Capítulo 21
El Juicio de los Vivos
La noche parecía interminable.
Bajo la fría luz de la luna, Liathen siguió senderos olvidados, alejada de los caminos donde los dragones ingleses daban caza a los supervivientes de la emboscada. Atravesado sobre el caballo yacía el cuerpo sin vida de Ewan Falkner, y esa carga pesaba mucho más que cualquier cadáver.
Era el último vestigio de una vida que acababa de derrumbarse.
Aún tenía sangre secándose en las manos.
Por primera vez desde que comenzó aquella guerra silenciosa contra los ingleses, Liathen deseó poder retroceder en el tiempo.
No solo hasta aquella maldita noche.
Mucho más atrás.
Hasta el momento en que aceptó convertirse en la líder de su pueblo.
No se arrepentía de los robos.
Ni de la causa que los motivaba.
Se arrepentía del coste.
Todos habían caído.
Tavish.
Ruairidh.
Finlay.
Ewan.
Nombres que aún vivían en su memoria mientras la realidad se empeñaba en convertirlos en fantasmas.
Una lágrima le resbaló por la mejilla.
Habían crecido juntos.
Compartido juegos, peleas, inviernos y sueños.
Y ella, que siempre había encontrado una salida a todo, no había sido capaz de salvar a ninguno.
Así que aquella mujer, nunca dada a la oración, elevó una súplica al cielo.
No pidió justicia.
Pidió misericordia.
Que Dios se apiadara de aquellas almas que habían robado por necesidad y luchado por orgullo.
Un ruido entre los árboles la arrancó de sus pensamientos.
Desenvainó la espada e hizo girar al caballo, preparada para matar o morir.
Pero de la oscuridad emergió una figura familiar.
Su propio caballo.
Perdido durante la huida.
El animal se acercó con un relincho bajo y lastimero.
Liathen apoyó la frente contra él.
—Gracias, amigo mío. Vamos a casa.
Y siguió cabalgando.
Entonces pensó en Alastair.
Por primera vez desde la batalla, se permitió hacerlo.
Lo imaginó lejos de la lucha, a salvo de la matanza, esperándola junto al fuego.
Quería creer que al amanecer él la ayudaría a despedir a Ewan como este merecía.
Necesitaba creerlo.
Cuando la muerte lo invade todo, la esperanza deja de ser una virtud.
Se convierte en una necesidad.
Más de dos horas después, por fin vio la silueta de su hogar.
La visión le arrancó una sonrisa exhausta.
Había salido de aquella casa como una ladrona perseguida.
Regresaba como superviviente.
Con sumo cuidado, guio el caballo de Ewan hacia una entrada oculta que descendía al sótano.
Era un refugio que solo conocía un puñado de personas.
Un secreto que el propio Alastair había ayudado a crear años atrás.
El caballo pareció comprender el propósito de aquel último viaje.
Se arrodilló sin que nadie se lo ordenara.
Liathen cerró los ojos un instante.
Ni siquiera los hombres habían mostrado tanta lealtad.
Con esfuerzo, bajó el cuerpo por las escaleras de piedra y encendió las antorchas.
Su luz parpadeante reveló el rostro sereno de Ewan.
Por un momento pareció dormido.
Solo por un momento.
Subió en busca de agua, paños y un costurero.
Luego regresó y comenzó el trabajo silencioso que los vivos realizan por los muertos.
Lo lavó con la misma ternura que habría mostrado a un hombre herido aún capaz de sentir.
Limpió la sangre de su piel.
La suciedad de sus manos.
Las manchas de la batalla.
Después cerró con cuidado cada herida abierta por el acero enemigo.
No quería que la tierra recibiera a Ewan destrozado.
Quería devolverle la dignidad que le habían arrebatado.
Cada puntada era una despedida.
Cada herida que cerraba, una derrota aceptada.
Cuando terminó, el agotamiento le cayó encima como una losa.
