Capítulo 12
La Sombra Tras la Puerta
El dinero llegó a las manos correctas antes del amanecer.
Mientras Escocia despertaba bajo un cielo gris y helado, varias familias encontraron en silencio lo que los impuestos ingleses les habían arrebatado: un respiro frente al hambre.
Y aunque nadie supo de dónde había llegado aquella ayuda, Liathen se durmió esa noche con la extraña paz de quien, por una vez, había logrado torcer el curso de una injusticia.
Sin embargo, no toda satisfacción logró llegar a su corazón.
La imagen de Ewan la siguió hasta el sueño.
Su silencio.
Su distancia.
La inexplicable dureza con la que la había tratado después del robo.
Había intentado comprenderlo mientras Ruairidh la acompañaba de regreso a Kindwood.
Quizá fueran los nervios. Quizá el miedo a ser descubiertos.
Pero en el fondo sabía que no era ni lo uno ni lo otro.
Había visto a Ewan enfrentarse a la muerte demasiadas veces como para confundir el miedo con aquella amargura.
Había algo más.
Y por primera vez en mucho tiempo, no sabía cómo alcanzarlo.
Cuando despertó, el sol llevaba horas brillando sobre los valles.
Se acercó a la ventana y dejó que el aire frío despejara los restos del sueño. Ante ella, las Tierras Altas se extendían vastas, libres, indómitas.
Como ella misma había sido una vez.
Desde su matrimonio, había dedicado gran parte de su vida a aprender la difícil disciplina de compartir un destino con otra persona.
Había sido feliz con Alastair, más feliz de lo que jamás había imaginado posible.
Sin embargo, aquella mañana, al recordar el robo y el dinero devuelto a los granjeros, algo antiguo se agitó en su interior.
La muchacha que cabalgaba sin permiso.
La hija rebelde de Eamon MacLeith.
La mujer que nunca había nacido para obedecer.
El peligro debería haberla asustado.
En cambio, la hacía sentirse viva.
Aquella revelación la inquietó más que cualquier soldado inglés.
Porque comprendió que una parte de ella deseaba volver a hacerlo.
Y pronto.
Fue entonces cuando vio a los jinetes.
Tres figuras avanzaban por el camino con una urgencia que no era propia de una visita social.
El corazón de Liathen se detuvo.
Uniformes rojos.
Dragones.
Durante un instante terrible, creyó que todo había terminado.
Que alguien los había visto.
Que la noche anterior había sido el principio de su caída.
Se vistió rápidamente y ocultó todo rastro de barro o desvelo. Cuando volvió a mirar por la ventana, reconoció el rostro del jinete que encabezaba el grupo.
Alastair.
El alivio fue tan intenso que casi le flaquearon las rodillas.
Pero no duró.
Porque incluso desde la distancia, pudo ver la expresión de su marido.
Y aquella expresión prometía problemas.
Alastair llegó acompañado de Cedric Hawthorne y Gareth Rowan.
Los tres traían el agotamiento de un viaje apresurado y algo peor.
Preocupación.
Liathen los recibió con una sonrisa cuidadosamente construida.
—Alastair. Qué alegría verte.
Él apenas respondió.
Pidió que acompañaran a los oficiales al salón y esperó hasta que estuvieron a solas.
Solo entonces habló.
—La casa de Malcolm Ashford fue robada durante la noche.
Las palabras cayeron entre ellos como una piedra en agua quieta.
Liathen sintió que el miedo intentaba abrirse paso bajo su piel.
—¿Y habéis descubierto algo?
Alastair la estudió durante un largo momento antes de responder.
—Un sirviente oyó ruidos. Alcanzó a ver a los ladrones mientras escapaban.
Aquello era peor de lo que había esperado.
No los habían identificado.
Pero los habían visto.
Ya no eran fantasmas.
Ahora existían.
Y cualquier cosa que existe puede ser cazada.
—¿Sabe quiénes son?
La pregunta escapó demasiado rápido.
Alastair lo notó.
Por supuesto que lo notó.
—¿Por qué te interesa tanto?
Liathen sostuvo su mirada.
—Porque no quiero que nos suceda lo mismo.
El silencio que siguió fue incómodo.
Finalmente, Alastair asintió.
—Ahora estoy aquí. Haré todo lo posible para evitarlo.
Pero mientras ella caminaba hacia el salón, él continuó observándola.
Y la duda comenzó a echar raíces.
Conocía a su esposa.
Sabía cuándo ocultaba algo.
El almuerzo resultó un desafío mayor que el propio robo.
Los oficiales hablaron sin pausa sobre la investigación. Buscaban teorías, culpables, explicaciones.
Y, con la habilidad de hombres que se creían discretos, finalmente derivaron hacia el nombre de Eamon MacLeith.
No lo acusaron.
No necesitaban hacerlo.
La sombra de su reputación hacía el trabajo por ellos.
Liathen respondió con calma.
Demasiada calma.
Alastair también lo notó.
Normalmente, habría reaccionado con indignación. Habría defendido a su padre como una loba defiende a sus cachorros.
