Capítulo 22
El precio de la rebelión
La prisión acabó devorando el tiempo.
Al principio, Liathen contó los días por la pequeña ventana que dejaba caer una franja de luz sobre la piedra húmeda. Después, dejó de hacerlo.
No porque hubiera aprendido a soportar el encierro, sino porque comprendió que, dentro de aquellos muros, el tiempo mismo era otra forma de castigo.
La celda olía a moho, enfermedad y desesperación. Las ratas reclamaban los jergones como si fueran las verdaderas dueñas del lugar, y los gritos de los prisioneros atravesaban las paredes cada día con el ritmo regular de una campana fúnebre.
Hombres arrastrados a la tortura.
Hombres conducidos a la horca.
Hombres quebrados antes de morir.
A veces Liathen se tapaba los oídos y cerraba los ojos, intentando regresar a casa, a los vientos de las Tierras Altas, a los rostros de aquellos a quienes había amado.
Pero cuando volvía a abrirlos, seguía allí, atrapada entre piedras que parecían absorber la esperanza misma.
Sin embargo, había una cosa que Edric Harrow jamás le arrebataría.
Su padre.
Ahora comprendía la verdadera naturaleza de la cacería.
Los demás estaban muertos.
La banda había sido destruida.
Ella era solo el cebo.
Harrow no necesitaba a Liathen MacLeith.
Necesitaba a Eamon MacLeith.
Quería exhibir su cabeza como trofeo y conseguir un ascenso con ello.
Y Liathen elegiría la horca antes de entregárselo.
Las visitas del capitán se habían convertido en un ritual agotador.
Siempre la misma oferta.
Siempre la misma negativa.
A veces regresaba a su rincón después de oírle afirmar que Alastair estaba muerto.
Aquellas palabras lograban penetrar los muros que había construido contra el miedo.
Entonces permanecía inmóvil, respirando despacio, obligándose a no llorar.
No delante de ellos.
Nunca delante de ellos.
Porque si los ingleses descubrían una grieta, la convertirían en una herida.
Aun así, en lo más profundo de su corazón, sobrevivía una certeza obstinada.
Alastair no estaba muerto.
Quizá fuera solo esperanza.
Quizá simple necesidad.
Pero algo dentro de ella se negaba a aceptar aquella pérdida.
Por la noche, sin embargo, era Ewan quien regresaba.
Lo veía una y otra vez.
Ensangrentado.
Acusándola en sueños de haber llegado demasiado tarde.
De no haberlo salvado.
De haberlo enterrado lejos de tierra consagrada.
Cuando despertaba, sabía que no era realmente él.
Ewan nunca habría pronunciado tales acusaciones.
Era su propia culpa, que vestía el rostro de él.
Aquella noche dormía profundamente cuando el chirrido de una reja la arrancó del sueño.
Abrió los ojos.
Un soldado había entrado en la celda.
No necesitó explicación alguna.
La forma en que la miraba era suficiente.
Había oído suficientes historias.
Alastair se las había contado años atrás, con la amarga resignación de un hombre que conocía demasiado bien en qué se convertía la naturaleza humana cuando el poder quedaba sin vigilancia.
El soldado cerró la puerta tras él.
—Márchate.
Él sonrió.
—Después.
Siguió avanzando.
Liathen retrocedió un paso.
—Soy la esposa de Alastair Rosswyn. Piénsalo bien.
—Uno de tus amigos le disparó a tu marido. No vendrá a salvarte esta noche.
Las palabras cayeron entre ellos como una sentencia.
El soldado la agarró con brusquedad.
Lo que sucedió a continuación fue rápido.
Demasiado rápido.
Liathen golpeó primero.
Un rodillazo.
Un puñetazo.
Toda la furia de semanas transformada en violencia.
El hombre se dobló y ella descargó golpes sobre él.
Por un momento pensó que podría vencerlo.
Pero la diferencia de fuerza acabó imponiéndose.
Un puñetazo la lanzó contra la pared.
La piedra le golpeó la espalda.
El mundo se tambaleó.
Cuando recuperó el equilibrio, las manos del soldado ya se cerraban alrededor de su garganta.
—Maldita perra escocesa —escupió—. No mereces vivir.
Sus dedos se apretaron.
Liathen luchó.
Arañó.
Empujó.
Nada fue suficiente.
El aire desapareció.
La oscuridad comenzó a cerrarse a su alrededor.
Y entonces una voz atravesó la celda.
—¿Qué estás haciendo, Harland?
El soldado se quedó inmóvil.
El miedo reemplazó al deseo en su rostro.
Edric Harrow estaba en la puerta.
Liathen cayó de rodillas, luchando desesperadamente por llenar de aire sus pulmones mientras el capitán se acercaba.
—Te he hecho una pregunta.
Harland balbuceó una excusa inútil.
—Estabas estrangulándola —interrumpió Harrow—. Esta mujer está bajo mi protección. Morirá cuando yo lo decida, no cuando te plazca a ti.
El joven prácticamente huyó.
Harrow estudió a Liathen durante unos instantes.
—Su tiempo se está agotando, señora Rosswyn.
Luego se marchó.
Esa misma noche, sentado en su despacho, Edric Harrow tomó una decisión.
Si la hija no cedía, obligaría al padre a hacerlo.
Redactó varias cartas idénticas.
Cada una ordenaba el arresto inmediato de Eamon MacLeith por sedición y robo a la Corona.
