Capítulo 13
El precio de la verdad
La voz surgió de la oscuridad como una sentencia.
Durante un instante, el tiempo pareció detenerse en el estudio. Los fajos de dinero se deslizaron de las manos de Liathen y golpearon el suelo con un sonido sordo que resonó mucho más fuerte en su interior que en la habitación.
Sintió que palidecía.
Era Alastair.
La tenue luz de la lámpara reveló su figura inmóvil junto a la puerta.
No había sorpresa en sus ojos.
Solo una mezcla devastadora de decepción, ira y algo peor.
Dolor.
Ewan reaccionó por instinto.
Con un gesto veloz, sacó la pistola oculta bajo el abrigo y apuntó directamente a la cabeza del recién llegado.
Durante un segundo eterno, el destino de los tres pareció pender del más leve temblor de un dedo.
Entonces lo reconoció.
El arma bajó unos centímetros.
Alastair avanzó lentamente, sin apartar los ojos de Liathen.
—Así que eres tú.
No era una pregunta.
Era una herida abierta.
Liathen sintió que las piernas le flaqueaban.
Había imaginado muchas formas de ser descubierta.
Ninguna incluía esos ojos.
—Alastair...
—Tu padre pasó media vida escondido por esto —dijo con amarga incredulidad—. Y ahora tú eliges seguir sus pasos.
La acusación no la hizo retroceder.
—No puedo quedarme de brazos cruzados mientras nuestra gente pasa hambre.
Una sonrisa dura cruzó el rostro de Alastair.
—Así que arriesgas tu vida por una causa justa.
La palabra justa no sonó a aprobación.
Sonó a desesperación.
Entonces miró a Ewan.
Y lo golpeó.
El puñetazo llegó tan rápido que ninguno de los dos tuvo tiempo de detenerlo. Ewan se tambaleó hacia atrás. Le brotó sangre en la comisura de la boca.
Durante años, Alastair había tolerado esa amistad.
Había observado su entendimiento silencioso, sus recuerdos compartidos, las confidencias nacidas mucho antes de que él entrara en la vida de Liathen.
Siempre había intentado ignorar la sombra que proyectaba sobre su corazón.
Pero esa noche todo estalló.
—Nunca puse límites a vuestra amistad —dijo entre dientes—. Pero no permitiré que arrastres a mi esposa a esto.
Ewan levantó lentamente la cabeza.
La sangre en la boca le sabía menos amarga que la humillación.
—No la arrastré a ninguna parte.
—Fue idea de mi padre —interrumpió Liathen, interponiéndose entre ellos antes de que la violencia se apoderara por completo de la situación.
Alastair cerró los ojos un momento.
Eamon.
Siempre Eamon.
El hombre que había forjado el espíritu indomable de la mujer que amaba y que aún ejercía influencia desde lejos.
—Entonces que él cargue con las consecuencias de sus decisiones —murmuró—. No tú.
La tensión se volvió insoportable.
Más allá de aquellas paredes, los oficiales ingleses continuaban sus conversaciones, ajenos a todo.
Una voz alzada condenaría a los tres.
Alastair señaló el dinero esparcido.
—¿Entiendes lo que esto significa? Si os descubren, no habrá piedad. No habrá excusas. Solo una soga.
La palabra quedó suspendida entre ellos.
Una soga.
Liathen imaginó brevemente la horca.
Imaginó a su padre.
Imaginó a Alastair presenciando semejante escena.
Y por primera vez, comprendió que el miedo de su marido no provenía de la ley.
Provenía del amor.
Alastair la tomó del brazo.
—Vámonos.
Pero antes de que pudieran alcanzar la puerta, el sonido metálico de un arma al amartillarse congeló el aire.
Ewan había levantado la pistola de nuevo.
Esta vez, apuntaba directamente a Alastair.
Sus ojos ardían.
—No voy a permitir que la trates así.
Un escalofrío la recorrió.
No era el robo lo que estaba a punto de destruirlos.
Eran ellos mismos.
—Ewan —susurró—. Basta.
Alastair dio un paso adelante.
Luego otro.
Hasta quedar a solo unos centímetros del cañón.
No había miedo en él.
Solo una verdad largamente contenida.
—Liathen es mi esposa.
Las palabras cayeron con el peso de un veredicto.
—Parece que lo has olvidado.
Ewan apretó la mandíbula.
Alastair continuó.
—Vete ahora. Porque si doy la alarma, hay hombres que estarían encantados de verte colgado antes del amanecer.
Durante varios segundos, ninguno se movió.
Dos hombres enfrentados no por dinero ni por política, sino por algo mucho más antiguo y mucho más peligroso.
