La Loba de París (Cantos de Expiación 1) 3. CAPÍTULO II
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3. CAPÍTULO II

CAPÍTULO II

Los du Poitiers fueron invitados al Palacio del Louvre con motivo del vigésimo primer cumpleaños de Su Majestad, el rey Carlos IX de Francia.

El evento prometía cinco días de celebraciones: bailes y cacerías. En medio de semejante derroche, la ya no tan pequeña Gabrielle —que contaba catorce años— debía enfrentar, por primera vez, el mayor nido de víboras de la Cristiandad.

El día del baile inaugural, la dama, expectante pero no deslumbrada, se abría paso entre el gentío, entre perfumes dulzones, polvo dorado y el sudor disimulado bajo los encajes, sin soltar jamás el brazo de su padre, quien la guiaba con esa mezcla de orgullo y vigilancia con la que un halcón vigila a su prole.

El corazón del reino no era simplemente un castillo; revestido de esplendor y trampa, estaba aquel organismo vivo.

Sus muros albergaban pactos sellados en silencio y rencores antiguos disfrazados de nobleza. Lo percibía en los gestos contenidos, en los emblemas que susurraban linajes, en el eco sutil de alianzas y perfidias que flotaba bajo el mármol y los tapices.

Había recorrido otros escenarios de influencia: los salones dorados de la corte hispánica, donde el poder se teje en castellano; los frescos altivos de Florencia; las bóvedas de Viena cargadas de solemnidad y sospecha, pero en el Louvre, todo se conjugaba: las ambiciones, el engaño, el vértigo de saberse observado por los que mandan… y los que conspiran.

Alzábanse las columnas con sobriedad, acompañadas de bóvedas velando secretos que con dificultad filtraban una luz temerosa sin atreverse a descubrirlo todo.

En cada rincón latía un recordatorio: aquí, el mando se negocia en voz baja.

Aun así, su padre se mostraba firme, presentándola solo a quienes consideraba dignos. No permitía que el brillo ni la música la apartaran de lo esencial: a París, no se viene a sucumbir, sino a aprender.

La hija del conde, esa noche, brillaba con sobriedad peligrosa.

Vestía un traje de blanco marfil, bordado en hilos de oro que serpenteaban la tela como enredaderas nobles, tejiendo discretos símbolos de su estirpe.

Los diamantes de los du Poitiers adornaban su cuello y muñecas, lo justo para recordar que la nobleza auténtica no necesita alarde.

Incluso aquellos zafiros, escasos aún en los joyeros franceses —donde los rubíes y las esmeraldas reinaban con la discreción que el decoro impone—, hablaban de una casa capaz de transgredir las costumbres y exhibir autoridad sin caer en la vulgaridad que tanto seduce a los advenedizos.

Su melena suelta, disciplinada en ondas, caía cual seda negra sobre sus hombros. Una peineta de marfil y perlas coronaba su cabello a modo de discreto estandarte.

A la sazón en que intentaba no dejarse impresionar por todo aquel despliegue, un par de ojos la atravesaron con tal intensidad que los percibió antes de verlos.

Giró el rostro… y sus pupilas se hundieron en las de un extraño.

El resto del recinto se diluyó como bruma traicionera, tragado por ese abismo que sólo abren los anhelos imposibles.

Eran ojos profundos, cargados de enigma; pertenecían a un hombre alto, de porte firme, facciones angulosas y labios con trazos de ironía que atrapaban.

Recordó a Roberto de Villalobos, el caballero templario de sus lecturas, aquel paladín con quien, de niña, soñaba cabalgar. Ahora la Providencia le ponía delante a su héroe de carne y sangre.

A medio salón, entre nobles y máscaras, sus almas se acecharon y, en ese asalto silencioso, se reconocieron. Si él respiraba, ella lo sentía; sus miradas se entrelazaban cual promesa y advertencia. Vulnerable, ardiente y hambrienta, Gabrielle descubría emociones nuevas e imposibles de contener.

El hombre, viendo que su provocación había sido aceptada, aguardó. Bastó un descuido del conde du Poitiers… y se acercó con dos copas.

—¿Primera vez en el Louvre? —preguntó, sin disimular que su vista se demoraba en la delicada curva de la clavícula que asomaba entre los pliegues de damasco. En su mano le tendía algo de vino, invitándola a acortar la decorosa distancia que los apartaba.

—No exactamente… —respondió ella, conteniendo el temblor de su voz con la compostura forjada en años de disciplina.

—Me atreveré a suponer, entonces —dijo ladeando los labios en una sonrisa apenas velada—, que no formáis parte del séquito de los Valois. Su Majestad, la reina madre, suele considerar un agravio personal que le recuerden la lozanía y la hermosura que la cruel fortuna le ha negado.

Por un respiro, ella se vio turbada con tanta atención, aunque bajo esa aparente timidez se agitaba un fulgor incierto, tan temerario como ajeno a su propia naturaleza.

—Parecéis ser de lengua afilada y juicio implacable, incluso hacia las damas que la fortuna caprichosa, decide colocar en vuestro camino —replicó, alzando la vista con un destello de ironía.

