La Loba de París (Cantos de Expiación 1) 4. CAPÍTULO III
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4. CAPÍTULO III

CAPÍTULO III

"Por valija cerrada y mano segura, a ser presentada en San Lorenzo de El Escorial ante el Consejo de Su Majestad Católica, Don Felipe, Rey de las Españas, de las Indias, de las Dos Sicilias y demás dominios de su Corona.

Cumpliendo con la obligación que me ha sido encomendada, hago relación a Vuestra Majestad de lo acaecido en esta corte de Francia en los días pasados, con motivo de los festejos celebrados en el Palacio del Louvre por mandato del Cristianísimo, en memoria de su vigésimo primer natalicio.

Fueron convocados los principales gentilhombres de la nobleza, así como embajadores y ministros forasteros.

Mostrose en los salones gran despliegue de música, danzas y convites, si bien bajo tales demostraciones traslucíase la inquietud que respira en los ánimos de la gente.

Solícita se mostró la Reina Madre, Catalina de Médici, en procurar que la apariencia de sosiego no se quebrantase, y anduvo en continuos apartamientos y conferencias, procurando templar las sospechas que corren entre los católicos y los contrarios.

Es notorio que la disposición de los Valois en lo que toca a la Santa Liga, concertada por Su Majestad y otras potencias de la Cristiandad para resistir al Turco, se mantiene incierta.

Los consejeros franceses rehúsan declarar su voluntad, y la mayor parte de los que entienden en los negocios juzgan que esta Corona pretende aguardar el curso de los hechos, sin descubrir su parecer de presente.

Entre los asistentes fue visto el futuro Rey de Navarra, con la actitud de reserva y disimulo que suele.

En cuanto a la joven Gabrielle du Poitiers, hija del Conde, mariscal de campo de la caballería de Francia, he podido advertir, por lo que mis ojos alcanzaron, que el dicho navarro posó en ella la vista con particular atención.

No sabré decir si ello fue mero entretenimiento o si en su ánimo se oculta otro pensamiento, pues en este lugar nada se descubre con claridad, y los afectos se disimulan tanto como las intenciones, pero es opinión de quien esto escribe que la dicha dama es pieza que, bien encaminada, pudiera ser de provecho para vuestros propósitos.

Asistieron asimismo el Duque de Guisa y otros caballeros de alto nombre, cuyas conversaciones y miramientos dejan entrever que bajo los acordes y los ornatos se labran causas de mayor sustancia que los que a la vista se muestran.

De todo ello se os seguirá informando con la puntualidad que exige el reino.

Permanece este su servidor a la espera de lo que fuere mandado.

Suplico a Dios guarde y prospere la sagrada persona de Vuestra Majestad y acreciente sus Reinos y Estados.

Semper fidelis,

Servidor y criado en el Reino de Francia".

Castillo de Saint-Vallier, año de Nuestro Señor 1571.

Despertaba cada mañana y lo primero que aparecía en su memoria era Enrique. Siempre galante, con aquel porte imponente y ese exótico acento. Bastaron tres frases para cautivarla, pero solo una mirada para hacerle olvidar el bullicio del mundo que la rodeaba.

Los días para Gabrielle transcurrían en una eterna remembranza de aquel breve pero sagrado instante, anhelando que el Todopoderoso, en su infinita sabiduría, accediese a reunir sus almas, al menos para compartir dos frases más que la ayudasen a conocerle, descifrarle, comprender sus motivaciones, deseos y esperanzas.

Entre tanto, su padre, consciente de los sentimientos que empezaban a florecer en su inexperta y todavía frágil hija, no mostraba más que preocupación.

Le dolía inmensamente ver a su pequeña apagada y gris, como una paleta de claroscuros. Aquel viaje a París la había cambiado, despertando en ella una ilusión que hasta entonces no existía.

Amargo resultaba verla soñar con algo que solo le acarrearía tragedias y no el final heroico que ella imaginaba, aunque difícilmente podría evitarlo, y ese golpe de realidad llegaría con el heredero de Navarra o con otro.

No era desconfianza hacia Enrique, muy por el contrario: le consideraba mucho más inteligente y honorable que cualquier otro caballero de la corte francesa.

Precisamente por eso, su destino era tan inseguro y peligroso.

Sabía, de buena fuente, que se negociaba su matrimonio con la princesa Margot, asunto aún más delicado puesto que el futuro novio era hugonote y no cualquiera: el líder.

Tal vez la solución sería buscarle a Gabrielle una nueva esperanza, una que pudiese cumplirse, aunque no le venía a la cabeza nada ni nadie que estuviese a la altura de las circunstancias y, mucho menos, alguien que supiese lidiar y sobrellevar esa personalidad tan arrolladora, colmada de lucidez y juicio preclaro.

Él mismo se había encargado de fomentar toda esa aglomeración de bagaje intelectual que, a su parecer, era una de las cualidades más espléndidas, pero el resto de la nobleza lo vería como un acto de desfachatez y rebeldía, un problema del que habría que ocuparse.

Mientras tanto, cerca de los Pirineos, se alzaba un palacio sobre una loma que, callado, vigilaba los valles y custodiaba viejas afrentas. De muros blancos y tejados de pizarra oscura, evocaba a un centinela fatigado aún cumpliendo su deber.