Amor.
Liathen bajó la mirada.
Y comprendió que aquella herida llevaba mucho tiempo creciendo en silencio.
Al fin, Ewan bajó el arma.
Alastair se dio la vuelta sin decir nada más.
Liathen dirigió una última mirada a su amigo antes de seguir a su marido por el pasillo.
No necesitaba ver el rostro de Ewan para saber que acababa de perder algo que nunca se había atrevido a nombrar.
La velada continuó como si nada hubiera ocurrido.
Las risas seguían resonando por los salones.
El vino seguía fluyendo.
Los oficiales debatían estrategias para encontrar a los ladrones, sin saber que uno de ellos acababa de salir del estudio.
Pero para Liathen, el aire se había vuelto imposible de respirar.
Sentada entre mujeres desconocidas, apenas escuchaba las conversaciones.
Sus pensamientos seguían atrapados en el momento en que Alastair había mirado a Ewan.
Había ira en aquella mirada.
Celos.
Y algo mucho más profundo.
Porque Alastair no solo temía por su seguridad.
Temía perderla.
—¿Se encuentra bien? —preguntó una dama sentada a su lado.
Liathen forzó una sonrisa.
—Solo deseo volver a casa.
—Entonces parece que su deseo está a punto de hacerse realidad.
Cuando alzó la vista, vio a Alastair acercándose.
Su expresión era calmada.
Demasiado calmada.
Ya conocía esa máscara.
El viaje a casa transcurrió en silencio.
Sentados uno frente al otro en el carruaje, compartieron un silencio más elocuente que cualquier discusión. Alastair no apartó la mirada de ella en ningún momento, como si necesitara convencerse de que realmente seguía allí.
Por primera vez en mucho tiempo, Liathen se encontró incapaz de sostenerle la mirada.
Cuando llegaron a casa, ella se dirigió directamente a su habitación.
Sabía que él la seguiría.
Y lo hizo.
La puerta se cerró tras ellos.
El sonido resonó como un juicio.
Alastair habló primero.
—¿Comprendes el peligro en el que estás?
No había ira en su voz.
Solo agotamiento.
El agotamiento nacido del miedo.
—Estoy haciendo lo que creo correcto.
—Lo sé.
Esa respuesta la sorprendió más que cualquier reproche.
Alastair comenzó a caminar por la habitación.
Parecía un hombre luchando consigo mismo.
—Sé que esos impuestos son injustos. Sé que están destruyendo familias. Pero también sé lo que les ocurre a quienes desafían al ejército.
Se pasó una mano por el rostro.
La imagen volvía una y otra vez.
Liathen encadenada.
Liathen condenada.
Liathen perdida.
—No podría soportarlo.
La confesión rompió algo dentro de ella.
Porque por primera vez, comprendió que aquello no tenía que ver con el deber.
Era terror.
Terror puro.
—Mi deber como oficial sería denunciarte.
Liathen lo observó con atención.
—¿Lo harías?
Alastair sostuvo su mirada.
Durante varios segundos, ninguno habló.
Y entonces ella encontró la respuesta.
—No.
Alastair sonrió con tristeza.
—Dudaste antes de responder.
Eso dolió más que cualquier otra cosa.
Liathen bajó la cabeza.
Y por primera vez esa noche, se sintió verdaderamente culpable.
No por robar.
Por dudar de él.
Alastair cruzó la distancia entre ellos y la envolvió en sus brazos.
Toda la dureza desapareció.
Solo quedó el hombre.
—Te amo demasiado para hacerte daño, mo chridhe.
Su voz tembló.
—Pero me duele que no confíes en mí.
Liathen cerró los ojos.
La tensión se deshizo lentamente.
—Sí confío en ti.
Y era verdad.
Lo que había temido no era a Alastair.
Era decepcionarlo.
Se quedaron abrazados durante varios momentos.
Entonces ella alzó la cabeza.
—No solo temes por mi vida.
Alastair guardó silencio.
Al fin, asintió.
—No.
La confesión pareció más difícil que cualquier otra.
—No soporto verte con Ewan.
Liathen parpadeó.
—Es mi amigo.
—Lo sé.
Alastair sonrió con amargura.
«Pero él te conoció antes que yo. Compartió años de tu vida que yo nunca tendré. A veces siento que hay una parte de ti que nunca podré alcanzar.»
Las palabras brotaron de una vulnerabilidad tan desnuda que destrozaron todas sus defensas.
Liathen comprendió entonces que los celos de Alastair no eran posesividad.
Eran inseguridad.
El miedo a haber llegado demasiado tarde al corazón de alguien.
