2. CAPÍTULO I #2
Escéptico y astuto, el caballero aspiraba para su hija un horizonte más vasto, por lo que cautelosamente, fue deslizando entre los libros permitidos…
los prohibidos: La Utopía de Thomas Moro y tratados de pensamiento herético que sembrarían en ella lucidez, duda y la peligrosa semilla de la insubordinación.
La dama crecía con una mente despierta y su tutor, con la paciencia de un orfebre, templaba su espíritu. Sabía que una mujer instruida y astuta era un arma, pero sin disciplina, acabaría enterrada en las criptas paganas y deshonradas.
Tras una minuciosa vigilancia y control por parte del conde, finalmente llegó el gesto que marcaría su vínculo más profundo: un manuscrito templario; El Voto de Hierro.
La niña lo sostuvo entre sus manos como quien resguarda un relicario, sabiendo que sus páginas no eran simples relatos, sino espejos y mapas cifrados, apenas velados por símbolos o citas que ni siquiera comprendía del todo.
Entre las líneas, pasajes de herejía olvidados, signos alquímicos y genealogías tachadas, sugerían que la palabra escrita no siempre es la verdadera… y que algunas confesiones, cuando se desentierran, exigen sangre como tributo.
—Este libro —le dijo, con ternura grave— no es solo historia. Es advertencia y esperanza.
El volumen, encuadernado en cuero curtido, narraba las gestas de Roberto de Villalobos, caballero templario, incorruptible, consagrado al deber, al honor… a ideales que los poderosos invocan en los altares y apuñalan en los consejos dentro del mismo seno de la Orden.
Cada atardecer, Gabrielle leía y releía, hasta que las velas morían y su dormitorio se sumía en penumbras que olían a cera derretida y a sueños idealistas.
En su mente, Villalobos se alzaba como un héroe inalcanzable: regio, incorruptible, inaccesible al amor carnal.
No por frialdad, sino por devoción inquebrantable que para Francia, corroída por la ambición, apenas era comprensible.
—Ese es el amor que anhelo —susurraba al fuego—. No ser poseída, sino admirada. Que alguien me respete como él a su juramento y me dé la libertad de pensar, como mi padre lo ha hecho sin dudarlo.
Horas después, al verla dormida con el libro en el regazo, un orgulloso y sabio monsieur du Poitiers, se inclinó para susurrarle al oído:
—Los ideales son faros… pero las aguas están llenas de escollos. Aprende a navegar, pequeña mía… o te ahogarán.
Aquella devoción, infantil en apariencia, germinaba como una semilla peligrosa. Pretender integridad y pureza en una grey humana gobernada por la debilidad, la avaricia y la traición era, sencillamente, pedir lo imposible.
Sin embargo, el cabeza de familia la preparaba para discernir entre las dulces mentiras de los juglares y las verdades amargas que dicta la vida; entre los halagos huecos y los hombres que, contados con los dedos, cumplen su palabra.
Una noche, en la que el silencio se derramaba denso sobre los ventanales góticos y el crepitar de las brasas se mezclaba con los susurros de los pensamientos jamás dichos que albergaba, el patriarca se hallaba junto al hogar con las piernas cruzadas, un vaso de vino olvidado a su lado y un fajo de cartas sobre las rodillas.
Las desplegaba con gesto metódico, descifrando pactos turbios y amenazas veladas.
Frente a él, Gabrielle sostenía La Comedia, cuyos versos en latín susurraban condenas y promesas que solo los necios creían inofensivas.
El conde alzó la vista, esbozando una mueca cargada de ternura y escepticismo.
—¿Qué ha hecho ese tal Dante que te tiene tan cautivada, pequeña filósofa? —preguntó, sin apartar del todo la vista de los informes sellados, que olían a antigüedad.
Ella giró hacia él con las pupilas brillantes; su voz emergió envuelta en un suspiro:
—Anhelaría encontrar a alguien… —vaciló, consciente de lo ridículo de su anhelo—, alguien capaz de cruzar el infierno entero, como él, solo para salvarme.
La calma se adueñó de la estancia. Solo se oía el chisporroteo de los troncos, el lamento del viento… y certeza amarga.
Su padre dejó caer las misivas, se recostó en su sillón para contemplarla durante un largo rato y con voz grave, teñida de esa ironía lúcida que solo los hombres viejos comprenden, respondió:
—Créeme, Gabrielle. Lo importante no es hallar a quien descienda al abismo, sino forjar en ti la cordura y el orgullo suficiente para que jamás debas ser enviada allí.
