La loba de Auran (Corazones y reinos nº 1) Capítulo 5
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Capítulo 5

Sombras Bajo la Luz

El amanecer llegó bajo un manto de nubes.

La casa fue despertando poco a poco con pasos, puertas que se abrían y el murmullo familiar de los sirvientes que iniciaban su jornada. Liathen permaneció inmóvil entre las sábanas unos instantes, disfrutando de esa calma fugaz que siempre precedía a las preocupaciones del día.

Al extender la mano hacia el otro lado de la cama, lo encontró vacío.

Alastair ya se había levantado.

Sonrió.

Su ausencia formaba parte de su vida tanto como su presencia.

Desde que lo conocía, él había hecho de las primeras horas de la mañana un refugio para el trabajo y la reflexión.

Mientras otros dormían, organizaba documentos, respondía cartas y afrontaba en silencio responsabilidades que parecían no tener fin.

El recuerdo de la noche anterior volvió con una calidez inesperada. Durante unas horas habían olvidado los secretos, los miedos y las diferencias que el mundo se empeñaba en interponer entre ellos. Simplemente habían sido Alastair y Liathen.

Y eso, comprendió, se volvía más valioso con cada día que pasaba.

Se vistió sin prisa y bajó las escaleras con la intención de buscarlo en su estudio.

Pero apenas había llegado al rellano cuando vio a un oficial inglés que salía de la casa.

El corazón le dio un vuelco.

Por un instante volvió a estar en el valle, en medio de la lluvia, los disparos y la imagen de Ewan perdiéndose en la oscuridad.

El miedo la dejó clavada en el sitio.

Luego se movió.

Abrió la puerta del estudio sin llamar.

—¿Qué hacía ese hombre aquí?

Alastair alzó la vista.

No parecía sorprendido por su presencia. Si acaso, parecía haber estado esperando la pregunta.

—Entra y cierra la puerta.

Había algo en su voz que acrecentó su inquietud.

Dos cartas descansaban sobre el escritorio.

Alastair cogió una y se la tendió.

—Léela.

Liathen desdobló el papel.

A medida que leía, sintió cómo la sangre le abandonaba el rostro.

Dos jinetes.

Una persecución.

Un hombre herido.

Una reunión convocada por Edric Harrow para tratar la aparición de nuevos simpatizantes jacobitas.

Al llegar al final, tuvo que esforzarse por mantener la calma.

Ewan.

Solo podía pensar en Ewan.

¿Habría escapado?

¿Estaría herido?

¿Seguiría vivo?

—¿Y bien? —preguntó Alastair.

Ella dejó la carta sobre el escritorio.

—Parece que la patrulla tuvo algunos problemas.

Alastair la observó largamente.

—Liathen.

Esa sola palabra bastó para destruir cualquier intento de evasión.

—¿Quién iba contigo?

Durante unos segundos consideró mentir.

Pero ya había demasiados secretos que crecían entre ellos.

—Ewan Falkner.

Alastair cerró los ojos.

No de ira.

De cansancio.

—Podría estar herido.

—Ewan sabe cuidarse solo.

—Y tú pensaste lo mismo de ti misma anoche, cuando cabalgabas por caminos vigilados por patrullas.

Liathen bajó la mirada.

No porque se creyera culpable.

Sino porque comprendía el miedo de Alastair.

Esa carta había puesto nombre a algo que ambos intentaban ignorar: la muerte había estado mucho más cerca de lo que ninguno de los dos quería admitir.

—Si te hubieran capturado...

No terminó la frase.

No hacía falta.

Ambos sabían cómo acababa esa historia.

Alastair dejó escapar un suspiro y la tensión de sus hombros pareció desvanecerse.

—No quiero perderte.

La sencillez de aquellas palabras la conmovió más que cualquier argumento.

Porque no era el soldado quien hablaba.

Ni el hombre acostumbrado a la disciplina.

Era el esposo.

El hombre que la había esperado durante horas la noche anterior.

