2. CAPÍTULO I
CAPÍTULO I
Desde los ventanales, en el barrio del Marais, el conde Aurelio du Poitiers —de apellido sí, pero no todos los vástagos alcanzan las páginas de las crónicas oficiales— contemplaba absorto cómo la lluvia se estrellaba contra los cristales.
Cada gota resonaba en su pecho como un mal presagio.
Engullidas quedaban las murallas por la niebla como un monstruo silente, y por un instante se preguntó si el abolengo que tanto veneraban sería, como aquella lluvia, frágil y efímero.
Solo el llanto logró sacudirlo de sus pensamientos.
Sin aguardar a que la comadrona saliese, se adentró en la alcoba y abrió las puertas con tal vehemencia que una de ellas se soltó de sus goznes, dejando a la vista el horror que le aguardaba.
Allí, sobre las sábanas empapadas de sudor y sangre, yacía su señora pálida, la respiración entrecortada y el cuerpo agotado por el trance del parto.
Los ojos de aquel caballero pasaron de la mujer moribunda a la partera, que lo miraba con impotencia, y de ella a la doncella que sostenía entre los brazos a un alma diminuta envuelta en finos lienzos. La joven bajó la cabeza y murmuró:
—Perdón, mi señor… ha sido una niña. Madame du Poitiers no resistirá mucho más.
Muy lentamente el noble se acercó a la recién llegada, bastándole contemplar su menudo rostro para rendirse al hechizo de ese ser que apenas sabía llorar, pero ya imponía su existencia como un designio. No era el varón que muchos esperaban, pero la estirpe ya contaba con heredero.
Aquel milagro, sin embargo, sería su legado más peligroso… y preciado. Aun así, en su pecho se abría un abismo.
¿De qué servían títulos, tierras y alianzas si no era capaz de proteger lo que le era sagrado?
La razón le exigía firmeza, como dictaba su deber, pero bajo el peso de su casta se sentía un hombre quebrado, tan frágil como los vitrales de Notre-Dame, lejos del joven que, décadas atrás, había jurado no doblegarse jamás.
Ese día se inscribió en su alma con tinta de júbilo y luto en un solo acto. Había nacido un destello fugaz como la luz que se cuela entre los ventanales agrietados al precio de una pérdida irreparable.
La carne de la condesa enfrió aun antes de que sus manos soltaran del todo las sábanas, exhalando su último aliento horas después, para dejar a un viudo con su hijastro de quince años, Édouard —único vástago nacido del primer lazo nupcial—, además de la tarea de criar a la niña.
Una responsabilidad poco común, y menos aún bien vista entre los de la época.
La noche cayó desigual sobre la mansión, mientras el huérfano, sumido en el duelo, culpaba a la recién nacida de su desdicha, alimentando ambiciones en las que aquella no era más que un estorbo.
Ya se creía dueño de las tierras y los títulos, ignorante de que los designios de los poderosos son espejos rotos, y que la sangre noble, por ilustre que sea, se desmorona si no se templa en la adversidad.
En ese mismo instante, en otra habitación, temeroso de quebrarla, el conde sostuvo a la criatura entre sus brazos.
Fue entonces cuando de forma solemne juró que nada, ni las intrigas palaciegas ni las dagas disfrazadas de acuerdos tocarían a su hija antes de tiempo, tras lo cual partió hacia Saint-Vallier.
No por temor, sino por cálculo.
La ciudad ofrecía poder, sí, pero también ruina y ningún espíritu sobrevive entre los Valois sin aprender primero a sangrar en silencio.
Ella crecería al amparo de los muros erosionados del delfinado, donde los caminos se estrechan como las esperanzas de los caídos en desgracia, y los bosques susurran secretos que ni el acero ni el incienso logran acallar.
Allí, entre códices, disciplina y advertencias, aguardaría el momento.
Bien sabido era que tarde o temprano, todo cortesano debe enfrentar las entrañas de las sombras emergidas de quienes se sientan en el trono.
Édouard, en cambio, ya había elegido su camino. Rechazó el sosiego teológico de la Universidad de París, doblegó las imposiciones y marchó al Louvre, donde los poderosos tejen redes de favores y deudores.
Los gestos educados ocultaban la sonrisa taimada de quien ha vendido, lo que aún no posee. Allí, entre brindis envenenados y promesas rotas, sabría moverse con la astucia heredada de su madre y la ambición innata.
No necesitó que lo empujaran al fango; allí se sentiría en casa.
El conde lo dejó partir sabedor de que cada cual debe caminar su propio sendero. La ciudad moldearía al joven… o lo devoraría.
A Gabrielle, en cambio, la aguardaba una formación lejos del veneno de la corte. Tiempo para acendrarse en la aparente calma de la campiña, antes de enfrentarse al mundo que la esperaba.
Sus primeros diez años de vida transcurrieron envueltos en una quietud fingida, casi indigna.
