Capítulo 4
El refugio
Cuando Liathen llegó a los establos, comprendió que el temblor que recorría su cuerpo no se debía a la lluvia.
Había dejado a Ewan en medio de una emboscada.
Ese pensamiento la había perseguido durante todo el camino desde el valle.
La tormenta aún envolvía los caminos cuando cruzó el patio y entró en la casa por las cocinas. El calor mortecino del hogar le arrancó un suspiro. Por primera vez desde la huida, se sintió a salvo.
O al menos eso creyó.
Subió las escaleras con cuidado, procurando no despertar a nadie. Lo único que deseaba era quitarse la ropa empapada, sumergirse en agua caliente y olvidar durante unas horas todo lo sucedido aquella noche.
Pero cuando abrió la puerta de su alcoba, descubrió que no estaba sola.
El fuego ardía.
El baño estaba preparado.
Y Alastair la esperaba en silencio.
Sentado junto al hogar, parecía casi parte de las sombras.
—¿Alastair?
Su marido alzó la mirada lentamente.
Sus ojos reflejaban cansancio.
Y algo peor.
Preocupación.
—He cabalgado durante horas para volver a casa contigo —dijo con voz contenida—. Imagina mi sorpresa al descubrir que no estabas.
Liathen sintió que un nudo se le apretaba en el estómago.
No esperaba que él regresara.
Y mucho menos que exigiera explicaciones aquella misma noche.
—Fui a ver a mi padre.
Alastair cerró los ojos un instante.
—¿En mitad de la noche? ¿Con patrullas inglesas recorriendo los caminos?
—Tenía que verlo.
—¿Y se suponía que yo debía adivinar dónde estabas?
La dureza de sus palabras ocultaba la verdad que había debajo.
Había tenido miedo.
Liathen lo comprendió de inmediato.
Alastair rara vez mostraba sus emociones abiertamente, pero cuando lo hacía, casi siempre aparecían disfrazadas de ira.
—Estabas preocupado.
—Soy tu marido.
La respuesta llegó sin titubeos.
—Por supuesto que estaba preocupado.
Aquella simple confesión desmanteló parte del muro que Liathen había levantado en su interior.
Porque era sincera.
Porque sabía que él decía la verdad.
—Yo también me preocuparía por ti.
Alastair la observó en silencio.
Como si hubiera necesitado oír exactamente esas palabras.
Durante unos instantes, ninguno de los dos habló.
La lluvia golpeaba contra las ventanas.
El fuego crepitaba en el hogar.
Y entre ellos flotaban todas las cosas que nunca resultaban fáciles de decir.
—¿Dónde estaba tu padre?
Liathen vaciló.
Sabía que la respuesta la llevaría inevitablemente al mismo lugar.
—En casa de Ewan Falkner.
El nombre cayó entre ellos como una piedra.
Alastair apartó la mirada.
Liathen conocía aquella expresión.
No era ira.
Era inseguridad.
Y verla en un hombre como él siempre le dolía.
—Siempre Ewan —murmuró.
Una punzada de tristeza le atravesó el pecho.
Incluso después de tanto tiempo, aquella sombra seguía existiendo entre ellos.
—Nunca te he dado motivos para desconfiar de mí.
Alastair no respondió de inmediato.
Pasaron varios segundos.
—Lo sé.
Y eso era precisamente lo que dolía.
Porque el problema nunca había sido ella.
Era el miedo a perderla.
Liathen se sumergió en el agua caliente, tratando de aliviar el agotamiento que le pesaba en los hombros. Pero ni siquiera el calor podía borrar la imagen de Ewan desapareciendo bajo la lluvia ni el recuerdo de la discusión con su padre.
Todo resultaba demasiado pesado aquella noche.
Demasiado complicado.
Durante varios minutos reinó el silencio.
Entonces lo sintió junto a ella.
Su ira se había desvanecido.
Solo quedaba la vulnerabilidad que tan rara vez se permitía mostrar.
—Lo siento.
Liathen alzó la vista.
—No pretendía hacerte daño.
La sinceridad de aquellas palabras la conmovió profundamente.
Porque ella también estaba cansada de heridas.
De sospechas.
De los fantasmas del pasado.
Extendió la mano y le tocó el rostro.
Aquel hombre había entrado en su vida como una obligación.
Y sin embargo se había convertido en el lugar al que siempre deseaba volver.
Amaba su bondad.
Su paciencia.
Su capacidad de respetar la libertad que otros habrían intentado destruir.
Incluso amaba las cosas que los separaban.
Porque él nunca había intentado obligarla a pensar como él.
—No quiero a otro hombre, Alastair.
Cerró los ojos un momento.
Como si llevara mucho tiempo esperando escuchar esas palabras.
«A veces temo que descubras que merecías algo mejor.»
Liathen esbozó una sonrisa triste.
¿Cuántos años llevaban amándose?
¿Y cuántas inseguridades permanecían ocultas?
«Lo que descubrí fue que te amaba.»
La tormenta seguía rugiendo más allá de los muros.
Pero dentro de la habitación todo pareció sumirse en el silencio.
Alastair la besó con la ternura de un hombre que regresa a casa tras una larga ausencia.
Y Liathen comprendió que, a pesar de todas las diferencias que los separaban, a pesar de los secretos que empezaban a acumularse entre ellos, aún encontraban refugio el uno en el otro.
Esa noche, los problemas no desaparecieron.
El peligro no desapareció.
La creciente distancia entre sus lealtades no desapareció.
Pero durante unas horas dejaron de luchar contra el mundo.
Y se permitieron recordar algo que ambos necesitaban.
Que aún se pertenecían.
Más tarde, cuando el agotamiento por fin los venció, Liathen se acurrucó junto a él.
Alastair la rodeó con sus brazos mientras el fuego se consumía lentamente en el hogar.
Ninguno habló.
No hacía falta.
A veces el amor no necesita palabras.
Solo la certeza de que cuando llega la oscuridad, aún hay alguien capaz de sostenerte en ella.