Capítulo 14
La herida que nadie podía nombrar
La noche había terminado en derrota, pero fue el día siguiente el que abrió una fractura más profunda.
Durante el desayuno, Alastair apenas habló. La tensión que lo había acompañado desde la noche anterior seguía allí, silenciosa y persistente, como una sombra sentada a la mesa con ellos. Liathen lo observó varias veces hasta que finalmente rompió el silencio.
—¿Qué te pasa?
Alastair dejó los cubiertos y la miró con una seriedad que no nacía de la ira, sino del miedo.
—Quiero que abandones el grupo.
La respuesta casi brotó de los labios de Liathen, pero él la detuvo con un gesto.
—Nunca te he prohibido nada. Nunca he querido encadenarte. Confío en ti y en la mujer que eres. Pero esto ya no es cuestión de libertad. Es cuestión de supervivencia.
Habló entonces de Edric Harrow, de su obsesión por encontrar a los responsables de los robos, de lo fácil que le resultaría a un hombre así convertir la sospecha en sentencia.
—Si te atrapan, no habrá justicia. Solo una horca esperando.
Liathen escuchó sin apartar la mirada.
—Sé lo que estoy haciendo.
—¿De verdad? —preguntó él con amargura—. Anoche fui yo quien te encontró. ¿Quién será la próxima vez?
La pregunta quedó suspendida entre ellos.
—La decisión ya está tomada —dijo ella—. Si fracaso, aceptaré las consecuencias.
Alastair sintió que algo se rompía dentro de él.
—Como tu esposo, podría ordenártelo.
—Y como tu esposa, me negaría.
La respuesta cayó entre ellos con la dureza de una hoja.
Por un momento se quedaron frente a frente, unidos por el amor y divididos por todo lo demás: por sus juramentos, por la historia, por la tierra que los vio nacer.
—Juré lealtad al rey —dijo Alastair.
—Y yo juré lealtad a mi pueblo.
Ninguno de los dos mentía.
Esa era la tragedia.
Alastair cerró los ojos.
A veces pensaba que habría sido más fácil enfrentarse a un ejército entero que convencer a esa mujer.
Cuando volvió a hablar, la dureza había desaparecido de su voz.
—Solo intento protegerte.
Y esa era la verdad desnuda detrás de cada palabra.
Liathen sintió que su ira comenzaba a desvanecerse.
Porque podía rebatir sus argumentos, desafiar su autoridad y rechazar sus miedos.
Pero no podía negar el amor que los sostenía.
Alastair se acercó y la envolvió en sus brazos desde atrás.
—Recibí órdenes esta mañana. Tengo que partir hacia Caerduin.
Ella apoyó la cabeza contra la de él.
—Sabes que odio esos viajes.
Una sonrisa cansada apareció en los labios de Alastair.
—Lo sé.
Le besó el cuello.
—Prométeme que no te meterás en problemas mientras estoy fuera.
Liathen también sonrió.
—No hago promesas que no estoy segura de poder cumplir.
—Eso también lo sabía.
A la mañana siguiente, tras la partida de Alastair, Liathen despertó con una inquietud que no podía explicar.
Era como si parte de ella hubiera querido irse con él.
Como si, por primera vez, la voz de la cautela hubiera sonado más fuerte de lo habitual.
Pero la culpa tenía otro rostro.
Pensó en los granjeros, en las familias asfixiadas por los impuestos, en los niños que aprendían demasiado pronto lo que era el hambre.
No podía marcharse.
Todavía no.
Un suave golpe en la puerta la sacó de sus pensamientos.
Una criada le entregó una carta urgente y desapareció tan rápido como había llegado.
Liathen reconoció la letra antes incluso de desdoblar el papel.
Finlay.
La reunión tendría lugar esa misma noche.
La casa de Rowan Hartwood.
En las orillas del lago Auran antes del atardecer.
Liathen dejó escapar un largo suspiro.
Era casi cómico.
Bastaba con que Alastair abandonara la región para que el grupo se reuniera de nuevo.
Para cuando llegó al río Auran, que compartía su nombre con el lago, la oscuridad ya había cubierto el valle.
Los encontró esperando bajo la fría luz de la luna.
Las bromas de Tavish sonaban familiares.
Finlay parecía tan tranquilo como siempre.
Y luego estaba Ewan.
Distante.
Callado.
Con la expresión endurecida que la había perseguido durante días.
Liathen se dio cuenta entonces de que no podía seguir ignorándolo.
Pero primero venían los planes.
Decidieron que Tavish, Ruairidh y Finlay entrarían en la casa.
Ella y Ewan vigilarían afuera.
Nadie objetó.
Aunque Ewan claramente quería hacerlo.
Ocultos entre los árboles, observaron la casa en silencio.
El viento agitaba las ramas sobre sus cabezas.
Durante varios minutos, solo existieron los sonidos del bosque.
