Capítulo 16
El precio de la terquedad
Dos meses bastaron para que la herida desapareciera de la piel de Liathen, pero no para borrar lo que había dejado en quienes la amaban.
La noticia de que Ruairidh, Tavish y Finlay habían escapado ilesos llegó por carta al día siguiente de su regreso.
Después llegaron más: informes discretos, rumores recogidos en caminos y tabernas, advertencias sobre patrullas inglesas y noticias que cruzaban las Tierras Altas con la velocidad del viento.
Habían decidido suspender los robos durante un tiempo.
Edric Harrow seguía obsesionado con encontrar a los responsables, y los caminos se habían llenado de dragones hambrientos de arrestos y escarmientos públicos.
Sin embargo, la lucha había logrado una victoria inesperada.
Cuando por fin se redujeron los impuestos, los valles celebraron como si hubieran sobrevivido a una larga enfermedad. La alegría regresó a las aldeas, y con ella una apariencia de normalidad que muchos creyeron duradera.
Alastair era uno de ellos.
Liathen lo vio aligerarse, estar más presente. Pasaba más tiempo en casa, sonreía con más facilidad y parecía respirar sin la tensión constante que lo había acompañado durante meses.
Pero la paz adoptaba formas extrañas.
Casi a diario llegaban oficiales y compañeros soldados a compartir noticias de arrestos, investigaciones y ejecuciones.
Liathen los recibía con la cortesía que exigía su posición, aunque por dentro a menudo sentía el impulso de echarlos de su casa.
Cada uniforme rojo le recordaba lo cerca que habían estado del desastre.
Y luego estaban las mujeres.
Las interminables invitaciones al té.
Vestidos. Encajes. Escándalos matrimoniales.
Comentarios triviales disfrazados de conversación.
Liathen soportaba aquellas reuniones como quien cumple una condena silenciosa.
Sonreía cuando tocaba, asentía cuando correspondía y se preguntaba cuántas capas de sí misma tendría que ocultar para parecerse a la esposa que todos esperaban encontrar.
Sabía que aquello tranquilizaba a Alastair.
Si estaba sentada en un salón hablando de telas, no estaba galopando por los bosques junto a Ewan.
Y precisamente por eso había empezado a odiarlo.
Aquella mañana, mientras contemplaba el vestido dispuesto para otra visita más, algo en su interior se rebeló.
Lo dejó caer sobre la cama.
Eligió pantalones, botas y una camisa sencilla.
Eligió respirar.
Cuando su caballo galopó por las tierras de los MacLeith y el aire fresco le golpeó el rostro, sintió que parte de sí misma despertaba de un largo sueño. La libertad no era un privilegio para Liathen.
Era una necesidad.
Había intentado enterrarla bajo obligaciones, apariencias y promesas, pero seguía viva, aguardando el momento de reclamarla.
Desde lo alto de una colina contempló el valle extenderse bajo la luz de la mañana. El rocío brillaba sobre la hierba como una promesa antigua.
Allí, lejos de muros y expectativas, volvió a sentirse ella misma.
La Loba de las Tierras Altas.
La muchacha nacida para correr, no para obedecer.
Mientras tanto, Alastair observaba cómo se alejaba desde una ventana.
Y por primera vez en mucho tiempo, sintió alivio.
Aquella misma mañana había descubierto un escondite que Liathen creía seguro: un compartimento falso en su tocador que contenía docenas de cartas.
Las había leído todas.
No por desconfianza.
Por miedo.
Miedo a que un día los ingleses registraran la casa y encontraran pruebas suficientes para destruir la vida de su esposa.
Cada carta hablaba de estrategias, contactos, posibles objetivos. No eran simples intercambios entre amigos.
Eran peligros.
Cuando terminó de leerlas, las arrojó al fuego.
Contempló las llamas devorar la tinta y el papel hasta convertirlos en ceniza.
Una traición necesaria.
O al menos eso era lo que intentaba creer.
Luego escribió una única carta.
Dirigida a Ewan Falkner.
Breve.
Urgente.
Y cuando el mensajero regresó anunciando la llegada de Ewan, Alastair ya había tomado su decisión.
Ewan entró en el estudio con los rasgos endurecidos por la desconfianza.
Sabía que aquella invitación no tenía nada de amistosa.
—¿Por qué me has hecho venir?
