3. CAPÍTULO II #2
Ella ejecutó una reverencia tan precisa como la que se exige en las cortes más rigurosas, y la madre del navarro se aproximó, tomando su rostro entre las manos en un ademán cargado de esa severidad que solo conocen quienes sopesan linajes.
—Permitidme miraros, niña. Veo amabilidad, piedad e inocencia. Ruego a Dios que podáis conservarlas cuanto os dure la vida.
La dama bajó la mirada, disimulando el escalofrío que le provocaba saberse medida.
—No soy digna de tales bondades, Majestad. Solo intento ser la hija que mi padre merece y seguir su parecer.
Asintió complacida la mujer, antes de añadir con leve melancolía:
—Y hacéis bien, niña mía. En París, la sensatez es tan escasa como el honor.
Mientras los adultos proseguían la conversación, Enrique, fascinado, a duras penas escuchaba. Sus ojos no se apartaban de Gabrielle, y una mente, menos curtida en los juegos de poder, se extraviaba en esa claridad inusual que ella irradiaba, tan ajena a las caretas que infestaban el lugar.
Ni Juana ni el conde ignoraron aquel embrujo, aunque ninguno lo expresó.
—Monsieur —dijo la reina, con calma estudiada—, vuestra dama ha dejado una grata impresión esta noche… podéis estar seguro de ello.
De pronto, se impuso el inconfundible timbre de Catalina, la reina madre.
—Vaya… qué conversación tan íntima os traéis aquí, que ni el bullicio de los músicos logra perturbaros —comentó, con esa amabilidad barnizada de hiel que la corte conocía demasiado bien.
Los presentes se volvieron hacia ella; inclinaron la cabeza, lo justo para no alimentar su vanidad ni ofender su diadema. La florentina avanzaba con paso calculado, escoltada por su séquito y con la frente erguida, luciendo las joyas de los Médici.
—Solo comentábamos —intervino la regente, sin alterar el tono— lo poco común que resulta hoy en día que los hijos escuchen los consejos de sus padres… y más aún, que los sigan.
—Oh, sin duda, Majestad —replicó ella con un acento apenas disimulado—. Pero al final, los caprichos de la juventud se corrigen con un buen apellido y una posición adecuada.
Los ojos de la regente centellearon, aunque su expresión se mantuvo serena.
—Supongo que os referís a vuestra princesa Margarita —declaró, sin alzar la voz, pero dejando caer cada sílaba como plomo fundido.
—Margarita es una Valois… y también una Médici. Su sangre no se limita a los antojos. Está destinada a grandes empresas.
—Empresas, sí —asintió con mordacidad—. Aspirar a convertirse en reina de Navarra, por ejemplo.
La frase se deslizó en el aire con el filo de una daga. Un breve silencio se adueñó del círculo, mientras los cortesanos fingían conversar, pero no perdían detalle alguno.
Las dos mujeres se observaban como leonas viejas que ya se han probado los colmillos, midiendo el momento exacto en que conviene desgarrar.
El heredero, junto a su madre, tensó la mandíbula; la joven desvió la mirada esforzándose por disimular el estremecimiento de decepción que le oprimía el pecho.
Entornar los ojos, cual velo de afabilidad que encubre la dureza, fue la reacción de Catalina.
—Majestad, vuestra respuesta podría interpretarse como una duda… o advertencia. ¿Acaso la alianza entre nuestras familias no os parece propicia?
Juana sostuvo el talante sin parpadear. El peso de su casta y su temple de reina asomaron sin estridencias.
—Mi deber como madre y regente es velar por Navarra y por la dicha de mi hijo. Margarita aún debe demostrar que merece ambas cosas. En esta corte, señora, bien sabemos que no todo lo que brilla es virtud… ni todo lo oculto es inofensivo.
La Médici, entretanto, dejó flotar una sonrisa vacía.
La charla prosiguió entre gestos prudentes, pero el tósigo ya estaba servido disfrazado de protocolo.
Y es que en el Louvre, bien sabido es por quién observa sin inocencia, que los bailes son treguas, los brindis, promesas viciadas y el amor, si alguna vez osa asomar, es tan solo un espejismo útil o un estorbo que los poderosos aplastan sin remordimiento.
Aquella noche, dos jóvenes cruzaron sus miradas creyendo, en su ingenuidad, haber descubierto algo puro entre tanta fachada.
Pobres criaturas. Ignoran aún, que en la Francia de los Valois, hasta el deseo se negocia, la virtud se trafica e incluso las flores aprenden pronto que la belleza es efímera… y la corrupción, eterna.
Tras unos instantes y de forma repentina, monsieur du Poitiers endureció sus facciones. Acababa de advertir la entrada del duque de Anjou en el salón.
Joven aún, pero ya afilado por las intrigas del reino, el hermano menor del rey Carlos se deslizaba entre los grupos cual fantasma bien vestido.
Sus ojos, oscuros como la noche, se paseaban entre los rostros con esa curiosidad depredadora que los hombres ambiciosos heredan de su madre… o del propio infierno.
El conde no necesitó palabras; bastó la firmeza de su ademán y la sombra que nubló su visión para que Gabrielle entendiera.
En la corte, las amenazas no se pronuncian… se deslizan.
Le tendió el brazo y ella lo aceptó sin vacilar. Se alejaron por los corredores decorados con seda, donde las voces se extinguen y retienen secretos.
Así se sobrevive en París; el recato preserva… y a veces es la única defensa.
Sin embargo, bajo la obediencia latía la incertidumbre. Le pareció que en los ojos de aquel príncipe había algo distinto… algo que no concordaba con los halagos huecos de aquella celebración.
Una parte de ella, inexperta en los engaños del deseo, no supo discernir si debía confiar o temer.
¿Había interpretado mal aquella mirada? ¿Acaso los ojos del futuro monarca de Navarra la rozaron, con esa fascinación impura de los cortesanos que destilan veneno perfumado? Quizá solo contempló un reflejo frágil y engañoso.
Al descender por los pasillos de piedra, donde la luz de las antorchas apenas desgarraba la penumbra, la joven se repetía que su padre obraba bien; la médula del reino estaba tejida de emboscadas, y aquel bastión no era lugar para incautos.
A pesar de ello, no podía sofocar esa punzada amarga, esa sospecha insidiosa de que ni siquiera merecía el reflejo fugaz de un interés sincero, como si la verdad estuviese proscrita entre los límites del Louvre.
Los hombres de la corte dominan el arte de vestir su indiferencia con el brocado de la fascinación y su codicia, con el incienso hipócrita de la ternura.
Monsieur du Poitiers, por su parte, permaneció callado.
No estaba obligado a explicar la podredumbre oculta tras los emblemas dorados de Enrique de Valois; tampoco los rumores que reptaban por los corredores sombríos de la fortaleza, más tenaces que los estandartes y, sin duda, más ciertos.
Su obligación era protegerla… aunque ella aún no comprendiera la magnitud de la amenaza.
Aquella misma noche, abandonaron la ciudad.
Cuando la fiera enseña los dientes, hay quienes esconden a sus crías y creen, al volver la vista, que han salvado su descendencia, ignorando así la sed del cazador.
Vos juzgad lector… ¿hubierais obrado distinto? Puede ser, aunque sabéis bien que pocas cosas despiertan tanto el apetito… como las que huelen a miedo.