Capítulo 7
Entre las sombras que elegimos
La velada se había consumido lentamente, como una llama alimentada con exceso de lujo.
La música aún llenaba los salones de Edric Harrow mientras los invitados bebían, reían y fingían pertenecer a un mundo ordenado.
Algunos bailaban al compás de melodías inglesas; otros intercambiaban sonrisas diplomáticas bajo el resplandor de las arañas de cristal.
Liathen observaba el espectáculo con una copa entre las manos y un cansancio hondo en el alma.
La cena había transcurrido mejor de lo esperado. Sentada junto a Alastair, había soportado conversaciones, brindis y silencios. De vez en cuando él se inclinaba hacia ella y le dedicaba una de esas sonrisas que parecían reservadas solo para ella. Durante unos instantes, el ruido desaparecía.
También había visto a Ewan.
En el extremo opuesto de la mesa.
Vivo.
Ewan Falkner había recibido una invitación de Edric Harrow por la misma razón que muchos otros terratenientes y hombres influyentes de la región: su apellido aún tenía peso en las Tierras Altas.
Aunque los oficiales ingleses desconfiaban de él desde hacía años y conocían su abierta hostilidad hacia muchas de sus políticas, nunca habían encontrado pruebas suficientes para justificar una acusación formal.
En público, Ewan era simplemente un terrateniente escocés de carácter indómito; nada más.
Excluirlo de una reunión a la que asistían los hombres más prominentes de la región habría levantado sospechas innecesarias.
Lo que ninguno de los presentes sabía era que Ewan había estado a punto de morir esa misma noche.
Durante la persecución en el valle, la bala le había rozado el costado en plena tormenta.
El impacto lo había derribado durante unos instantes, pero la oscuridad, la lluvia y su conocimiento instintivo de aquellas montañas habían jugado a su favor.
Mientras los soldados buscaban rastros en el barro, él había seguido un arroyo crecido para que el agua se llevara la sangre.
El agua helada arrastró la mayor parte de las pruebas, y cuando los ingleses reorganizaron la búsqueda, la tormenta había borrado el resto.
Horas después, se había refugiado en una cabaña de pastor abandonada y había vendado la herida lo mejor que pudo, sin extraer la bala. La bala no había alcanzado ningún órgano vital, aunque había perdido una cantidad considerable de sangre.
Asistir a la cena era una locura.
Precisamente por eso era necesario.
Los ingleses buscaban a un hombre herido escondido entre las sombras. Nadie esperaría encontrarlo bebiendo vino bajo las arañas de cristal de Edric Harrow.
Y así, pálido bajo la luz de las velas y soportando el dolor en silencio, Ewan apareció entre los invitados. Los oficiales lo miraron, descartaron sus sospechas y continuaron cazando a un fantasma que, sin darse cuenta, acababa de estrecharles la mano.
Solo eso había bastado para aliviar el nudo que había acompañado a Liathen desde el amanecer.
Había sentido la mirada de él sobre ella durante toda la comida: una vigilancia silenciosa y constante, imposible de ignorar.
Y aunque se esforzaba por no devolverle la mirada más de lo necesario, parte de ella permanecía consciente de su presencia en todo momento.
Ahora, sin embargo, Ewan había desaparecido entre la multitud.
—¿Buscas a mi hijo, querida?
La voz de Elspeth Rosswyn la sacó de sus pensamientos.
—Sí. Hace tiempo que no lo veo.
—Déjalo respirar un poco —respondió su suegra con una sonrisa traviesa—. Los hombres necesitan fingir de vez en cuando que son importantes.
Liathen rio suavemente.
Eso era precisamente lo que más le gustaba de Elspeth. Bajo esa apariencia agradable vivía una mujer tan indómita como cualquier guerrero de las Tierras Altas. Las máscaras nunca habían sido necesarias entre ellas.
—Si no me divierto burlándome de alguien —susurró Elspeth, acercándose—, acabaré durmiéndome entre estas inglesas.
