Capítulo 15
El precio de los juramentos
La lluvia golpeaba contra las ventanas con la terquedad de algo que intentaba borrar las huellas de la culpa.
El amanecer había llegado gris y frío, pero Ewan apenas lo notaba.
Durante dos días había permanecido junto a la cama, observando cada respiración de Liathen como si la fuerza de su propia voluntad pudiera impedir que la muerte regresara a reclamarla.
Por eso, cuando ella abrió los ojos, sintió que el peso que le aplastaba el pecho por fin empezaba a aliviarse.
—¿Qué pasó? —preguntó ella, con la voz aún nublada por el sueño.
Ewan le subió las mantas hasta los hombros antes de responder.
—Te dispararon.
El recuerdo regresó de golpe: la oscuridad, los disparos, la carrera desesperada entre los árboles.
Instintivamente, se llevó la mano al costado.
El dolor se había desvanecido hasta convertirse en una sombra distante, aunque la piel aún le ardía bajo el vendaje.
—¿Cuánto tiempo?
—Un día entero... y una noche completa.
Liathen intentó incorporarse.
—Tengo que ir a casa.
—La herida aún no ha cerrado.
—Y aun así tengo que ir.
Ewan la observó unos instantes.
Conocía demasiado bien esa expresión.
Años atrás había aprendido que era imposible doblegar la voluntad de Liathen una vez que una decisión echaba raíces en su corazón.
Al final asintió.
—Entonces irás a casa.
Le dejó ropa limpia y se marchó antes de que ella pudiera hacer demasiadas preguntas.
Algunas respuestas eran más peligrosas que las heridas.
La lluvia había amainado cuando partieron.
Cabalgaron despacio por colinas empapadas y prados cubiertos de niebla.
El paisaje parecía suspendido entre dos mundos: uno antiguo y libre, el otro gobernado por leyes extranjeras que intentaban domarlo.
Liathen contempló las tierras de Ewan con una melancolía inesperada.
—¿En qué piensas, muchacha? —preguntó él.
—En que siempre he amado estos lugares.
Ewan sonrió levemente.
—No te pregunto qué miran tus ojos. Te pregunto qué carga tu alma.
Esas palabras atravesaron las defensas que ella había tardado días en construir.
—Cuando era niña, imaginaba una vida diferente. Una vida libre. Sin promesas que me ataran a nadie.
Guardó silencio un momento.
—Alastair nunca me ha aprisionado. Nunca me ha exigido obediencia. Pero desde que todo esto comenzó... siento como si lo estuviera traicionando.
El viento agitó el cabello oscuro de Ewan.
—Y también tienes miedo.
Liathen bajó la mirada.
Esa confesión era más difícil que admitir una herida.
—Sí.
La palabra surgió casi como un susurro.
—Y me avergüenzo de ello.
Durante años había creído que el valor significaba no temer nada. Su padre le había enseñado eso.
Ahora comprendía que la muerte mostraba un rostro mucho más familiar en cuanto uno empezaba a amar la vida.
Ewan soltó una risa breve.
—Entonces aquí hay dos tontos.
Ella lo miró sorprendida.
—¿Tú?
—Yo también he tenido miedo.
Su voz se hizo más profunda.
—Cuando te vi caer.
Liathen sintió que el aire se detenía entre ellos.
—¿Pensaste que iba a morir?
Ewan no respondió de inmediato.
Porque la verdad era demasiado grande para pronunciarla sin consecuencias.
Habían llegado a las afueras de la finca.
Sus caballos avanzaban casi a la par.
Lo bastante cerca como para que el roce accidental de sus piernas pareciera despertar algo antiguo, algo que ambos llevaban años intentando ignorar.
Ewan la miró como si fuera un paisaje prohibido.
—Todavía no sé exactamente qué es —murmuró—, pero descubriré qué me sigue atrayendo hacia ti.
Sus dedos rozaron un mechón que se había escapado de su trenza.
—Hacia tus ojos. Hacia tu voz. Hacia todo lo que debería dejar atrás.
Liathen cerró los ojos.
Ese roce era apenas una caricia.
Y sin embargo era más peligroso que cualquier bala.
Porque no nacía solo del deseo.
Nacía de años.
De confianza.
De silencios compartidos.
