La loba de Auran (Corazones y reinos nº 1) Capítulo 19
83%

Capítulo 19

La Promesa Bajo la Lluvia

La tormenta descendió sobre el bosque como un presagio ancestral.

La lluvia borró senderos, difuminó siluetas y parecía empeñada en ocultar la verdad a cuantos se hallaban allí aquella noche.

Entre los árboles, los soldados aguardaban la orden de Harrow con la cruel paciencia de cazadores que ya daban la presa por suya.

A lo lejos vieron cuatro figuras que se aproximaban a la mansión.

Cuatro sombras.

Cuatro objetivos.

Nadie imaginaba que una quinta permanecía oculta entre los árboles.

Nadie, salvo el destino.

Alastair observaba la escena con la angustia desgarrándole el pecho.

Había caído en la misma trampa que Liathen.

Había visto el engaño demasiado tarde.

Ahora solo podía esperar.

Esperar y rezar.

Sobre todo, rezaba para que ella no estuviera allí.

—Dejad que entren —ordenó Harrow con satisfacción—. Dejad que crean que han ganado. Luego cerraremos la jaula.

Los soldados rieron.

Alastair no.

Algo en su interior lo mantenía con la mirada fija en la oscuridad mientras los demás preparaban las armas.

Y entonces la vio.

Una figura inmóvil entre los árboles.

Liathen.

El corazón le golpeó contra las costillas con una fuerza insoportable.

Por un instante comprendió que algunas elecciones destruyen una vida y otras la salvan.

Y que aquella noche tendría que elegir.

Se alejó del grupo al amparo de la lluvia y avanzó entre los árboles hasta alcanzarla.

Liathen había pasado toda la noche luchando contra un malestar que no sabía nombrar.

Todo era demasiado fácil.

Demasiado silencioso.

Sus compañeros habían entrado en la casa sin oposición.

Sin guardias.

Sin alarma.

Sin resistencia.

Aquello no era una victoria.

Era una invitación.

El crujido de unos pasos a su espalda la hizo reaccionar.

La mano le fue al arma, pero unos brazos fuertes la sujetaron primero.

—Basta, Liathen. Soy yo.

La voz de Alastair barrió su miedo y lo reemplazó por algo igualmente peligroso.

—¿Alastair?

Él la soltó y recorrió el bosque con la mirada, urgido.

—Es una trampa.

Las palabras cayeron entre ellos como un disparo.

—Harrow organizó todo esto. La carta era falsa. Hay soldados ocultos por todas partes.

A Liathen se le encogió el estómago.

—¿Cómo lo sabes?

Alastair apenas tardó un segundo en responder.

—Porque estoy con ellos.

Esas palabras pesaron más que la propia lluvia.

Liathen siguió la dirección que él indicaba y vio el brillo apagado de las casacas rojas entre los árboles.

La emboscada.

La muerte.

Todo estaba allí.

—Tienes que irte —dijo Alastair.

Ella miró hacia la casa.

—¿Y abandonarlos?

—No puedes salvarlos.

—No pienso huir mientras ellos mueren.

Alastair la obligó a mirarlo.

La lluvia les corría por el rostro como lágrimas que ninguno admitiría derramar.

—Tengo miedo por ti.

La sinceridad de aquella confesión atravesó a Liathen más hondo que cualquier bala.

Ella posó las manos sobre las de él.

—Y yo tengo miedo por ti.

Por un momento permanecieron inmóviles, atrapados entre dos lealtades imposibles.

Entonces Liathen tomó su decisión.

Como siempre.

Se apartó de él y echó a correr hacia la mansión.

Alastair no intentó detenerla.

Porque amar a Liathen siempre había significado comprender que nadie podía retenerla.

El grupo la encontró cuando irrumpió por una ventana.

La sorpresa de todos se tornó de inmediato en alarma.

—Están aquí —anunció.

No hacía falta decir nada más.

Ruairidh confirmó la presencia de soldados en el exterior.

La trampa era real.

La tensión estalló cuando Finlay sugirió que Alastair podría haberlos traicionado.

Liathen reaccionó antes de poder pensarlo.

El puñetazo le partió el labio.

—Él jamás me pondría en peligro.

Esa certeza no venía de la razón.

Venía del amor.

Ewan intervino antes de que la discusión fuera a más.

—No tenemos tiempo para esto.

Tenía razón.

La muerte ya llamaba a la puerta.

Su única oportunidad de escapar era separarse.

Tavish, Ruairidh y Finlay atraerían a los soldados ingleses y los guiarían hacia las colinas del oeste.

Mientras tanto, Ewan y Liathen aprovecharían la confusión para huir por el lado opuesto, donde el bosque ofrecía más escondites y mayores posibilidades de desaparecer.

Liathen se opuso de inmediato.

No porque dudara del plan.

Porque comprendía exactamente lo que significaba.

Separarse era aceptar que quizá no volverían a verse.

Después de todo lo que habían pasado juntos, la idea de abandonar a parte del grupo para salvar al resto era insoportable.

—No podemos dividirnos —protestó—. Si nos atrapan...

Nunca terminó.

Todos conocían el final de ese pensamiento.

Tavish respondió primero.

—Si permanecemos juntos, nos atraparán a todos.

Nadie discutió.

Era demasiado cierto.

Ewan permaneció en silencio unos instantes antes de asentir.

—Es la única opción, Liathen.