Ewan descansaba sobre la piedra, limpio y sereno.
La violencia había desaparecido de su rostro.
Parecía un guerrero durmiendo tras una larga campaña.
Pero nunca despertaría.
Y entonces la fuerza de Liathen se quebró al fin.
Cayó de rodillas junto a él y apoyó la frente contra su brazo inmóvil.
—¿Por qué tuviste que morir?
No llegó ninguna respuesta.
Solo silencio.
Un silencio terrible que revelaba una verdad que llevaba años evitando.
Ewan nunca había sido solo un amigo.
Había sido algo más profundo.
Más antiguo.
Más difícil de nombrar.
Un amor condenado antes de nacer.
Un camino que ambos habían abandonado antes de dar el primer paso.
Cuando por fin recuperó algo de compostura, le acarició el rostro una última vez.
—Gracias por quedarte siempre a mi lado. Gracias por salvarme una y otra vez.
Se le quebró la voz.
—Y perdóname por no haber llegado antes.
Se inclinó y besó sus labios fríos.
Esta vez no había miedo.
Ni orgullo.
Ni obligaciones familiares que se interpusieran entre ellos.
Solo la verdad.
—Siempre te amé, Ewan.
Las palabras llegaron demasiado tarde.
Como suelen llegar las más importantes.
—Y siempre guardaré un lugar para ti en mi corazón.
Cubrió su cuerpo con una manta de los MacLeith y se quedó contemplándolo unos últimos momentos.
Sabía que era la última vez.
No tendría fuerzas para verlo bajar a la tumba.
Antes del amanecer, reunió a tres sirvientes de su absoluta confianza, hombres que llevaban años siendo leales a Alastair.
Les dijo solo lo que necesitaban saber.
—Dadle un entierro digno. Y quemad su ropa. No debe quedar rastro alguno.
Uno de ellos inclinó la cabeza.
—Descuide, mi señora. Lo trataremos como a uno de los nuestros.
Aquellas palabras aliviaron una pequeña parte de su carga.
Solo una pequeña parte.
Cuando regresó a sus aposentos, descubrió que Alastair aún no había vuelto.
Eso la inquietó.
Al principio achacó su ausencia a la ira.
Luego al deber.
Finalmente al miedo.
Se obligó a no seguir pensando.
Se desvistió y se metió en la bañera.
El agua estaba helada.
Parecía apropiado.
Su cuerpo necesitaba calor.
Pero su alma ya pertenecía al invierno.
Y vencida por el agotamiento, acabó quedándose dormida.
Despertó al amanecer.
Ewan fue su primer pensamiento.
Alastair, el segundo.
Se vistió deprisa y bajó a la cocina, donde uno de los sirvientes le confirmó que habían terminado el entierro.
Cuando preguntó por su esposo, solo recibió una negación con la cabeza.
Nadie lo había visto.
La inquietud se transformó en angustia.
Salió fuera.
El caballo de Alastair tampoco estaba en los establos.
Algo iba mal.
Terriblemente mal.
Durante un largo rato estuvo sentada en los escalones de la entrada, con la mirada fija en el horizonte mientras los recuerdos de sus amigos muertos acudían uno tras otro.
Entonces los vio.
Soldados ingleses.
Un destacamento entero que avanzaba hacia la casa.
Liathen se puso en pie.
Buscó entre ellos el rostro de Alastair.
No estaba.
Se le encogió el corazón.
El hombre que desmontó a la cabeza de la columna le resultaba familiar.
Gareth Rowan.
Su sonrisa tenía algo de verdugo y algo de carroñero.
—Señora Rosswyn. Qué placer encontrarla en casa.
—¿Dónde iba a estar a esta hora, señor Rowan?
La sonrisa se borró del rostro del inglés.
—No lo sé. Quizá enterrando a sus amigos.
El golpe fue directo.
Brutal.
Pero Liathen ya había aprendido a sobrevivir entre enemigos.
