La loba de Auran (Corazones y reinos nº 1) Capítulo 11
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Capítulo 11

La Primera Sombra

La respuesta llegó antes de que Liathen tuviera tiempo de arrepentirse de su decisión.

Dos días después de aceptar la propuesta de su padre, Ewan había logrado hacer llegar la noticia a quienes esperaban en silencio desde aquella reunión clandestina.

Las respuestas regresaron con la velocidad de un fuego avivado por el viento: entusiasmo, hambre de justicia y una ira antigua que llevaba generaciones fermentando bajo el peso de los impuestos ingleses.

Nadie dudó de ella.

Nadie cuestionó que una mujer liderara el desafío.

Y precisamente por eso, mientras el atardecer se desvanecía sobre Blackbriar Manor, Liathen descubrió que le temblaban las manos.

No era miedo.

Era algo más peligroso.

La sensación vertiginosa de estar, por primera vez, ante el destino que siempre había deseado.

Alastair seguía ausente. La casa, casi vacía tras haber dado permiso a gran parte del servicio, parecía contener el aliento con ella. Cada habitación silenciosa amplificaba el eco de sus pensamientos.

Durante años había soñado con demostrar que el valor no tenía género, que una espada obedecía a la mano que la empuñaba y no al cuerpo que la portaba.

Ahora la oportunidad estaba allí.

Tangible.

Esperando.

Y eso la inquietaba más que cualquier batalla.

Cuando divisó las primeras figuras acercándose entre las sombras del anochecer, el corazón le dio un vuelco.

Por un instante temió que fueran uniformes rojos.

Pero de las sombras emergieron tartanes como una promesa.

Su gente.

Salió a recibirlos.

—Por Dios, Liathen, espero que el fuego siga vivo. Hasta las entrañas se me han congelado.

La queja de Finlay arrancó risas al grupo y alivió la tensión que se había ido acumulando en el pecho de Liathen durante toda la tarde.

Había algo profundamente reconfortante en aquella familiaridad.

Nunca la habían tratado como a una dama delicada.

Siempre había sido una de ellos.

Y ese respeto valía más que cualquier título.

Dentro, el calor del fuego los envolvió mientras las botellas de whisky empezaban a circular por la mesa.

Ewan permaneció a su lado.

—¿La herida?

—Sobreviviré.

—Gracias a tu obstinada negativa a morir.

Una sombra de sonrisa cruzó su rostro.

Pronto la conversación viró hacia lo que realmente importaba.

Nombres.

Casas.

Objetivos.

Liathen extendió los documentos sobre la mesa y observó cómo las expresiones se endurecían.

—No atacaremos a soldados rasos. Empezaremos por los que se lucran a nuestra costa.

Esas palabras cambiaron la atmósfera en la cocina.

El fuego seguía ardiendo.

El whisky seguía pasando de mano en mano.

Pero ya nadie estaba allí para pasar una velada agradable.

Habían cruzado un límite invisible.

Ahora eran conspiradores.

La primera propuesta fue la casa del oficial Malcolm Ashford.

Ausente.

La esposa, fuera.

Solo sirvientes para protegerla.

Un objetivo perfecto.

Mientras discutían los detalles, Liathen percibió algo más allá de la estrategia.

Aquellos hombres la miraban en busca de dirección.

No habían venido solo por la causa.

Habían depositado su confianza en ella.

Y esa confianza pesaba más que cualquier espada.

—Tu padre tenía razón —dijo Finlay al fin—. Eres formidable.

Las palabras la golpearon con una fuerza inesperada.

No porque elogiaran su inteligencia.

Sino porque, por primera vez, sintió que estaba empezando a merecer la fe que Eamon MacLeith siempre había depositado en ella.

La noche siguiente llegó envuelta en escarcha.

El frío había empañado las ventanas, y el silencio era tan profundo que parecía a punto de quebrarse.

De pie ante el espejo, Liathen terminó de ajustarse el cinturón que sostenía su espada, la pistola que le había enviado su padre y la daga oculta en la bota.

Su reflejo ya no pertenecía a una esposa que aguardaba el regreso de su marido.

Ni a la hija de un hombre perseguido.

Pertenecía a alguien dispuesta a elegir su propio camino.