Allí, bajo la sombra severa y vigilante de su padre, la niña florecía, aún ajena al filo invisible que pende sobre toda existencia en un siglo putrefacto, donde la virtud no es más que adorno para los necios.
En su calidad de mariscal de campo, el caballero solo se ausentaba cuando Su Majestad reclamaba su presencia en campañas o desplazamientos, pero jamás permitía que esas ausencias se prolongaran más de lo prudente.
Sabía que las verdaderas batallas no se libraban solo en los campos abiertos, sino en los corazones que se dejan atrás, vulnerables a la ausencia y al olvido.
Incluso entre los campamentos, bajo tiendas agitadas por el viento, donde el hedor del hierro se incrustaba en la piel y en los pliegues de los jubones, su pensamiento regresaba, como ave cautiva, a la casa solariega donde su mayor tesoro crecía.
Entre viñedos, un mar de hojas marchitas, y bosques espesos que respiraban humedad yacía escondida la morada familiar.
Su silueta erosionada se recortaba contra cielos grises, con la melancolía de los asentamientos que han sobrevivido demasiados inviernos.
La cantería, marcada por líquenes y grietas, susurraba la historia amarga de un apellido antiguo, orgulloso y condenado al olvido.
Desde aquel refugio, Gabrielle mostró desde una temprana edad un carácter sereno, inteligencia despierta y una alegría contenida, apenas perceptible, como el eco de un laúd en los salones vacíos.
Cualidades que su padre cultivaba con obstinación, consciente de que ese reino no toleraba la ingenuidad… ni la debilidad.
Entre su séquito figuraban las hijas de las casas más ilustres del condado de Valentinois, pero la piedra angular de su educación recaía en la institutriz, mujer elegida con la precisión de un alquimista.
Debía conocer las mudables costumbres de la corte del Louvre, moldeadas al capricho de la astuta y temible Catalina de Médici, reina madre de Francia, tejedora de redes tan sutiles como mortales.
Además, versada en latín, devota sin tacha de la Santa Madre Iglesia —pues hasta el demonio se arrodilla si le conviene—, instruida en ciencias, filosofía natural, aritmética y, desde luego, diestra en las artes que engalanan a una dama de alcurnia: el canto, la pintura, el bordado y el clavicémbalo.
El conde no iba a negarle a su hija ni un ápice del saber que el mundo, vasto y despiadado, podía ofrecer.
Con una dote de cincuenta mil libras y la propiedad señorial en la campiña, podría aspirar a un matrimonio ventajoso, quizás —oh, paradoja de los afectos paternales— con un hombre que la valorase como él mismo lo hacía.
Aunque, en su fuero más oscuro, sabía que virtud y poder raramente comparten lecho; los espíritus libres suelen terminar bajo los escombros de los palacios o colgando de las almenas, convertidos en advertencia.
Tras meses de pesquisas discretas, la fortuna llamó a las puertas de los du Poitiers. Una dama de linaje elevado, venida a menos, asfixiada por deudas y traiciones, se presentó.
El aristócrata, curtido en las conspiraciones de París —esa ciudad cuyos callejones apestan a falsedad— no se dejó engañar; descubrió que madame Reboll —tal era su nombre—, había sido discretamente desterrada para silenciar testigos incómodos de las indiscreciones de Isabel de Brissac, salvando así la honra, quebradiza de la favorita de Francia.
Conveniente resultaba la dama, casada con un heredero, de origen catalán y madre de tres niñas de la edad de Gabrielle; como suelen serlo los náufragos que ya no hallan madero al cual aferrarse.
Las pequeñas se tornaron en confidentes discretas compartiendo juegos mientras que, sin saberlo, evadían el desencanto prematuro que toda infancia noble arrastra por designio.
De este modo, la joven no conoció ni padeció la ausencia materna como cabría temer; antes bien, halló en aquellas un afecto sincero y hermanas que, con el paso del tiempo, habrían de guardarle lealtad sin flaqueza.
Para el mariscal de campo, verla reír entre una lección y otra era un bálsamo que comenzaba a tornarse hiel, pues bien sabía que en los salones de los grandes, la dicha no es sino preludio de la tragedia.
El apellido du Poitiers se vanagloriaba de su devoción católica, su mecenazgo de las artes y su defensa del Amour Pur y del Véritable Amour, conceptos predicados en los salones mientras las estocadas sellaban los destinos en las alcobas.
En ese ambiente creció la joven, rodeada de códices y relatos que evocaban las gestas de la Orden del Temple, caballeros de cruz y acero en su incesante búsqueda del Santo Grial; epopeyas como La Odisea, La Comedia, los textos de Alfonso II de Aragón y los poemas de Guillermo IX de Aquitania, trovador y precursor de un amor cortés que tantas veces terminaba o en degüello.
“Con la dulzura de la primavera bullen los bosques, y los pájaros cantan, cada uno en su latín, según el ritmo del nuevo canto: así conviene que cada uno se regocije en lo que más desea”.
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