Aquel día no.
Aquel día, midió cada palabra.
Y eso lo preocupó más que cualquier arrebato.
Cuando por fin estuvo a solas, escribió a Ewan.
La carta fue breve.
No podía ser otra cosa.
Nos vieron.
Los ingleses han regresado.
Tenemos que parar.
Esperar.
Pensar.
La prudencia, se recordó, era la única diferencia entre rebeldes y mártires.
Envió el mensaje y esperó.
Una hora después, recibió una respuesta.
La leyó una vez.
Luego otra.
Y una tercera.
Imposible. Usaremos la cena de esta noche para hacerlo de nuevo, solo nosotros dos. Es la oportunidad perfecta. Todos están de acuerdo.
Liathen cerró los ojos.
Era una locura.
Precisamente porque los ingleses estaban alerta.
Precisamente porque estaban investigando.
Precisamente porque nadie se atrevería a imaginar que los ladrones volverían a actuar bajo sus propias narices.
Era una idea brillante.
Y aterradora.
El tipo de idea que podía convertirlos en leyendas.
O condenarlos a la horca.
Antes de partir hacia la cena organizada por el capitán Brenner, Alastair la detuvo en el umbral de su habitación.
La miró como si intentara leer algo escrito detrás de sus ojos.
—Siempre has odiado estas reuniones —dijo—. Siempre has evitado cualquier cosa relacionada con mi trabajo. ¿Por qué te interesa tanto el robo?
Liathen sintió el corazón latirle contra las costillas.
—Porque afecta a todos.
—¿Sabes algo que yo debería saber?
La pregunta quedó suspendida entre ellos.
Era la pregunta de un oficial.
Pero también de un esposo.
Durante un segundo, estuvo tentada de contarle todo.
La rebelión.
Las familias.
Ewan.
El dinero.
Todo.
Pero los rostros de los granjeros aparecieron en su memoria.
Y eligió el silencio.
—¿Qué podría saber yo?
Alastair asintió.
No parecía convencido.
Solo resignado.
Como un hombre que elige esperar antes de hacer una acusación.
La casa de Brenner rebosaba actividad.
Soldados.
Oficiales.
Esposas.
Sirvientes.
Más uniformes rojos de los que Liathen había visto reunidos en meses.
Parecía menos una cena que un consejo de guerra.
Y quizás lo era.
Cuando entró en el salón, encontró a Ewan.
Sentado frente a ella.
Callado.
Distante.
Inescrutable.
No intercambiaron más que la más breve de las miradas.
Sin embargo, la tensión entre ellos parecía atravesar la mesa.
Alastair lo notó.
Y eso solo profundizó sus sospechas.
La cena transcurrió entre conversaciones sobre seguridad, vigilancia y castigo ejemplar.
Los ingleses hablaban de los ladrones como si fueran una enfermedad.
Ninguno de ellos comprendía que la enfermedad había nacido de su propia codicia.
Cuando la comida terminó y los hombres comenzaron a discutir estrategias, Ewan desapareció discretamente.
Minutos después, Liathen hizo lo mismo.
Cruzó el pasillo con el corazón acelerado.
Cada puerta.
Cada sombra.
Cada paso.
Todo parecía una advertencia.
Llegó al estudio y cerró la puerta tras ella.
Ewan ya estaba allí.
Esperando.
—Llegas tarde.
—Y tú sigues actuando como si te hubiera hecho algo.
La acusación escapó antes de que pudiera detenerla.
Ewan apartó la mirada.
Durante un momento, pareció cansado.
Más cansado de lo que cualquier herida podría explicar.
—Estoy nervioso.
—Yo también.
Esa respuesta puso fin a la discusión.
Por ahora.
Había asuntos más urgentes.
Comenzaron a registrar la habitación.
Rápidamente.
Con precisión.
Como dos personas que ya habían aprendido a pensar juntas.
Ewan examinó el escritorio.
Liathen estudió la habitación en su conjunto.
Entonces algo llamó su atención.
Un reloj.
Demasiado grande.
Demasiado visible.
Demasiado silencioso.
Se acercó a él.
Abrió el compartimento de cristal.
Y sonrió.
Los péndulos no ocultaban ningún mecanismo.
Ocultaban dinero.
Fajos enteros.
El fruto de los impuestos arrebatados a los campesinos.
—Aquí está.
Levantó el dinero hacia Ewan.
Por un instante, compartieron la misma satisfacción.
La certeza de haber encontrado lo que buscaban.
La certeza de arrebatarle algo al poder que los oprimía.
Y entonces una voz surgió de la oscuridad.
Profunda.
Inconfundible.
Peligrosa.
—Ahora vais a explicarme por qué necesitáis tanto ese dinero.
El mundo pareció detenerse.
Liathen giró lentamente la cabeza.
La puerta del estudio permanecía cerrada.
Pero ya no estaban solos.
Y por primera vez desde que comenzó la rebelión, comprendió que la suerte los había abandonado definitivamente.