Liathen volvió a reír, atrayendo varias miradas de desaprobación.
No le importó.
Nunca le había importado.
Entonces una mano se posó sobre su brazo.
No era un gesto amistoso.
Era posesión.
Gareth Rowan.
—Señora Rosswyn. Ya he obtenido el permiso de su esposo para bailar una pieza con usted.
Liathen se fijó de inmediato en la expresión de Aileen. La esposa del oficial observaba la escena con una hostilidad tan transparente que resultaba casi dolorosa.
—¿Y por qué no baila con su esposa?
—A Aileen nunca le ha gustado bailar.
La respuesta sonó tan falsa como el cobre pintado de oro.
Aun así, la cortesía la obligó a aceptar.
Mientras la música los envolvía, Liathen se sintió atrapada en una actuación absurda. Gareth la guiaba con una familiaridad que no se había ganado. Sus cumplidos sonaban vacíos. Su mano en la cintura era una irritación constante.
Pensó en los bailes de su tierra.
El trueno de las gaitas.
La libertad.
Esto no era bailar.
Era obediencia.
Después de varios minutos, fingió un mareo.
—Necesito sentarme.
—¿Le gustaría que la acompañara al jardín?
Liathen percibió la intención oculta bajo la cortesía.
—Solo necesito un poco de agua.
Se alejó antes de que él pudiera insistir.
Y entonces lo vio.
Ewan.
Solo durante un instante.
Pasó junto a ella como una sombra entre sombras y, sin detenerse, deslizó una pequeña nota en su mano.
Ni una palabra.
Ni una mirada.
Solo ese roce fugaz.
Luego desapareció.
El corazón le martilleaba en el pecho.
Cuando regresó junto a Elspeth, apenas escuchó las bromas de la mujer.
—Qué tragedia es ser vieja —comentó su suegra—. Si tuviera veinte años menos, habría reclamado a ese Falkner para un baile antes que ninguna de las demás.
El calor subió a las mejillas de Liathen.
Elspeth continuó hablando, divertida, pero Liathen ya había desplegado la nota con discreción.
Ven a la sala de estar junto a los despachos. Planta superior. Te estaré esperando.
Las palabras encendieron algo peligroso en su interior.
No era miedo.
Algo peor.
Anticipación.
Dobló rápidamente el papel y fingió sentirse indispuesta.
La excusa funcionó hasta que Fiona Calder decidió intervenir.
—Quizá esté esperando un hijo, señora Rosswyn. Lleva años casada y aún no tiene ninguno.
La crueldad se disfrazó de sonrisa.
Liathen la miró apenas un segundo.
—Curioso. Usted lleva casada el mismo tiempo y tiene un hijo. No veo tanta diferencia.
Fiona palideció.
Liathen no esperó respuesta.
Abandonó la sala.
El piso superior estaba desierto.
Abajo, la música y las conversaciones continuaban; arriba, solo quedaban el silencio y la oscuridad.
Mientras recorría el pasillo, Liathen sintió el peso de cada paso.
Sabía que no debería estar allí.
También sabía que seguiría caminando.
La última puerta permanecía cerrada.
Entró.
La habitación parecía olvidada por el tiempo. La luz de la luna trazaba contornos inciertos sobre muebles ocultos entre las sombras. En una pared pudo distinguir un cuadro del Paso de Aeldrun: guerreros derrotados aplastados bajo el peso de un reino.
Parecía apropiado.
—Empezaba a pensar que no vendrías.
La voz surgió de la oscuridad.
Ewan emergió a la luz.
Y por un momento, Liathen comprendió por qué tantas mujeres lo miraban como si guardara algún secreto imposible.
No era solo su apariencia.
Era la sensación de peligro.
La impresión constante de que pertenecía a otro mundo.
—¿Por qué me pediste que viniera aquí? —preguntó ella.
—Porque quería verte.
La honestidad de esas palabras resultó más inquietante que cualquier mentira.
Ewan se acercó.
