Capítulo 18
La noche de la trampa
La decisión tomada en casa de Edric Harrow cambió el rumbo de los acontecimientos.
Desde aquella reunión secreta en casa de Ewan, el grupo había vuelto a cabalgar bajo el amparo de la oscuridad.
Ya no atacaban solo residencias militares.
Cualquier inglés que se hubiera enriquecido a costa de Escocia se convertía en objetivo.
Se aventuraban más allá de los caminos conocidos de Fuerte Graywatch y se adentraban en territorios donde cada sendero desconocido podía ocultar una emboscada.
El riesgo crecía.
Pero también la necesidad.
Los nuevos impuestos habían comenzado a hacer su trabajo.
Los campos se vaciaban, las despensas se agotaban y el hambre avanzaba más rápido que cualquier ejército.
Algunas familias habían perdido sus hogares.
Otras habían perdido a sus seres queridos.
Mientras tanto, el dinero que arrebataban volvía a los clanes a través de Ruairidh, Tavish y Finlay, quienes recorrían las Tierras Altas distribuyendo todo lo que podían arrancar de los poderosos.
La injusticia se había vuelto demasiado evidente para ignorarla.
Incluso Alastair lo sabía.
Cada amanecer observaba a Liathen regresar sin preguntarle dónde había estado.
Había dejado de intentar detenerla. La guerra entre ellos no había terminado, pero algo dentro de él había comenzado a resquebrajarse cuando llegaron noticias de su propio clan y se dio cuenta de que la miseria contra la que ella luchaba no era una fantasía romántica ni una rebelión juvenil.
Era real.
Esa comprensión no le trajo paz.
Solo añadió otra carga a su conciencia.
Una mañana antes del amanecer, la esperó en las cocinas.
La casa dormía. Una única lámpara moribunda proyectaba sombras sobre la piedra cuando Liathen cruzó el umbral y encontró a Alastair inmóvil en la oscuridad.
Por un instante casi echó mano de su arma.
Entonces lo reconoció.
—¿Qué haces aquí?
—No he dormido.
La respuesta sonó agotada.
Ella intentó continuar hacia las escaleras, pero Alastair la detuvo con suavidad.
—Creo que Harrow te está cercando.
Las palabras quedaron suspendidas entre ellos.
—Ha duplicado las patrullas. Están vigilando caminos, aldeas y bosques. Me temo que pronto me pedirá que me una a la cacería.
—¿Y qué harías?
Alastair sostuvo su mirada.
—No podría negarme.
Esa verdad era precisamente lo que más les dolía.
Ninguno mentía.
Ninguno cedía.
—No voy a detenerme ahora —respondió ella—. Demasiada gente depende de nosotros.
—Lo sé.
Liathen frunció el ceño.
Era la primera vez que él no discutía.
Alastair bajó los ojos antes de continuar.
—Ayer vi a una anciana suplicarle a uno de mis compañeros un trozo de pan. Él la tiró al suelo de una patada.
El silencio posterior pesó más que cualquier discurso.
Eso era lo que los separaba.
Y al mismo tiempo, lo que estaba comenzando a unirlos de nuevo.
—Si te lo pidiera —dijo ella con cautela—, ¿vendrías con nosotros?
Una sonrisa triste apareció en el rostro de Alastair.
—Sabes que no puedo.
Entonces añadió:
—Pero desearía poder hacerlo.
Esa confesión fue más íntima que cualquier caricia.
Porque al fin estaban hablando desde el mismo dolor.
Liathen comprendió entonces cuánto había sufrido él en silencio. Con cuánta fiereza había luchado entre la lealtad y el amor.
Lo besó.
No para convencerlo.
No para ganar una discusión.
Lo besó porque durante demasiado tiempo habían vivido como enemigos obligados a compartir el mismo hogar.
Alastair respondió con la misma urgencia contenida.
La distancia acumulada durante meses comenzó a desmoronarse.
Sus diferencias no desaparecieron.
Los peligros no desaparecieron.
Pero durante un momento recordaron quiénes habían sido antes de que la guerra, los impuestos y los secretos llenaran cada rincón de sus vidas.
Y esa noche, más que placer, buscaron refugio.
Un lugar donde todavía pudieran reconocerse.
Cuando Liathen despertó, sonrió.
La cama estaba vacía.
Las sábanas estaban frías.
Alastair se había marchado temprano.
Sin embargo, algo había cambiado.
Por primera vez en mucho tiempo, sintió que ya no caminaban en direcciones opuestas.
Se vistió con cuidado y bajó al estudio esperando encontrarlo allí. En su lugar, una criada le entregó una carta recién llegada.
Reconoció el sello de Edric Harrow.
La leyó una vez.
Luego otra.
Y una tercera.
El mensaje era simple: todo el dinero recaudado a través de los nuevos impuestos se almacenaba temporalmente en la residencia de Harrow antes de su traslado a Londres, donde se convertiría en armas y municiones.
Armas para someter a Escocia con el mismo dinero robado de ella.
Liathen sintió que la indignación arrasaba cualquier otro pensamiento.
Entonces comprendió.
Esto no era una oportunidad.
Era una obligación.
Si lograban recuperar ese dinero, no solo salvarían a cientos de familias.
Humillarían al hombre que se había convertido en el símbolo de la opresión inglesa.
Sin perder un momento, escribió a Ewan.
Necesitaban reunirse.
Necesitaban actuar.
Necesitaban preparar el golpe más importante de sus vidas.