—No tengo ni idea de qué me habla.
Rowan subió los escalones con parsimonia.
—La vi con Ewan Falkner anoche.
Oír el nombre de Ewan fue como una puñalada.
—Tiene dos opciones. Venir por las buenas... o por las malas.
—No estoy ocultando a nadie.
Rowan ni siquiera fingió creerla.
Con una sola orden, envió a sus hombres a registrar la casa.
Durante más de media hora, Liathen escuchó el estruendo de muebles que se rompían, platos que se hacían añicos y puertas que arrancaban de sus goznes.
La destrucción parecía simbólica.
No buscaban pruebas.
Intentaban humillarla.
Pero no encontraron nada.
Porque jamás encontrarían allí el dinero robado.
Cuando el último soldado salió negando con la cabeza, Rowan tomó su decisión.
—Traed su caballo.
Luego la miró.
—Le advertí de que prefería la segunda opción.
La obligó a bajar los escalones.
—A mi esposo no le va a gustar este trato.
—No creo que su esposo esté en condiciones de preocuparse por nada ahora mismo.
Las palabras quedaron flotando en el aire como una amenaza.
Cuando Liathen protestó, Rowan le mostró una orden firmada por Edric Harrow.
Sedición.
Robo a la Corona.
La sentencia ya estaba dictada antes de que empezara el juicio.
El Fuerte Graywatch la recibió con piedra, humedad y muerte.
Un cadáver reciente colgaba en el patio principal.
Una advertencia para todos los demás.
Las risas de los soldados la acompañaron por corredores oscuros hasta que la condujeron a una cámara en penumbra.
Allí la esperaba Edric Harrow.
Cómodo.
Paciente.
Como un hombre que ya se consideraba victorioso.
—Espero que se acostumbre a estas paredes, señora Rosswyn.
—No he hecho nada.
—¿Va a negar meses de robos?
Liathen guardó silencio.
Harrow observó esa resistencia con una mezcla de irritación y fascinación.
—Rosswyn debería haberla educado mejor. Una lástima que ya no pueda hacerlo.
Liathen alzó la vista.
—¿Dónde está mi marido?
La sonrisa del capitán fue lenta.
Cruel.
—Está muerto.
Por primera vez, el suelo pareció desvanecerse bajo sus pies.
No.
Era mentira.
Tenía que serlo.
Alastair no podía estar muerto.
No después de todo.
No cuando aún quedaban tantas palabras por decir.
Pero recordó a Ewan.
Recordó su sacrificio.
Y comprendió que la pena siempre encuentra nuevas formas de crecer.
—La horca espera a quienes roban a nuestro rey —continuó Harrow—. Y usted también ha matado a soldados ingleses.
—Un juez debería decidir eso.
—Este es su juicio.
—Es ilegal.
—Es justicia.
Liathen apretó los puños.
No.
Esto no era justicia.
Era venganza disfrazada de ley.
Harrow se acercó hasta quedar justo frente a ella.
—Aún puede salvarse. Dígame dónde está su padre.
Liathen sonrió.
Una sonrisa pequeña.
Indomable.
—Entonces tendrá que llevarme a la horca.
Los ojos de Harrow brillaron.
—Ahora entiendo la obsesión de Rosswyn con usted.
—Y yo entiendo por qué nadie lo respeta.
—¿Ah, sí?
Liathen miró la copa que él sostenía.
Luego escupió dentro.
El silencio fue absoluto.
—Así es como los escoceses tratamos a quienes vienen a gobernarnos.
Por un momento, Harrow pareció incapaz de reaccionar.
Luego sus dedos se cerraron con fuerza sobre la copa.
—¡Llévenla! —rugió.
Y mientras los soldados la arrastraban fuera de la habitación, Liathen comprendió que había perdido casi todo lo que amaba.
Pero no su dignidad.
Y eso era lo único que sus enemigos jamás le arrebatarían.