La Loba de París (Cantos de Expiación 1)
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1. PRÓLOGO
PRÓLOGO
Europa, S. XVI.
Cuando los reinos aún soñaban con la eternidad y derramaban sangre por sus fronteras.
En aquel tiempo, Europa no era sino un tablero de ajedrez en el que los monarcas desplazaban piezas con los dedos trémulos, creyéndose a salvo del juicio divino y sordos al murmullo insidioso del pueblo.
Un continente desgarrado por lenguas, credos y coronas, pero soldado por la ambición voraz de sus soberanos y el miedo ancestral de sus vasallos.
Un territorio donde la esperanza vestía de luto y la gloria olía a pólvora húmeda.
Inglaterra, por su parte, seguía la estela de una nueva soberana: Isabel Tudor, la Virgen.
Su trono, firme sólo en apariencia, reposaba sobre un lecho de traiciones protestantes, excomuniones papales y la amenaza latente de una guerra continental.
Aunque la separasen las aguas, aquella isla no dormía, manteniendo los párpados abiertos como un vigía.
Fijaba sus ojos en Calais, último bastión francés que un día fue inglés y dirigía juegos con suspicacia hacia Escocia, donde aún ondeaban pendones católicos bajo cielos pesados.
Francia, extenuada heredera de los Valois, pretendía alzarse todavía como el faro del mundo civilizado, pero bajo los ropajes de seda del Louvre, se ocultaba un reino carcomido por el fanatismo: hugonotes y católicos acumulando un temor con odio viejo fermentado durante generaciones alimentadas con dogma y fuego.
Carlos IX, apenas un muchacho, blandía el cetro con la inseguridad de quien sabe que el poder reposa en la voluntad de su madre.
¡Y qué madre!
Catalina de Médici, flor envenenada de Florencia, no gobernaba: urdía. Maestra del disfraz, tejedora de pactos letales, sumía a la corte en un baile de apariencias donde cada sonrisa era una trampa y cada misa, una amenaza. Catalina era el oráculo del palacio, la araña en el centro de la telaraña.
Observaba, susurraba, disponía.
Los bailes escondían dagas, los consejos eran cepos y hasta los confesionarios tenían oídos. Su influencia no conocía límites, salvo uno: su hijo Enrique, duque de Anjou, futuro rey de Francia y criatura tan idolatrada como inquietante.
Una marioneta con filo.
Los más temibles fueron siempre los vástagos que Catalina amó.
Como un coloso de fronteras entrelazadas se alzaba la Monarquía Hispánica, fruto de alianzas más calculadas que consagradas.
La unión de Juana de Castilla —heredera de Isabel y Fernando— con Felipe de Habsburgo, llamado el Hermoso, injertó sangre borgoñona y germánica en el tronco castellano.
De esa simiente nacieron imperios: Su hijo, Carlos de Gante, primero de su nombre como Emperador del Sacro Imperio Romano Germánico y quinto como rey castellano, heredó más dominios de los que sus pies podían recorrer.
Desde las riberas del Danubio hasta las Indias recién halladas, su sombra se proyectaba sobre el mundo conocido como la de un nuevo César.
Tras su abdicación, el peso de esa herencia recayó en Felipe II: más austero, más meticuloso, más obsesionado con el control absoluto.
En su escritorio no reposaban plumas, sino mapas extendidos como frentes de batalla.
Bajo su égida, la Corona de Castilla, la de Aragón y los territorios incorporados —como Navarra, cuya porción meridional fue engullida tras una campaña fulminante— se amalgamaron en una arquitectura de poder sin precedentes.
El Escorial no era un palacio: era una fortaleza de leyes, altares y archivos.
Un laberinto hecho de normas, rezos y decretos.
Sólo quedaba una espina: la Navarra transpirenaica, aún soberana, aún francesa, de la que se hablaba como un asunto pendiente.
Un fragmento de tierra que delataba el deseo inconcluso del imperio.
Una mancha sin nombre en los mapas, que latía como deuda sin saldar.
En este equilibrio precario nació Enrique de Navarra, hugonote por linaje, rey sin corona plena y rehén del entorno cortesano francés.
El destino le empujaba hacia el trono, sí…
pero también hacia la tragedia. Criado entre enemigos, prometido por cálculo y deseado por una dignidad regia que nunca llegaría a confiar en él.
Su existencia fue una moneda: giró de mano en mano, sin dueño fijo y, como toda moneda, acabó desgastada.
En aquella realidad, las piezas eran hombres y mujeres de abolengo, de ambición, de hermosura. Los monarcas jugaban, los obispos susurraban, y las madres —ah, las madres— se convertían en estrategas.
Mientras tanto, aquellas que no tenían voz ni cetro, las reinas sin corona, caían presas de decisiones ajenas.
Sin altar, sin epitafio, sin eco.
Nada deja huella si no se consagra en los salones del poder.
¿Quién escribiría sus nombres? ¿Un clérigo? ¿Un poeta? Nadie. La Historia —esa vieja ramera de los poderosos— no se detiene por quien carece de título.
Que no os escandalice semejante juicio. Estáis por ver cómo la sangre, más que derramada, era administrada.