Alastair lo estudió durante unos segundos.
—Sigues intercambiando cartas con mi esposa.
—Sigo intercambiando cartas con una amiga.
—Una amiga a la que ayudas a cometer delitos.
Ewan se recostó en la silla.
—Liathen toma sus propias decisiones. Siempre lo ha hecho.
Aquella respuesta solo alimentó una tensión que llevaba demasiado tiempo acumulándose.
Alastair habló entonces de las cartas, los planes, los riesgos.
De la influencia que Ewan ejercía sobre ella.
Y por fin dijo lo que lo había atormentado durante meses.
—Tengo la impresión de que disfrutas de su compañía más de lo que deberías.
La expresión de Ewan cambió durante el instante más breve.
Lo suficiente.
—Eso no es asunto tuyo.
Las palabras cayeron entre ellos como una declaración de guerra.
Alastair se puso en pie.
—Por supuesto que es asunto mío si eres el hombre que la desea.
Ewan también se levantó.
Y por primera vez, dejó de ocultarse.
—¿Y si lo soy?
El silencio que siguió fue más violento que cualquier golpe.
Porque ambos comprendieron que ya no discutían sobre robos.
Ni sobre política.
Ni siquiera sobre seguridad.
Discutían sobre Liathen.
Sobre una mujer que solo se pertenecía a sí misma y que, sin embargo, se había convertido en el centro de las lealtades de ambos.
El primer puñetazo llegó después.
Luego otro.
Y otro.
Años de ira acumulada encontraron por fin una salida.
No peleaban solo por celos.
Peleaban por miedo.
El terror de perderla.
La impotencia de no poder cambiar quién era ella.
El estudio se convirtió en un campo de batalla donde el orgullo, el amor y la frustración chocaron sin rastro de elegancia.
Cuando Liathen regresó, aún llevaba consigo la serenidad que la mañana le había regalado.
La perdió al ver a una criada aterrorizada corriendo por la casa.
Y la perdió por completo cuando escuchó el nombre de Ewan.
Llegó al estudio justo a tiempo.
Su voz atravesó la habitación como un disparo.
—¿Qué demonios está pasando aquí?
Los dos hombres se separaron.
Respirando con dificultad.
Sangrando.
Con aspecto de niños sorprendidos en medio de alguna travesura absurda.
Liathen cerró la puerta.
Observó la destrucción.
Luego los miró a ellos.
—He hecho una pregunta.
Alastair permaneció en silencio.
Ewan respondió en su lugar.
—Estábamos limando asperezas.
Ella arqueó una ceja.
—¿Con los puños?
Ni siquiera intentó ocultar su desprecio por esa explicación.
Cuando finalmente supo el motivo de la pelea, la decepción reemplazó a la ira.
Todo había sido por ella.
Sin ella.
—Le pedí que te convenciera de abandonar el grupo —admitió Alastair.
Liathen lo miró fijamente.
—¿Y mi opinión?
Ninguno de los dos respondió.
Porque la conocían.
Y sabían cuál sería su respuesta.
—Quiero seguir luchando. Quiero que los ingleses paguen por lo que han hecho. No voy a quedarme de brazos cruzados mientras otros deciden el destino de mi pueblo.
Alastair cerró los ojos un momento.
Esas palabras no eran nuevas.
Lo nuevo era comprender que nunca lograría apartarla de ese camino.
La amaba demasiado para encadenarla.
Y ella amaba demasiado su libertad para rendirla.
Esa era la tragedia.
No la ausencia de amor.
Sino su exceso.
—¿Es esa tu última palabra? —preguntó al fin.
—Lo es.
Alastair asintió.
No discutió.
No suplicó.
No intentó imponer su voluntad.
Porque comprendió que había llegado a un lugar donde ni siquiera el amor podía proteger a una persona de sí misma.
Caminó hacia la puerta.
Antes de salir, se volvió una última vez.
Había tristeza en sus ojos.
Y resignación.
—Entonces te estás condenando.
Y cuando la puerta se cerró tras él, el silencio que quedó en la habitación dolió más que la pelea.
Porque por primera vez, los tres comprendieron la misma verdad.
El verdadero enemigo ya no eran los impuestos.
Ni los soldados.
Ni Edric Harrow.
Era el camino que Liathen había elegido.
Y el precio que todos pagarían por seguirla.