17. EPÍLOGO
EPÍLOGO
Un golpe seco, el traqueteo constante, las ruedas crujiendo como huesos.
¿Habré muerto?
¿Será esta niebla de ausencia y aturdimiento la que acompaña a las almas en su tránsito?
De pronto, un relinche la arrancó de su ensoñación, devolviéndola lentamente a la conciencia.
Yacía sobre una superficie suave, húmeda e irregular.
Intentó abrir los ojos varias veces en vano.
Caía una y otra vez en un letargo pesado, hasta que, al fin, y no sin esfuerzo, logró entreabrirlos. Pese a ello, solo encontró oscuridad.
Heme aquí, adentrada en la penumbra de quienes hemos sido medidos y castigados.
El tiempo se diluyó: horas, tal vez años. Poco a poco recobró el dominio de sí, movió primero las manos, después las piernas, pero el desconcierto era tal que temía descubrirse dentro de su propio féretro.
Comprendió al fin que aquello no era un ataúd. Reposaba sobre paja y toda su figura estaba protegida por una gruesa lona.
¿Acaso continuaba su suplicio y había despertado antes de que la muerte cumpliera su oficio?
Con extremo cuidado y apenas fuerzas, apartó el cobertor. Un resquicio de luz le permitió divisar un cielo azul bordeado por inmensas copas verdes que se alejaban lentamente hacia atrás.
Viajaba en la parte trasera de una carreta. Si de algo estaba segura, era de que aquello no era París.
Una voz grave, sombra de un recuerdo, habló desde el asiento delantero:
—¿Madame, os halláis bien? Llegué a temer haberme excedido en la medida del brebaje —preguntó el verdugo con sincera inquietud.
—¿Sois vos? —susurró ella, con tono incierto y la voz aún embotada por los sedantes— ¿Dónde estamos?
¿Qué ha sucedido?
—Sí, madame. Perdonad mi atrevimiento al obrar sin vuestro consentimiento. No había tiempo para vacilar.
—¿Perdonar vuestra osadía? ¿Me habéis librado del patíbulo? ¿Burlasteis no solo a la Corona sino a la misma muerte por mí?
El hombre no respondió de inmediato.
Continuó azuzando los caballos, sereno, en contraste con el temblor de las riendas, comenzando entonces su relato:
Valiéndose de contactos, de cierta intimidación y del anillo obtenido como soborno de manos de la mismísima Catalina de Médici, pagó la ayuda de un par de guardias y pudo trocar los cuerpos dormidos.
Ocultó el rostro de la impostora tras el hocico de hierro y, aprovechando el amparo de una noche sin estrellas, sacó a Gabrielle, aún inconsciente, por un túnel poco frecuentado que comunicaba dos torres de la prisión con un pasadizo de desagüe que desembocaba en el Sena.
Durante el amanecer, la ocultó en su propio hogar —nadie suele interesarse en los pormenores de quienes ejercen su oficio—.
Luego volvió a la fortaleza para cumplir con el ajusticiamiento, aunque sobre una persona distinta: aquella mujer que, bajo el influjo del veneno y el peso de la máscara, jamás pudo revelar su identidad.
Había hecho más que salvarla de la ejecución; le había evitado la vergüenza de morir ante quienes no solo no la comprendieron, sino que la sentenciaron por la persona que ellos mismos esculpieron.
—¿Habéis matado a una inocente en mi lugar? —preguntó Gabrielle, con un hilo de voz.
—Comprendo que para vos sea una monstruosidad —repuso él—, pero esa desdichada jamás hubiese escapado de aquellas bóvedas. Le otorgué un favor. Murió por la espada, con un tajo limpio, y reposa en buen lugar.
—¿Entre los míos?
—Así es, mi señora. Además, no consentí que sus restos fuesen profanados.
—¿Puedo preguntar qué destino me tenéis dispuesto? —indagó con ese temor aprendido, pues todo aquel que alguna vez se le acercó con bondad acabó trayéndole infortunio.
—Os llevo lejos de las garras de vuestros enemigos. Al único reino vedado al influjo de los Valois.… Navarra.
La carreta siguió su avance cruzando los campos desiertos, donde solo el viento parecía dar testimonio del viaje.
Él no habló, ella tampoco.
Pocas horas después, la antigua condesa tuvo frente a sí los Pirineos dibujados en el horizonte cual promesa divina.
Gabrielle du Poitiers había muerto. Quien ahora respiraba, olía a humo, acero, humedad y revancha.
Entre tanto, sin ella saberlo, una estatua velaría por su nombre como ningún mortal lo hiciera jamás; dándole vida a una leyenda:
Érase una vez una santa mujer
Que París a la miseria vendió;
Tan honda fue la afrenta
Que el rey la decapitó…
Y en loba sin perdón renació.