Capítulo 23
La Soga y el Legado
La lluvia había convertido los caminos en venas de barro, lentas y traicioneras, pero Alastair Rosswyn cabalgaba como si pudiera vencer al tiempo mismo a fuerza de voluntad.
Desde el amanecer, había perseguido una única esperanza:
Encontrar a Eamon MacLeith antes de que la horca reclamara a su hija.
La ironía le sabía amarga.
Durante años había culpado a ese hombre de sembrar en Liathen el espíritu rebelde que ahora la arrastraba hacia la muerte.
Sin embargo, el destino había tejido una paradoja cruel.
El mismo hombre que la había empujado hacia esa vida era también el único capaz de salvarla.
La búsqueda lo llevó por los rincones más remotos que guardaban los recuerdos de Liathen, entre aldeanos desconfiados que veían a un inglés antes que a un esposo.
Solo cuando pronunciaba su nombre con auténtica desesperación comenzaban a hablar.
Así fue como llegó al bosque.
El lugar que había alimentado la superstición durante generaciones se alzaba ante él con una serenidad casi sagrada.
No había monstruos.
No había maldiciones.
Solo árboles antiguos, lluvia suspendida entre sus ramas y un silencio que parecía proteger algo precioso.
Alastair comprendió entonces cuántas veces el miedo humano convertía en leyenda aquello que simplemente deseaba mantener oculto.
Por fin apareció una cabaña.
El humo ascendía de la chimenea.
—Allá vamos.
Cuando llamó, la puerta se abrió casi de inmediato.
Eamon MacLeith lo estaba esperando.
Las arrugas de su rostro se habían profundizado, y los años solo parecían haber endurecido aquella mirada que jamás se había inclinado ante nadie.
—Llevo semanas esperándote.
Alastair le sostuvo la mirada.
—Tenemos que hablar.
Para Liathen, sin embargo, el tiempo había dejado de existir.
La prisión de Fuerte Graywatch era una eternidad construida de piedra húmeda, gritos y oscuridad.
Los días se fundían hasta convertirse en una única espera interminable.
Solo la diminuta ventana le recordaba que el mundo seguía moviéndose sin ella.
Había sobrevivido al miedo.
Había sobrevivido a las amenazas.
Incluso había sobrevivido a la esperanza.
Porque la esperanza es a veces más cruel que el dolor.
Alastair seguía vivo en algún rincón de su corazón, aunque la razón insistiera en lo contrario.
Ewan aún visitaba sus sueños, no como una verdadera acusación, sino como la encarnación de su propia culpa.
Y su padre permanecía oculto tras los recuerdos de toda una vida.
No lo traicionaría.
Ni siquiera para salvarse a sí misma.
Había alcanzado una extraña paz.
Si tenía que morir, moriría como hija de Eamon MacLeith.
Por eso, cuando los pasos resonaron fuera de su celda aquella mañana, supo que el final había llegado.
Se puso de pie.
Se alisó el vestido.
Se recogió el cabello.
No por vanidad.
Por dignidad.
Que la muerte la encontrara erguida.
Edric Harrow apareció acompañado de varios soldados.
—Es la hora, señora Rosswyn.
Liathen tendió las manos hacia los grilletes sin apartar los ojos de sus captores.
Aquella compostura inquietó a los hombres más que cualquier súplica.
—La horca la espera.
Ella sonrió levemente.
—Espero verte pronto en el infierno, Edric Harrow.
La sonrisa del capitán no vaciló.
Tampoco la de ella.
La luz del patio la golpeó con una intensidad casi dolorosa.
Durante semanas había vivido entre sombras.
Ahora el sol parecía empeñado en recordarle que el mundo seguía siendo hermoso, incluso para quienes estaban a punto de abandonarlo.
La multitud aguardaba.
Algunos soldados reían.
Otros observaban en silencio.
Entre ellos reconoció rostros familiares.
Una mujer de su clan.
Dos muchachos a quienes habían ayudado con dinero robado.
Ya no eran niños.
Habían sobrevivido.
Eso era suficiente.
Los tres le ofrecieron sonrisas emocionadas.
Gracias.