En Pau, como en toda tierra disputada, los tapices sabían escuchar, los vitrales recordaban y las torres, aunque envejecían, jamás olvidaban.

Un lugar que, al igual que su regente, no gritaba su importancia… la imponía.

Con el aire frío trayendo consigo el aroma robusto de la encina, Juana de Albret se encontraba al fin dueña de sus acciones con el futuro rey, en sus dominios, lejos de los oídos corruptos de Catalina.

Allí, bajo la severa vigilancia de los viejos estandartes de sus ancestros, madre e hijo sostenían un intercambio que más se asemejaba a un duelo que a una conversación.

—Existen candidatas más dignas para ser tu esposa y, con ello, futura reina de Navarra. No hallo razón alguna para continuar las negociaciones con los Médici —sentenció ella, sin alterar su semblante.

—Son Valois.

—No, son Médici. Toda esa casta baila al compás de los mismos vicios… Borgia, Médici, dos rostros de la misma perversión. Solo que unos han aprendido a besar mejor los anillos… y a comandar con decretos a verdugos.

Se produjo un profundo silencio como una maldición no dicha.

—Mi unión con Francia traería consigo paz y un escudo. Navarra no puede resistir sola el peso de Roma… ni las ambiciones del insaciable que, desde lo alto de su silla de piedra, contempla el horizonte con la arrogancia de quien ya se cree amo de las fronteras ajenas.

Por un momento, Juana permitió que su condición de madre eclipsara, apenas, a la soberana férrea que todos conocían. Sus ojos se velaron con un destello de inquietud; la grieta de quien intuye la calamidad.

Debía alcanzar el corazón del joven antes de que regresara al Louvre, aquel nido de traiciones donde las alianzas se disfrazaban de festivales y las coronas se entrelazaban como la cabellera de Medusa.

La correspondencia de París llegaba cargada de órdenes e intenciones veladas. Su hijo seguía siendo prisionero, aunque lo disfrazasen de invitado. Nada más lejos de las intenciones de la regente.

Él pertenecía a esa tierra y se debía a su pueblo; su tiempo como peón y rehén estaba destinado a quedar atrás.

Más tarde, cuando el crepúsculo teñía de rojo las cumbres y las estancias se llenaban de sombras alargadas, Enrique la halló junto al fuego.

—¿Y vuestra compañía? —preguntó, alzando la ceja ante la inusual quietud.

—Las he enviado lejos. Necesitaba pensar sin el zumbido de sus cuchicheos. Son abejas sin colmena.

—Hasta sus rumores serían un alivio aquí. Pau es tan inmóvil que adormece el juicio.

—Eres el centro de ellos —replicó, midiendo sus palabras con ironía. En el fondo, conocía bien el desdén que su hijo profesaba hacia Navarra… y hacia ella misma.

—¿Yo? Vaya honor el que me atribuís —añadió fingiendo desinterés, pero su mandíbula se tensó levemente.

—Dicen que tienes una amante. Una de las damiselas de Catalina de Médici.

La sonrisa de Enrique emergió sin disimulo.

—Ella no sueña con coronas ni cadenas. No se esconde tras un abanico. Comparte mis noches, sin falsedades.

Juana alzó la mano, imperturbable.

—Espero que en el futuro, sepáis elegir mejor vuestra compañía cuando lo que se juega no es deseo… sino poder.

—¿Poder? ¿Insinuáis que las garras de la reina madre alcanzan la intimidad de mis alcobas?

—No lo insinúo, lo afirmo. Esos Médici no llevan tu sangre. En el refugio del lecho, hijo mío, no solo se calman los apetitos y se derraman secretos.

—Son Valois.

¿Eso es todo lo que se susurra sobre mí? ¿O hay más fantasías circulando entre las doncellas?

—Lo que digas, pero no son Borbones —replicó con fría certeza, cuando sus dedos tamborilearon, sobre el brazo del sillón.

Un breve mutismo los envolvió antes de que ella continuara, midiendo su siguiente jugada.

—Dicen que has conquistado una atención noble… una joven instruida.

—Parece que he dejado impresión en París. ¿De quién se trata?

—Gabrielle du Poitiers —declaró Juana, sin apartar la vista de su hijo.

Enrique parpadeó una vez, lento, como si su mente desenterrase su imagen a regañadientes.

—La recuerdo. Escurridiza… Busqué su presencia los días posteriores, pero no la hallé. El conde y ella abandonaron la ciudad tras el baile, según me dijeron.

—Podríamos invitar a los du Poitiers a Pau. Quizá su compañía haría más llevadera la quietud de tu palacio.

La propuesta lo dejó mudo. Como un relámpago, aquella se agolpó en su mente rasgando el velo de sus certezas.

Su frescura lo había desarmado con la implacable franqueza de lo improbable. En ella no se adivinaban trampas ni los juegos aprendidos en las cortes.

Era como una hendidura en los límites de su mundo… y por ese resquicio se insinuaba la posibilidad de la virtud, lo que le inquietaba más que cualquier conjura.

Juana le observó. Había sentimiento. Breve, incipiente, pero real.

Decidió lanzar su última carta.

—Linaje intachable; de familia elegante y digna.

¿No es ella mejor aspirante que la arpía Médici?