La reunión comenzó poco después del mediodía.
Cuando Liathen llegó a casa de Ewan, los demás ya la esperaban.
La noticia los golpeó como un rayo.
—Si es cierto —dijo Tavish—, sería el robo perfecto.
—No nos precipitemos —interrumpió Ewan.
La suya era la única voz que no mostraba entusiasmo.
—Estamos hablando de Harrow.
Esa sola observación devolvió el silencio a la sala.
Todos conocían el peligro.
Todos sabían que ese hombre llevaba meses cazándolos.
Pero también sabían que una oportunidad así no volvería a presentarse.
Durante horas planearon rutas, señales, tiempos y posibles vías de escape.
Cuando por fin terminaron, los demás se pusieron a discutir los últimos detalles.
Ewan permaneció en silencio.
Demasiado callado.
Liathen lo observó un buen rato.
Algo andaba mal.
Algo que no sabía nombrar.
Al fin se acercó a él.
—¿Qué ocurre?
Ewan la llevó aparte.
Permaneció en silencio varios segundos, como si sopesara cada palabra.
—Si algo sale mal... huye.
Un escalofrío la recorrió.
—Soy la líder.
—Lo sé.
Su mirada era inusualmente intensa.
—Pero prométemelo.
Ella negó con la cabeza.
—No abandonaré a nadie.
—Yo tampoco.
La respuesta fue inmediata.
Y por eso mismo, ambos comprendieron el verdadero sentido de la conversación.
Ewan no hablaba como un compañero.
Hablaba como alguien que ya había contemplado perderlo todo.
—Si me capturan —continuó—, jamás revelaré tu nombre. Pero si tienes ocasión de salvarte, debes aprovecharla.
Liathen apretó los labios.
La promesa le resultaba insoportable.
Porque significaba imaginarlo quedándose atrás mientras ella huía a caballo.
Pero al final asintió.
—Lo haré.
Ewan cerró los ojos un instante.
Como si esa respuesta le hubiera concedido una paz que llevaba mucho tiempo buscando.
—Confío en ti.
Cuando ella se volvió para marcharse, él la detuvo de nuevo.
—Hay algo más.
Liathen suspiró.
—¿Y ahora qué?
—Si algo me pasa, todo lo que tengo será tuyo.
Las palabras la enfurecieron.
No por lo que decían.
Sino por el miedo que ocultaban.
—Basta, Ewan.
—Solo quería que lo supieras.
Por primera vez en años, Liathen vio vulnerabilidad en aquel hombre.
Y eso la inquietó más que cualquier amenaza.
Al caer la tarde, Alastair regresó a casa.
Liathen ya se había ido.
Una amargura le atravesó el pecho.
No necesitaba preguntar adónde había ido.
Poco después, recibió una carta.
Llevaba el sello de Harrow.
La abrió.
Y mientras leía, un frío se extendió por su cuerpo.
Harrow exigía su presencia esa misma noche.
Nada más.
Ninguna explicación.
Solo una orden.
Y entonces lo comprendió.
Y deseó estar equivocado.
Pero en el fondo ya conocía la respuesta.
La lluvia empezó a caer cuando alcanzó el límite de las tierras de Harrow.
Bajo los árboles aguardaban docenas de soldados.
Demasiados.
Alastair desmontó con el corazón desbocado.
Edric Harrow lo recibió con una sonrisa de satisfacción.
—Hoy es el día, Rosswyn.
—Creí que partías hacia Caerduin.
Harrow rio.
—Eso es justo lo que quería que todos creyeran.
La sangre abandonó el rostro de Alastair.
—La carta era una trampa.
—Exacto.
Los ojos del capitán brillaron triunfantes.
—Y nuestros amigos ya han caído en ella.
Por primera vez en mucho tiempo, Alastair sintió verdadero miedo.
No por él.
Por ella.
Entretanto, la lluvia acompañaba al grupo en su avance hacia la mansión.
Las sombras del bosque parecían más densas que de costumbre.
El silencio resultaba extraño, antinatural.
Como si la noche misma contuviera el aliento.
Liathen lo sintió.
Esa sensación de que alguien la observaba.
Ese malestar que nace más allá de la razón y se aloja en el instinto.
Intentó ignorarlo.
Necesitaba tener la mente despejada.
Tavish fue el primero en romper el silencio.
—Todo está demasiado tranquilo.
—Demasiado tranquilo —coincidió Ruairidh.
Finlay bromeó sobre el festín que pensaba darse después del asalto, lo que arrancó unas breves sonrisas.
Pero nadie estaba relajado de verdad.
Ni siquiera ellos.
Y mucho menos Ewan.
Tal como habían acordado, Liathen permanecería fuera de la casa.
Una decisión que había aceptado a regañadientes.
Cuando llegó el momento de separarse, los demás se dirigieron hacia la mansión.
Ewan fue el último.
Y entonces sucedió.
Se volvió.
Solo un instante.
Una mirada.
Nada más.
Pero Liathen sintió que esa mirada contenía palabras que él no se había atrevido a pronunciar.
Advertencias.
Despedidas.
Verdades.
Por una fracción de segundo, quiso llamarlo.
Detenerlo.
Preguntarle qué veía venir.
Pero Ewan ya se alejaba bajo la lluvia.
Y las palabras murieron antes de nacer.
Liathen observó cómo su figura se desvanecía en la oscuridad.
Sin saber que en algún lugar del bosque, la trampa acababa de cerrarse.