Despacio.
—Si alguien nos encuentra aquí...
—Pensarán que somos amantes.
Liathen guardó silencio.
Ewan sonrió.
—No me importaría.
La intensidad de su mirada despertó recuerdos que no había convocado. Aquel beso lejano. Aquel camino nunca tomado.
Un camino que ambos habían abandonado.
O quizá no del todo.
—¿Querías hablar de mi padre? —preguntó ella, obligándose a cambiar de rumbo.
—No.
Su expresión se tornó más seria.
—Quería agradecerte que rechazaras lo que te ofreció.
—¿Porque crees que no puedo hacerlo?
—Porque sé exactamente de lo que eres capaz.
Ewan le sostuvo la mirada.
—Y porque no podría soportar verte morir.
Las palabras quedaron suspendidas entre ellos.
Liathen sintió una vieja tristeza agitarse en lo más profundo de su pecho.
—No soy la misma persona que conociste.
—Eso es exactamente lo que me asusta.
Ella bajó la mirada.
La acusación dolía porque contenía algo de verdad.
Había cambiado.
El matrimonio la había cambiado.
El amor la había cambiado.
Y aún no sabía si eso significaba que había ganado algo o perdido parte de sí misma.
—Será mejor que me vaya.
Ewan la detuvo antes de que alcanzara la puerta.
No con fuerza.
Con urgencia.
—No pretendía herirte.
Por un momento estuvieron demasiado cerca.
Luego él retrocedió.
—Sobre el enfrentamiento de anoche...
Liathen se obligó a concentrarse.
—Los ingleses sospechan de ti.
Ewan respondió abriéndose el abrigo.
La herida apareció bajo la luz de la luna.
El vendaje estaba empapado de sangre.
A Liathen se le cortó la respiración.
—Dime que no tienes todavía la bala dentro.
El silencio de Ewan fue respuesta suficiente.
La preocupación borró cualquier otro pensamiento.
—Necesitas ayuda.
—Necesito que nadie sospeche de mí.
Esa era la verdadera herida.
No la carne desgarrada.
La guerra.
La persecución.
La vida que todos fingían no estar viviendo.
Hablaron durante varios minutos más. Sobre la noche anterior. Sobre las sospechas inglesas. Sobre Alastair.
En cuanto se mencionó el nombre de su marido, la expresión de Ewan cambió.
—¿Le dijiste dónde habías estado?
—Le dije que fui a ver a mi padre.
—¿Y qué hizo?
—Se enfadó.
Ewan palideció.
—¿Te hizo daño?
La furia estalló en sus ojos con tal violencia que la sobresaltó.
Liathen apoyó ambas manos en su pecho.
—Alastair jamás me haría daño.
La tensión se desvaneció lentamente.
Y por primera vez en toda la velada, Ewan pareció volver a respirar.
Porque, a pesar de todo, ambos conocían la verdad.
Alastair no era el enemigo.
Nunca lo había sido.
Eso era precisamente lo que hacía todo tan difícil.
—Deberías regresar —dijo Ewan al fin.
Liathen asintió.
—Y tú necesitas sobrevivir.
Una leve sonrisa cruzó el rostro del escocés.
Ella abrió la puerta y salió al pasillo.
Apenas había dado unos pasos cuando escuchó movimiento a lo lejos.
Ewan lo percibió primero.
La amenaza.
Pasos que se acercaban.
Sin pensarlo, salió de la habitación, la alcanzó de una zancada y le cubrió la boca antes de que pudiera reaccionar.
Liathen sintió que tiraban de ella hacia el hueco oscuro de un nicho en la pared.
Allí permanecieron ocultos.
Inmóviles.
Tan cerca que podían escuchar la respiración del otro.
Y mientras los pasos resonaban cada vez más cerca por el pasillo silencioso, ambos comprendieron que el verdadero peligro no era ser descubiertos juntos.
Era descubrir lo difícil que se había vuelto seguir alejándose el uno del otro.