Él dejó escapar una risa breve, genuina, dominando el arte de la política.

—Vuestras palabras despejan toda duda, mademoiselle —repuso, recorriéndola con la mirada y descubriendo con cada sílaba un matiz—. No podéis ser habitual de esta corte o la inocencia que aún os envuelve habría sido despojada hace mucho, pieza a pieza, por las hienas disfrazadas de nobles.

Se inclinó levemente, con la cadencia elegante de quienes saben imponerse sin alarde.

—Permitidme llamaros alondra… o quizás Perséfone, que desciende, inconsciente aún, hacia los dominios donde la primavera fenece y la verdad se pudre al abrigo del cetro.

Me pregunto ¿Qué Dios o qué necedad, os ha traído a este palacio, donde los jardines son espejismos y el veneno se sirve en cristal tallado?

—Nací en esta ciudad… pero es la primera vez que contemplo el Louvre desde dentro. Supongo que París tiene muchos rostros… y no todos se revelan a la par.

Los ojos de él brillaron con renovado interés y en esa chispa no hubo fingimiento. Por un instante, el aire pesado de la estancia, saturado de almizcle, se disolvió entre ellos al calor de aquel sentimiento franco.

—Una debutante… —murmuró con esa alegría que nunca revela del todo sus intenciones—. La cortesía me obliga a presentarme.

Se inclinó con elegancia, y el murmullo de los presentes, el roce del raso, los ecos de alianzas rotas y las intrigas tejidas en las sombras parecieron diluirse en un latido fugaz, ante las arañas de cristal, cuyos destellos parecían más propios de un mausoleo que de un salón de festejos.

Por breve espacio, Enrique dejó que la mirada de la joven lo apartase de las certezas que lo aguardaban.

No ignoraba los compromisos esgrimidos en las cancillerías, ni las conversaciones envueltas en complacencia que urdían su destino entre los labios de reinas y embajadores.

Sabía que en París, las decisiones aguardaban tras cortinas de satén y que su porvenir, más allá de sus deseos, ya se tramaba entre alianzas y presagios que flotan donde la ambición dicta las reglas.

En ese momento, se permitió observar a la alondra y recordar que, antes de ceder a lo inevitable, aún le pertenecía la libertad de una preferencia legítima.

Mas la tregua fue evanescente. El cuchicheo de los cortesanos apenas se extinguía cuando la inconfundible voz grave de du Poitiers se hizo notar.

—Su Alteza, siempre es un honor veros y comprobar que vuestra salud se mantiene robusta. No os veía desde que erais poco más que un infante —dijo, inclinándose con respeto.

Al escuchar el título, Gabrielle comprendió al fin la identidad de su interlocutor, el heredero al trono de Navarra.

Por fuera, su reverencia fue impecable… por dentro, el corazón le palpitaba con la furia contenida de quien ha rozado el abismo sin saberlo.

—Os ruego me disculpéis, Alteza… ignoraba con quién hablaba. Lamento la familiaridad de mi trato.

Enrique la contempló, divertido y cautivado a la vez. En su expresión latía todavía el eco de esa conexión genuina, tan real como imprudente en un lugar donde los halagos son anzuelos y cada voto encierra su propia arista.

—No debéis excusaros —repuso—. Habéis traído brisa fresca a este salón, saturado de discursos vanos y simulacros.

El noble, observándolos con la perspicacia que otorgan los años, intervino:

—Veo que ya conocéis a mi hija, mademoiselle du Poitiers.

—Encantado, alondra du Poitiers —dijo finalmente, saludando con marcada deferencia.

—Conde —continuó—, celebro encontraros en París y en presencia tan distinguida. Admito que no recordaba que tuvieseis una hija; solo he cruzado razones con vuestro primogénito, Édouard.

—Mi hijo lleva años entregado a los placeres de esta corte —respondió el gentilhombre con mesura—. En cuanto a ella, he preservado su compañía hasta ahora. Mas el tiempo avanza, y ha llegado el momento de presentarla al mundo.

Con suavidad, tomó el brazo de la joven en un ademán protector y firme, justo cuando la reina Juana de Albret se incorporaba al grupo.

Su sola cercanía bastaba para doblegar voluntades; la sobriedad austera de sus ropas y la serenidad esculpida en su faz recordaban, sin necesidad de verbo, que incluso las madres y las soberanas aprenden a templarse en la fragua de las traiciones.

—Enrique, qué dicha hallarte en un círculo tan selecto —dijo con su habitual sosiego.

—Monsieur du Poitiers, demasiados inviernos han transcurrido desde nuestro último encuentro. Me complace constatar que las tempestades os han tratado con clemencia.

El caballero se inclinó, galante, aunque su voz conservó la gravedad de quien sabe percibir la lealtad entre lo pagano.

—Las apariencias engañan, Majestad y la hora jamás se detiene, por mucho que la desafiemos. Aunque debo reconocer que en vos apenas ha dejado huella.

Tomó la mano de la reina y la besó con el respeto debido, antes de que Juana detuviese su escrutinio en la acompañante del mariscal de campo.

—¿Y esta joven? —preguntó, interesada.

—Majestad, me honra presentaros a mi hija, Gabrielle.