Entonces Liathen habló.
—¿Qué te pasa?
Ewan tardó en responder.
Cuando por fin lo hizo, parecía haber sopesado cada palabra.
—Estoy de acuerdo con Alastair.
Ella frunció el ceño.
—No deberías estar aquí.
—No porque seas mujer.
Entonces la miró de un modo que pareció cargar el aire.
—Porque no podría soportar verte morir.
La honestidad de aquellas palabras la dejó inmóvil.
No había acusación.
Ni ira.
Solo miedo.
El mismo miedo que había visto en Alastair.
Y quizás eso fuera lo que más la inquietaba.
Pero no tuvo tiempo de responder.
Un ruido rasgó el silencio.
Luego otro.
Y entonces estallaron los disparos.
Los soldados irrumpieron desde la oscuridad como si el bosque mismo los hubiera escupido.
—¡Alto! ¡En nombre de la Guardia del Rey!
Al grito le siguió una descarga de disparos.
Todo ocurrió demasiado deprisa.
Los hombres se dispersaron.
Los caballos se encabritaron.
Las sombras se llenaron de fuego.
Liathen echó mano a su pistola, pero Ewan la agarró justo antes de que una bala atravesara el lugar donde había estado un instante antes.
—¡Corre!
Aquello ya no era un robo.
Era una cacería.
Y ellos eran la presa.
Se adentraron en el bosque mientras los soldados los perseguían a caballo.
La noche se convirtió en un borrón de raíces, ramas y respiraciones entrecortadas.
Ewan corría delante de ella, volviéndose sin cesar para asegurarse de que seguía allí.
Y entonces Liathen sintió algo que apenas había conocido en toda su vida.
Miedo.
No el miedo noble del riesgo.
No la emoción del peligro.
Sino miedo verdadero.
Ese que nace cuando la muerte deja de ser una idea y se convierte en una presencia.
El disparo llegó desde atrás.
Luego el impacto.
Un fuego brutal le desgarró el costado.
El mundo se inclinó.
El suelo se precipitó hacia ella.
Y por primera vez, comprendió que Alastair había tenido razón.
Ewan la atrapó antes de que pudiera rendirse al dolor.
La sangre ya empapaba su ropa.
Los soldados aún estaban cerca.
Demasiado cerca.
La condujo a un estrecho hueco entre las rocas y la cubrió con su propio cuerpo mientras los caballos pasaban atronando sobre ellos.
Liathen apenas podía respirar.
El dolor se extendía bajo su piel como una sombra ardiente.
Oyó voces.
Maldiciones.
Órdenes.
Luego el sonido de los cascos alejándose.
Y finalmente, la oscuridad.
Cuando Ewan se dio cuenta de la gravedad de la herida, el terror le robó todo el color del rostro.
Ya no era un guerrero ante una baja.
Ya no era un hombre enfrentándose a la guerra.
Era alguien que veía desmoronarse ante él lo que más amaba.
La llevó a través de la noche.
Cada paso era una plegaria.
Cada respiración, una súplica.
De vuelta en su casa, la realidad se impuso en toda su crueldad.
La bala seguía alojada en el cuerpo de Liathen.
No había médico.
Ni ayuda.
Solo él.
Y el tiempo que se escapaba.
Trabajó con manos firmes y corazón tembloroso.
Whisky.
Tela.
Acero.
Sangre.
La bala por fin salió con un pequeño sonido metálico al caer sobre las sábanas.
Luego vino la aguja.
La herida que se cerraba.
La respiración de Liathen que se estabilizaba poco a poco.
Y el agotamiento.
Cuando terminó, Ewan permaneció junto a su cama largo rato.
La habitación estaba en silencio.
Solo se oía su respiración pausada.
Y entonces comprendió algo que llevaba años intentando negar.
No existía distancia bastante grande.
Ni tiempo bastante largo.
Ni ausencia bastante profunda.
Había intentado alejarse de ella.
Había intentado olvidarla.
Pero Liathen seguía viviendo en cada rincón de su vida.
Y esa noche, al verla inmóvil sobre su cama, descubrió la verdadera profundidad de aquel sentimiento.
No tenía miedo de perder a una amiga.
Tenía miedo de perder una parte de sí mismo.
Se sentó junto a ella y dejó que sus dedos le rozaran apenas la piel del hombro.
Liathen suspiró en sueños.
Ewan cerró los ojos.
Había sobrevivido a guerras, entrenamientos y heridas.
Y sin embargo, nada lo había preparado para aquello.
Se inclinó lentamente y le depositó un beso en el hombro.
Un gesto breve.
Prohibido.
Dolorosamente sincero.
«Serás mi perdición, muchacha.»
Y en aquella habitación silenciosa, mientras la luna montaba guardia tras la ventana, comprendió que algunas heridas podían cerrarse con hilo y aguja.
Otras estaban destinadas a permanecer abiertas para siempre.