4. CAPÍTULO III #2
—¿Proponéis romper un compromiso sellado por mi padre?
¿Deshonrar su palabra… y la nuestra? ¿Y qué sabéis vos, madre… de lo que soy? ¿De lo que ansío? ¿De lo que me pertenece?
Ella no dijo nada. Las respuestas de Enrique eran una herida abierta, pero no fue su elección verle crecer tras las cortinas envenenadas de los Valois.
Durante unos instantes no habló. Solo cuando el peso del techo que los amparaba se le impuso más real que nunca, se atrevió a ser tan honesta como su posición le permitía.
—¿Y qué sabéis vos de lo que conviene a un súbdito que apenas conocéis?
El golpe se hundió en él como un hacha. París no era Pau, y aunque los Pirineos enmarcaban su reino y el verde se extendía más allá del linde celeste, anhelaba el bullicio y las intrigas del Louvre.
¿Tenía acaso razón su madre y se había convertido en otro francés?
Con el alma desgarrada, sus manos se cerraron en puños sobre la tela de su capa, pero no replicó. Se retiró en silencio, buscando en la soledad el consejo que solo la severidad de su alcoba podía otorgarle.
A la mañana siguiente, recorrieron los jardines con vistas hacia las regias cumbres, tomados del brazo, mostrando, tal vez finalmente, señales de afecto y acercamiento.
—Querido Enrique, esa joven proviene de una rama notable, cuyas raíces se entrelazan incluso con linajes reales.
Sé de buena fuente que la dama ha sido elogiada y, lo que es más raro aún en Europa, sin escándalos que manchen su nombre.
Sabe conducirse en cualquier corte sin dar un solo paso en falso.
En cuanto a su belleza, posee la lozanía de la juventud y sus rasgos, tan singulares, son imposibles de negar, incluso para ti, empeñado como estás en tu obstinación. Aún más relevante, es que puede trasladarse a Navarra, adoptar nuestras costumbres como propias… y no al revés.
—Es católica.
—Al igual que Margarita. Pero no ha sido la du Poitiers quien ha compartido algo más que cortejo con personajes del entorno real como el conde de Guisa.
Ante todo esto, Enrique recordó el perfil incierto de su Perséfone y la línea temblorosa de sus labios, como si en ellos se ocultara el umbral entre la inocencia y la perdición.
¿Podría disfrutar de una unión no solo pasional, sino apoyada en los valores que requería sentarse en un trono?
¿Era realmente una opción?
Juana captó una fisura en la armadura de su hijo. Era el momento de actuar.
Fue entonces cuando, con la entereza que solo se forja en la desgracia y la lucidez que dejan los años de juramentos quebrados, resolvió poner en movimiento los entramados sutiles de su decisión; no para procurarse gloria, sino para asegurar la dicha de Enrique y entregar a Navarra una reina digna…
aun a costa de desafiar la soberbia de Francia y despertar viejos fantasmas.
"Desde Pau a Saint-Vallier, Francia.
A la atención del Conde du Poitiers, cuyo nombre y linaje se cuentan entre los más estimados en los reinos de la Cristiandad.
Desde Navarra, donde Dios ha dispuesto que preservamos el honor de nuestra sangre y la seguridad de nuestros Estados, os deseo salud y gloria.
No es la primera vez que la Providencia dispone que nuestros caminos se crucen, y bien sabéis que la consideración hacia vuestro apellido trasciende las fronteras, siendo reconocido en las Españas, en Viena e incluso en Inglaterra, donde se valora la prudencia, la tenacidad y el juicio que siempre han distinguido a vuestra persona.
A dichas cualidades personales, que no son menores ni en el consejo ni en el campo, se suma el honor que acompaña al nombre de un escudo, respetado por su nobleza y piedad.
Por lo que toca a la joven Gabrielle, he tenido ocasión de tratarla en la gala del Louvre, y puedo deciros, sin adulación ni ligereza, que sus virtudes y su entendimiento son poco comunes, aun entre aquellas nacidas en las más altas esferas.
