Capítulo 17
El precio del aplauso
Dos semanas de silencio habían levantado un muro invisible entre Liathen y el mundo que había elegido.
Ninguna carta.
Ninguna noticia de Ewan.
Ninguna palabra del grupo.
Y, sin embargo, la ausencia no le traía paz, solo una inquietud más profunda, como si todo el bosque contuviera el aliento antes de una tormenta.
Alastair también se había distanciado.
Desde la discusión, apenas hablaban de los robos. Él siempre encontraba una razón para quedarse fuera de casa; ella fingía no notar esas ausencias, aunque cada una le dejaba una herida fresca.
A veces, durante las largas noches de soledad, un pensamiento amargo se colaba en su mente.
Quizás había otra mujer.
Alguien más simple.
Más obediente.
Alguien que no obligara a Alastair a elegir cada día entre el amor y el deber.
Esa mañana bajaba las escaleras cuando la puerta principal se abrió de golpe.
Alastair entró con la urgencia de un hombre que trae malas noticias.
Liathen sintió que el corazón se le encogía.
—¿Ha pasado algo?
Él ni siquiera se detuvo.
—Esta noche cenamos en casa de Edric Harrow.
El nombre cayó entre ellos como una piedra.
—¿Harrow?
—Es una invitación oficial. Tenemos que asistir los dos.
No añadió nada más.
Continuó por el pasillo, dejándola sola en el vestíbulo.
Liathen lo vio desaparecer.
Esa frialdad dolía más que cualquier discusión.
Ella había aceptado sus obligaciones con el ejército.
Había sonreído en cenas que despreciaba, compartido mesas con hombres que despreciaban a su pueblo y soportado conversaciones que le revolvían el estómago.
Nunca le había pedido que abandonara sus principios.
¿Por qué él no podía aceptar los suyos?
La tarde se desvaneció demasiado rápido.
Cuando por fin estuvo lista, envuelta en un vestido que le resultaba ajeno, encontró a Alastair en el estudio.
Estaba junto a la ventana, observando el atardecer con una copa en la mano.
—Estoy lista.
Alastair se volvió.
Por un momento, sus ojos se detuvieron en ella.
Había algo en esa mirada.
Algo antiguo.
Dolor, quizás.
Admiración.
Amor.
Pero el orgullo fue más rápido.
Dejó la copa vacía sobre una mesa.
—Vamos.
Nada más.
Liathen apretó los puños mientras él cruzaba el umbral.
Había palabras que ambos anhelaban decir.
Pero el silencio seguía siendo más fácil.
El viaje transcurrió bajo una tensión que parecía llenar todo el carruaje.
Ninguno habló.
Ninguno cedió.
Alastair miró de reojo el reflejo de Liathen en la ventana oscura.
Era hermosa.
Hermosa de una manera peligrosa, imposible de ignorar.
Y mientras la miraba, comprendió que eso era precisamente lo que más le asustaba.
No los robos.
No Harrow.
No el escándalo.
Perderla.
Cada día ella parecía alejarse un poco más, arrastrada por una causa que él comprendía demasiado bien para condenarla y demasiado bien para permitirla.
A veces incluso se preguntaba si Ewan Falkner ya ocupaba un lugar que le pertenecía.
El pensamiento lo consumía.
Y, sin embargo, todavía confiaba en ella.
Porque el amor verdadero, comprendió amargamente, no elimina el miedo.
Lo multiplica.
Frente a él, Liathen luchaba con sus propios pensamientos.
Amaba a Alastair.
Eso seguía siendo una verdad tan sólida como la tierra bajo sus pies.
Pero Ewan también existía.
Y esa segunda verdad era precisamente lo que la aterrorizaba.
Porque el corazón humano rara vez obedece las leyes que intentamos imponerle.
Cuando el carruaje se detuvo, ambos parecieron despertar al mismo tiempo.
—Hemos llegado, señor.
La mansión de Harrow se alzaba entre las sombras como una fortaleza iluminada.
Liathen sintió un presentimiento.
Nada había cambiado.
Las mismas lámparas.
Las mismas sonrisas.
Las mismas personas.
Y entre ellas, Ewan.
Estaba apartado de los demás, con una copa de whisky en la mano y una expresión endurecida por pensamientos que no compartía con nadie.
Cuando sus ojos se encontraron con los de Liathen, ninguno sonrió.
