La Loba de París (Cantos de Expiación 1) 5. CAPÍTULO IV
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5. CAPÍTULO IV

CAPÍTULO IV

Los cascos del carruaje retumbaron en los patios empedrados de Saint-Vallier, cubiertos de musgo y cicatrices de humedad, con la violencia de un mal augurio que caló incluso entre los criados.

Bajo los arcos de la muralla, la silueta de las almenas se recortaba sobre el blasón familiar —un lobo rampante, ennegrecido por el tiempo— que dominaba el dintel.

La joven descendió las escaleras apresurada, con el pecho oprimido sin comprender la razón en tanto que los sirvientes se arremolinaban como moscas.

A la luz temblorosa de las antorchas, los portones de hierro se abrieron con un chirrido áspero que erizó los nervios de los presentes, dejando ver al heredero du Poitiers, que emergía del carruaje sostenido por dos lacayos.

Su rostro, pálido como la cera, ojos enrojecidos y la respiración quebrada murmurando palabras que ni la noche quiso comprender.

El cochero, con la voz ronca y el semblante desencajado, se adelantó:

—Monsieur regresó de París con el cuerpo descompuesto, quebrado por el mal y el viaje; lleva días ardiendo, sumido en desvaríos. En la corte, apenas lograron apartarle de su último respiro.

Como si de la peste se tratase, la urgencia se deslizó por las galerías, haciendo correr a los lacayos en busca del galeno. Un hombre de mediana edad, versado en remedios, supersticiones y sangrías llegó minutos después con su maletín de cuero, sus herramientas y los gestos cargados de gravedad.

No necesitó más que un vistazo al pulso tembloroso, la lengua agrietada y el hálito corrompido para dictaminarlo. Fervor malsano, de los que viajaban por el agua o los alimentos.

Era una dolencia altamente contagiosa.

El silencio que siguió al diagnóstico tuvo el peso de una misa sin consuelo.

El conde no tardó en imponer órdenes estrictas: solo la servidumbre imprescindible debía adentrarse en los aposentos de su hijastro.

Incluso contempló enviar a Gabrielle a la residencia familiar en Boulonnais, al norte de Francia, lejos del riesgo que se cernía sobre ellos, pero la joven se negó con aquella determinación que siempre lo desconcertaba.

A los ojos de monsieur du Poitiers, era una muestra más de la templanza de su hija, de esa entereza que, en su interior, la hacía digna de un trono.

La invitación a Navarra seguía pendiente.

Todavía no había hallado el momento para discutirlo con ella, mas en aquel instante, la prioridad era preservar la vida de Édouard, por frágil que fuese la esperanza.

El recién llegado pasó semanas reducido a sudores y quebrantos que lo mantenían al filo de la inconsciencia. No fue sino hacia finales del tercer mes cuando su cuerpo comenzó a ofrecer resistencia, un respiro efímero, pero perceptible.

A pesar de ello, la atmósfera seguía impregnada de inquietud. Nadie se atrevía a nombrar el mal, aunque su presencia se adivinaba en cada estancia.

Todas las precauciones resultaron efímeras. Bastó una noche de debilidad, un temblor en las manos, una calentura persistente… y la enfermedad, que hasta entonces creían confinada, escapó de su encierro alcanzando a un conde envejecido.

Los pensamientos del afligido se tornaban caóticos. Con desesperación intentaba poner orden a sus ideas, aferrarse a los asuntos que debía resolver. Tristemente, la coherencia se le escapaba entre los delirios y los escalofríos empapados.

Aun así, su voluntad, por momentos, se sobreponía al deterioro.

Necesitaba hablar con ella, explicarle lo que estaba en juego, lo que su apellido y su linaje exigían, pero cada vez que lo intentaba las palabras se le deshacían en la garganta, los recuerdos se confundían y la lucidez lo abandonaba sin piedad.

La noticia de la propagación resultó devastadora para Gabrielle.