Será para nosotros motivo de satisfacción y honra el que consideréis conveniente acudir a Navarra, a fin de estrechar los lazos entre nuestras casas y tratar, si así lo juzgáis oportuno, los asuntos que atañen al porvenir de vuestra hija, que en nada son ajenos al bienestar y la estabilidad de las tierras que de mí dependen.
Confío en vuestra prudencia, y que sabréis discernir cuándo la amistad entre familias se convierte en provecho mutuo, sin que sea necesario que lo digan en voz alta.
A la espera de buenas nuevas, ruego a Dios que os guarde en salud y ventura.
Juana de Albret.
Yo, la Reina".
"A Joaquín Beaumont, embajador de Navarra en el Reino de Francia.
Os escribo confiando en vuestra discreción y entendimiento de la situación que atraviesa nuestro pueblo.
He constatado, durante mi estancia en Francia, que, Catalina de Médici mantiene su interés en llevar a término el enlace previsto entre mi hijo y la Princesa Margarita.
Sabéis bien que dicho acuerdo ha servido, hasta ahora, como herramienta política más que como garantía de estabilidad y, que en todo momento ha estado sujeto a los cambios de conveniencia de esa casa.
Deseo que, sin levantar sospechas, averigüéis qué consecuencias traerían para Navarra que estos esponsales no se consumasen, y cuál sería la reacción de los ministros, si se hiciera pública nuestra intención de revisar lo pactado.
Es necesario, además, que os mantengáis atento a los movimientos que puedan darse en contra de nuestros intereses.
Si percibís que la situación compromete vuestra seguridad o limita vuestra capacidad de obrar, quiero que estéis preparado para retiraros sin demora, en el momento que lo juzguéis necesario.
No debéis precipitar acción alguna, pero tampoco podemos permanecer inmóviles si los acontecimientos se tornan adversos.
Espero vuestro juicio, con la certeza de que sabréis proceder conforme a la prudencia.
Juana de Albret.
Yo, la Reina".
"Enviado por valija confidencial, bajo custodia jurada desde París al Palacio de Pau, en el Reino de Navarra.
A Su Majestad, la Reina Juana de Albret,
Me complazco en saber que Vuestra Majestad goza de salud y la prudencia necesaria en los tiempos que atravesamos.
He recibido vuestras instrucciones con el respeto y la diligencia que me son debidos, y me he ocupado de observar, dentro de los límites que esta corte permite, los ánimos y las disposiciones en lo que toca a las nupcias de vuestro hijo con la Princesa Margarita.
Puedo deciros, sin género de duda, que Catalina de Médici, sostiene con firmeza ese trato nupcial, y que entre sus círculos se percibe menos el deseo de pacto que la necesidad de tener al Príncipe de Navarra bajo la vigilancia y el dominio de Francia.
Los cortesanos aquí presentes, si bien obedientes en apariencia, no disimulan sus reservas sobre la conveniencia de esta alianza, y existen voces que discuten los beneficios reales que tal unión reportaría a ambas casas.
Vuestra Majestad desea conocer las consecuencias de que este compromiso no se consumase.
A día de hoy, todo indica que una ruptura sería tomada como afrenta en los salones, pero en los pasillos, muchos hallarían en ella una excusa para reordenar alianzas o maniobrar en contra de Navarra, según les convenga.
No obstante, llegan a mis oídos, de fuentes que juzgo prudentes, indicios de que ciertos sectores afines a la Reina de Inglaterra no verían con malos ojos que Navarra mantuviese su margen de decisión, siempre que lo haga con la cautela y la reserva que la situación exige.
Me mantengo atento y os aseguro que, de percibir que mi persona o mi servicio comprometen la seguridad, me retiraré sin demora, antes de que la situación se vuelva irreparable.
Hasta entonces, permanezco en mi puesto, observando, escuchando y sirviendo a Navarra con la lealtad que siempre me ha sido exigida.
Espero vuestras nuevas, y ruego al Altísimo que os asista en juicio y ventura.
Joaquín Beaumont.
Embajador de Navarra en el Reino de Francia".