La loba de Auran (Corazones y reinos nº 1) Capítulo 10
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Capítulo 10

La decisión bajo la tormenta

Cuando Elspeth se marchó, con la serenidad de quien ya había elegido su bando en la historia, Liathen se quedó a solas con el peso de su propia respuesta.

El jardín de invierno la recibió como un refugio austero.

Se sentó junto a una de las mesas abandonadas al frío, el lugar que siempre buscaba cuando las paredes de Blackbriar Manor parecían cerrarse en torno a sus pensamientos.

Había aceptado la propuesta de su padre.

Ya había dado su palabra. Sin embargo, una decisión no termina cuando se expresa; es entonces cuando comienza su verdadera lucha.

Sabía por qué tenía que hacerlo.

Había visto el hambre en los rostros de su gente, la desesperación de quienes perdían sus tierras y su dignidad bajo tributos dictados desde lejos. La causa era justa.

Y sin embargo, cada vez que intentaba abrazar esa causa por completo, el rostro de Alastair aparecía entre sus certezas.

Lo amaba.

Ese era el único obstáculo capaz de hacer vacilar a una mujer como ella.

La lluvia comenzó a caer suavemente, fina como un velo. Liathen dejó que el agua le empapara la ropa. Siempre había encontrado libertad bajo la lluvia. Era como si el cielo lavara, por unos instantes, todas las cadenas invisibles que las personas se imponían unas a otras.

Fue entonces cuando una voz la arrancó de sus pensamientos.

—¡Mi señora!

La urgencia del tono bastó para que se levantara de inmediato.

Un sirviente esperaba junto a la entrada.

—Ha llegado un mensaje del señor Falkner. Su mayordomo aguarda fuera.

Liathen tomó la carta. Antes incluso de abrirla, reparó en las manchas oscuras sobre el papel.

Sangre.

Se le encogió el corazón.

Se apartó y rompió el sello.

Liathen:

Necesito que vengas a mi casa. Ahora.

Es urgente.

Ewan Falkner.

Nada más.

Nada menos.

Ewan nunca había sido un hombre de palabras innecesarias.

La sangre en la carta decía el resto.

Minutos después cabalgaba bajo la lluvia.

Llevaba pantalones de lana, una chaqueta de montar y, esta vez, las armas que tanto había echado en falta la noche anterior. La espada golpeaba ligeramente contra su costado con cada tranco del caballo, y le recordaba que la precaución también era un medio de supervivencia.

El camino parecía más largo de lo habitual. El barro, los charcos y el cielo gris convertían cada tramo en una prueba de paciencia.

Pero Liathen apenas lo notaba.

Solo podía pensar en Ewan.

En la herida.

En la sangre.

En esa nota, probablemente escrita con sus últimas fuerzas.

Cuando por fin llegó a la finca Falkner, desmontó antes de que el caballo se hubiera detenido del todo.

Una criada salió corriendo a su encuentro.

—Tiene una fiebre terrible —le dijo con ansiedad—. No permite que nadie se le acerque. No dejaba de repetir su nombre.

Liathen no perdió tiempo.

Pidió agua caliente, whisky, hilo, una aguja y paños limpios.

Después subió las escaleras.

Lo encontró suspendido entre el delirio y el desafío.

Ewan yacía sobre la cama como un guerrero abatido por una batalla que se negaba a admitir que había perdido. La fiebre le coloreaba las mejillas. La sangre había empapado los vendajes improvisados y manchado parte de las sábanas.

Por primera vez en muchos años, Liathen lo vio vulnerable.

No era el líder indomable.

No era el hombre capaz de enfrentarse solo a la mitad de Escocia.

Era simplemente Ewan.

Herido.

Humano.

Y eso la inquietó más que la sangre.

Examinó la herida.

La bala seguía dentro.

Demasiado tiempo.

Demasiada fiebre.

Demasiado orgullo.

Mientras preparaba los instrumentos, recordó las lecciones aprendidas junto a su padre y los sanadores que habían pasado por el castillo MacLeith. No era médica.

Pero la necesidad a menudo transforma el conocimiento imperfecto en obligación.

Calentó la hoja de una daga.

Limpió la herida.

Respiró.

Y actuó.

La bala salió tras varios segundos eternos.

Luego vinieron los puntos, el vendaje, el lento cese de la hemorragia.

Cuando terminó, el agotamiento cayó sobre ella como una ola.

Ewan viviría.

Por ahora.

Y esa certeza le permitió sentarse junto al fuego mientras la tarde transcurría lentamente.

Las horas se deslizaron.

La fiebre apenas cedió.

Liathen permaneció allí.

No por deber.