Ella lo abrazó con fuerza.
—A Ewan le di mi amistad.
Le tomó el rostro entre las manos.
—A ti te di lo que no le he dado a nadie más.
Los ojos de Alastair se suavizaron.
—¿Tu corazón?
—Mi corazón.
Y en ese instante, el robo, los ingleses, la política y el peligro desaparecieron.
Solo quedaron ellos.
Dos personas que intentaban encontrarse en medio de una guerra que amenazaba con destrozarlo todo.
Alastair la besó.
No con la urgencia de un hombre que busca posesión.
Sino con la necesidad desesperada de quien anhelaba creer.
Ella le devolvió el beso de la misma manera.
Porque el amor, comprendió Liathen mientras encontraba refugio en sus brazos, no consistía en pensar igual o caminar por el mismo sendero.
Consistía en elegirse el uno al otro una y otra vez, incluso cuando el mundo parecía empeñado en separarlos.
Y esa noche, entre confesiones, miedos y promesas silenciosas, se eligieron una vez más.
Él la rodeó con los brazos y la atrajo con fuerza contra su pecho. Sus labios rozaron los de ella, ligeros como un suspiro.
Sin embargo, ese contacto fue suficiente para encender algo más profundo.
Algo inevitable.
Alastair se rindió.
La besó, no con urgencia, sino con una intensidad que lo decía todo: deseo, anhelo, necesidad. Besó a Liathen como si pudiera hablar sin palabras, como si todo lo que sentía ardiera en ese único gesto. Sabía que ella sentía algo por él.
Pero quería más.
Necesitaba más.
El mundo se desvaneció.
Los soldados.
Las voces distantes.
La casa misma.
Todo se convirtió en un murmullo lejano.
Liathen tembló cuando él profundizó el beso, y Alastair la sostuvo aún más fuerte, como si nunca quisiera dejarla ir.
Entonces ella le rodeó el cuello con los brazos y se apretó contra él hasta que no quedó espacio entre ambos.
Le devolvió el beso con una devoción que lo hizo temblar.
Por un instante fugaz, Alastair consideró seriamente llevársela lejos de todo y encontrar algún lugar distante donde pudieran empezar de nuevo, solos.
El grito de un ave nocturna rompió el hechizo.
Se apartó bruscamente, y durante un segundo Liathen aún se aferró a él como si el tiempo mismo se hubiera detenido.
Alastair bajó la cabeza y la besó de nuevo, silenciando cualquier protesta antes de que pudiera formarse.
No fue una caricia tímida.
Fue un beso profundo y apasionado que borró todas las dudas.
Su boca encontró la de ella, y a los pocos instantes ella respondió.
Al principio con timidez.
Un contacto vacilante.
Pero cuando sintió que él la acercaba más, su propio deseo cobró vida, y lo besó con igual intensidad.
La pasión de Alastair la envolvió por completo.
Sin embargo, no sintió miedo.
Confiaba en él.
Sabía que se detendría si ella lo deseaba.
Aunque en ese momento, él parecía no tener intención de hacerlo.
Y lo que le hacía sentir era casi mágico.
Cada vez que su boca reclamaba la de ella, todo su cuerpo anhelaba más.
Estar más cerca.
Desaparecer en él.
Sus manos recorrieron su espalda, firmes y cálidas, atrayéndola aún más cerca como si pudiera borrar toda distancia.
Liathen sintió su calor.
Su fuerza.
Ardía por él.
Su respiración se volvió irregular mientras lo besaba con creciente fervor.
—Alastair, yo...
Nunca terminó.
Él la besó de nuevo, y momentos después apoyó la frente en la curva de su cuello, aspirando su aroma mientras luchaba por recuperar el control.
Liathen no quería dejarlo ir.
Cuando sus labios rozaron su oreja, un escalofrío de placer la recorrió.
—No... no... —murmuró, con voz temblorosa.
Él besó su cuello suavemente.
—¿No qué?
Ella inclinó la cabeza hacia atrás, ofreciéndose sin reservas.
—No te detengas.
Alastair la sostuvo con delicadeza y la miró.
Una satisfacción apenas contenida brilló en sus ojos.
Él había despertado ese fuego dentro de ella.
La había convertido en llama entre sus brazos.
Su pasión igualaba la de él.
Y supo entonces que cuando Liathen finalmente dejara a un lado su lucha por las Tierras Altas, sería tan feroz como él había imaginado.
Y simplemente mirarla —esos ojos verdes, el cabello oscuro cayendo sobre sus hombros, los labios aún enrojecidos por sus besos— era suficiente para hacerle perder toda razón.