4. CAPÍTULO III #3
A través de las colinas y los caminos empedrados, las palabras de Juana de Albret cruzaron la distancia hasta Saint-Vallier, donde, al caer la tarde, el conde leyó la misiva que lo obligaría a actuar.
Al acabar, quedó conmocionado; logro nada sencillo de alcanzar en él.
La propia reina madre de Navarra deseaba la unión entre sus hijos.
Eso, sin duda, haría latir de alegría el corazón de su hija, aún inexperta en los juegos palaciegos.
La consideraba plenamente capaz de ganarse el favor del astuto heredero navarro.
La luz mortecina de las lámparas de aceite proyectaba sombras sobre los tapices, y el pergamino crujía bajo los dedos del conde mientras releía. Sus pensamientos se dirigieron de inmediato a la auténtica regente de Francia, Catalina de Médici.
No era ningún secreto que deseaba un matrimonio entre el líder de los hugonotes y su hija Margarita.
Llevaba mucho intentando concretar esa boda.
Además, el próximo monarca de Navarra había conseguido autorización para visitar a su familia en tierras extranjeras; ya no estaba bajo el control de los Valois.
Que Gabrielle se convirtiese en una posible candidata a reina consorte la marcaba de inmediato como rival de Margot y, por tanto, como un obstáculo que la florentina no dudaría en eliminar.
Sumado a ello, las represalias contra toda la casa du Poitiers serían desmedidas, pudiendo llegar incluso a acusaciones de traición.
Sin embargo, no era eso lo que frenaba al conde.
Su mayor temor era el precio que su niña podría verse obligada a pagar por la osadía de creerse igual o mejor que una Médici.
Transcurrió más de una semana y monsieur du Poitiers seguía sin tomar una decisión.
Podía aceptar la propuesta y escoltar él mismo a Gabrielle hasta los Pirineos, lejos del alcance de Catalina.
A la vuelta, asumiría las consecuencias como cabeza de familia.
Seguramente, Édouard no estaría conforme, pues su futuro también se vería afectado, pero su hijastro había rechazado cada oportunidad de forjar su valía, incluso abandonando la universidad.
Simplemente se conformaba con las migajas de un título que aún no le pertenecía, junto con las propiedades y rentas que sostenían su vanidad y su ocio.
Había demostrado ser todo menos un hombre de provecho; ni las aulas ni las obligaciones parecían retener su atención más allá de los muros dorados del Louvre.
El conde sentía una profunda decepción respecto al hijo de su difunta esposa; quien había trasladado sus habitaciones a la sede de la corte y pasaba sus días alternando la caza con el juego, disponiendo del patrimonio con la desenvoltura de quien hereda sin mérito y dilapida sin reparo.
En consecuencia, ni podía ni debía considerarle parte de sus designios.
"Enviado por valija confidencial, bajo custodia jurada desde Saint-Vallier al Palacio de Pau, Navarra a Su Majestad, la Reina Juana de Albret, Señora legítima, a quien Dios guarde.
Desde nuestras tierras, os envío salud y estima, con el debido respeto que merece.
He recibido vuestra nota, la cual agradezco por su franqueza y la deferencia que se percibe en cada una de sus líneas hacia mi casa.
Son muchos los que, a lo largo de los años, han hablado del decoro que distingue a la Corona de Navarra, y es para mí motivo de satisfacción constatar que hallan sustento en los hechos.
Durante los recientes festejos del Louvre, pude observar personalmente la firmeza con que Vuestra Majestad defiende los intereses de su reino, aun en tiempos en que la estabilidad no siempre favorece los designios de los soberanos.
Por lo que toca a mi hija, me complace saber que apreciáis cualidades que, sin duda, se deben más a Dios que a los méritos de su linaje.
Sabéis, como madre y como reina, que en cuestiones de porvenir no bastan las voluntades, y que toda decisión debe medirse a la luz de las circunstancias que imponen los tiempos.
Será para mí motivo de alta honra acudir a vuestros dominios, en el momento que consideréis oportuno, a fin de estrechar lazos y explorar, con la cautela que tales asuntos requieren, los caminos que podrían, si la razón lo permite, favorecer el entendimiento entre nuestras familias.
Confiando en que el juicio y la Providencia dispongan lo que convenga, me reitero a disposición de Vuestra Majestad.
Conde Aurelio du Poitiers".
Concluida la respuesta, la leyó en varias ocasiones, consciente de que, una vez enviada, no habría lugar para arrepentimientos ni marcha atrás. Contuvo la respiración, notó el sudor frío recorrerle la espalda, pero, decidido, se dispuso a sellar el sobre conforme dictaba el protocolo.
No llegó a hacerlo.
Los ecos de pasos apresurados resonaron en el mármol del vestíbulo, interrumpiendo la quietud solemne del gabinete.
Un visitante inesperado había cruzado los umbrales de la residencia, y no lo había hecho en las mejores condiciones.
Ante tal irrupción, el conde guardó el documento en uno de los cajones del escritorio, fuera de la vista de ojos curiosos, a la espera de poder retomarlo y asegurarse de que alcanzase, sin interferencias, las manos de su destinatario.
Juana propone, Dios calla…