De todas las veces que se habían elegido el uno al otro sin decirlo en voz alta.
Y eso era mucho más difícil de combatir.
Por un momento, se preguntó si era posible amar a dos hombres.
O si lo que sentía por Ewan pertenecía a un territorio diferente, más salvaje y menos comprensible que el amor.
Pero no llegaron respuestas.
Solo el temblor.
Solo la incertidumbre.
Solo el deseo de acercarse un poco más.
Ewan retiró la mano.
—Deberías entrar.
Ella asintió.
Y comprendió que algunos límites permanecen sin cruzar no porque no exista el deseo de cruzarlos, sino porque el precio podría destruir demasiadas cosas.
Se despidieron solo con una mirada.
Resultó más íntimo que cualquier abrazo.
Alastair los había visto.
Desde la ventana.
Desde el momento en que aparecieron en el camino.
Y durante largos minutos había permanecido inmóvil, observando una escena que confirmaba cada temor que había enterrado durante meses.
Cuando Liathen entró en el dormitorio, encontró a su marido sentado junto a la ventana.
La calma de su postura era engañosa.
Los celos rara vez gritan primero.
—Qué escena tan hermosa —dijo con amarga ironía.
Liathen se quedó inmóvil.
Comprendió de inmediato.
—No es lo que piensas.
—¿No?
Alastair le sostuvo la mirada.
—Hace unos momentos, parecía que ambos estabais a punto de olvidar quiénes sois.
El agotamiento venció a la indignación.
—Ewan y yo hemos sido amigos toda la vida.
—Y has pasado dos noches con él.
Eso era cierto.
Por eso no intentó negarlo.
En su lugar, comenzó a desabrocharse la camisa.
La tela cayó al suelo.
Unos vendajes le envolvían la cintura.
Todo rastro de furia desapareció del rostro de Alastair.
—Dios mío...
Liathen levantó con cuidado parte del vendaje.
La herida aún conservaba el color oscuro de la muerte reciente.
—Me dispararon.
El silencio que siguió fue terrible.
Alastair contempló la herida como quien se asoma al borde de un abismo.
Porque de repente comprendió.
Había estado a un latido de perderla.
De perderla de verdad.
No como una posibilidad distante.
No como un miedo abstracto.
Sino como una realidad.
Se hundió en la cama y se cubrió el rostro con ambas manos.
—Cuando nos llegó la noticia del ataque, regresé de inmediato.
Se le quebró la voz.
—Los soldados dijeron que había habido disparos. Cabalgué desde Caerduin convencido de que te encontraría herida.
Respiró hondo.
—Luego llegué, y no estabas.
Liathen sintió que se le encogía el corazón.
—Alastair...
—Pensé que estabas muerta.
Esa confesión pesaba más que cualquier reproche.
Ella lo abrazó.
Y él la estrechó con el cuidado desesperado de quien aún teme que todo pueda desvanecerse.
—No me hagas esto de nuevo.
Liathen apoyó la frente en el hombro de él.
Quería prometer.
Quería decir que abandonaría la lucha.
Que todo volvería a ser sencillo.
Pero sabía que no podía.
Porque más allá de aquellas paredes aún había familias hambrientas.
Aún había hombres obligados a entregar lo poco que poseían.
Aún estaba la injusticia que había dado sentido a todos sus juramentos.
—No puedo abandonarlos.
Alastair cerró los ojos.
Esa era la tragedia que los perseguía.
Ella tenía razón.
Y él también.
Amaba su valentía.
Y al mismo tiempo, la odiaba.
Porque esa valentía era precisamente lo que podría arrebatársela.
Entonces se apartó ligeramente y la miró con una intensidad diferente.
Ya no había celos en sus ojos.
Solo agotamiento.
Y esperanza.
—Hemos alcanzado un acuerdo en Caerduin.
Liathen frunció el ceño.
Alastair tomó aire antes de continuar.
—Van a reducir los impuestos.
Por un momento, la lluvia pareció detenerse más allá de la ventana.
Como si el mundo entero aguardara su respuesta.
Porque aquella noticia no solo prometía alivio para un pueblo.
Amenazaba con cambiar el rumbo de tres vidas que llevaban demasiado tiempo avanzando hacia un precipicio.