La loba de Auran (Corazones y reinos nº 1) Capítulo 9
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Capítulo 9

Juramentos en la Penumbra

La pregunta de Alastair cayó entre ellos como una piedra en agua quieta.

Liathen alzó la vista de golpe. Por un instante buscó una respuesta que no la delatara, pero el silencio reveló más de lo que cualquier palabra habría confesado.

Le temblaron ligeramente las manos. Al menos algo la aliviaba: quien los había visto salir de aquel escondite era Alastair, no un oficial inglés ansioso por convertir la sospecha en condena.

—¿Qué hacías en ese piso? —insistió él.

La seriedad de su voz iba más allá de los celos. Había algo más profundo: la herida de sentirse excluido de una parte de la vida de su esposa.

—Pregunté primero, Liathen. ¿No confías en mí?

Ella abrió la boca para responder, pero Alastair la detuvo con un gesto.

—Sí, pensé en Ewan. Imaginé lo peor. No te mentiré.

Esa honestidad la desarmó más que cualquier acusación.

—Nunca te he engañado.

—Entonces dime qué está pasando.

La verdad le ardía en la garganta. Quería hablarle de su padre, de las reuniones secretas, de la propuesta que la perseguía incluso en sueños. Pero conocía demasiado bien a Alastair para ignorar cómo reaccionaría.

La protegería.

Incluso de sí misma.

Antes de que pudiera decidirse, un disparo desgarró la noche.

El carruaje se tensó como un animal herido. En un instante, la duda se desvaneció y solo quedó el instinto. Alastair llevó la mano al arma. Liathen escudriñó la oscuridad al otro lado de la ventana y se maldijo por haber dejado la daga que siempre llevaba consigo.

—Quédate aquí —ordenó él.

La intensidad de su mirada no admitía discusión.

Alastair bajó del carruaje mientras el cochero escudriñaba la oscuridad.

Entonces llegaron las voces.

Sombras entre los árboles.

Hombres armados que emergían de la noche como si hubieran nacido de ella.

No eran soldados ingleses.

Eran escoceses.

Y de algún modo, eso resultaba aún más doloroso.

Mientras Alastair intentaba razonar con ellos, Liathen comprendió que aquellos hombres no buscaban gloria ni venganza.

Buscaban sobrevivir.

El hambre, los impuestos y años de humillación los habían empujado al fin al borde del abismo.

La miseria podía convertir a un hombre en bandido.

Pero comprender no eliminaba el peligro.

Cuando los atacantes se acercaron al carruaje y redujeron a Alastair, Liathen supo que quedarse quieta significaba rendirse. Se lanzó a la lucha con la misma ferocidad que había aprendido de niña. Durante unos instantes logró sembrar el caos entre sus atacantes, pero al final el número se impuso.

La derribaron.

La sangre le sabía a hierro en la boca.

El líder de la banda la estudió entonces con una curiosidad distinta, como si hubiera descubierto algo inesperado entre los restos de la emboscada.

—¿Cómo te llamas?

Liathen se irguió a pesar del dolor.

—Liathen MacLeith Rosswyn.

El efecto fue inmediato.

El silencio se extendió entre los hombres como una ola.

Por primera vez, el miedo cambió de bando.

—¿La hija de Eamon MacLeith? —preguntó el líder, incrédulo.

Liathen le sostuvo la mirada.

La daga bajó.

El hombre retrocedió un paso.

—Así que eres la Loba de las Tierras Altas.

El título parecía venir de otra vida.

De los bosques de su infancia.

De las lecciones de su padre.

De la vida que había dejado atrás.

Sin dar explicación alguna, el líder ordenó a sus hombres retirarse.

Y desaparecieron.

Tan rápido como habían llegado.

Solo cuando el bosque volvió a quedar en silencio Alastair la alcanzó.

La envolvió en un abrazo tan feroz que rozaba la desesperación.

Las preguntas no importaban.

Los misterios no importaban.

En esos breves instantes, solo necesitaba saber que estaba viva.

—¿Estás bien?

—Sí.

Era mentira.

Le dolía el cuerpo.

Le dolía el orgullo.

Le dolía la conciencia.

Pero entre los brazos de Alastair, el miedo empezó a desvanecerse.

El viaje a casa transcurrió bajo el peso de pensamientos que ninguno de los dos compartió.

Alastair miraba las heridas de su esposa como si cada una fuese una acusación contra sí mismo.

Liathen, mientras tanto, no podía dejar de pensar en la reacción de aquellos hombres. Incluso entre desconocidos, el nombre de su padre seguía abriendo puertas invisibles.

Cuando llegaron a casa, el agotamiento parecía haberse instalado en cada rincón de ambos.

Alastair insistió en curarle las heridas.

Mientras le limpiaba con cuidado la sangre seca del labio, el sentimiento que lo consumía afloró al fin.

—No pude protegerte.

Liathen le tomó el rostro entre las manos.

—Hiciste todo lo que pudiste.

—No fue suficiente.

Ella sonrió con una tristeza suave.

—Nunca lo será para ti.

Esa era la verdad de Alastair Rosswyn.

Siempre se exigiría más de lo que cualquier ser humano podía dar.

Más tarde, cuando la conversación volvió a la cena en casa de Harrow, Liathen decidió ofrecerle parte de la verdad.

Le habló de Ewan.

De la herida.

De la necesidad de aparentar normalidad ante los ingleses.

Alastair escuchó en silencio.

—Mentí por él esta noche —admitió al fin—. Mis superiores estaban convencidos de que había participado en la escaramuza.

—Gracias.

—Lo hice por ti.

Aquellas palabras encerraban mucho más de lo que expresaban.

Lo hacía por ella una y otra vez.

Porque la amaba.

Aunque el mundo pareciera empeñado en situarlos en bandos opuestos.

A la mañana siguiente, la ausencia de Alastair llenó la habitación de una extraña melancolía.

La carta que había dejado sobre su almohada permaneció con ella largo tiempo.

Cada línea estaba impregnada de una sinceridad poco habitual en él. No había grandes declaraciones. Ni promesas imposibles.

Solo la verdad desnuda de un hombre que intentaba conciliar el deber y el amor.

Y eso la conmovió más de lo que cualquier poema habría podido.

Cuando por fin guardó la carta, Liathen comprendió que la decisión que se avecinaba sería aún más difícil de lo que había imaginado.

Porque ya no estaba eligiendo simplemente entre la seguridad y el peligro.

Estaba eligiendo entre dos lealtades que empezaban a desgarrarla.

Por eso, cuando Elspeth llegó aquella mañana y pronunció en voz alta el secreto que Liathen aún no se atrevía a nombrar, sintió que el destino dejaba de darle lugares donde esconderse.

La mujer mayor habló de Escocia.

De resistencia.

De ideales.

De sacrificio.

Pero sobre todo, habló de ella.

De la mujer que había pasado años demostrando su valía.

De la hija de Eamon MacLeith.

De la Loba.

Y mientras escuchaba, Liathen se dio cuenta de que el miedo nunca había sido el verdadero obstáculo.

Lo que realmente la había frenado era saber que, si elegía ese camino, cada paso la alejaría más del hombre al que amaba.

Mi pequeña loba, solía decirle Eamon. Nunca sigas a nadie. Haz que otros te sigan a ti.

Sin embargo, algunas decisiones no nacen de la ausencia de miedo.

Nacen a pesar de él.

Liathen respiró hondo.

Y por primera vez desde que su padre le había hecho la propuesta, dejó de luchar contra la respuesta.

—De acuerdo —dijo al fin—. Acepto.