En los escasos instantes de lucidez que tenía el paciente, la veía a su lado: incansable e inquebrantable. Nunca se vio hija más entregada.

Cada mañana, bajo supervisión y con la ayuda del mayordomo, sacaban al conde de la alcoba para lavarlo y vestirlo con ropa limpia.

La habitación se purificaba con agua y hierbas; las ventanas se abrían para renovar el aire, el fuego del hogar se mantenía vivo y las pieles de la cama se cambiaban a diario.

El lecho, enmarcado por cortinas de terciopelo apagado, alzaba su estructura tallada, donde el escudo familiar se insinuaba entre los grabados.

Junto a la chimenea, un arcón de hierro y roble guardaba las pertenencias más valiosas.

No había lujos innecesarios, pero cada objeto hablaba de severidad y valor.

Aquel dormitorio no debía oler a muerte, ni su padre sucumbir sin dignidad… Gabrielle se encargaba de ello, desde que asomaba la aurora hasta la caída de la tarde aplicando sobre la frente, paños húmedos de agua fresca y en el pecho, trapos embebidos en esencia de lavanda.

Durante el día, le leía aquellas novelas que ambos habían compartido años atrás. Le mantenía al corriente del restablecimiento del heredero, que se mostraba más fuerte cada vez.

Para el maltrecho mariscal de campo, verla junto a él era un bálsamo. Temía por su contagio, pero sabía que ella jamás lo abandonaría.

Una tarde, mientras Gabrielle se encontraba como de costumbre cuidando del quebrantado hombre, Édouard aprovechó para colarse en el siempre reservado despacho.

Al principio, solo le guiaba la curiosidad; husmear en lo que algún día sería suyo, sin embargo, no estaba preparado para lo que allí encontraría.

Empujó la madera con la audacia imprudente de quien cree que el poder es un premio ya ganado, haciendo girar el picaporte tras un suspiro metálico.

En un cajón aguardaba la carta, medio oculta entre los documentos, mas no lo suficiente como para pasar desapercibida.

El intruso la encontró al primer intento, como si la vida se hubiera cansado de disimular su cinismo.

La tomó con las manos aún temblorosas, ya no por el mal que le había corroído.

Bastó leer el encabezado para que la bilis le subiera a la garganta, áspera y amarga como un veneno mal contenido.

Sintió que toda su educación, todo su decoro, se desmoronaba en un instante maldito.

Cada palabra escrita, cada promesa oculta entre líneas, se le incrustaba en el pecho como un alfiler emponzoñado.

—Todo para ella… nada para mí —murmuró, la voz quebrada entre rencor y humillación.

Arrugó el papel sin compasión y lo arrojó al fuego. Las llamas devoraron el pergamino y con él, lo último que quedaba de su contención. Las brasas crepitaron y el resplandor rojizo arrancó aristas de piedra a su expresión endurecida.

Obligándose a retomar el semblante fingido del hijo leal, se encaminó hacia la habitación del conde sin detenerse.

La joven estaba allí, sentada al borde de la cama, agotada, los ojos inyectados de llanto y la tez desmejorada por las noches sin descanso.

Él se acercó, la miró con la serenidad impostada de los traidores y le susurró:

—Ve a descansar, hermana. Te consumes en desvelo y él percibiría tu dolor… No podemos permitirlo.

Ella, vencida por el abatimiento, obedeció cerrando la puerta tras de sí.

El hijastro permaneció solo en el lugar. Nadie lo vio inclinarse con lentitud estudiada sobre el moribundo.

Solo el terror y la fiebre fueron testigos.

Cuando Gabrielle regresó, horas después, los párpados de su padre ya no se alzaron ni sus labios articularon despedida alguna.

Sabedora de que Azrael acababa de reclamar su lugar en la habitación, la joven dio un paso atrás.

El viento atravesó las rendijas del ventanal y apagó la última vela, cayendo sobre ella el remordimiento de haber cedido al descanso, sin imaginar que en su ausencia, el destino dejaría morir el honor y los valores, asfixiados en un entorno de ira.