Capítulo 8
Las sombras que observan
El escondite no era más que una grieta en la oscuridad del pasillo, un espacio demasiado estrecho para dos personas y demasiado peligroso para dos corazones que compartían más recuerdos de los que ninguno estaba dispuesto a admitir.
Cuando Ewan tiró de Liathen hacia el interior y le tapó la boca, ella creyó por un instante que todo había terminado. Que alguien los había descubierto. Que la imprudencia de aquella noche los conduciría a ambos al desastre.
Entonces reconoció su rostro entre las sombras.
El alivio duró apenas un segundo.
Los pasos se acercaban. Constantes. Urgentes. Amenazantes.
Ewan permaneció inmóvil, concentrado en el sonido que avanzaba por el pasillo.
Liathen, sin embargo, no podía oír nada salvo el latido atronador de su propia sangre.
El estrecho escondite los obligaba a compartir el mismo aire.
Podía sentir el calor de su cuerpo, la tensión contenida en sus músculos, la respiración profunda que él se esforzaba por acallar.
Durante años había cabalgado bajo tormentas, cruzado bosques de noche y discutido con hombres armados sin conocer jamás el miedo.
Sin embargo, aquella cercanía la desarmaba de un modo que no alcanzaba a entender.
El peligro estaba fuera.
El verdadero conflicto, advirtió con angustia, estaba dentro de sí misma.
Cuando los pasos finalmente se desvanecieron y el silencio regresó al pasillo, Ewan bajó lentamente las manos. Solo pudo alejarse unos centímetros de ella.
—¿Estás bien? —preguntó en voz baja.
Liathen tardó un momento en recuperar el aliento.
—Sí.
Pero incluso a sus propios oídos, la respuesta sonó poco convincente.
Ewan la estudió con una mezcla de preocupación e incertidumbre. Luego asintió.
—Deberías volver.
Ella asintió sin discutir. Necesitaba distancia. Necesitaba aire.
Y sobre todo, necesitaba olvidar cómo había reaccionado su corazón ante aquella cercanía.
Ewan la observó marcharse en silencio.
Había arriesgado demasiado aquella noche.
La herida en el costado le ardía bajo los vendajes improvisados, y cada paso parecía consumirle más las fuerzas.
Había asistido a la cena para sobrevivir: nada protegía mejor a un sospechoso que aparecer abiertamente ante quienes lo perseguían.
Los ingleses buscaban a un fugitivo escondido en las montañas; ninguno imaginaba que aquel hombre había estado bebiendo vino bajo las arañas de cristal de Edric Harrow.
Su papel había terminado.
Cuando el dolor empezó a imponerse a su orgullo, abandonó discretamente el pasillo y se desvaneció entre las sombras de la casa.
Sin saber que alguien lo había visto.
Y sin saber que el mismo testigo también había visto marcharse a Liathen.
Más de media hora después, la música seguía llenando el salón con su elegancia artificial.
Liathen había regresado junto a Elspeth y respondía a las preguntas sobre su ausencia con medias verdades. Nadie la presionó. Las damas preferían los chismes a las explicaciones.
Elspeth, sin embargo, no era esa clase de mujer.
La observó un momento.
Entonces, de repente, recorrió la sala con la mirada. Buscó a Alastair entre los invitados. Entre los oficiales. Entre los grupos reunidos junto a las ventanas.
No estaba.
El vacío que dejó aquella ausencia fue inmediato.
¿Y si había sido él?
¿Y si pasó por aquel pasillo?
¿Y si oyó algo?
Las posibilidades se multiplicaban en su mente a una velocidad insoportable.
Quizá no había sido Alastair.
Quizá había sido un oficial.
Quizá alguien había oído hablar de la escaramuza.
Quizá ya estaban condenados.
Sintió que el suelo se inclinaba bajo sus pies.
Por primera vez en mucho tiempo, el miedo no la impulsó a actuar.
La paralizó.
La sala empezó a girar lentamente. Las voces se volvieron distantes. Las luces se difuminaron.
Y entonces todo desapareció.
Cuando Liathen perdió el equilibrio, un joven oficial la sostuvo antes de que cayera al suelo.
La conmoción fue inmediata.