Nunca pronunciaron las palabras, pero Liathen comprendió.
Y por primera vez desde su captura, se dio cuenta de que nada había sido en vano.
Habían robado.
Desafiado leyes.
Derramado sangre.
Pero también habían alimentado familias, salvado a enfermos y protegido a quienes nadie más protegía.
La muerte parecía menos terrible cuando una causa sobrevivía a quien la defendía.
Con la cabeza en alto, subió al cadalso.
El soldado que colocó la soga alrededor de su cuello sonrió con desprecio.
—¿Algún último deseo?
Liathen giró lentamente la cabeza.
—Verte colgando de una soga como esta.
La respuesta borró la sonrisa de su rostro.
Él le escupió.
Ella ni siquiera parpadeó.
Edric Harrow leyó la sentencia con la solemnidad de un hombre que confundía el poder con la justicia.
—Liathen MacLeith Rosswyn, culpable de robo, sedición y rebelión contra la Corona…
Las palabras se desvanecieron bajo el redoble de tambores.
El verdugo se acercó a la palanca.
Y entonces ocurrió.
Un hombre entre la multitud captó su atención.
Una figura encapuchada.
Inmóvil.
Observándola.
Liathen sintió que el corazón se le detenía.
No necesitaba ver su rostro.
Lo reconoció incluso antes de que él se bajara la capucha.
Eamon MacLeith.
Su padre.
Vestido con los colores de su clan.
Erguido.
Orgulloso.
Como si hubiera acudido a una ceremonia y no a una ejecución.
Por un instante, Liathen olvidó cómo respirar.
¿Por qué estaba allí?
¿Por qué había venido?
La respuesta llegó demasiado pronto.
Un grito resonó desde el otro extremo del patio.
—¡Detengan esto!
Alastair.
Parecía un hombre recién salido de la tumba.
La palidez de la fiebre aún marcaba su rostro, y cada paso revelaba cuánto le costaba mantenerse en pie.
Pero estaba allí.
Vivo.
Vivo.
Liathen sintió que el mundo entero se tambaleaba.
Edric Harrow levantó una mano.
El verdugo se detuvo.
—¿Qué significa esta interrupción, Rosswyn?
Alastair apenas miró a su esposa.
Si la miraba demasiado, sabía que perdería la compostura.
Sacó un documento.
—Traigo el indulto que usted mismo firmó.
—Y se suponía que debías traerme algo a cambio.
Alastair sonrió con cansancio.
—Entonces mire hacia delante, señor.
Todos obedecieron.
Eamon MacLeith dio un paso al frente.
Se quitó la capucha.
Y el silencio se hizo en el patio.
Durante años había sido un fantasma perseguido por la Corona.
Ahora estaba allí.
Entregándose por voluntad propia.
—¡Arréstenlo! —rugió Harrow.
—No... —susurró Liathen.
Pero ya era demasiado tarde.
Le quitaron la cuerda del cuello mientras los soldados rodeaban al viejo ladrón.
—¡Padre!
Su voz se quebró por primera vez.
No de miedo.
De impotencia.
Porque comprendía exactamente lo que estaba ocurriendo.
Su padre había venido a ocupar su lugar.
Alastair la apartó del cadalso mientras ella forcejeaba en vano por alcanzarlo.
Eamon subió los escalones sin oponer resistencia.
Con la calma de un hombre que había tomado esa decisión mucho antes de llegar.
Harrow sonrió satisfecho.
—Así que sí quieres a tu hija, después de todo, MacLeith.
—Acabemos con esto —respondió Eamon—. No me gusta hacer esperar a la muerte.
El verdugo le colocó la cuerda alrededor del cuello.
No hubo discursos.
Ni oraciones.
Solo una última mirada.
Padre e hija quedaron unidos por la mirada durante unos segundos que parecían contener toda una vida.
Liathen se vio a sí misma de niña otra vez.
Aprendiendo a montar.
Sosteniendo una espada demasiado grande para sus manos.
Escuchando a ese hombre enseñarle que el coraje no significaba vencer el miedo.
Significaba actuar a pesar de él.
Toda su vida contenida en esa única mirada.
Y él estaba sonriendo.