Sus miradas se encontraron con severidad.
—El corazón debe educarse tanto como la razón… o acabarás creyendo que las llamas son caricias. Los mártires a veces visten seda, portan coronas… y sonríen.
La chispa en los ojos de la joven se tornó meditabunda y al cerrar el libro ya llevaba en secreto el eco de los versos dantescos aún vibrando en su pecho.
Desde aquel instante, la joven comprendió que los ideales no bastaban: debía prepararse para una vida que no perdona a los desarmados.
A partir de entonces, bajo la dirección severa de la institutriz y los consejos vigilantes de su padre, se adentró en los entresijos del poder, tan laberínticos como los corredores de palacio.
Su educación, regida tanto por severidad como por astucia, pronto se trasladó de los libros a los salones; fruto de esa formación precoz, acompañaba al conde en sus viajes diplomáticos y comparecencias en las cortes de la Monarquía Hispánica, cargadas de oro y luto; en una Inglaterra envuelta en nieblas; los dominios imperiales de Viena que dormía bajo el cetro de la rama austríaca de los Habsburgo o la República de Venecia, donde las cúpulas susurraban pactos… pero nunca, jamás, París.
En aquellos salones de mármoles helados, bajo las bóvedas pintadas al fresco y entre los sonoros bailes iluminados por candelabros que titilaban, la joven se deslizaba como un diamante tallado con paciencia y astucia, pero no como flor frágil, sino como joya recóndita, escondida tras un velo de discreción.
Solo monsieur du Poitiers conocía la otra cara de aquella fachada. Bajo ese mutismo se agazapaba una mente despierta, capaz de escuchar lo no dicho, de diseccionar gestos, de detectar la mentira bajo los encajes y la ponzoña tras las reverencias.
A sus catorce años, Gabrielle dominaba el latín, toscano, griego, el castellano e inglés; idioma que su padre le impuso con el mismo rigor que los demás, sabedor de que las alianzas y las traiciones se tejían indistintamente en las lenguas de Europa.
Calais, siempre disputada, con murallas que cambiaban de dueño como de estandartes, exigía tanta diplomacia como astucia; ella debía estar preparada, incluso para descifrar las mentiras susurradas en acento enemigo.
Destacaba en modales, equitación, música y canto, pero su verdadera pasión era la lectura: esa afición temeraria que inquietaba a la institutriz, conocedora de que, en la corte de los Valois, la inteligencia femenina se toleraba solo si iba aderezada con obediencia.
En los dominios de los Médici, quien valora su pellejo y conserva algo de seso aprende pronto a oír… y a callar. Sobre todo, cuando la reina madre movía los hilos sin importar quién portase la corona.
En otras labores, la joven era menos diestra. Despreciaba el bordado y se frustraba al ver sus tapices manchados de sangre; siempre herida por agujas que parecían reírse de su torpeza.
—Es inútil —protestaba fastidiada, contemplando sus dedos enrojecidos—. Antes veréis mis venas secas como un olmo a que yo dome estos hilos malditos.
Su padre reía apoyado en el alféizar, mas en su semblante se dibujaba el temor que solo los lúcidos conocen: que la multitud es despiadada y rapaz con quienes son distintos.
Por eso, tras sopesarlo, como estratega y cabeza de familia, tomó la decisión tan largamente postergada… debían viajar a París.
He dejado asentado, sin ambages, el amor feroz, casi devocional, que el conde profesaba a su hija.
Un cariño que, en su pureza, rozaba la imprudencia.
Porque ¿qué mejor muestra de afecto que preparar a una joven para comprender el mundo…
justo el mismo que se encarga de aplastar a quienes se atreven a entenderlo?
Si algo demuestra la Historia —esa arpía sin entrañas que devora sin distinción de nobleza ni linaje—, es que educar a una mujer bajo el mismo caudal que a un hombre, entregarle las llaves del pensamiento, las armas del saber y la temeraria libertad de comprender, no es un acto neutro.
Ahora cabe preguntarse: ¿fue aquello un privilegio, un acto de visionaria ternura o simplemente el modo más elegante de enviarla al patíbulo con los ojos abiertos? ¿Pensó de igual manera el padre de Hipatia?
En fin, el juicio pertenece al lector.
Aunque ya sabemos que, en esa Europa enferma de intrigas, a las féminas que pensaban se las respetaba mucho… justo antes de hacerlas desaparecer.
1. "Ab la dolchor del temps novel". Guillermo de Aquitania.