La loba de Auran (Corazones y reinos nº 1) Capítulo 20
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Capítulo 20

Los Muertos que Dejó la Victoria

La lluvia seguía cayendo sobre las ruinas de la casa de Harrow mucho después de que acabaran los combates, como si el cielo quisiera lavar la violencia de los hombres.

Pero hay heridas que ni toda el agua de Escocia puede limpiar.

Entre los escombros ennegrecidos y los cadáveres dispersos, Edric Harrow caminaba con la sombría satisfacción de un hombre que creía haber ganado una guerra.

Cuando encontró a Alastair tendido en el barro, bajo un charco de sangre, dio por hecho que la muerte había cumplido su cometido.

Pero al descubrir que aún respiraba, ordenó que se lo llevaran con los heridos.

Alastair desapareció entre los soldados sin saber quién había sobrevivido y quién se había quedado atrás.

—Se acabó, señor —dijo uno de los oficiales.

Harrow contempló la destrucción de su propia casa.

—Todavía no. Los que escaparon siguen ahí fuera.

Había sacrificado su casa para tender una trampa.

Eso decía más de él que cualquier uniforme o condecoración.

Entre las ruinas encontró el cuerpo carbonizado de uno de los ladrones. Lo contempló sin rastro de humanidad.

—Vete al infierno, perro escocés.

Y escupió sobre el cadáver.

Mientras tanto, en otro rincón del bosque, Ewan Falkner caminaba hacia su destino.

Había esperado hasta asegurarse de que Liathen estuviera lejos.

Solo entonces abandonó su escondite y salió a enfrentarse a los cuatro soldados que lo perseguían.

Una espada relucía en una mano.

Una pistola descansaba en la otra.

Su decisión era absoluta.

Ya no luchaba por ganar.

Luchaba por ganar tiempo.

El primer disparo derribó a un hombre antes de que pudiera reaccionar.

El soldado cayó muerto.

Ewan siguió caminando.

—Brenner —dijo con una calma más amenazante que cualquier grito—, parece que por fin hemos zanjado nuestras diferencias.

Los ingleses respondieron con disparos.

Una bala le atravesó el hombro.

Ewan apenas se inmutó.

El dolor no significaba nada comparado con lo que dejaba atrás.

Avanzó.

Y los hombres retrocedieron.

No porque fuera invencible.

Sino porque no parecía temer a la muerte.

Y pocas cosas resultan más aterradoras que un hombre que ya ha aceptado su final.

La lucha continuó bajo la lluvia.

Acero contra acero.

Respiraciones entrecortadas.

Sangre que se mezclaba con el barro.

Ewan luchó como los guerreros legendarios de los que había oído hablar de niño, aquellos que seguían avanzando mucho después de que cualquier otro hombre hubiera caído.

Pero hasta las leyendas sangran.

Brenner encontró un hueco y le clavó la espada en la espalda.

El acero le atravesó el costado.

El dolor le arrancó el aire de los pulmones.

Sin embargo, no cayó.

Ni siquiera entonces.

Se volvió y asestó a Brenner un tajo salvaje que le desgarró la carne.

El capitán inglés se tambaleó hacia atrás.

—¡Maldito seas, Falkner!

Ewan apretó la empuñadura de la espada.

La sangre se deslizaba entre sus dedos.

—¿Eso es todo?

La furia de Brenner se transformó en algo peor.

Crueldad.

—Vi quién estaba contigo.

Ewan se quedó inmóvil.

Brenner sonrió.

—La esposa de Rosswyn. Una ladrona. Qué decepción para tu honorable amigo.

Ewan comprendió de inmediato adónde conducían aquellas palabras.

Y por primera vez en toda la noche, sintió miedo.

No por él.

Por ella.

—Cuando la atrape —continuó Brenner—, no la mataré. Hay destinos mucho más interesantes para una mujer como ella.

Las palabras quedaron suspendidas en el aire.

Algo oscuro se quebró dentro de Ewan.

Toda contención desapareció.

Toda resignación.

Toda serenidad.

Solo quedó la rabia.

Antigua.

Absoluta.

Atacó como una tormenta.

Brenner apenas logró defenderse.

Un instante después, la espada de Ewan le atravesó el corazón.

El capitán inglés murió sin llegar a respirar de nuevo.

Los dos soldados restantes se quedaron inmóviles.

Miraron al escocés cubierto de sangre que apenas podía mantenerse en pie, y aun así parecían ellos los derrotados.

Ewan los miró.

—Elegisteis la profesión equivocada.

Las palabras sonaron casi compasivas.

Como si lamentara lo que estaba a punto de suceder.

Los ingleses atacaron juntos.

Y esta vez el cuerpo de Ewan ya no respondió con la misma velocidad.

Había perdido demasiada sangre.

Demasiada fuerza.

Demasiado tiempo.

Una espada le atravesó el pecho.

La otra se le clavó en el abdomen.

El mundo se inclinó.

El dolor desapareció.

Los soldados arrancaron sus espadas y se alejaron a toda prisa, sin atreverse a creer que semejante hombre hubiera sido verdaderamente derrotado.

Ewan siguió en pie unos momentos más.

Por orgullo.

Por costumbre.

Porque aún no sabía cómo rendirse.