El hombre que veía en ella mucho más que a una esposa.

Alastair le rozó la mejilla con la mano.

—Eso es todo.

Liathen posó la mano sobre la de él.

—Lo sé.

Por primera vez desde que había entrado en el estudio, un atisbo de sonrisa asomó en el rostro de Alastair.

—Tendremos que asistir a la reunión de Harrow esta noche.

Ella suspiró.

Aquello era casi peor que una reprimenda.

—¿Yo también?

—Por supuesto.

—Entonces tendré que soportar toda una velada rodeada de ingleses.

—Y ellos tendrán que soportarte a ti.

Aquello les arrancó a ambos una breve sonrisa.

Una pequeña tregua en medio de tantas preocupaciones.

El resto del día transcurrió entre obligaciones y pensamientos que ninguno de los dos lograba apartar.

Liathen atendió los asuntos de la casa mientras una pregunta volvía a su mente una y otra vez.

¿Estaría Ewan en la reunión?

Necesitaba verlo.

No por amor.

Eso había quedado atrás.

Necesitaba saber que estaba vivo.

Mientras tanto, Alastair se dedicó a sus obligaciones, aunque sus pensamientos regresaban una y otra vez a la carta.

No podía olvidar lo cerca que Liathen había estado del peligro.

Y eso lo inquietaba más de lo que estaba dispuesto a admitir.

A veces se preguntaba si la libertad que tanto admiraba en ella terminaría alejándola de él.

Era un miedo irracional.

Lo sabía.

Pero el amor rara vez obedece a la razón.

Cuando llegó el momento de partir, esperó junto a la entrada principal.

Y entonces la vio.

Liathen bajaba la escalinata vestida de azul oscuro.

Por un momento, el tiempo pareció detenerse.

No era solo su belleza.

Era la fuerza que irradiaba.

La misma fuerza que había visto el día en que se conocieron.

La misma que nunca había intentado cambiar.

Ella notó la expresión de su marido y sonrió.

—Torin me dijo lo que pensabas ponerte. Se me ocurrió que podríamos ir a juego.

Alastair tardó varios segundos en recuperar el habla.

—Estás preciosa.

Un leve rubor tiñó las mejillas de Liathen.

Aún le sorprendía causar ese efecto en él.

—¿Pensaste que no vendría?

—Lo consideré seriamente.

Ella rió con suavidad.

Por primera vez en todo el día, la tensión cedió un poco.

Subieron al carruaje mientras el frío del atardecer comenzaba a extenderse por los caminos.

La humedad de la lluvia aún persistía sobre los campos, y las colinas de las Tierras Altas parecían envueltas en una bruma melancólica.

Liathen contempló el paisaje por la ventanilla.

Aquella tierra era su hogar.

Y cada día parecía más ferozmente disputada por hombres que jamás llegarían a comprenderla.

—¿Estás nerviosa? —preguntó Alastair.

—¿Tú no?

Él reclinó la cabeza contra el asiento.

—Estoy cansado.

La respuesta fue tan sincera que Liathen lo miró con atención.

—¿De los ingleses?

—De todos los bandos.

Se hizo un breve silencio.

—Ojalá nos dejaran vivir en paz.

Liathen percibió el agotamiento oculto tras esas palabras.

Alastair pertenecía a dos mundos que llevaban demasiado tiempo enfrentados.

Y mantener ese equilibrio resultaba más difícil con cada día que pasaba.

—No eres responsable de nada de esto.

Él sonrió con tristeza.

—Mi gente no siempre opina lo mismo.

Liathen se acercó y le tomó el rostro entre las manos.

—Porque no te conocen.

Alastair le sostuvo la mirada.

Y en ese momento ambos comprendieron algo que ninguno necesitaba decir en voz alta.

Fuera les aguardaba una noche llena de sospechas, máscaras y peligro.

Pero aún se tenían el uno al otro.

Y por ahora, eso bastaba.