Ella los miró uno a uno.

En cada rostro encontró la misma resignación.

Aquella no era una elección nacida de la cobardía o el egoísmo.

Era necesidad.

Permanecer juntos significaba ofrecer a los ingleses una única presa.

Dividirse les daba una oportunidad.

Quizá la última.

Liathen cerró los ojos brevemente.

Odiaba la decisión.

Odiaba tener que elegir entre lealtad y supervivencia.

Pero la realidad era más fuerte que sus deseos.

Al fin asintió.

No porque estuviera de acuerdo.

Porque no había alternativa.

Entonces Ewan pronunció las palabras que la derrotaron.

—¿Recuerdas tu promesa?

Sí.

La recordaba.

La promesa que había hecho aquella tarde.

Salvarse.

Aunque otros no pudieran.

Eso era más difícil que cualquier batalla.

—Nos veremos mañana —dijo al fin.

Nadie respondió.

Porque todos comprendían lo que ella aún se negaba a aceptar.

Quizá no habría un mañana.

Escaparon por una ventana trasera.

En cuanto alcanzaron el exterior, los primeros disparos desgarraron la noche.

El bosque se llenó de fuego.

Pólvora.

Gritos.

Liathen volvió la cabeza justo cuando una explosión iluminó la oscuridad.

Parte de la casa de Harrow saltó por los aires.

La onda expansiva sacudió el suelo.

—¡Trajeron cañones!

Intentó regresar.

Ewan la sujetó.

—No podemos ayudarlos.

—¡No puedo abandonarlos!

—Es demasiado tarde.

Y en el fondo ambos sabían que era verdad.

Las balas comenzaron a silbar entre los árboles.

La cacería había comenzado.

Corrieron.

No como ladrones.

No como rebeldes.

Como supervivientes.

Mientras tanto, frente a la mansión, se desató el infierno.

Alastair ocupaba la primera línea.

El lugar exacto en el que nunca había querido estar.

Disparó a muros vacíos.

A ventanas desiertas.

A cualquier sitio donde no hubiera nadie.

Rezó para que Liathen hubiera escapado.

Rezó para no convertirse en el hombre que la matara.

Entonces Harrow ordenó avanzar los cañones.

Alastair comprendió que aquello ya no era una captura.

Era una ejecución.

—¿Qué te ocurre, Rosswyn? —se burló Harrow—. Parece que hubieras visto un fantasma.

Alastair no respondió.

Porque en ese momento sintió el impacto.

Un dolor salvaje le desgarró el costado.

Bajó la vista hacia la sangre que se extendía sobre el rojo de su uniforme.

La ironía le pareció absurda.

Ni siquiera supo quién había disparado.

Solo pensó en Liathen.

Y cayó.

La oscuridad lo alcanzó antes que el suelo.

Ewan y Liathen lograron poner distancia entre ellos y la mansión.

Durante varios minutos solo hubo barro, lluvia y agotamiento.

Entonces escucharon pasos.

No los habían perdido.

Los habían seguido.

Ewan vio cuatro figuras emerger de la penumbra.

Y una de ellas le resultaba familiar.

Demasiado familiar.

—¡Falkner! —gritó una voz—. ¿De verdad creíste que no te reconocería?

El capitán Brenner.

Todo terminó en ese instante.

Ewan lo supo.

No necesitaba más pruebas.

Se volvió hacia Liathen.

Y vio lo único que había amado verdaderamente en su vida.

La niña que había conocido cuando era pequeña.

La mujer que nunca le había pertenecido.

La herida que nunca había dejado de cargar.

Le tomó el rostro entre las manos.

Con una ternura que ya no intentaba ocultar.

—Escúchame. Pase lo que pase, corre.

—Podemos luchar contra ellos.

Ewan sonrió.

Era una sonrisa serena.

La sonrisa de un hombre que ya había aceptado su destino.

—Tú debes vivir.

—No voy a dejar que te maten.

Esas palabras le dolieron más que cualquier bala.

Porque le mostraban todo lo que nunca tendría.

El tiempo pareció detenerse.

La lluvia desapareció.

Los soldados desaparecieron.

La guerra desapareció.

Solo quedaron ellos dos.

Entonces Ewan encontró el valor que le había faltado durante años.

La besó.

No con desesperación.

No con deseo.

Sino con la tristeza infinita de un hombre que se despedía de toda una vida.

Cuando se apartó, sus ojos brillaban con una sinceridad descarnada.

—He conocido a muchas mujeres, Liathen. Ninguna se acercó jamás a ti.

Su voz era apenas un susurro.

—Te he amado desde el primer día. Te amé cuando no tenía derecho a hacerlo. Te amé cuando te vi convertirte en la esposa de otro hombre. Y te amaré incluso donde me espera la condena.

Liathen sintió que las lágrimas le quemaban en los ojos.

Por primera vez, comprendió toda la magnitud de ese amor silencioso.

No era pasión.

Era sacrificio.

Toda una vida de sacrificio.

Quiso responder.

Quiso decir algo que pudiera aliviar esa herida.

Pero las palabras nunca llegaron.

Nunca hay palabras suficientes para ciertas despedidas.

Ewan sonrió.

La misma sonrisa que lo había acompañado toda su vida.

Y la empujó hacia la oscuridad.

Hacia la vida.

Mientras él se volvía para enfrentar la muerte.