

Si alguien osa censurarme por no vestir lo que se espera, que tenga también el valor de reprocharse por presentarse en la morada de una dama sola, sin invitación previa.

Las dos mujeres quedaron sin palabras. Era la primera vez que la veían desafiando con tanta firmeza las convenciones que su casa veneraba.

Gabrielle percibió en su amiga la incomodidad y antes de que el silencio las envolviese, aclaró:

—Querida, este es el único lugar donde se me permite sentir lo que verdaderamente siento, sufrir como sufro… y respirar. Mientras conserve este efímero atisbo de libertad, no consentiré que norma vana alguna lo ensombrezca. No solo ha muerto mi padre… parte de mí se ha ido con él.

Más allá de los límites del dormitorio, un amplio verde se extendía como un tapiz silvestre, trazado sin la geometría altiva de los parterres parisinos, sino obedeciendo al capricho antiguo de la tierra.

Allí, los senderos de gravilla serpenteaban junto a bojes recortados y arboledas donde el rocío aún perlaba las hojas, atrapando el resplandor como fragmentos de vidrio.

Se desdibujaba la ribera entre juncos y un cauce rumoroso, protegiendo en su corriente promesas secretas. Aún raso en el horizonte, el sol se deslizaba arrancando fulgores al follaje perlado de rocío. El aroma de las primeras flores y la brisa húmeda tejían un sosiego tan frágil que casi hería.

En la campiña, el tiempo parecía detenerse… aunque ni el más hermoso cielo lograba apartar la carga de los nombres grabados en su memoria.

Cada mañana, salía a pasear por los alrededores, bordeando la ladera de la corriente, seguida siempre por una torpe Adriana.

A cada minuto intentaba asimilar la nueva realidad.

Su vida había dado un vuelco tan tajante que no hallaba manera de afrontarlo. El destino dependía ahora de la voluntad de su hermano, que jamás se mostró amable o tolerante.

Con amargura, rememoraba aquellos días en los que su mayor inquietud era el amor no correspondido por el futuro rey de Navarra.

Le recorrió la espalda un escalofrío leve al comprender cuán insignificante era aquello frente a la herida que ahora cargaba.

¡Qué ingenua, qué necia! Aquello no fue dolor ni tristeza ni amor.

La oscuridad que me abriga… eso sí es real.

En los confines de Europa, la misiva cruzó montes y praderas portando el luto, pero Juana de Albret no necesitó desdoblarla para adivinar su contenido.

El conde du Poitiers había muerto… desmoronándose así una de las pocas barreras que aún sostenían el frágil equilibrio en la frontera.

Pau ya no era refugio, solo un espejismo agonizante cercado de amenazas. Al sur, los ojos de Felipe II no parpadeaban, acechantes, a la espera del menor pretexto para extender su sombra sobre Navarra; y en París, los franceses forjaban ligas pérfidas.

Finalmente, la reina dejó caer los hombros bajo la razón de lo inevitable. El compromiso entre su hijo y la casa Valois debía consumarse.

No por gloria… por supervivencia.

No porque creyese en ellos, sino porque temía más a quienes acechaban al otro lado de los Pirineos.

Con paso resuelto, preparó el regreso a Francia, a los salones laqueados y a las dagas ocultas.

Volvería con su hijo… y con la certeza de que, en aquel tablero de coronas y cuchillos, donde los peones fantaseaban con ser torres o caballos… el secreto era saber qué pieza sacrificar para hacer avanzar a la reina.