Los curiosos se agolparon como siempre lo hacían: no para ayudar, sino para mirar.
Elspeth fue la primera en reaccionar.
—¡Atrás! ¡Dejen que respire!
La autoridad de la mujer mayor resultó más efectiva que cualquier rango militar. La multitud se fue apartando mientras llevaban a Liathen al pasillo.
Allí, lejos del calor y las miradas, recuperó el conocimiento.
Abrió los ojos lentamente.
Sentía la cabeza pesada como el plomo.
—¿Qué ha pasado?
—Te has desmayado —respondió Elspeth con calma—. Eso es lo que ha pasado.
El oficial que la había ayudado se retiró tras recibir el agradecimiento de la mujer mayor.
Cuando estuvieron a solas, Elspeth esperó unos instantes antes de hablar.
—Ahora dime la verdad.
Liathen cerró los ojos.
—No sé de qué hablas.
—Claro que lo sabes.
La ligereza desapareció de la voz de Elspeth.
—He visto cómo te observaba Falkner durante toda la velada. Te vi desaparecer casi al mismo tiempo que él. Y vi tu rostro cuando volviste.
Liathen bajó la mirada.
—No es lo que piensas.
—Nunca he pensado que estuvieras traicionando a mi hijo.
La respuesta la sorprendió.
—Entonces, ¿qué piensas?
—Que estás jugando con fuego.
El silencio se instaló, denso, entre ellas.
Al fin, Liathen cedió.
—Creo que alguien puede habernos visto.
Elspeth permaneció inmóvil.
—¿Un inglés?
—No lo sé.
—¿Y esto tiene algo que ver con la escaramuza de anoche?
La mujer más joven no respondió.
No necesitaba hacerlo.
La mayor comprendió lo suficiente.
—Escúchame con atención, querida.
Tomó las manos de Liathen.
—Me importa muy poco lo que hagas contra esos hombres. Lo único que me importa es que regreses a casa con vida.
La firmeza de aquellas palabras conmovió profundamente a Liathen.
A veces olvidaba que bajo la apariencia apacible de Elspeth latía el mismo espíritu indómito que había forjado a Alastair.
—Gracias —susurró.
La mujer mayor le acarició la mejilla.
Y en ese preciso momento, la puerta del salón se abrió de golpe.
Alastair apareció en el corredor.
El miedo que había sentido durante la última media hora aún se leía en su rostro.
Se arrodilló ante ella sin importarle quién pudiera verlo.
—¿Qué te ha pasado?
Sus manos recorrieron su rostro como si necesitara asegurarse de que realmente estaba allí.
Liathen sonrió con cansancio.
—Solo fue un mareo.
—Eso no me basta.
La miró con una intensidad que casi dolía.
Alastair siempre había intentado respetar sus silencios.
Pero había momentos en que el amor se parecía demasiado al miedo.
Y este era uno de ellos.
Elspeth intervino antes de que la preocupación se convirtiera en interrogatorio.
—Llévala a casa.
Alastair no discutió.
—Sí. Es lo mejor.
Liathen intentó protestar.
Él ni siquiera la dejó terminar.
Por una vez, su decisión era inamovible.
Poco después, abandonaron la mansión de Harrow.
La lluvia había cesado. El aire nocturno olía a tierra húmeda y a bosque.
Mientras esperaban el carruaje, Liathen permaneció perdida en sus pensamientos. El miedo seguía allí, alojado en algún lugar profundo de su pecho.
Alastair la observaba.
Vio sus manos temblorosas.
Vio su mirada distante.
Vio una preocupación que nada tenía que ver con él.
Y eso era precisamente lo que más le dolía.
Durante el trayecto, ninguno de los dos habló.
El silencio se instaló entre ellos como un tercer pasajero.
Alastair esperó.
Esperó mientras las ruedas rodaban por los caminos oscuros.
Esperó hasta que comprendió que ella no tenía intención de romper el silencio.
Entonces la miró desde el asiento de enfrente.
Y por primera vez esa noche, permitió que la herida hablara.
—¿Vas a decirme por fin por qué te reuniste con Falkner a solas en el piso de arriba de la casa de Harrow?
Las palabras quedaron suspendidas entre ellos.
Como una espada.
Como una verdad que ya no podía permanecer oculta.