Lejos de allí, Liathen corría.

Cada paso la alejaba de la muerte y la acercaba a otra forma de sufrimiento.

La culpa.

La promesa que le había hecho a Ewan ardía en su interior.

Sálvate.

Vive.

Déjame atrás.

Todo parecía insoportable.

Un único disparo resonó entre los árboles.

Luego, silencio.

Un silencio peor que cualquier batalla.

—¡Maldita sea!

El corazón le exigía regresar.

La razón le recordaba que ya era demasiado tarde.

Entonces oyó cascos que se acercaban.

Se ocultó de inmediato.

Pero el caballo que emergió de entre los árboles no llevaba jinete.

Era el caballo de Ewan.

Y a ella le pareció una señal.

Sin pensarlo, montó y dio media vuelta.

Si existía la más mínima posibilidad, tenía que encontrarlo.

Llegó demasiado tarde.

Y al mismo tiempo, justo a tiempo.

A lo lejos vio caer a Brenner.

Vio a Ewan tambalearse.

Vio las espadas hundirse en su cuerpo.

Aquella imagen le detuvo el corazón.

Luego llegó la furia.

Pura.

Terrible.

La que nace del amor cuando presencia una injusticia.

Cargó contra uno de los soldados sin aminorar la marcha.

Su espada le abrió la garganta.

El hombre cayó antes de comprender lo que había sucedido.

El segundo apenas tuvo tiempo de reaccionar.

—¿Eres la esposa de Rosswyn?

Liathen desmontó.

Le ardían los ojos.

—Sí.

La respuesta llegó en forma de ataque.

No luchó con elegancia.

Ni con estrategia.

Ni siquiera con prudencia.

Luchó con dolor.

Y el dolor, cuando va armado con una espada, suele ser despiadado.

El inglés murió momentos después.

Entonces el silencio regresó.

Pesado.

Irreal.

Liathen dejó caer la espada y corrió hacia Ewan.

La sangre cubría la hierba.

Cubría su ropa.

Lo cubría todo.

Se dejó caer de rodillas junto a él.

—Dios mío…

Le acarició el rostro.

Por primera vez no vio al guerrero.

No vio al ladrón.

No vio al amigo.

Solo vio al hombre que había pasado media vida amándola en silencio.

—Ewan.

Él abrió los ojos.

Solo por un momento.

El tiempo suficiente para verla.

El tiempo suficiente para irse sabiendo que ella estaba allí.

Liathen intentó detener la sangre con las manos.

Intentó detener la muerte.

Intentó detener el tiempo.

Pero hay cosas que están más allá de toda voluntad humana.

Ewan posó una mano temblorosa sobre las de ella.

Ya no tenía fuerzas para hablar.

No las necesitaba.

Todo había sido dicho ya.

Todo había sido pronunciado bajo aquel árbol.

Liathen comprendió entonces que él no estaba luchando por sobrevivir.

Estaba esperando para despedirse.

Y aquella certeza le destrozó el alma.

—Quédate conmigo —susurró—. Por favor.

Ewan sonrió.

Una pequeña sonrisa.

Serena.

La sonrisa de un hombre que por fin descansaba.

Entonces la luz abandonó sus ojos.

Y la muerte lo recibió con la misma dulzura con la que Liathen le sostenía el rostro.

Durante mucho tiempo, nada más existió.

Ni la lluvia.

Ni la guerra.

Ni los ingleses.

Solo el vacío.

Liathen lo sostuvo con desesperación, como si la fuerza de su dolor pudiera devolverlo al mundo.

Las lágrimas cayeron sobre el rostro inmóvil de Ewan.

—Maldito seas, Ewan Falkner —sollozó—. Maldito seas por dejarme.

No era una acusación.

Era una plegaria inútil.

Una forma de negar la realidad.

Porque parte de ella sabía que acababa de perder algo irremplazable.

No un amante.

No una posibilidad.

Uno de los pilares invisibles sobre los que había construido su vida.

Al fin comprendió que debía marcharse.

Pero no podía dejarlo allí.

No para que Harrow lo exhibiera.

No para que los ingleses profanaran su memoria.

Ewan merecía algo mejor.

Mucho mejor.

Llamó al caballo.

El animal acudió sin resistencia, como si también lo comprendiera.

Con lágrimas y agotamiento, Liathen logró izar el pesado cuerpo sobre la montura.

Cada esfuerzo era una despedida.

Cada movimiento, una aceptación.

Cuando terminó, montó detrás de él.

Por un momento permaneció inmóvil.

Mirándolo.

Recordándolo.

Guardándolo para siempre.

Luego espoleó al caballo y se perdió en la oscuridad.

Sin saber que unos ojos la observaban.

Cuando el bosque volvió a quedar vacío, una figura emergió de las sombras.

Había estado allí todo el tiempo.

Esperando.

Observando.

Aprendiendo.

La luz de la luna reveló finalmente su rostro.

Gareth Rowan.

Una sonrisa lenta se dibujó en sus labios mientras miraba el camino por donde Liathen había desaparecido.

Ya no había dudas.

Ni sospechas.

Solo certeza.

—Te tengo —murmuró—. Zorra traidora.

Y por primera vez esa noche, la verdadera amenaza comenzó a tomar forma.