Antes de salir de la habitación, pensó en Alastair.

En su carta.

En la ternura con que le había curado las heridas.

En el orgullo de su mirada cada vez que la contemplaba.

Y por un momento, la culpa atravesó su entusiasmo.

Perdóname, pensó.

No sabía si le hablaba a él o a sí misma.

Descendió las escaleras envuelta en sombras y encontró la casa dormida.

Solo las brasas moribundas en la cocina conservaban algo de calor.

Fuera, el invierno la esperaba.

Y también Ewan.

Él la sobresaltó desde la oscuridad de los establos.

—¿Por qué has tardado tanto?

Liathen casi desenvainó la espada.

—Un día de estos vas a matarme de un susto.

La respuesta arrancó a Ewan una breve sonrisa, aunque se desvaneció casi al instante.

Cabalgaron bajo un cielo despejado, una rareza para aquella época del año. La luz de la luna iluminaba el camino y convertía el cabello de Liathen en una llama distante.

Ewan la observó en silencio.

La vio erguida en la silla.

Segura.

Alerta.

Completamente dueña de sí misma.

Y él comprendió que el peligro de amarla nunca había sido que perteneciera a otro hombre.

El verdadero peligro era que pertenecía a algo más grande que ambos.

A una idea.

A una causa.

A una libertad que nadie podía poseer.

Llegaron al páramo donde los demás esperaban.

La niebla comenzaba a levantarse.

Una aliada perfecta.

Tras ocultar los caballos entre los árboles, avanzaron hacia la casa de Malcolm Ashford.

El plan parecía sencillo.

Entrar.

Encontrar el dinero.

Desaparecer.

Nada más.

Sin embargo, las cosas importantes rara vez son tan simples.

Cuando Ewan intentó dejarla atrás por seguridad, Liathen lo detuvo con una sola mirada.

—Un líder no se esconde mientras otros actúan.

No había lugar para discusiones.

Ewan cedió.

Como siempre.

La casa dormía.

Puertas cerradas.

Ventanas aseguradas.

Silencio absoluto.

Pero la debilidad de los viejos marcos de madera resultó suficiente.

Liathen retiró los cristales con la paciencia de quien sabe que la fuerza no siempre es el camino más corto.

Entraron.

La luna era su única lámpara.

Tras varios minutos de búsqueda, encontraron el estudio oculto al final de un pasillo oscuro.

Allí surgió el primer desacuerdo.

Ewan y Ruairidh encontraron una caja fuerte.

Parecía la respuesta obvia.

Liathen no estaba convencida.

—Si fueras responsable de salvaguardar la riqueza de toda una región, ¿la esconderías en el lugar más obvio?

Nadie respondió.

Ella no esperaba que lo hicieran.

Simplemente siguió sus instintos.

Abrió cajones cerrados con una horquilla.

Examinó documentos.

Observó.

Pensó.

Y encontró lo que los demás habían pasado por alto.

Un compartimento falso.

Suficiente dinero para confirmar todas sus sospechas.

Ruairidh dejó escapar una exclamación de admiración.

Ewan simplemente recogió el dinero.

—Deberíamos irnos.

Nada más.

Ninguna felicitación.

Ninguna sonrisa.

Y ese extraño silencio la irritó más de lo que estaba dispuesta a admitir.

Pero no era el momento de discutir.

No allí.

No esa noche.

Abandonaron la casa sin ser vistos.

Sin levantar una alarma.

Sin derramar una sola gota de sangre.

Cuando la niebla se cerró a su alrededor de nuevo y el edificio desapareció tras ellos, Liathen echó un último vistazo a las ventanas oscuras.

Habían cruzado un umbral.

El dinero que llevaban era importante, sí.

Pero no era lo esencial.

Lo verdaderamente importante era otra cosa.

Esa noche había nacido una leyenda.

Una que aún no tenía nombre.

Y mientras cabalgaba de regreso a través de la niebla, con el corazón latiéndole más fuerte que nunca, Liathen se dio cuenta de que el verdadero peligro no era ser descubierta.

Era descubrir cuánto había anhelado sentirse viva así.

Porque la fortuna había caminado junto a ella durante esa primera incursión.

Y la fortuna, como la libertad, nunca permanece mucho tiempo junto a las mismas personas.