No hacía falta.
Reconocieron el mismo nerviosismo.
La misma sensación de peligro.
Alastair la guio hacia otros oficiales antes de que pudiera acercarse a él.
Durante la cena, la gente habló de trivialidades, política, negocios y caza.
Demasiada normalidad.
Liathen sospechaba que algo peor estaba por llegar.
Y cuando Edric Harrow se levantó al final de la comida, supo que tenía razón.
—Amigos míos —anunció, alzando la copa—, esta noche tengo el honor de compartir noticias extraordinarias.
Un murmullo recorrió la sala.
Harrow disfrutó de la expectación.
—Los recientes robos han obligado a Su Majestad a tomar medidas ejemplares.
Liathen sintió que la sangre comenzaba a hervirle.
La mano de Alastair se posó discretamente sobre su brazo.
Una advertencia.
Un ancla.
—Los impuestos se aumentarán de nuevo.
Hizo una pausa.
Sonrió.
—Y esta vez se triplicarán.
La sala estalló en aprobación.
Aplausos.
Brindis.
Sonrisas satisfechas.
Para los ingleses era una victoria.
Para Escocia, una sentencia.
Liathen permaneció inmóvil.
Pensó en los campos.
Los niños.
Los ancianos.
Las familias que apenas sobrevivían.
Pensó en los inviernos por venir.
Y sintió un odio tan profundo que la dejó sin aliento.
Instintivamente, sus dedos buscaron la daga oculta entre los pliegues de su vestido.
Alastair se dio cuenta.
—Ni se te ocurra —murmuró.
La presión firme de su mano contra la espalda de ella apenas logró contenerla.
Al otro lado de la sala, Ewan parecía igualmente al límite.
Sus ojos ardían.
Por un momento Liathen pensó que sería él quien desenvainara un arma.
En cambio, se dio la vuelta y se marchó.
Quizá porque comprendió que la venganza impulsiva solo alimentaría al monstruo.
Los aplausos continuaron.
Y entonces Liathen vio algo que dolió aún más.
Alastair estaba aplaudiendo.
Lentamente.
Sin entusiasmo.
Su rostro se había convertido en una máscara.
El gesto de un hombre obligado a traicionarse a sí mismo para sobrevivir.
Es mi deber.
No necesitaba oír las palabras.
Las leyó en sus ojos.
Y eso fue casi tan insoportable como el anuncio de Harrow.
La celebración se extendió por la sala.
El vino corrió.
La música comenzó.
Las conversaciones se llenaron de risas.
Liathen permaneció inmóvil en medio de aquella alegría obscena.
Se sentía sola.
Terriblemente sola.
Hasta que una voz familiar cortó el ruido.
—Señora Rosswyn, ¿me concedería este baile?
Ewan.
Ella alzó la vista.
Y aceptó sin hablar.
No porque deseara bailar.
Porque necesitaba escapar.
Aunque solo fuera unos minutos.
La música los envolvió.
Ewan le puso una mano en la cintura.
Liathen sintió el contacto como una descarga silenciosa.
No había nada impropio en el gesto.
Y sin embargo todo parecía peligroso.
Porque demasiadas palabras quedaban por decir entre ellos.
Demasiados sacrificios.
Ewan la fue guiando hacia el borde de la sala, lejos de los demás.
—No sabía que bailaras tan bien —murmuró ella.
—Solo cuando la compañía lo merece.
La respuesta la hizo bajar la mirada.
Ewan notó el rubor que le subía por las mejillas.
Y por un momento, olvidó dónde estaban.
—¿Cómo te encuentras?
Liathen soltó una risa breve y amarga.
—¿Tú qué crees?
Los ojos de Ewan se endurecieron.
—Entonces tendremos que hacer algo para que vuelvas a sonreír de verdad.
Aquellas palabras no eran solo sobre ella.
Eran sobre Escocia.
Los impuestos.
El hambre.
La guerra silenciosa que acababa de comenzar de nuevo.
Liathen lo comprendió al instante.
El fuego regresó a su sangre.
Ya no era desesperación.
Determinación.
Una sonrisa lenta asomó a sus labios.
La misma sonrisa que Alastair temía.
La misma sonrisa que Ewan conocía demasiado bien.
La sonrisa de la muchacha que nunca había aprendido a rendirse.
—Entonces —susurró—, que comience la verdadera celebración.