Sonriendo porque estaba orgulloso.
Porque la veía viva.
Porque ese era el precio que estaba dispuesto a pagar.
La trampilla se abrió.
El cuerpo cayó.
La cuerda se tensó.
Y la sonrisa desapareció para siempre.
—Adiós, padre —susurró Liathen.
Las lágrimas le resbalaron en silencio por el rostro mientras observaba el cuerpo de su padre balancearse bajo el cielo gris.
No lloraba solo al hombre.
Lloraba el fin de una era.
La muerte de quien había sido su refugio, su maestro, la primera persona que creyó en ella cuando el mundo solo veía a una niña.
Los brazos de Alastair la rodearon con firmeza.
Ella no se resistió.
Por primera vez en mucho tiempo, se permitió apoyarse en otro.
Alastair permaneció a su lado sin hablar.
Sabía que algunas pérdidas pertenecen al silencio.
Edric Harrow se acercó y le entregó el documento de liberación.
—Se ha salvado esta vez, señora Rosswyn.
Liathen alzó la cabeza despacio.
Las lágrimas aún brillaban en sus mejillas, pero sus ojos conservaban el mismo fuego que había sobrevivido a la prisión, a la muerte y a la injusticia.
Respiró hondo.
Y escupió a los pies del capitán.
—Vete al infierno, Edric Harrow.
Porque había perdido a su padre.
Perdido amigos.
Estado a un latido de la muerte.
Pero había una cosa que Harrow nunca le arrebataría.
Su libertad interior.
Y mientras Alastair la sostenía junto al cuerpo de Eamon MacLeith, Liathen comprendió que ese legado valía mucho más que cualquier tesoro que hubieran robado jamás.
La noche había caído sobre las Tierras Altas.
El viento agitaba suavemente el brezo mientras Liathen contemplaba las colinas a través de la ventana.
Alastair permanecía junto al fuego.
Ninguno habló durante un largo rato.
—¿Puedo preguntarte algo? —dijo ella al fin.
—Siempre.
Liathen mantuvo la mirada fija en la oscuridad.
—¿Por qué seguiste buscándome?
Alastair sonrió levemente.
—Porque te amaba.
—No. —Ella negó lentamente con la cabeza—. Eso no responde a mi pregunta.
Silencio.
—No te lo habría puesto tan fácil.
—Lo sé.
—Mentí.
—Lo sé.
—Te oculté cosas.
—También lo sé.
—Te hice daño.
—Sí.
Liathen cerró los ojos.
—Entonces, ¿por qué?
El fuego crepitaba tras ellos.
—Porque nunca vi a la persona que fingías ser.
Ella se volvió hacia él.
Alastair sostuvo su mirada con la calma que siempre la había desconcertado.
—Todos veían a la hija del ladrón.
»O a la mujer indomable.
»O a la líder de una banda.
»O a la joven orgullosa que nunca necesitaba ayuda.
Su voz se suavizó.
—Yo vi a una mujer agotada de cargar el mundo sobre sus hombros.
Algo en su interior se quebró suavemente.
—No estoy agotada.
—Liathen...
No había reproche.
Solo ternura.
Y eso era más difícil de soportar que cualquier acusación.
—Has pasado toda tu vida intentando demostrar que eres fuerte.
—Lo soy.
—Lo sé.
Él se acercó.
—Pero también eres muchas otras cosas.
Ella bajó la mirada.
Porque esa era la verdad que había pasado años evitando.
Había aprendido a luchar.
A sobrevivir.
A resistir.
Pero nunca había aprendido a descansar.
—A veces no sé quién soy sin todo eso.
Alastair tomó una de sus manos.
—Entonces deja de luchar un momento y descúbrelo.
Liathen sintió una vieja emoción, enterrada desde la infancia, ascender lentamente hasta su garganta.
Miedo.
No miedo a la muerte.
No miedo a la derrota.
Sino miedo a ser amada exactamente como era.
—Creo que he pasado toda mi vida escondiéndome.
—Lo sé.
—¿Y si un día descubres que no soy quien creías que era?
Alastair sonrió.
—Creo que eso es exactamente lo que llevo años esperando descubrir.