La loba de Auran (Corazones y reinos nº 1) Capítulo 6
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Capítulo 6

La Casa del Vencedor

Una hora después, el carruaje se detuvo frente a la residencia de Edric Harrow.

Liathen había contemplado la mansión a través de la ventanilla mientras los caballos avanzaban por el camino empedrado.

El edificio emergía entre los árboles como una fortaleza disfrazada de elegancia.

El bosque que lo rodeaba aislaba el lugar del resto del mundo, como si la guerra silenciosa que consumía las Tierras Altas no pudiera traspasar sus muros.

Sin embargo, Liathen conocía la verdad.

Aquella casa había pertenecido a otra familia.

Y esa familia ya no existía.

La propiedad era la memoria visible de una derrota.

Cuando el carruaje se detuvo, Alastair descendió primero y le ofreció la mano.

Ella la aceptó.

No porque lo necesitara.

Sino por él.

A veces el amor consistía precisamente en esos pequeños gestos que una nunca habría elegido para sí misma.

Mientras subían los escalones, Alastair sintió la tensión en el brazo de su esposa.

—Estoy contigo —murmuró.

Esas palabras bastaron.

No borraban sus preocupaciones, pero la hacían sentirse menos sola al enfrentarlas.

El mayordomo los recibió con una sonrisa impecable.

Demasiado impecable.

Liathen percibió de inmediato el desprecio oculto tras aquella cortesía mecánica. El hombre apenas lograba disimular cuánto le disgustaba su presencia.

Ella respondió con una cortesía igualmente falsa.

Y al pasar junto a él, un ligero tropiezo hizo que le pisara el pie sin querer.

—Mis disculpas.

La disculpa sonó tan convincente que Alastair tuvo que reprimir una sonrisa.

—Ni siquiera has durado un minuto —susurró.

—Estoy siendo extraordinariamente paciente.

Eso era cierto.

O al menos, para ser Liathen.

Nada más entrar en el salón, se dio cuenta de que la velada sería más difícil de lo esperado.

El lujo la rodeaba.

Oro.

Plata.

Cristal.

Tapices.

Cada objeto parecía proclamar una victoria.

Y cada victoria había sido pagada por alguien.

Al contemplar semejante abundancia, no pudo evitar pensar en las aldeas cuyas despensas comenzaban a vaciarse a causa de los nuevos impuestos.

El contraste era insoportable.

Aquella sala contenía más riqueza de la que muchas familias verían en toda una vida.

Y de repente comprendió las palabras de su padre mejor que nunca.

No era codicia.

Era indignación.

La misma indignación que se extendía por toda Escocia.

Sin embargo, el verdadero espectáculo no era la decoración.

Era la gente.

Las esposas inglesas la observaban con una mezcla de curiosidad y hostilidad apenas disimulada. Algunas la recordaban demasiado bien.

Liathen también las recordaba a ellas.

Meses atrás, no había podido quedarse callada cuando insultaron a los escoceses durante una cena.

Y mujeres como aquellas nunca perdonaban semejantes desaires.

Consciente de las miradas que seguían a su esposa, Alastair la guio hacia un grupo de oficiales.

Los saludos fueron correctos.

Corteses.

Incluso amistosos.

Pero Liathen conocía la diferencia entre cortesía y respeto.

Y aquella noche había mucho más de lo primero que de lo segundo.

Entonces apareció Edric Harrow.

Liathen sintió la misma repulsión que experimentaba siempre en su presencia.

No era solo lo que representaba.

Era la facilidad con la que parecía capaz de sonreír mientras destruía vidas.

Harrow estrechó la mano de Alastair con auténtica calidez.

Luego se volvió hacia ella.

—Así que esta es la famosa señora Rosswyn.

Liathen le sostuvo la mirada.

—Eso depende de quién cuente la historia.

Un destello de diversión brilló en los ojos del coronel.

—Su esposo habla muy bien de usted.

—Mi esposo es demasiado generoso.

Harrow sonrió.

—Me gustaría visitarla algún día. Tengo entendido que es usted una mujer de opiniones firmes.

Alastair percibió el peligro antes incluso de que Liathen respondiera.

—No sé si eso será posible.

—¿No?

—Suelo ausentarme siempre que un visitante oficial viene a ver a mi esposo.

Durante un momento, se hizo el silencio.

Alastair cerró los ojos.

No del todo.

Solo lo suficiente para aceptar que el desastre ya había ocurrido.

Sin embargo, para sorpresa de todos, Harrow no se ofendió.

Todo lo contrario.

Pareció mirarla con un interés inesperado.

—Es tan valiente como dicen.

—O tan imprudente.

—A veces son la misma cosa.

Por primera vez aquella noche, Liathen estuvo a punto de darle la razón.

Casi.

Cuando Harrow se alejó para saludar a otros invitados, Alastair exhaló lentamente.

—¿Era realmente necesario?

—Sí.

—No, no lo era.

—Me siento mejor ahora.

Alastair sacudió la cabeza.

Aquella mujer pondría a prueba su paciencia hasta el extremo algún día.

Y sin embargo la adoraba.

—Intentemos sobrevivir al resto de la velada.

—Haré un esfuerzo.

Era la promesa más sincera que podía ofrecer.

Mientras Alastair se unía a un grupo de oficiales, Liathen se dirigió hacia una mesa cargada de copas. Al otro lado de la sala divisó a Elspeth Rosswyn, que observaba la escena con evidente diversión. Sin duda había presenciado todo el intercambio con Harrow.

Liathen estaba a punto de unirse a ella cuando una conversación cercana detuvo sus pasos.

—Varios de mis hombres resultaron heridos anoche.

La voz pertenecía a Malcolm Ashford.

A Liathen se le encogió el corazón.

Sin girar la cabeza, tomó una copa y fingió interés en los refrigerios mientras escuchaba.

—¿Los identificó?

—No. Uno escapó. El otro resultó herido.

Liathen sintió que la sangre se le iba lentamente del rostro.

Ewan.

Solo podía pensar en Ewan.

—Entonces lo encontrará tarde o temprano.

—Eso pensábamos.

Se hizo una breve pausa.

—Nuestro principal sospechoso era Ewan Falkner.

Liathen apretó los dedos alrededor de la copa.

—Pero apareció aquí esta noche.

Las palabras la golpearon como un rayo de luz.

Había sobrevivido.

No sabía en qué condición.

No sabía qué había sucedido después.

Pero estaba vivo.

Y de repente pudo volver a respirar.

—¿Señora Rosswyn?

La voz de Ashford la obligó a girarse.

El oficial sonreía.

—Estábamos comentando el incidente de anoche.

—Mi esposo ya me ha informado.

—¿Tiene alguna sospecha sobre los responsables?

Liathen sostuvo la copa entre las manos.

Luego sonrió.

Una sonrisa tranquila.

Peligrosa.

—Si la tuviera, señor Ashford, iría personalmente a rendirme ante ellos.

El silencio que siguió fue glorioso.

Nadie parecía del todo seguro de haberla oído correctamente.

Liathen aprovechó su incertidumbre para inclinar ligeramente la cabeza, alzar la copa en un brindis burlón y alejarse.

A veces una simple frase podía ser más afilada que una espada.