No del todo.

Había demasiados años compartidos entre ellos como para marcharse mientras él seguía debatiéndose entre sueños febriles.

Al caer la noche, se acercó para cambiarle el paño húmedo de la frente.

—¿Ewan? —susurró.

La respuesta fue inesperada.

Una mano se cerró en torno a su brazo.

Antes de que pudiera reaccionar, él la atrajo hacia la cama.

El mundo pareció inclinarse.

Y entonces llegaron los labios de Ewan.

Un beso desesperado.

Hambriento.

Forjado en años de silencio.

Por un instante, Liathen quedó atrapada entre la sorpresa y algo mucho más peligroso.

Porque reconoció el sentimiento.

Lo había conocido una vez.

Antes de Alastair.

Antes del matrimonio.

Antes de que la vida tomara otro rumbo.

Ewan la besaba como un hombre que por fin alcanza lo que ha perseguido toda la vida.

Como alguien convencido de estar soñando.

Y quizás por eso resultó tan difícil detenerlo.

—Dios... Liathen... por fin...

Esas palabras rompieron el hechizo.

La realidad volvió de golpe.

Alastair.

Su sonrisa.

La carta sobre la almohada.

Cómo la había sostenido después del ataque.

El amor paciente que había construido con ella día tras día.

No.

Aquello no podía seguir.

Con esfuerzo, alcanzó la herida vendada.

Y presionó.

Ewan retrocedió con una maldición salvaje.

El dolor consiguió lo que la razón no había logrado.

Durante varios segundos permanecieron inmóviles.

Respirando.

Comprendiendo.

—¿No eres un sueño? —preguntó él por fin.

Liathen se arregló la ropa antes de responder.

Le ardían las mejillas.

La conciencia, aún más.

—¿Tú qué crees?

La vergüenza asomó al rostro de Ewan con una claridad que ella jamás había visto.

—Lo siento.

Y lo decía en serio.

No por el beso.

Sino porque había confundido un deseo imposible con una realidad permitida.

Liathen cogió un vaso de whisky.

Necesitaba algo que calmara el temblor que aún la recorría.

Porque lo más inquietante no había sido Ewan.

Había sido darse cuenta de que una parte de ella había tardado demasiado en recordar por qué debía parar.

Más tarde, cuando Ewan insistió en levantarse, se reunieron en el estudio.

La noche ya había caído sobre los jardines.

Más allá de las ventanas no había nada salvo oscuridad.

Dentro, el silencio parecía observarlos.

Ewan escuchó su decisión sin interrumpir.

—He aceptado la propuesta de mi padre.

Las palabras quedaron suspendidas entre ellos.

Él no respondió de inmediato.

Simplemente bajó la mirada.

Como si ya supiera la respuesta antes de oírla.

—¿No vas a decir nada? —preguntó ella.

Ewan apoyó una mano en el escritorio.

—Si intentara convencerte de lo contrario, ¿me escucharías?

Liathen no respondió.

Porque ambos conocían la verdad.

No.

—No quiero que hagas esto —continuó él—. No porque seas incapaz. Todo lo contrario. Probablemente eres la persona más capacitada para liderar algo así.

Sus miradas se encontraron.

Y ella vio preocupación en sus ojos, no duda.

—¿Entonces por qué?

—Porque podría perderte.

La honestidad quedó suspendida entre ellos con el peso de una verdad demasiado antigua.

Liathen apartó la mirada.

—Hay personas que ya lo han perdido todo.

—Y crees que tienes que salvarlas.

—Sí.

Ewan cerró los ojos un instante.

Eso era justo lo que siempre había admirado más de ella.

Y lo que más temía.

Porque Liathen nunca había sabido apartar la mirada.

No cuando habría sido más seguro.

No cuando habría sido más fácil.

Ella se acercó.

—He estado pensando en algo.

Ewan alzó la cabeza.

—Quiero que seas mi mano derecha.

Por primera vez desde que había despertado, él sonrió.

Una sonrisa cansada.

Triste.

Profundamente sincera.

—Sabes que daría la vida por ti si hiciera falta.

Y ambos comprendieron el verdadero significado de esas palabras.

No hablaban solo de una causa.

Ni de una rebelión.

Ni siquiera de Escocia.

Hablaban del vínculo que los había unido durante años y que nunca había encontrado un lugar propio donde reposar.

Fuera, la lluvia volvió a golpear los cristales.

Dentro, una decisión había puesto en marcha acontecimientos que ya no podían detenerse.

Y aunque ninguno lo dijo en voz alta, ambos sintieron la misma certeza:

a partir de esa noche, sus vidas ya no les pertenecerían del todo.