Y cada una terminaba con una amenaza final:
Si no se entregaba voluntariamente en dos días, su hija, Liathen MacLeith Rosswyn, sería ahorcada en su lugar.
Mientras la tinta se secaba, Harrow sonrió.
Si no podía capturar al viejo ladrón, al menos obtendría un ejemplo.
Y los ejemplos siempre eran útiles cuando se gobernaba mediante el miedo.
Lejos de allí, Alastair Rosswyn despertó.
Lo primero que sintió fue dolor.
Lo segundo, ausencia.
Giró la cabeza hacia el otro lado de la cama.
Vacía.
Fría.
Demasiado fría.
Intentó incorporarse y una agonía le atravesó el costado.
Entonces recordó.
La bala.
La emboscada.
Los cañones.
Después de eso, nada.
Un sirviente acudió de inmediato.
Le dio agua.
Le explicó lo que había sucedido.
Seis días.
Había estado inconsciente durante seis días.
Y Liathen había pasado casi todo ese tiempo prisionera en el Fuerte Graywatch.
Alastair sintió que la sangre se le helaba.
—Es demasiado tiempo.
Ni el dolor ni la fiebre pudieron detenerlo.
Vestirse fue una batalla.
Caminar, otra.
Pero cada minuto perdido podía costarle la vida a su esposa.
Cuando llegó a la puerta principal, encontró a dos soldados esperándolo.
Uno le entregó una carta.
Alastair la abrió.
Mientras leía, las manos empezaron a temblarle.
No de miedo.
De urgencia.
Dos días.
Solo dos días.
Llegó al Fuerte Graywatch casi exhausto.
La herida le ardía con cada paso, pero siguió avanzando hasta irrumpir en el despacho de Harrow.
El capitán parecía genuinamente sorprendido de verlo con vida.
Alastair fue directo al grano.
—Mi esposa no ha recibido un juicio justo.
—Su esposa es una criminal.
—Mi esposa es inocente.
Harrow colocó la declaración de Gareth Rowan sobre el escritorio.
Alastair la leyó.
Cada línea era una mentira.
Cada palabra, una condena.
—Esto es falso.
—No importa.
El capitán apoyó ambas manos sobre el escritorio.
—Quiero a Eamon MacLeith.
Entonces Alastair lo comprendió todo.
No se trataba de Liathen.
Nunca lo había sido.
Era moneda de cambio.
Un sacrificio destinado a atraer a otro objetivo.
—No sé dónde está mi suegro.
—Entonces ella muere.
La amenaza quedó suspendida entre ellos.
Alastair respiró hondo.
Necesitaba más que promesas.
—Quiero una declaración firmada.
Harrow lo observó durante un largo momento.
Al final, accedió.
Escribió que Liathen sería liberada en cuanto Eamon MacLeith se entregara.
Alastair tomó el documento.
Por primera vez desde que despertó, sintió una chispa de esperanza.
Todavía había tiempo.
Esa tarde, Harrow regresó a la celda.
Liathen apenas levantó la vista.
—Se ha fijado la fecha de su ejecución.
Silencio.
—Dentro de dos días.
La noticia cayó sin producir la reacción que él esperaba.
Porque el miedo ya no era lo peor.
La ausencia lo era.
Ewan.
Alastair.
Su padre.
Todo lo que amaba existía ahora más allá de aquellos muros.
Y quizás para siempre más allá de ellos.
Mientras Harrow hablaba, Liathen se dejó llevar por los recuerdos de Eamon MacLeith.
El hombre que le había dado su primera espada.
La primera persona que la había tratado como a una igual.
El único que nunca le había dicho que una mujer debía conformarse con menos.
Si iba a morir, al menos moriría siendo digna de él.
—Pensé que querría saber cuándo la ahorcarán.
Liathen regresó al presente.
—Creía que ya te habías marchado.
Harrow la observó con curiosidad.
—Llevo un tiempo preguntándome cómo una mujer logró liderar a tantos hombres.
Una leve sonrisa se dibujó en los labios de Liathen.
—Porque la inteligencia sabe disfrazarse. La estupidez no.
La respuesta lo golpeó con más fuerza que un insulto.
Ella continuó:
—Creéis que las mujeres solo existimos para coser, sonreír y obedecer. Durante años os mostré exactamente lo que esperabais ver. Y mientras me subestimabais, os engañé a todos.
El silencio que siguió tenía un sabor a victoria.
Quizá la última.
Harrow la recorrió con la mirada.
Había admiración en sus ojos.
Y algo peor.
—Ahora entiendo la fascinación de Rosswyn por ti.
Liathen sintió asco.
El capitán se acercó demasiado.
—Eres una mujer extraordinaria.
—No me toques.
—Quizá pueda domar lo que Rosswyn nunca pudo.
La amenaza era inconfundible.
También la repulsión.
Harrow se inclinó hacia ella.
Y en ese preciso momento, una voz sonó desde la entrada.
—Señor, ha llegado una carta urgente.
El capitán se detuvo.
La furia tensó cada músculo de su cuerpo.
Durante un momento pareció debatirse entre marcharse y continuar.
Al final se volvió hacia la salida.
Antes de desaparecer, clavó los ojos en ella.
—Dos días, señora Rosswyn.
La puerta se cerró.
Y el eco de aquellas palabras quedó suspendido en la oscuridad como el péndulo de una sentencia.
Dos días.
Solo dos días para que alguien llegara.
O para que el mundo terminara de arrebatarle todo lo que amaba.